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El Heredero Del Imperio Eterno

El Heredero Del Imperio Eterno

Status: En proceso
Genre:Héroes / CEO / Fantasía épica
Popularitas:275
Nilai: 5
nombre de autor: Manuel Saucedo

Durante ocho años, Shen Yuchen vivió bajo un nombre que no era el suyo.

Sin familia, sin poder, sin pasado y con una sola orden: no regresar hasta que terminara el plazo.

Pero la noche en que los ocho años llegan a su fin, alguien escribe su verdadero nombre en una calle olvidada de Lóngchéng.

Desde ese momento, todo comienza a derrumbarse.

Un falso heredero ocupa su lugar.

Un hombre con su mismo rostro asegura ser el verdadero Adrián Valerius.

Antiguas familias empiezan a perseguirlo.

Sus recuerdos esconden secretos que alguien borró deliberadamente.

Y dentro de su cuerpo despierta una fuerza relacionada con las misteriosas Nueve Puertas, un poder que incluso las familias más antiguas temen.

Mientras descubre la verdad sobre su origen, Shen Yuchen deberá construir su propio poder, enfrentarse a clanes, cultivadores, imperios empresariales y enemigos ocultos durante siglos.

Pero existe un problema todavía mayor:

Su identidad no fue simplemente robada.

Fue dividida.

NovelToon tiene autorización de Manuel Saucedo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El muerto de Qinghe

La lluvia había disminuido cuando Adrián salió del edificio.

No había dejado de caer, pero ahora apenas era una neblina húmeda suspendida sobre Lóngchéng.

Las calles comenzaban a recuperar su ritmo después del apagón.

Los semáforos funcionaban otra vez.

Los negocios que aún permanecían abiertos reiniciaban sus sistemas.

En las avenidas principales se escuchaban bocinas, motores, conversaciones alteradas y sirenas a lo lejos.

Para la mayoría de la ciudad, lo ocurrido aquella noche sería recordado como una falla eléctrica extraña.

Quizá aparecerían algunas teorías durante uno o dos días.

Videos borrosos.

Fotografías de los faroles.

Personas asegurando que habían visto un símbolo desde los edificios altos.

Después otra noticia ocuparía su lugar.

Adrián sabía que no sería así para él.

Su vida había cambiado en menos de dos horas.

Un nombre que llevaba ocho años enterrado había aparecido escrito sobre una puerta.

Alguien había vigilado cada etapa de su exilio.

La caja que debía abrir aquella noche había sido vaciada.

Su padre, a quien creía desaparecido desde hacía ocho años, había estado vivo al menos un año después de enviarlo lejos.

Existía otro hombre utilizando su nombre.

Y algo llamado la Primera Puerta acababa de reaccionar dentro de su cuerpo.

Adrián levantó la manga derecha mientras caminaba.

La marca seguía allí.

Una línea oscura debajo de la piel de su muñeca.

No parecía tinta.

Tampoco una vena.

Era demasiado recta.

Al tocarla no sintió dolor.

Pero cuando intentó concentrarse en ella, una leve presión apareció en el centro del pecho.

Adrián dejó de hacerlo.

Recordaba la advertencia de Jian Mo.

Si rompes el sello esta noche, posiblemente mueras.

No confiaba en aquel hombre.

Pero tampoco tenía motivos para ignorar una advertencia que coincidía con lo que su propio cuerpo parecía decirle.

Guardó las manos en los bolsillos.

No tomó taxi.

Qinghe estaba lo suficientemente cerca.

Además, necesitaba pensar.

Mientras avanzaba, recordó el artículo sobre Shen Zhaoling.

El supuesto Shen Yuchen.

Hijo de Shen Tianyu.

Su tío.

Adrián apenas conservaba recuerdos de él.

Un hombre alto.

Siempre vestido con colores claros.

Rara vez sonreía.

Cuando Adrián era pequeño, Shen Tianyu le había regalado una espada de madera.

Su padre se la quitó esa misma noche.

—No aceptes armas de alguien cuya intención no puedas leer.

