Durante siete años, Estela Ríos fue la esposa perfecta.
Renunció a una carrera prometedora, cuidó sola de su hijo y hasta quedó marcada por el accidente en el que salvó la vida de Adrián Valadez, su famoso marido. A cambio, recibió indiferencia, desprecio y un arete de perla que cayó del bolsillo de él la noche en que su amor de juventud regresó al país.
Entonces Estela vio el futuro.
Vio su propia muerte. Vio a Adrián casarse con otra mujer. Y vio a su pequeño Mateo crecer abandonado hasta convertirse en un hombre condenado a un final terrible.
Lo que Estela jamás imaginó fue que su hijo de cuatro años también recordaba aquella vida.
Esta vez, ella no permitirá que nadie escriba su destino. Pedirá el divorcio, luchará por la custodia de Mateo y recuperará la carrera que dejó enterrada durante años. Pero mientras intenta comenzar de nuevo, aparece Maximiliano Alarcón: el multimillonario más codiciado del país, un hombre frío ante el mundo y sorprendentemente dulce con ella y con su hijo.
Max conoce sus flores favoritas, recuerda sus pequeños hábitos y siempre aparece cuando más lo necesita. Estela no entiende por qué… hasta que descubre que él lleva quince años amándola en secreto.
Mientras Adrián comprende demasiado tarde a qué mujer dejó escapar, Estela deberá enfrentarse a una verdad aún más peligrosa: el futuro que vio no fue una casualidad, y alguien alteró su destino mucho antes de que ella pudiera elegir.
Una vez entregó su vida al hombre equivocado.
Esta vez, amará únicamente a quien ella decida.
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Capítulo 1
Capítulo 1: La luz de luna vuelve a casa
El mole de olla llevaba media hora enfriándose en la mesa cuando por fin oyó girar la llave.
—Llegaste. —Estela se levantó tan rápido que la silla chirrió, y odió lo mucho que le tembló la voz de puro alivio—. Hice el que te gusta, el de olla. Pensé que después de tantos días de viaje...
—No tengo hambre. —Adrián entró sacudiéndose la lluvia del saco, sin mirarla. Traía el cabello pegado a la frente y los ojos puestos en algún punto muy lejos de esa sala, muy lejos de ella—. Comí en el aeropuerto.
Afuera, la lluvia golpeaba los ventanales del departamento con una paciencia terca. Adentro, la mesa seguía puesta para dos, con las servilletas dobladas como ella las doblaba siempre, desde hacía siete años. Había pasado la tarde en la cocina. Había ido al mercado por el chile pasilla que a él le gustaba, había dejado la carne al fuego lento tres horas, había puesto flores. Como cuando eran novios. Como quien todavía cree que un buen plato caliente alcanza para reparar algo.
—¿Todo bien? —Estela se acercó, le puso una mano en el brazo—. Te noto raro.
Él se apartó. No con brusquedad, que hubiera sido más honesto; se apartó como quien esquiva un mueble.
—Hoy regresó Diana al país. —Lo dijo despacio, y algo se le encendió en la cara al decir ese nombre, algo que no se le encendía con ella desde hacía años—. Después de tanto tiempo. La fue a recibir medio gremio al aeropuerto.
—Ah. —Estela tragó saliva—. Qué bueno.
—La luz de luna vuelve a casa —murmuró Adrián, más para sí que para ella, y se aflojó la corbata con los dedos, la mirada perdida en el reflejo de la ventana.
Estela conocía ese apodo. Todo México lo conocía: así le decían las revistas a Diana Solís, el primer amor de Adrián, la mujer que se había ido al otro lado del mundo cuando él no era nadie y a la que él nunca, en siete años de matrimonio, había dejado de mencionar como quien menciona una herida que prefiere no cerrar.
—Dame el saco, está empapado —dijo ella, porque no supo qué más hacer con las manos.
Él se lo tendió sin voltear. Estela lo llevó al perchero, sacudió las gotas, buscó a tientas el gancho. Y entonces, del bolsillo interior, algo pequeño resbaló y repiqueteó contra el piso de madera.
Se agachó.
Era un arete. De perla. Redondo, tibio todavía, con un broche de oro fino que ella no le había comprado, que ella no había visto nunca, que no era suyo.
—Adrián. —Cerró la mano sobre la perla. Los dedos se le fueron cerrando solos, uno por uno, hasta que sintió el broche clavársele en la palma—. ¿De quién es esto?
Él se giró apenas. Miró el puño cerrado de ella, luego la miró a ella, y no cambió de cara. Esa fue la parte que después no pudo olvidar: que no cambió de cara.
—No sé de qué hablas —dijo—. Estoy cansado. Me voy a acostar.
Y se fue por el pasillo, dejando un rastro de agua en el piso.
Estela se quedó de pie junto al perchero, con la mano temblando como si sostuviera algo vivo. Del otro lado de la sala, un espejo le devolvió su imagen: una mujer de treinta y dos años con delantal, con el pelo recogido de prisa, con siete años puestos encima como un abrigo que ya no calienta. Y en el brazo derecho, cruzándole el antebrazo, la cicatriz. Larga, pálida, vieja. La del accidente. La de la noche en que ella se atravesó para que el coche no lo alcanzara a él.
Se la había hecho por él, seis años atrás, una noche de lluvia parecida a esta. Un coche que se subió a la banqueta, ella empujándolo a él para quitarlo, el golpe, la sangre en el asfalto, el vidrio abriéndole el brazo. Meses de curaciones. Una marca para toda la vida. En aquel entonces él le había besado la cicatriz y le había jurado que jamás se lo iba a pagar con nada malo.
Y acababa de pasar de largo junto a ella como se pasa junto a un mueble.
—Mami.
La voz la sacó del espejo. Teo estaba en la puerta de su cuarto, descalzo, con el pijama de cohetes y un peluche colgando de la mano. Cuatro años y medio. La carita redonda, los ojos enormes.
—Mi amor, ¿por qué estás despierto? —Estela guardó la perla en el bolsillo del delantal, se limpió la cara aunque no estaba llorando, y se agachó a la altura de él—. Es tardísimo.
Teo caminó hasta ella. No corrió como corren los niños; caminó, despacio, y le tomó la mano con las dos suyas, tan chiquitas, y se la apretó como si tuviera miedo de que se le fuera de las manos.
—Te extrañé mucho, mamá —dijo.
Estela sonrió.
—Pero si no me fui a ningún lado, chaparro. Estuve aquí todo el día.
Teo levantó la cabeza y la miró. Y hubo algo en esos ojos —una tristeza vieja, adulta, que no tenía por qué estar en la cara de un niño de cuatro años— que le puso la piel de gallina.
—Te extrañé mucho —repitió, muy serio—. No me sueltes.
Ella iba a contestar. Iba a reírse, a cargarlo, a decirle que ya, a la cama. Pero al enderezarse, la sala entera se le movió debajo de los pies.
No fue mareo. Fue otra cosa. El techo, las lámparas, la mesa puesta para dos: todo se corrió de lugar un instante, como una foto que alguien jala de una esquina. Y detrás de la foto, por una rendija, Estela alcanzó a ver algo que no estaba ahí. Una cama de hospital. Un vestido negro. Una reja.
Se agarró del respaldo de la silla. La perla le pesaba en el bolsillo como una piedra.
—¿Mamá? —La vocecita de Teo le llegó desde muy lejos—. ¿Qué ves?