Evolett aprendió demasiado pronto que el mundo podía ser un lugar cruel. Durante dos años, sobrevivió en silencio, escondiendo sus heridas detrás de una mirada tímida y un corazón que ya no confiaba en nadie.
Hasta que apareció Will Cleim.
Él no la mira con lástima. No intenta salvarla. Simplemente decide quedarse.
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capitulo 9
Ahora, en la camilla, Evolett se sintió expuesta, desnuda ante un hombre que apenas conocía. Había llorado en sus brazos como una niña perdida, había temblado contra su pecho como un animal herido. Y él no había huido. No la había juzgado. Solo la había sostenido.
El silencio entre ellos se alargó, pero no era incómodo. Will seguía sentado en el borde de la camilla, con las manos ahora apoyadas sobre sus propias rodillas, esperando. No preguntaba, no presionaba. Solo estaba allí.
—No sé por qué me pasó eso
dijo Evolett al fin, con la voz aún ronca.
—No debería haber reaccionado así. Solo fue un chico chocando conmigo.
—No tienes que justificar nada
respondió Will.
—Las reacciones no siempre tienen explicaciones lógicas.
Ella negó con la cabeza, pasándose las manos por el rostro.
—Usted no entiende. Yo... yo debería estar mejor. He estado en terapia durante dos años. La doctora Moreau dice que he avanzado mucho. Pero luego pasa algo así y todo se derrumba.
Will la observó en silencio por un momento. Cuando habló, su voz era cuidadosa, como si estuviera eligiendo cada palabra con precisión.
—No sé lo que te pasó, Evolett. Y no voy a preguntarte. Pero sí sé una cosa, la recuperación no es una línea recta. Hay días buenos y días malos. Eso no significa que estés fracasando. Significa que eres humana.
Ella levantó la mirada y lo encontró observándola con esa intensidad que ya comenzaba a conocer. Pero no había lástima en sus ojos, ni curiosidad mórbida. Solo una comprensión tranquila que la desarmaba.
—Usted no sabe nada de mí, creo que soy muy cobarde, si eso debe ser.
susurró.
—No creo que seas cobarde, y eso de no conocerte... Se puede arreglar.
admitió.
—Pero quiero saber. Si me dejas conocerte.
Evolett apretó los labios.
—Usted me dijo que quería ofrecerme un trabajo
dijo, cambiando de tema con torpeza.
—¿Qué clase de trabajo?
Will parpadeó, sorprendido por el giro. Pero se recuperó rápido.
—Estoy desarrollando una nueva línea de ropa para Cleim Couture. Busco diseñadores jóvenes con una visión fresca, sin las ataduras de la industria. Vi algo en ti. No sé cómo explicarlo... veo en ti una intensidad que no vi en nadie más.
Evolett frunció el ceño.
—Esw día señor, yo no estaba mirando las obras. Estaba mirando a la gente.
Will la miró con curiosidad.
—Por que mirabas a la gente?
—es que...
admitió, con timidez.
—Observar a las personas me ayuda a entender cómo se mueven, cómo se sienten con lo que llevan puesto. La moda no es solo tela. Es cómo alguien se para, cómo camina, cómo se protege o se muestra. Eso es lo que me interesa.
Will la observó en silencio, y ella sintió que algo en su mirada cambiaba. Ya no era solo curiosidad. Era reconocimiento.
—Eso es exactamente lo que necesito
dijo, y su voz tenía un tono diferente, más animado.
—Alguien que entienda que la moda es comportamiento, no solo estética.
Evolett se incorporó ligeramente en la camilla, sintiendo un destello de algo que no experimentaba desde hacía mucho tiempo, interés. No por él, sino por lo que él representaba. Una oportunidad. Una puerta que no sabía que existía.
—Pero yo solo soy una estudiante
dijo, con cautela.
—No tengo experiencia. No tengo contactos. No tengo...
—No me importa lo que no tienes
la interrumpió Will.
—Me importa lo que sí tienes. Y te he visto dibujar en clase. He visto la forma en que tus manos se mueven sobre el papel. Eso no se aprende. Eso se tiene o no se tiene.
Evolett sintió que el calor subía a sus mejillas. Él la había visto dibujar. Había estado observándola, aunque ella no se había dado cuenta.
—No sé si puedo
dijo, con sinceridad.
—No sé si estoy lista para algo así.
Will asintió lentamente.
—No te pido que decidas ahora. Solo te pido que lo pienses. La oferta está abierta. Cuando estés lista, llámame.
—Ojalá pudiera... no sé
se detuvo, buscando las palabras.
—Ojalá pudiera ser más fácil. Confiar. Dejar de tener miedo.
—¿Y qué es lo que te da miedo?
preguntó Will.
Evolett guardó silencio. La pregunta era simple, pero la respuesta pesaba una tonelada. No podía decirle la verdad. No podía decirle que tenía miedo de los hombres, de las manos que la sujetaban, de los callejones oscuros, de los ojos que la miraban con deseo. No podía decirle que tenía miedo de sí misma, de su propia fragilidad, de la posibilidad de que el trauma la definiera para siempre.