Adrián tenía seis años.

No entendió.

—Pero es mi tío.

Su padre lo había mirado durante varios segundos antes de responder.

—Eso no cambia mi consejo.

En aquel momento había pensado que Shen Jianhong simplemente era demasiado estricto.

Ahora la frase tenía un peso distinto.

Adrián aceleró ligeramente.

El Distrito Este aparecía frente a él.

A diferencia del centro financiero, allí el apagón había dejado una sensación extraña.

Muchas ventanas permanecían cerradas.

Los comerciantes que habitualmente trabajaban hasta tarde habían recogido antes.

Algunas puertas tenían pequeños recipientes con arroz o agua colocados frente a ellas.

En varias esquinas ardía incienso.

Superstición.

Al menos eso habría pensado cualquier visitante.

Adrián conocía suficiente de Lóngchéng para saber que, en aquella parte de la ciudad, la gente no colocaba ofrendas sin razón.

Pasó frente a una tienda de medicina tradicional.

El dueño estaba cerrando.

Un hombre de más de setenta años.

Adrián lo había visto muchas veces.

Nunca habían hablado.

Aquella noche el anciano lo miró.

No fue una mirada casual.

Sus ojos descendieron hacia la muñeca de Adrián.

Aunque estaba cubierta.

Después volvió a su rostro.

El anciano hizo una inclinación mínima.

Adrián se detuvo.

—¿Nos conocemos?

El hombre negó.

—No.

—Entonces ¿por qué me mira así?

El anciano continuó asegurando la puerta.

—Porque esta noche es mala para caminar solo.

—He caminado solo muchas noches.

—No como esta.

Adrián observó el recipiente de ceniza frente a la entrada.

Había nueve varillas de incienso.

—¿Por el apagón?

El anciano soltó una risa seca.

—La electricidad no tiene nada que ver con esto.

Adrián esperó.

El hombre no añadió nada.

—¿Qué ocurrió entonces?

El anciano finalmente lo miró.

—Algo que llevaba muchos años dormido volvió a respirar.

Adrián sintió la presión en el pecho.

—¿Qué cosa?

—Si tuviera la respuesta, no estaría cerrando mi tienda.

Tomó la última cadena.

Antes de entrar, habló una vez más.

—Joven.

Adrián levantó la mirada.

—No sigas a nadie que te llame por un nombre que hayas olvidado.

Y cerró la puerta.

Adrián permaneció inmóvil.

Después continuó caminando.

No se giró.

Pero memorizó la dirección del local.

En otro momento volvería.

Había más policías de los que esperaba en Qinghe.

Dos vehículos bloqueaban la entrada del callejón lateral.

Un tercer automóvil estaba estacionado frente al número cuarenta y siete.

La antigua tienda de caligrafía parecía nuevamente abandonada.

La puerta estaba cerrada.

Las letras con su nombre habían desaparecido.

Adrián se detuvo al otro lado de la calle.

Solo habían pasado unas horas.

La tinta no podía haberse desvanecido.

Observó la madera.

Ni rastro.

Tampoco estaba la bolsa de comida que había dejado dentro.

Como si nadie hubiera entrado.

Como si nada hubiera ocurrido.

—¿Señor Valerius?

Adrián giró.

Un policía joven se acercó.

—Sí.

—Soy el oficial Chen. Hablamos por teléfono.

Adrián asintió.

—¿Dónde está el cuerpo?

—Antes necesito hacerle unas preguntas.

—¿No dijo que querían que identificara a alguien?

El oficial Chen parecía incómodo.

—Sí. Pero la situación cambió un poco.

Adrián miró el callejón.

Había al menos cinco agentes.

Dos hombres vestidos de civil.

Una mujer con guantes médicos.

—¿Cambió cómo?

Chen bajó la voz.

—El cadáver ya no está.

Adrián lo miró.

—Explíquese.

—Fue trasladado al vehículo forense.

—¿Y?

—Nunca llegó.

—¿Se perdió un cadáver?

Chen no respondió.

