Alegra Vega creía que el peor peligro de trabajar para Alejandro Montero era su carácter frío y autoritario. Hasta que entró en su estudio secreto y encontró decenas de pinturas de ella: arrodillada, vendada y completamente entregada.
Él la sorprendió con el cuaderno abierto.
—Cierra la puerta.
Alegra obedeció.
Lo que comienza con pintura sobre la piel pronto se convierte en órdenes, seda, palmadas, placer contenido y noches en las que su jefe deja de fingir que no desea poseerla. Pero el verdadero escándalo llegará cuando la tensión abandone el estudio y termine sobre el escritorio del hombre más poderoso de la empresa.
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Capítulo 3
# Capítulo 3: El olor de la pintura
El primer lunes como asistente ejecutiva de Alejandro Montero, Alegra llegó a la oficina a las siete de la mañana, cuarenta y cinco minutos antes de lo necesario.
No porque fuera particularmente entusiasta —que lo era—, sino porque levantarse temprano y salir de casa antes de que sus padres se sentaran a desayunar se había convertido en un acto de supervivencia emocional.
—¿A dónde vas tan temprano? —preguntó su madre desde la cocina, con esa voz que era mitad reproche, mitad interrogatorio.
—Al trabajo. Me promovieron. Tengo más responsabilidades.
—¿Y el desayuno?
—Como en el camino.
—¡Comida de la calle! ¡No sé para qué te crié si vas a comer como vagabunda!
Alegra cerró la puerta sin responder. Se compró unos esquites en el puesto de la esquina del metro y se los comió de pie en el andén, con los dedos pringados de mayonesa y chile en polvo, sintiéndose más libre de lo que tenía derecho a sentirse.
La antesala de la oficina del director general era un espacio silencioso con dos escritorios, un sillón de piel y una puerta de madera oscura que permanecía cerrada. El escritorio de la izquierda era el de Héctor —durante esa semana todavía compartirían espacio para el traspaso—. El de la derecha, el suyo.
Alegra pasó la primera hora aprendiendo el sistema de archivos, la agenda digital y los veintisiete contactos que Héctor había clasificado como "los que llaman y hay que pasar", "los que llaman y hay que filtrar" y "los que llaman y hay que colgar, pero con educación."
—La clave con Alejandro —dijo Héctor, bajando la voz aunque estaban solos— es no abrumarlo. No le cuentes tu vida, no le hagas preguntas personales, no intentes caerle bien. Solo haz tu trabajo y sé invisible.
—Invisible. Entendido.
—Y nunca, jamás, bajo ninguna circunstancia, entres a la puerta del fondo sin tocar.
Alegra miró hacia donde señalaba. Al fondo del despacho de Alejandro, medio oculta tras una estantería, había una segunda puerta. Siempre cerrada.
—¿Qué hay ahí?
—Su estudio privado. No entra nadie.
—¿Ni tú?
Héctor titubeó. —Yo sí. Pero yo llevo trece años. Tú llevas trece minutos.
Alegra asintió, pero la curiosidad ya estaba plantada como una semilla detrás de sus costillas.
Los primeros días fueron un ejercicio de invisibilidad. Alejandro Montero entraba a su oficina a las nueve en punto, trabajaba hasta las dos sin levantar la vista, almorzaba algo que le traían del restaurante de abajo —siempre solo, siempre en su escritorio—, y seguía hasta las ocho o las nueve de la noche. A veces más tarde.
Intercambiaban un máximo de diez palabras al día.
—Los documentos del consejo.
—En su escritorio, señor Montero.
—Cancela la junta de las cuatro.
—Cancelada.
—Gracias.
Esa era la palabra que más le decía: gracias. Siempre la misma entonación. Siempre sin mirarla.
Alegra empezó a notar cosas. No podía evitarlo. Estaba sentada a tres metros de él, separada por una pared de cristal, ocho horas al día.
Notó que se aflojaba la corbata exactamente a las seis de la tarde, como si un reloj interno le avisara que la jornada formal había terminado. Notó que su café lo tomaba con dos de azúcar, sin leche, y que si le ponían leche lo dejaba intacto y no decía nada, simplemente no lo tocaba. Notó que tenía la costumbre de girar un bolígrafo entre los dedos cuando leía algo que lo irritaba, y que el bolígrafo giraba más rápido cuanto mayor era su irritación.
Y notó que cuando se quedaba hasta tarde —que era casi todas las noches—, la luz detrás de la puerta del fondo se encendía. Y por debajo de la rendija se filtraba un olor.
Pintura. Algo entre madera y trementina, pero más dulce. Como el interior de una tienda de arte.
Sofía Valenzuela, la compañera del piso de abajo que subía a veces con pretextos transparentes para ver al director general, fue la primera en mencionarlo.
—¿No te da curiosidad? —le preguntó a Alegra un jueves por la tarde, apoyada en su escritorio con la excusa de entregarle una factura que podía haber mandado por correo—. La señora de la limpieza dice que siempre huele a pintura cuando él se queda hasta tarde.
—No es asunto mío —respondió Alegra, sin levantar la vista de la pantalla.
—Ay, qué aburrida.
Sofía se fue. Alegra siguió tecleando. Pero sus ojos se desviaron un segundo hacia la puerta del fondo.
