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OTRA TONTA REENCARNACIÓN... ESTÁ HEREDERA DA MUERTE A LOS CLICHES

OTRA TONTA REENCARNACIÓN... ESTÁ HEREDERA DA MUERTE A LOS CLICHES

Status: Terminada
Genre:Viaje a un mundo de fantasía / Mujer poderosa / Traiciones y engaños / Completas
Popularitas:2.6k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Angélica Martins murió soñando con ser emperatriz y despertó en el cuerpo de Antonia Paccioli, la heredera perdida de un ducado renacentista plagado de intrigas, bastardos, matrimonios forzados y pretendientes peligrosamente atractivos.
El problema es que Angélica conoce demasiado bien estas historias.
Sabe cuándo llegará la prueba de sangre, quién intentará empujarla por las escaleras y cuándo aparecerá el inevitable banquete envenenado.
Pero esta vez hay un pequeño inconveniente:
Tony no piensa seguir el guion.
Cada cliché que intentan usar contra ella termina convertido en un arma contra sus enemigos. Sin embargo, cuanto más altera la historia, más feroz responde el mundo.
Y pronto descubrirá algo mucho peor:
alguien más conoce las reglas.
Y quizá fue quien las escribió.

NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La criada que incrimina

Su habitación era una celda con cortinas de seda pesada y un balcón que daba a un patio de piedra fría. Tony se sentó al borde de la cama, quitándose el vendaje improvisado que Monteverdi le había dejado. El tobillo seguía hinchado, pero el dolor era soportable. Algo era una bendición: no cojeaba lo suficiente para que la subestimaran por completo.

Alguien llamó a la puerta. Tres golpes suaves, calculados para no asustar, pero demasiado rítmicos para ser casuales.

—Adelante —dijo Tony, sin levantar la vista del frasco de veneno que había traído consigo.

Entró Marta, la criada que le habían asignado esa misma tarde. Llevaba una bandeja con una taza de infusión humeante y una expresión de preocupación tan perfecta que parecía copiada de un manual de lealtad dramática.

—Vengo a ver cómo sigue su pierna, señora —dijo, dejando la bandeja sobre la mesa—. Y a traerle algo para descansar. Ha sido una noche terrible.

Tony la observó. «Regla 19 de ChicleFM: la sirvienta que aparece justo cuando la necesitas y sonríe demasiado dulcemente… es la que te delata en el capítulo 5». No era paranoia. Era estadística. En ciento veintisiete novelas que había leído, la sirvienta nueva era espía en ciento veinticinco casos. Las otras dos resultaban ser hermanas perdidas, y eso era peor.

—Gracias —dijo Tony, sin tocar la taza—. Deja eso ahí. Dime, Marta… ¿desde cuándo sirves en este castillo?

La chica se detuvo un instante, lo justo para que alguien que no buscara señales no lo notara.

—Tres años, señora. Entré cuando la señorita Lucrezia cumplió dieciséis.

—¿Ah sí? —Tony se levantó con cuidado, apoyándose en la mesa—. Curioso. Yo estuve investigando los registros de personal antes de llegar. Y no hay ninguna Marta en las listas de hace tres años. Apareciste hace dos semanas. Justo antes de mi llegada.

La criada palideció, pero recuperó el control rápido. Demasiado rápido.

—Hubo un cambio de nombre, señora. Mi madre se volvió a casar. Es… complicado.

—Siempre lo es —dijo Tony, y caminó despacio hacia el armario—. Especialmente cuando alguien te paga para que coloques algo en mi habitación y luego vengas a gritar que lo encontraste.

Marta dio un paso atrás, las manos entrelazadas con nerviosismo.

—No sé de qué me habla, señora. Solo quiero ayudarla.

—Claro que sí —Tony abrió la puerta del mueble. No buscó el jarrón de plata que supuestamente había desaparecido del ajuar de Lucrezia, ni el bolsillo de monedas de oro que siempre plantaban en estos casos. Se agachó y miró detrás del cajón inferior, donde la madera tenía una junta suelta—. Lo que buscas no está ahí. Está aquí.

Sacó un pequeño estuche de terciopelo y una bolsa de monedas con el sello de la casa Moretti. Lucrezia no era sutil. Ni original.

—El jarrón de plata lo escondiste debajo del colchón —dijo Tony, levantándose—. Y en este estuche llevabas el veneno que ibas a decir que yo guardaba. El mismo tipo de veneno que había en las escaleras. Qué coincidencia.

Marta se puso de espaldas a la puerta, la voz subiendo de tono, preparando el grito.

—¡Es mentira! ¡La está incriminando! ¡Guardias! ¡Aquí hay algo terrible!

—No grites todavía —dijo Tony, y abrió la puerta de golpe—. Ya los llamé yo antes de que entraras.

Dos guardias y Giulia, la doncella que le había asignado el Duque, estaban en el pasillo. Habían escuchado todo.

—Ella entró con eso —dijo Tony, señalando el estuche y las monedas—. Iba a esconderlo, gritar, y hacerme pasar por ladrona y envenenadora. Es el cliché más aburrido del catálogo. ¿No podrían esforzarse un poco más?

Giulia entró y tomó las pruebas con una cara impasible. Los guardias sujetaron a Marta, que ya no fingía miedo: solo rabia frustada.

—La señorita Lucrezia me ordenó —escupió la criada, sin intentar negarlo ya—. Dijo que si la hacía caer, me casaría con el hijo del mayordomo. ¡No tuve opción!

—Siempre tienes opción —dijo Tony, sin lástima—. Elegiste el bando equivocado. Y peor: elegiste un guion que ya me sé de memoria.

Se llevaron a Marta. La puerta se cerró. Tony se dejó caer en la silla, el tobillo pulsando con fuerza. Había ganado. Había limpiado su nombre antes de que la mancharan. Pero el precio era claro: nadie era inocente. Ni las criadas, ni las sonrisas dulces, ni las puertas que se abrían sin llamar.

Giulia se quedó un instante, mirándola con una expresión que no era ni admiración ni miedo. Era respeto.

—Lo hizo bien, señora —dijo, bajando la voz—. Pero tenga cuidado. Marta no era la única. Hay ojos en cada pasillo, oídos en cada tapiz. Lucrezia no actúa sola. Y el Duque… el Duque observa todo.

—Lo sé —respondió Tony, frotándose la frente—. Gracias, Giulia. Por estar ahí.

—Hago mi trabajo —respondió la chica, y salió sin hacer ruido.

Tony se quedó sola en la habitación, mirando el frasco de veneno sobre la mesa. Marta había dicho que Lucrezia la ordenó. Pero el sello del frasco no era de las Moretti. Era distinto. Más antiguo. Más oscuro.

Alguien estaba usando a Lucrezia. Alguien estaba usando a Raffaele. Alguien estaba escribiendo su historia con tinta que no pertenecía a este mundo.

«Gané el tropo», pensó, apagando la vela. «Pero cada vez que derribo una puerta, encuentro tres más cerradas detrás. Y no sé cuál abrirá la siguiente trampa».

Desde el balcón, una sombra se movió apenas. No era un guardia. No era Monteverdi. Era alguien que había visto todo. Y cuando Tony levantó la vista, ya no estaba.

La guerra no era contra Lucrezia. Era contra algo mucho más grande. Y apenas empezaba.

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EspirituCreativo
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