Adrián notó que el joven estaba avergonzado.

—¿Dónde está?

—Eso estamos investigando.

—Me llamaron hace menos de media hora.

—Lo sé.

—Entonces desapareció en ese tiempo.

—Sí.

—¿Quién lo transportaba?

—Dos técnicos.

—¿Dónde están?

—En el hospital.

—¿Qué les pasó?

Chen miró hacia los otros agentes.

—No recuerdan nada.

Adrián entrecerró los ojos.

—Nada de qué.

—Salieron de aquí con el cuerpo. Las cámaras los muestran entrando al vehículo. Seis minutos después, el vehículo apareció detenido a tres calles.

—¿Y los técnicos?

—Inconscientes.

—¿Heridos?

—No.

—¿El cuerpo?

—Desaparecido.

Adrián sintió algo frío en el estómago.

—¿Las cámaras?

—El sistema dejó de grabar durante exactamente cuatro minutos.

—Conveniente.

El oficial lo estudió.

—Usted no parece sorprendido.

—Esta noche ya ha sido extraña.

—¿Conocía al hombre?

—No sé.

—Pero tenía su fotografía.

—Eso me dijeron.

Chen hizo una seña.

—Venga.

Lo llevó hasta uno de los vehículos policiales.

Sobre el capó había una bolsa transparente.

Dentro, una fotografía.

Adrián.

No era reciente.

Parecía tomada unos cuatro o cinco años atrás.

Salía de un taller mecánico.

En el reverso había caracteres escritos a mano.

Chen no le permitió tocarla.

—¿Puede leer esto?

Adrián sí podía.

Y el mensaje hizo que su expresión cambiara apenas.

NO DEJEN QUE ABRA LA NOVENA.

Chen lo notó.

—¿Qué dice?

Adrián tardó un instante.

—“No dejen que abra la novena”.

—¿Significa algo para usted?

—No.

Mentira.

No entendía el mensaje.

Pero sabía a qué podía referirse.

Las Nueve Puertas.

El recuerdo de su abuelo regresó.

No permitas que nadie descubra cuál de las nueve reconoció tu sangre.

La fotografía no decía “la puerta”.

Decía “la novena”.

Eso podía significar dos cosas.

Que existía una Novena Puerta concreta.

O que alguien temía que él abriera nueve.

Ambas posibilidades eran preocupantes.

—¿Qué más tenía? —preguntó.

Chen sacó una segunda bolsa.

Un medallón de cobre.

Pequeño.

Redondo.

Adrián no lo reconoció.

Tenía un carácter grabado.

守

Guardar.

Proteger.

—¿Lo ha visto?

—No.

—¿Está seguro?

—Sí.

Esta vez decía la verdad.

El oficial guardó ambas bolsas.

—Necesito saber algo, señor Valerius.

—Dígame.

—¿Por qué su nombre aparece relacionado con un hombre muerto hace dos días en un edificio que, según los registros, lleva cerrado diecisiete años?

Adrián miró el número cuarenta y siete.

—No lo sé.

—¿Estuvo aquí esta noche?

Pausa.

Era una pregunta directa.

Mentir era posible.

Pero si existían cámaras, podía empeorar las cosas.

—Pasé por la calle.

—¿Entró?

Adrián sostuvo la mirada del oficial.

—No.

Chen lo observó durante varios segundos.

—Las cámaras de la esquina dejaron de funcionar durante el apagón.

—Entonces supongo que no pueden comprobarlo.

—Eso no significa que no podamos averiguarlo.

Adrián casi sonrió.

—No dije que lo significara.

Un hombre de civil se acercó.

Cincuenta años.

Cabello corto con canas.

Abrigo oscuro.

Su mirada era diferente a la de los policías.

Demasiado tranquila.

—Oficial Chen —dijo—. Déjenos un momento.

Chen parecía querer protestar.

—Inspector, yo...

—Un momento.

El joven se retiró.

El hombre extendió la mano.

—Inspector Luo Ming.

Adrián la estrechó.

La presión fue normal.