—Miedo de fallar
respondió al fin, y aunque era una verdad a medias, era la única que podía ofrecer.
—Miedo de intentar algo y no ser suficiente.
Will la miró con una seriedad que la hizo sentir pequeña.
—Te voy a decir algo que aprendí hace años, cuando empecé mi primera empresa. El miedo a fallar no desaparece. Nunca desaparece. Solo aprendes a vivir con él. Y descubres que, a veces, fallar es el primer paso para hacer algo bien.
Evolett procesó sus palabras. Había algo en la forma en que las decía, sin pompa ni grandilocuencia, que las hacía más reales.
—Y si fallo en su proyecto?
preguntó.
—Y si no estoy a la altura?
—Entonces habremos aprendido algo
respondió Will, con una sonrisa leve.
—Y lo intentaremos de nuevo. No hay castigo por fallar, Evolett. Solo hay castigo por no intentarlo.
Ella se quedó mirándolo, sintiendo que el peso en su pecho se aliviaba un poco. No del todo, pero lo suficiente para respirar.
—Lo pensaré
dijo al fin.
—De verdad. Lo pensaré.
Will asintió y se levantó de la camilla.
—Eso es todo lo que pido. Ahora, ¿quieres que te lleve a casa o prefieres que llame a alguien?
Evolett consideró la pregunta. La idea de volver a su apartamento, con sus cuatro paredes vacías y el silencio que a veces se volvía demasiado pesado, no le atraía. Pero la idea de quedarse con Will, de depender de él más de lo que ya lo había hecho, tampoco.
—¿Puede llamar a mi amiga Lena?
preguntó, con vacilación.
—No quiero... no quiero incomodarlo más de lo que ya lo he hecho.
Will no sonrió, pero sus ojos se suavizaron.
—No me has incomodado. Pero si prefieres que tú amiga Lena te lleve, la llamaré.
Sacó su teléfono y marcó un número. Mientras hablaba, Evolett observó sus movimientos, la forma en que se pasaba la mano por el cabello cuando hablaba, el tono sereno de su voz, la paciencia con la que explicaba la dirección de la clínica. No era un hombre acostumbrado a que le dieran órdenes, pero tampoco era arrogante. Había en él una seguridad tranquila que la intrigaba.
Cuando colgó, se volvió hacia ella.
—Lena viene en camino.
Evolett asintió, sintiendo una oleada de gratitud hacia su amiga.
—Gracias
dijo, y la palabra era pequeña para todo lo que quería expresar.
—Por todo. No sé cómo pagarle.
—No tienes que pagarme
respondió Will, guardando el teléfono.
—Solo tienes que cuidarte. Y si algún día decides aceptar mi oferta, estaré esperando.
Se despidió con un movimiento de cabeza y salió de la habitación, dejando a Evolett sola con sus pensamientos.
La puerta se cerró con un clic suave, y ella se quedó mirando el espacio vacío que él había ocupado. Su corazón latía con fuerza, pero no era miedo. Era otra cosa. Algo que no sabía nombrar.
Por primera vez en mucho tiempo, Evolett sintió que el futuro no era un abismo oscuro. Era una pregunta abierta, que merecía la pena intentar encontrar la respuesta.
Lena llegó quince minutos después, con la mochila de Evolett colgada del hombro y una expresión de preocupación en el rostro.
—¿Estás bien?
preguntó, sentándose a su lado en la camilla.
—¿Qué pasó? El chófer de Will Cleim me busco en la universidad, después de ese ataque que tuviste me quedé esperando ahí, casi me da un infarto.
Evolett respiró hondo.
—Fue solo un ataque de pánico. Cuando ese hombre chocó conmigo, y no sé... perdí el control.
Lena la miró con una mezcla de comprensión y confusión.
—Pero eso te pasa a veces, ¿no? Quiero decir, te he visto ponerte nerviosa en lugares llenos de gente. Pero nunca tan mal.
Evolett bajó la mirada.
—Hoy fue diferente. No sé por qué. Debe ser que estoy más sensible algunos días.
Lena guardó silencio por un momento. Luego, con una suavidad que desmentía su personalidad extrovertida, tomó la mano de Evolett.
—esta bien lo entiendo. Solo quiero que sepas que estoy aquí. Pase lo que pase.
Evolett sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas otra vez, pero esta vez no eran de dolor. Eran de alivio. De gratitud. De no estar sola.
—Gracias, Lena
susurró.
—Para eso están las amigas
respondió Lena, con una sonrisa.
—Ahora, vamos a casa. Ya el papasito de Willian pago todo, se despidió de mi allá afuera, estaba esperando que llegara para dejarte en buenas manos. Así que vamos te prepararé un té y pondremos alguna película tonta. Y mañana, desayunaremos juntas y hablaremos de cosas importantes. O no. Lo que tú prefieras.
Evolett asintió, dejándose llevar por su amiga.