Traicionada, echada a la calle y con su pequeño hijo Thiago al borde de la invalidez tras un trágico accidente, Domenica Montero creía haber tocado fondo cuando su marido la abandonó a su suerte. Sin embargo, el destino le tenía reservada una jugada maestra. Al aceptar un matrimonio de conveniencia con el magnate Alexis Alcalá para salvar a su familia y cumplir la promesa hecha a la matriarca Victoria Montenegro, Domenica pasa de ser la cenicienta humillada a convertirse en la intocable señora de Alcalá, dueña de un imperio y madre de unos gemelos rebeldes a los que curará con amor. Cinco años después, cuando la familia Bracamonte regresa ciega de soberbia para arrebatarle a su hijo y robarle la millonaria herencia que les pertenece, descubrirán demasiado tarde que la mujer a la que intentaron destruir ahora camina de la mano del hombre más poderoso del país. Una historia imperdible de venganza, amor incondicional y justicia divina.
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RABIA DE LA LEONA Y RUMBAS PROHIBIDAS
El lunes amaneció con el cielo despejado sobre la imponente mansión de los Alcalá. La rutina matutina comenzó desde primera hora, con el aroma a café recién hecho inundando la cocina y el bullicio alegre de los niños preparándose para ir al colegio. Alrededor de la mesa del comedor, Alexander y Alejandro devoraban sus tostadas con la energía propia de sus nueve años, mientras que el pequeño Thiago, ya con seis años y luciendo su uniforme impecable, desayunaba feliz junto a ellos. Domenica, vistiendo un elegante traje sastre de tono azul marino que denotaba su autoridad como directora, compartía el desayuno con su hermosa familia.
Doña Marta, que se encontraba sirviendo más café a su hija, la miró con una mezcla de afecto y profunda inquietud mientras se sentaba a su lado.
—Hija mía, te noto un poco pensativa esta mañana —comentó Doña Marta con voz suave, tomando las manos de Domenica—. ¿Sucede algo?
Domenica suspiró profundamente, sacudiendo la cabeza con fastidio antes de responder:
—Imagínate, mamá, que todavía tengo la rabia acumulada por lo de este fin de semana. ¿Te acuerdas de cuando Alexis nos colgó la videollamada de la nada dejándonos a los niños y a mí con el saludo en la boca? Pues no lo he podido superar. Me pareció una falta de respeto imperdonable hacia sus propios hijos.
Doña Marta ensanchó los ojos con sorpresa y una ligera sonrisa de aprobación cruzó sus labios.
—Pues haces muy bien en estar molesta, hija. Ese hombre cree que por mandar dinero desde el extranjero puede tratar a su familia como si fueran adornos —le animó su madre.
En ese instante, Doña Marta cambió de tema con un destello de melancolía en la mirada y un tono suplicante:
—A propósito, Domenica... estuve pensando todo el fin de semana. Me siento completamente inútil aquí en esta gran mansión sin hacer nada. Ya los muchachos van a la escuela y Thiago pasa la mañana en su salón. Por favor, déjame ir contigo al colegio a ayudarte en lo que sea. Podría encargarme de la biblioteca o de la coordinación general. Me hace falta sentirme útil.
Domenica esbozó una sonrisa luminosa, enternecida por las palabras de su madre, y la abrazó con fuerza por los hombros.
—¡Claro que sí, mamá! No tienes que pedir permiso para eso. Eres bienvenida en el colegio Montenegro cuando quieras; tu experiencia como docente nos va a venir de maravilla para organizar la biblioteca y apoyar en lo que haga falta —le respondió Domenica con entusiasmo.
Minutos más tarde, la caravana familiar salió rumbo a la institución. Tras llegar al colegio y estacionar su vehículo en el puesto exclusivo de la dirección, Domenica descendió con agilidad. Con infinita ternura, ayudó a bajar a Thiago y lo condujo en su silla de ruedas hasta la puerta de su salón de primer grado, donde la maestra lo recibió con una cálida sonrisa. Luego, caminó rápidamente con los gemelos hasta el patio central, donde los ubicó en la formación matutina de tercer grado, asegurándose de que ambos tuvieran una excelente actitud para iniciar la semana escolar.
Por su parte, Doña Marta se dirigió directamente al ala de la biblioteca del colegio, dispuesta a comenzar de inmediato con la organización de los textos y ficheros escolares bajo la supervisión del personal.
Sola en su espaciosa y elegante oficina de dirección, la rabia que Domenica guardaba en el pecho contra Alexis Alcalá volvió a hervir con fuerza tras recordar el desplante de la videollamada. Sin pensarlo dos veces, impulsada por un arrebato de orgullo y dignidad que ya no cabía en su interior, tomó su teléfono celular personal, buscó el contacto corporativo de su esposo y marcó el número internacional directo.
El tono de llamada dio un par de veces antes de que una voz grave, imponente y ligeramente confundida al reconocer el número personal respondiera al otro lado de la línea.