Pero algo en la palma del hombre le llamó la atención.

Callos.

No de disparar.

No de trabajo manual.

Callos en la base del índice y el pulgar.

Entrenamiento con espada.

Adrián retiró la mano.

Luo lo notó.

—¿Algo ocurre?

—Nada.

—Me dijeron que vive cerca.

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Unos años.

—¿Cuántos?

—Ocho.

La mirada del inspector cambió.

Muy poco.

Pero cambió.

—Ocho.

—Sí.

—Curioso.

—¿Por qué?

Luo caminó hacia el callejón.

—El edificio donde apareció el cadáver fue cerrado hace diecisiete años.

—Ya lo mencionaron.

—Lo que no le dijeron es por qué.

Adrián esperó.

—Hubo un incendio.

—¿Murió alguien?

—Oficialmente, no.

—¿Y extraoficialmente?

Luo sonrió.

—Usted hace preguntas interesantes.

—Usted empezó.

El inspector metió las manos en los bolsillos.

—Hace diecisiete años encontraron manchas de sangre en el segundo piso.

Adrián recordó la habitación de la vela.

—¿De quién?

—Nunca lo determinaron.

—¿Cuánta?

—Suficiente para que una persona normal no sobreviviera.

Una persona normal.

La elección de palabras no pasó desapercibida.

—¿Y qué tiene que ver conmigo?

—Eso quiero saber.

Adrián miró nuevamente la tienda.

—¿Puedo ver dónde encontraron al hombre?

Luo negó.

—Escena restringida.

—Entonces ¿para qué me llamaron?

—Originalmente para identificarlo.

—Pero ya no está.

—Exacto.

—Así que ya no me necesitan.

Adrián comenzó a irse.

—Shen Yuchen.

Se detuvo.

No giró.

Durante un segundo, todo el ruido de Qinghe desapareció.

El inspector Luo habló de nuevo.

—Ese nombre sí significa algo para usted.

Adrián se volvió lentamente.

—No sé de qué habla.

Luo lo observó.

—Interesante.

—¿Qué?

—No preguntó quién es Shen Yuchen.

Silencio.

Adrián sabía que había cometido un error.

Pequeño.

Pero real.

Luo sonrió apenas.

—Tranquilo. No intento arrestarlo.

—Entonces ¿qué quiere?

—Saber si el hombre que esperábamos está realmente frente a mí.

—Se equivocó de persona.

Luo inclinó la cabeza.

—Tal vez.

—¿Quién le dio ese nombre?

—El cadáver.

Adrián frunció el ceño.

—Dijo que llevaba mi fotografía.

—También llevaba algo más.

El inspector sacó un teléfono.

Mostró una imagen.

Un trozo de tela.

En él había una frase escrita con sangre.

SHEN YUCHEN REGRESÓ A LÓNGCHÉNG.

Adrián sintió la marca de su muñeca calentarse.

—¿Eso estaba con el cadáver?

—Dentro de su boca.

Adrián lo miró.

La situación empeoraba.

—¿Por qué no se lo dijeron al oficial Chen?

—Porque Chen es un buen policía.

Luo apagó el teléfono.

—Y quiero que siga siendo solamente eso.

Adrián estudió al inspector.

—Usted sabe algo.

—Sé que esta ciudad tiene dos clases de crímenes.

—¿Cuáles?

—Los que podemos investigar...

Señaló la tienda.

—Y los que debemos fingir que no existen.

—¿Este cuál es?

Luo dejó escapar aire.

—Todavía no lo sé.

—Entonces ¿por qué me dice todo esto?

—Porque el muerto llevaba una insignia que no debería existir.

—¿La de cobre?

El inspector lo miró.

—Esa es una.

—¿Hay otra?

Pausa.

Luo metió una mano dentro del abrigo.

Adrián se tensó.

El inspector sacó una pequeña placa negra.

No más grande que dos dedos.

En el centro tenía nueve círculos.

Idénticos a los grabados en la caja.

Adrián mantuvo el rostro neutro.

—¿La conoce?

—No.