Pintura. ¿Pinta? ¿El señor Montero pinta?
El viernes por la noche, Alegra debería haberse ido a las siete. Pero un reporte urgente para el consejo de administración la retuvo hasta las nueve.
Cuando terminó, el piso estaba desierto. Las luces del pasillo se habían apagado con el sensor de movimiento. Solo quedaba el resplandor azulado de su monitor y, detrás de la puerta de cristal, la lámpara del escritorio de Alejandro.
Él seguía ahí. Por supuesto que seguía ahí.
Alegra imprimió el reporte, lo engrapó y se levantó. Podía dejarlo en el escritorio de afuera para que él lo encontrara al salir. Eso habría sido lo correcto. Lo profesional. Lo invisible.
Pero la puerta de la oficina estaba entreabierta, y Alegra era muchas cosas, pero nunca había sido buena ignorando puertas entreabiertas.
Tocó con los nudillos.
No hubo respuesta.
Empujó la puerta. La oficina estaba vacía. El saco de Alejandro colgaba del respaldo de su silla. Su computadora seguía encendida. Y la puerta del fondo —la del estudio— estaba abierta por primera vez.
No completamente abierta. Unos quince centímetros. Lo suficiente para que el olor a pintura le llegara como una ola: denso, húmedo, vivo.
Y lo suficiente para verlo.
Estaba de espaldas. Las mangas de la camisa enrolladas hasta los codos. En la mano derecha, un pincel de mango largo con cerdas suaves que goteaban color —azul oscuro, casi negro— sobre un papel extendido en una mesa. A su alrededor, otros papeles, algunos en el suelo, algunos apilados contra la pared. Todos cubiertos de trazos.
No pintaba como un artista. No había serenidad en sus movimientos, ni la paciencia contemplativa que Alegra asociaba con la pintura. Esto era otra cosa. Cada trazo era tenso, preciso, casi violento. El pincel golpeaba el papel con la urgencia de alguien peleando contra algo. La pintura salpicaba. Su respiración era audible: lenta, controlada, como si estuviera contando cada exhalación.
Alegra se quedó clavada en el umbral.
¿Esto es lo que hace cuando se queda hasta tarde?
Observó sus manos. Grandes, con dedos largos. Dedos de pianista, de cirujano, de alguien acostumbrado a la precisión. La pintura le manchaba los nudillos y el dorso de la mano derecha. Un trazo le subía por el antebrazo como una vena de color.
Observó su nuca. La mandíbula apretada. Los tendones del cuello marcados bajo la piel.
Observó el papel. No entendía lo que pintaba —eran trazos abstractos, líneas que se curvaban sobre sí mismas—, pero la repetición obsesiva del mismo movimiento le hizo pensar en alguien escribiendo la misma palabra una y otra vez hasta que pierde significado.
Una gota de pintura cayó al suelo.
Él se detuvo.
Lo sintió antes de verla. Una rigidez súbita en sus hombros, un cambio en la presión del aire. Se volvió despacio.
Sus ojos.
Alegra había visto los ojos de Alejandro Montero en varias ocasiones: fríos, pálidos, distantes. Esta vez eran diferentes. Estaban oscurecidos. Como si la pupila se hubiera dilatado hasta comerse el iris. La miraron como si ella fuera la razón por la que él había estado pintando.
—¿Necesitas algo? —Voz baja. Controlada. No estaba enojado. Pero había algo debajo de esa calma que hizo que a Alegra se le erizara la piel de los brazos.
—El... el reporte del consejo —balbuceó, levantando los papeles como escudo—. Lo dejé en su escritorio. Disculpe, yo... la puerta estaba abierta.
—Entendido.
No le dijo que se fuera. No tuvo que hacerlo. Todo en su postura lo decía.
Alegra dio un paso atrás. Dos. Giró y caminó hacia la puerta de la oficina con la compostura de alguien que no tiene el corazón en la garganta.
En el pasillo, se recargó contra la pared. Cerró los ojos.
¿Qué fue eso? ¿Por qué me miró así? Eso no era enojo. Eso era...
No encontró la palabra. Pero la sensación le recorrió la espalda como un escalofrío de agua caliente.
El sonido de pasos la sacó del trance. Alguien venía por el pasillo con la confianza de quien camina por su propia sala. Un hombre de su edad, pelo desordenado, camisa arrugada, con dos cafés de la tienda de abajo en las manos.
Pasó junto a ella sin detenerse, entró a la oficina de Alejandro como si la puerta estuviera permanentemente abierta para él, y se metió directo al estudio.
—¿Otra noche de pintura? —lo oyó decir, con un tono entre la burla y la preocupación—. ¿Tan mal te fue?
La respuesta de Alejandro fue una sola frase. Baja. Cortante. La misma que usaba para todo lo que quería mantener encerrado.
—Cierra la puerta.
Se oyó el chasquido de la puerta cerrándose. Luego, la voz del recién llegado, amortiguada pero audible:
—Muchos trazos esta noche, hermano. ¿Quién te alteró?
El hombre salió del estudio cinco minutos después. En el pasillo, vio a Alegra todavía recargada en la pared. Las mejillas rojas. Los papeles del reporte apretados contra el pecho.
La miró de arriba abajo. Lento. Evaluándola. Y sonrió.
—Tú debes ser la nueva.