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ERES MIA, AUNQUE TU NO LO SEPAS.

ERES MIA, AUNQUE TU NO LO SEPAS.

Status: Terminada
Genre:Venganza de la Esposa / Ella Mayor Que Él / CEO / Completas
Popularitas:98.6k
Nilai: 5
nombre de autor: CINTHIA VANESSA BARROS

La noche del cumpleaños número dieciocho de su hija, el mundo de Alma Montoya se derrumba frente a trescientas personas.

Su esposo entra al salón tomado del brazo de otra mujer.
Y no llega solo.

A su lado viene una joven de dieciocho años… idéntica a él.

La misma edad que Lucía.

La misma edad de la mentira que acaba de destruir veinte años de matrimonio.

En cuestión de horas, Alma pierde mucho más que un esposo. Descubre que el hombre al que amó le robó la clínica de su familia, su fortuna y cada cosa que construyeron juntos mientras llevaba una doble vida a sus espaldas. Pero lo peor llega cuando Lucía, su hija enferma del corazón, colapsa en medio del escándalo.

Traicionada, humillada y sin un lugar al que ir, Alma cree haber tocado fondo… hasta que un desconocido aparece bajo la lluvia.

Máximo Salas es joven, poderoso y peligrosamente observador. Un hombre que conoce demasiado sobre ella, sobre Darío y sobre la trampa que destruyó su vida. Lo que Alma no sabe es

NovelToon tiene autorización de CINTHIA VANESSA BARROS para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 15

Máximo llegó a las ocho en punto.

Alma abrió la puerta todavía con el café en la mano y él entró con una Tablet, un técnico detrás y esa energía suya de quien ya organizó el día antes de que los demás despertaran.

El registro de huellas tardó veinte minutos. Alma, Lucía, Ángela aunque ella no durmiera ahí todas las noches. Máximo explicó el sistema con paciencia, los códigos de emergencia, la línea directa con seguridad. Todo mientras el técnico configuraba los accesos y Lucía lo seguía con los ojos con una atención que no tenía nada que ver con el sistema biométrico.

Cuando el técnico recogió y se fue, Máximo sacó una tarjeta del bolsillo interior del saco y se la entregó a Alma.

— Es una tarjeta vinculada a la cuenta que movimos. El dinero es tuyo. Úsalo sin culpa.

Alma tomó la tarjeta. La miró. Asintió sin decir nada porque si decía algo iba a sonar a más agradecimiento y ya se sentía en deuda hasta las orejas.

— Gracias por las molestias — dijo Lucía. — En serio. Por todo.

— Ninguna molestia.

Lucía lo miró con esa expresión suya de estar calculando algo.

— Me agradas — dijo. Y después, más bajo, casi para ella misma pero no del todo. — Me agradas para padrastro.

Máximo se quedó quieto.

Alma estaba de espaldas guardando la tarjeta en el bolso y no escuchó. Pero Máximo sí. Y Lucía lo sabía perfectamente.

Se miraron un segundo. Él con una expresión que era la primera vez que Alma le hubiera visto si hubiera estado mirando, algo entre el desconcierto y el descuido de quien acaba de ser descubierto sin haber hecho nada. Las orejas levemente rojas.

¿Tan obvio soy?pensó.

Lucía sonrió con una inocencia completamente falsa y se fue por el pasillo hacia su cuarto.

— No le hagas caso — dijo Alma volviéndose, sin haber visto nada. — Todavía es una niña.

— Claro — dijo Máximo. La voz perfectamente normal. — Ningún problema.

Se despidió. Las puertas del ascensor cerraron.

Alma fue directamente al cuarto de su hija.

Lucía estaba sentada en la cama con el teléfono y cara de no haber hecho nada.

— ¿Qué le dijiste?

— ¿A quién?

— Lucía.

— No sé de qué hablas, mamá.

— Le dijiste algo que lo puso incómodo. Lo vi ponerse rojo. — Cruzó los brazos. — Máximo Salas no se pone rojo con nada y tú lograste hacerlo en diez segundos. ¿Qué le dijiste?

Lucía levantó el teléfono para taparse la sonrisa.

— Cosas de jóvenes. No lo entenderías.

— Lucía Montoya.

— Mamá Alma.

Se miraron. Alma sabía que no iba a sacarle nada y Lucía sabía que Alma lo sabía. Ese empate tácito que llevaban años practicando.

— Vístete — dijo Alma al final. — Vamos de compras. Necesitamos ropa y no pienso seguir usando lo que nos prestó tu madrina.

Lucía saltó de la cama con una energía que desmentiría cualquier cardiopatía.

— Por fin. Llevo días con el mismo suéter.

Fueron a un centro comercial que Alma conocía bien, de esos grandes y ordenados donde uno podía perderse dos horas sin darse cuenta. Lucía empujaba el carro con una lista mental que claramente había estado elaborando desde hacía días y Alma la seguía con esa mezcla de alivio y ternura de ver a su hija moverse por el mundo con normalidad, eligiendo ropa, discutiendo colores, siendo una chica de dieciocho años sin monitores ni médicos alrededor.

— ¿Cuándo empieza la universidad? — preguntó Alma mientras Lucía comparaba dos blusas.

— En dos semanas. — Eligió una sin dudar. — Si todo está bien para entonces.

— Estará bien.

— ¿Y si no?

— Estará bien, Lucía.

Su hija la miró. Asintió. Esa confianza ciega que tenía en ella desde siempre y que a veces a Alma le pesaba más que cualquier otra cosa.