Luo se acercó.

—Fue encontrada cosida debajo de la piel del hombre.

Eso sí lo sorprendió.

—¿Debajo de la piel?

—En la espalda.

—¿Desde cuándo?

—Muchos años, según el médico.

El inspector guardó la placa.

—Ahora le haré una pregunta y le recomiendo responder con cuidado.

Adrián esperó.

—¿Qué es la Puerta de Jade?

No mostró reacción.

—Nunca había escuchado ese nombre.

Luo lo miró durante largo tiempo.

Finalmente asintió.

—Bien.

—¿Me cree?

—No.

Adrián casi sonrió.

—Entonces ¿para qué preguntar?

—Para ver cómo mentía.

Los dos permanecieron en silencio.

Después Luo miró hacia uno de los tejados.

—Váyase a casa.

—Eso pensaba hacer.

—Y si alguien llamado Jian Mo se acerca a usted...

Adrián sintió una punzada de alerta.

—¿Quién?

Luo lo observó.

—Esa fue mejor mentira.

Adrián ya no sonreía.

—¿Lo conoce?

—Conozco historias.

—¿Qué historias?

—Personas que desaparecen después de hablar con él.

—¿Está diciendo que es peligroso?

—Estoy diciendo que si Jian Mo está en Lóngchéng, las cosas son peores de lo que parecen.

—¿Qué es él?

El inspector miró la lluvia.

—Depende de a quién le pregunte.

—Le pregunto a usted.

—Un hombre que debería estar muerto.

Aquella noche parecía llena de ellos.

Luo comenzó a alejarse.

Adrián habló:

—Inspector.

Se detuvo.

—¿El cadáver tenía nombre?

Luo no giró.

—Sí.

—¿Cuál?

El silencio duró demasiado.

—Han Qiren.

Adrián no conocía el nombre.

O pensó que no.

Hasta que algo se movió en su memoria.

Una habitación.

Una mesa baja.

Un hombre inclinado sobre su brazo cuando Adrián tenía quizá cuatro años.

Una aguja de plata.

Una voz:

No llores, pequeño Yuchen. El dolor solo significa que la sangre todavía recuerda.

Adrián sintió que el aire se hacía pesado.

—Repita el nombre.

Luo se volvió.

—Han Qiren.

El recuerdo se volvió más claro.

Un hombre joven.

No de sesenta años.

Treinta, quizá.

Cabello oscuro.

Una sonrisa tranquila.

Y un símbolo de cobre colgando de su cuello.

守

Proteger.

Adrián retrocedió medio paso.

Luo lo vio.

—Lo conoce.

—No.

—Acaba de recordar algo.

Adrián ignoró la acusación.

—¿Está seguro de que tenía unos sesenta años?

—Sí.

Eso no encajaba.

Si Adrián tenía veintiséis, el hombre de sus recuerdos habría envejecido aproximadamente veintidós años.

Podía tener cincuenta y tantos.

Quizá sesenta.

Era posible.

—¿Cuándo murió?

—Según el médico, entre cuarenta y ocho y sesenta horas antes de ser encontrado.

—¿Causa?

—Eso es lo extraño.

—¿Qué?

Luo dudó.

—No tenía heridas mortales.

—Entonces ¿cómo murió?

—El médico dijo que todos sus órganos dejaron de funcionar prácticamente al mismo tiempo.

Adrián sintió la corriente bajo su piel.

—Veneno.

—No encontraron ninguno.

—Enfermedad.

—No.

—Entonces ¿qué?

Luo bajó la voz.

—Su corazón parecía tener ciento veinte años.

—¿Y el resto del cuerpo?

—Sesenta.

Adrián no respondió.

—Ahora entiende por qué no quiero que el oficial Chen sepa demasiado.

Sí.

Lo entendía.

Pero no tenía explicación.

Luo continuó.

—Hay más.

—¿Qué?

—Antes de desaparecer el cadáver, el médico tomó muestras.

—¿Y?

—La sangre no se comportaba como debía.

—Sea específico.