—¿Domenica? ¿A qué se debe esta llamada a mitad de semana? ¿Ocurre alguna emergencia con los niños o con la mansión? —preguntó Alexis Alcalá con su tono ejecutivo y dominante, esperando una respuesta formal.
Domenica sintió que la sangre le hervía en las venas. Ya no estaba dispuesta a callar ni a jugar el rol de la esposa sumisa que espera en silencio.
—¿Emergencia? No, ninguna emergencia médica, Alexis. Te llamo única y exclusivamente para decirte que eres un imbécil y un egoísta de lo peor —espetó Domenica con voz firme, cortante y cargada de furia contenida—. ¿Quién te crees que eres para colgarnos la videollamada de la puerta en la cara a mí y a tus hijos como si fuéramos cualquier cosa? ¡Nos dejaste hablando solos con el saludo en la boca solo porque no supiste controlar tu incomodidad! ¡Eres un descarado!
Al otro lado del Atlántico, en su fastuoso despacho en el extranjero, Alexis Alcalá se quedó petrificado. Sus ojos oscuros se abrieron de par en par, incapaces de creer lo que estaba escuchando. Nadie —absolutamente nadie en todo el mundo corporativo ni en su círculo personal— se había atrevido jamás a hablarle en ese tono, y mucho menos a insultarlo de esa manera. La furia estalló en su pecho de inmediato.
—¿Pero qué te has creído tú, mujer? —bramó Alexis con la voz retumbando de ira, apretando el teléfono con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos—. ¿Quién diablos eres tú para hablarme de esa manera y atreverte a insultarme así? ¡Bájale dos tonos a tu actitud, Domenica!
Domenica soltó una risa sarcástica, sintiendo que toda la frustración de un año entero se liberaba en ese grito.
—¡Yo soy Domenica Alcalá, tu esposa y la madre de tus hijos, imbécil, egoísta! —le gritó ella con rabia antes de presionar el botón rojo y colgarle la llamada de golpe, dejándolo con la palabra en la boca a miles de kilómetros de distancia.
En la oficina, Domenica respiraba agitadamente, con el pecho subiendo y bajando por la descarga de adrenalina. Justo en ese preciso instante, la puerta del despacho se abrió sin previo aviso y Doña Marta entró apresuradamente, con los ojos abiertos y una expresión de asombro absoluto.
—Dios mío, hija... venía subiendo a entregarte unos reportes de la biblioteca y alcancé a escuchar tus gritos desde el pasillo. ¿Con quién estabas discutiendo así, Dios mío? ¿Acaso peleabas con tu flamante esposo, el magnate Alexis Alcalá? —preguntó su madre llevándose las manos a la cabeza.
Domenica se dejó caer en su silla ejecutiva, suspirando mientras se abanicaba con la mano.
—Sí, mamá... era él. Ya no aguanté más su actitud de superioridad y le dije sus cuatro verdades. ¡Se merecía cada insulto!
Antes de que Doña Marta pudiera responderle, unos suaves golpes en la puerta abierta anunciaron la llegada de varias visitas. Eran las queridas amigas y compañeras de Domenica —Carolina Suárez, Mariela López y Karla Pérez— acompañadas por el apuesto profesor de educación física, Kevin Díaz. Desde el primer día en que habían coincidido en el colegio, Kevin había estado perdidamente enamorado de Domenica, admirando su valentía, su inteligencia y su belleza tropical, aunque siempre se había mantenido al margen por respeto a su cargo directivo.
—¡Buenos días, directora! Veníamos a ver cómo iba tu mañana —saludó Karla con una sonrisa pícara, mientras Kevin la miraba con una intensidad inocultable en los ojos.
—Hola, chicas, hola, Kevin. Pasen, por favor —respondió Domenica intentando recuperar la compostura y una sonrisa amable.
Kevin dio un paso al frente, aclarándose la garganta con algo de timidez pero con una chispa de picardía en la mirada.
—Domenica, estábamos comentando con las chicas que este fin de semana pasado estuviste muy encerrada en casa. Queremos invitarte este próximo sábado a salir a un bar exclusivo de la ciudad a tomar unos tragos, bailar y desestresarnos un poco de tanta burocracia escolar. ¿Qué dices? Te vendría bien divertirte.
Domenica dudó por un instante, mirando de reojo el escritorio y recordando las responsabilidades con los niños. Pero en ese momento, Doña Marta intervino desde el rincón de la oficina con una sonrisa cómplice y un firme movimiento de cabeza.
—¡Claro que va a aceptar, muchachos! Mi hija trabaja demasiado y se merece un respiro de esparcimiento. No te preocupes por los gemelos ni por Thiago, yo me quedo todo el fin de semana cuidándolos en la mansión con muchísimo gusto —afirmó Doña Marta decidida.
Ante el respaldo de su madre y la insistencia alegre de sus amigos, Domenica terminó cediendo con una sonrisa luminosa.
—Está bien, acepto. El sábado nos vamos a bailar un buen rato —respondió Domenica, sin imaginarse la tormenta que esa decisión desataría.