— Quiero estudiar medicina — dijo Lucía, como si lo dijera por primera vez, aunque las dos sabían que lo había dicho mil veces. — Sé que con mi condición va a ser más difícil, pero quiero intentarlo. Me esforcé mucho para ganar el examen.

— Lo sé.

— Y no quiero que me traten diferente por el corazón. Quiero una vida normal.

— La vas a tener.

— ¿Lo prometes?

— Lo prometo.

Lucía asintió y siguió caminando hacia la siguiente tienda con esa determinación suya que le había heredado sin pedirle permiso.

Estaban saliendo de una zapatería cuando Alma la vio.

Lucrecia.

Al fondo del pasillo, con bolsas en ambas manos y Vanessa pegada al lado, las dos con esa manera de moverse de quien camina convencido de que el espacio le pertenece. Lucrecia la vio exactamente al mismo tiempo.

Algo cambió en su cara. No sorpresa. Satisfacción.

Empezó a caminar hacia ellas.

— Mamá — dijo Lucía en voz baja.

— Ya vi.

— ¿Nos vamos?

— No.

Lucrecia se detuvo frente a ellas con las bolsas en la mano y esa sonrisa suya de siempre, la que usaba cuando creía que ganaba.

— Vaya, vaya. — Miró a Alma de arriba abajo. — Qué sorpresa verte por aquí. Pensé que con lo que te dejó Darío no podías permitirte este centro comercial.

— Pensaste mal — dijo Alma.

— ¿De dónde sacaste el dinero? — intervino Vanessa mirando a Lucía con desprecio. — ¿Te lo prestó alguien, hermanita? Porque que yo sepa tu mamá no tiene nada.

Lucía abrió la boca. Alma le puso la mano en el brazo.

— Mi hija no tiene nada que explicarte.

— Tu hija — repitió Lucrecia con una risita — es lo único que te quedó de veinte años de matrimonio. Y ni eso lo puedes mantener bien, ¿verdad? Una niña enferma del corazón que se desmaya en las fiestas. Qué pena.

El pasillo no se detuvo. La gente seguía pasando, con bolsas y carritos y conversaciones propias. Nadie miraba todavía.

— Cuidado con lo que dice — dijo Alma. La voz fría.

— ¿O qué? — Lucrecia dio un paso. — ¿Me vas a golpear como hiciste con Darío?

— Papá nos consiente mucho — dijo Vanessa mirando a Lucía.

—Es el dinero de mi madre, no lo olvides— dijo Lucía con una calma que Alma no le conocía.

— Cuida tus palabras maldita moribunda — dijo Lucrecia.

Fue lo último que dijo.

La mano salió sola, abierta, limpia, con el mismo sonido seco de la noche del cumpleaños, pero esta vez en público, en el centro comercial, con veinte personas alrededor que pararon todas al mismo tiempo.

Lucrecia se llevó la mano a la mejilla.

Los ojos le brillaron de rabia.

— Me vas a pagar...

— Llama a quien quieras llamar. — Alma la miró sin moverse. — Y la próxima vez que se refiera a mi hija de esa manera, le aseguro que la cachetada va a tener más fuerza. — Tomó a Lucía del brazo. — Vámonos.

Caminaron sin apresurarse.

Detrás de ellas se escuchó la voz de Lucrecia amenazando, subiendo el tono, llamando la atención de más gente. Alma no se volvió.

— Mamá — dijo Lucía cuando doblaron la esquina hacia las escaleras.

— ¿Qué?

— Eso fue increíble.

Alma exhaló.

Lucía se rió. Y ese sonido, en medio de todo, fue lo mejor que Alma había escuchado en días.

1
Betty Saavedra Alvarado
,Maximo le dijiste la verdad en su cara
Betty Saavedra Alvarado
Augusto tu solito te pudiste la soga al cuello Lucrecia te grabó todo ahora la policía hará su trabajo irás a la carcel por todo tus delitos
Betty Saavedra Alvarado
Alma no deja de nadie
Betty Saavedra Alvarado
Maximo a ser fuerte
Betty Saavedra Alvarado
Ese Augusto ves una rata
Betty Saavedra Alvarado
Dario fue la víctima de Belmonte
Betty Saavedra Alvarado
Lucia tienes el corazón de Vanessa ella murió por ambiciosa
Lucy alejo
y la pinche seguridad que según le pusieron en la universidad no sirve para nada por lo visto 🙄
Lucy alejo
la hubieran cambiado de universidad nomás va a estar aguantando las humillaciones de esa mocosa
Lucy alejo
Angela no es una dama en apuros tiene con que defenderse jajaja 😂 para la próxima piensenlo bien desgraciados
Lucy alejo
exactamente y tú no tienes con que sostenerte y vas a perder jajaja
Lucy alejo
bien merecido se tiene esa cachetada muy bien Alma 👏🏻 se cree mucho gastando dinero ajeno la sinvergüenza
Lucy alejo
aprovecha ese colágeno almita por qué no te va a llegar 2 veces uno así como Máximo 😋🤭
Lucy alejo
yo opino que me super encanta esta novela , tiene de todo me gusta como se va dando las cosas
Lucy alejo
Máximo es un amor 🥰😍🥰😍
Lucy alejo
jajaj "el muerto"🤣😂🤣😂
Lucy alejo
jajaj está Angela muy chistosa 😂😂🤣
Lucy alejo
para Máximo Alma es suya de él y nada ni nadie dirá lo contrario, así se hace papito 🥰🥰😍
Lucy alejo
Máximo llegó en el momento justo, él te ayudará a dejar en la calle al vividor ese
Lucy alejo
viejo decrépito eras un don nadie pero vamos a ver cuánto te dura por qué Alma peleará con uñas y dientes por su patrimonio
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