—Coagulaba, luego volvía a licuarse.

Adrián pensó en una palabra.

Cultivación.

No la pronunció.

Luo lo observó.

—Usted sabe algo de esto.

—No.

—Algún día tendremos una conversación más honesta.

—Tal vez.

—Si ambos seguimos vivos.

El inspector se marchó.

Adrián permaneció frente al callejón.

Han Qiren.

El nombre seguía golpeando dentro de su memoria.

Ahora recordaba otra cosa.

Una noche.

Él tenía cinco años.

Su madre estaba enferma.

Han Qiren había llegado a la residencia Shen bajo la lluvia.

Adrián se había escondido detrás de una puerta y escuchó una discusión.

Su padre gritaba.

No era común.

—¡No tienes derecho!

Han Qiren respondió:

—No se trata de derecho.

—¡Es mi hijo!

—Precisamente.

Después la voz de su madre.

Débil.

—Jianhong... déjalo terminar.

Silencio.

Han Qiren habló:

—Si no sellamos la primera respuesta ahora, las otras ocho la sentirán.

Adrián cerró los ojos.

Primera respuesta.

Otras ocho.

Su muñeca ardió.

La memoria se rompió.

Alguien lo estaba observando.

Abrió los ojos.

Al final de la calle, una persona con paraguas blanco permanecía inmóvil.

No podía ver su rostro.

La figura giró.

Se alejó.

Adrián comenzó a seguirla.

No corrió.

Cruzó la calle.

La distancia se mantenía.

La persona dobló hacia un callejón.

Adrián aceleró.

Cuando llegó...

nadie.

El callejón estaba vacío.

Solo había una pared al fondo.

Sin puertas.

Sin ventanas.

Adrián miró hacia arriba.

Nada.

En el suelo encontró algo.

Un papel plegado.

No lo tocó inmediatamente.

Observó alrededor.

Después utilizó un pañuelo para levantarlo.

Dentro había dos caracteres.

七钟

Siete Campanas.

El lugar que Jian Mo le había mencionado.

Debajo:

NO VAYAS AL AMANECER.

Adrián leyó otra vez.

Jian Mo había dicho:

Mañana, cuando salga el sol, ve al Mercado de las Siete Campanas.

Alguien más acababa de advertirle que no lo hiciera.

Dos instrucciones opuestas.

Ambas de desconocidos.

Guardó el papel.

A lo lejos, una campana sonó.

Una vez.

Adrián miró la hora.

01:07.

No había templos cercanos que tocaran campanas a esa hora.

Sonó una segunda vez.

Luego una tercera.

Adrián comenzó a contar.

Cuatro.

Cinco.

Seis.

Silencio.

Esperó.

Nada.

Solo seis.

Entonces, desde algún lugar mucho más cercano, detrás de él, sonó la séptima.

Adrián giró.

La tienda de caligrafía.

Número cuarenta y siete.

La puerta estaba abierta.

Los policías no parecían darse cuenta.

Los agentes seguían hablando.

Nadie miraba.

Era imposible.

Adrián se acercó lentamente.

—Señor Valerius.

El oficial Chen lo llamó desde atrás.

Adrián miró hacia él.

Solo un segundo.

Cuando volvió a mirar...

la puerta estaba cerrada.

Adrián no dijo nada.

Chen se acercó.

—¿Todo bien?

—Sí.

—El inspector dijo que podía irse.

—Eso haré.

Chen extendió una tarjeta.

—Si recuerda algo sobre el hombre, llámeme.

Adrián la guardó.

—Oficial.

—¿Sí?

—¿Usted escuchó una campana?

Chen frunció el ceño.

—No.

—Nada.

—Nada.

Adrián miró nuevamente la tienda.

—Entiendo.

Se marchó.

A dos calles de Qinghe, alguien observaba desde el interior de un automóvil negro.

Una mujer.

No tendría más de treinta años.

Vestía un abrigo claro.

Sus dedos sostenían una taza de té que ya se había enfriado.

En el asiento delantero, un hombre preguntó:

—¿Es él?

La mujer siguió mirando a Adrián alejarse.

—Sí.

—¿Está segura?

—No.

—Entonces...

—Pero Han Qiren murió por venir hasta aquí.

El conductor guardó silencio.

La mujer dejó la taza.

—Eso significa que alguien estaba esperando su regreso.

—¿Debemos informar a la Casa Gu?

—Todavía no.

—¿Por qué?

—Porque si realmente es Shen Yuchen, informar demasiado pronto hará que ocho familias intenten matarlo y una intente poseerlo.

—¿Y nosotros?

La mujer sonrió ligeramente.

—Nosotros primero averiguaremos si vale la pena mantenerlo vivo.

El hombre asintió.

—¿Y Shen Zhaoling?

La sonrisa desapareció.

—No debe saber que lo encontramos.

—Él ya sabe que alguien regresó.

—No es lo mismo.

Miró por última vez hacia Adrián.

—Un rumor puede ignorarse.

Pausa.

—Un heredero no.

El automóvil se alejó.

Adrián regresó caminando.

No quería exponerse a cámaras innecesarias.

No sabía quién podía rastrear tarjetas, vehículos o teléfonos.

Su vida cotidiana seguía siendo útil.

A mitad del trayecto entró en una tienda abierta veinticuatro horas.

Compró agua.

Un cuaderno.

Un bolígrafo.

Pagó en efectivo.

Se sentó al fondo.

Por primera vez desde que comenzó la noche, ordenó la información.

Escribió nombres.

Shen Jianhong.

Su padre.

Visto por Jian Mo hace siete años.

Shen Tianyu.

Su tío.

Desaparecido cuando Adrián tenía siete.

Shen Zhaoling.

Hijo de Tianyu.

Actualmente utiliza el nombre Shen Yuchen.

Jian Mo.

Buscado por su padre.

Lo encontró después de siete años.

Conoce las Puertas.

Han Qiren.

Médico o protector de su infancia.

Muerto.

Cadáver desaparecido.

Dejó advertencia sobre “la novena”.

Abuela Lin.

Viva.

Sabe de la Puerta de Jade.

Después escribió:

Mercado de las Siete Campanas.

Debajo:

Pabellón Wuyin.

Dos órdenes.

Una decía ir al amanecer.

Otra decía no ir.

Finalmente escribió:

¿Por qué ocho años?

Miró esa pregunta durante mucho tiempo.

Toda la historia parecía girar alrededor del mismo número.

Su exilio.

El entrenamiento del falso heredero.

Las ocho velas.

Las Nueve Casas.

Las Nueve Puertas.

Ocho años de ausencia.

La primera puerta regresando justo después.

Adrián rodeó la pregunta.

Luego escribió otra.

¿Qué debía contener la caja?

Esa era quizá la más importante.

Porque alguien había arriesgado mucho para robarlo antes de que pudiera verla.

Guardó el cuaderno.

Salió.

Cuando llegó a casa eran casi las dos.

Revisó cada habitación.

Nada.

Entró en el espacio oculto.

La vela marcada con el carácter “uno” ya no mostraba nada.

El símbolo había desaparecido de la cera.

Adrián se sentó en el suelo.

Tomó el medallón de jade.

Lo examinó.

Nunca había prestado demasiada atención a sus grabados.

Pensaba que eran decorativos.

Ahora vio que no.

Había nueve líneas diminutas formando círculos incompletos.

Una de ellas brillaba apenas.

La primera.

Adrián recordó al inspector.

Han Qiren.

El hombre de su infancia.

Si no sellamos la primera respuesta ahora, las otras ocho la sentirán.

¿Qué habían hecho con él?

¿Habían sellado su cultivación?

¿O algo distinto?

Cerró los ojos.

Intentó recordar más.

La memoria se resistía.

No era normal.

Había detalles de su infancia que podía recuperar perfectamente.

El color de las paredes.

Los aromas.

Los rostros.

Pero cada recuerdo relacionado con las Puertas parecía incompleto.

Como si alguien hubiera cortado partes de ellos.

Una sensación inquietante apareció.

Quizá sus recuerdos no eran naturales.

Quizá también habían sido sellados.

Adrián abrió los ojos.

Por primera vez consideró una posibilidad que no le gustó.

Los ocho años no solo habían servido para ocultarlo del mundo.

Podían haber servido para ocultarlo de sí mismo.

El teléfono vibró.

Un mensaje.

Sin número.

HAN QIREN NO VINO A ADVERTIRTE.

Adrián se puso de pie.

Otro mensaje.

VINO A ENTREGARTE ALGO.

Tercero.

LA POLICÍA NO LO ENCONTRÓ.

Silencio.

Después apareció una fotografía.

El cadáver.

Han Qiren.

Tendido en el callejón.

Adrián amplió la imagen.

El rostro era más viejo.

Pero sí.

Lo reconocía.

El hombre de sus recuerdos.

La fotografía estaba tomada antes de la llegada de la policía.

Alguien había estado allí.

Adrián revisó sus manos.

Una estaba cerrada.

El informe policial no había mencionado eso.

Amplió.

Entre los dedos de Han Qiren había algo.

Una pequeña pieza blanca.

Jade.

El último mensaje llegó.

ELLA LO TIENE.

Adrián miró la pantalla.

Solo una pregunta importaba.

¿Quién?

Escribió.

No hubo respuesta.

Esperó.

Un minuto.

Dos.

Nada.

Entonces alguien tocó la puerta.

Tres golpes.

Lentos.

Adrián no se movió.

02:14.

Nadie que él conociera visitaba a esa hora.

Se acercó sin hacer ruido.

Miró por la mirilla.

No había nadie.

Esperó.

Otros tres golpes.

Esta vez provenientes de la habitación secreta.

Adrián giró.

El sonido había venido desde dentro de la pared.

Una vez.

Dos.

Tres.

La Primera Puerta volvió a temblar.

Y desde el interior de la caja vacía...

algo respondió.

Toc.

Adrián entró.

La caja estaba cerrada.

Él la había dejado abierta.

Se acercó.

No la tocó.

Un segundo golpe.

Toc.

Luego un tercero.

Adrián sintió cómo la energía bajo su piel despertaba.

La caja comenzó a vibrar.

Una fina línea de luz apareció alrededor de la tapa.

No era blanca.

Ni roja.

Era dorada.

El mismo color del símbolo de las Nueve Estrellas.

Adrián extendió una mano.

La voz de su padre apareció en su memoria.

Esta vez clara.

Cuando llegue el momento, la caja te dirá quién eres.

Adrián apoyó los dedos sobre la tapa.

La luz desapareció.

La caja se abrió sola.

Ya no estaba vacía.

Dentro había una pequeña lámina de jade blanco.

Adrián no respiró.

Era imposible.

Había revisado el interior.

No tenía doble fondo.

No había compartimentos.

Tomó la pieza.

En un lado había una sola palabra.

WUYIN.

El mismo nombre del pabellón.

En el reverso...

una hora.

04:44.

Adrián miró el reloj.

02:17.

Quedaban poco más de dos horas.

Debajo de la hora apareció lentamente una segunda inscripción.

No estaba grabada.

Surgió sobre el jade como tinta extendiéndose bajo el agua.

NO CONFÍES EN JIAN MO.

Adrián sostuvo la pieza en silencio.

Dos desconocidos le habían dado instrucciones contradictorias.

Ahora la propia caja lo enviaba al mismo lugar que Jian Mo.

Pero también le advertía que no confiara en él.

Entonces comprendió algo.

Tal vez la pregunta nunca había sido si debía ir al Mercado de las Siete Campanas.

La pregunta era...

quién quería llegar allí primero.

Adrián cerró la mano alrededor del jade.

El amanecer todavía estaba lejos.

Pero en Lóngchéng, aquella noche ya había durado demasiado.

Y antes de que saliera el sol...

Shen Yuchen tendría que tomar su primera decisión como alguien que acababa de regresar de entre los muertos.

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