Él tenía una sola misión: protegerla.
Ella tenía una sola regla: no enamorarse de él.
Victoria Bennett tiene el matrimonio que cualquier mujer envidiaría.
Un esposo millonario. Una mansión de ensueño. Una vida rodeada de lujos.
Pero detrás de las puertas cerradas, su matrimonio es una pesadilla.
Su esposo, Alexander Blackwood, es un hombre poderoso, controlador y posesivo que se ha encargado de destruir poco a poco la seguridad y la autoestima de Victoria. Para el mundo son una pareja perfecta. Para ella, él es la razón por la que cada noche tiene miedo de volver a casa.
Hasta que Alexander contrata a Fernando Ferrara, un exmilitar convertido en guardaespaldas, para proteger a su esposa.
Fernando sabe perfectamente cuáles son sus límites.
Victoria es su jefa.
La esposa de su jefe.
Una mujer prohibida.
Pero también es la mujer que intenta esconder sus lágrimas cuando cree que nadie la está mirando.
Él comienza protegiéndola de peligros externos...
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Capitulo 5: No estás sola
Victoria
No recuerdo haber tenido tanto miedo como aquella noche.
Fernando caminaba delante de mí mientras revisaba cada rincón del segundo piso.
Yo permanecía detrás de él, aferrada a mi propia ropa para evitar que se notara cuánto temblaban mis manos.
—¿Estás segura de que viste a alguien? —preguntó.
—Sí.
—¿Podrías reconocerlo?
—No le vi el rostro.
Fernando se detuvo.
—¿Cuánto tiempo estuvo en tu habitación?
—No lo sé.
—Victoria.
Cerré los ojos.
Intenté recordar.
La habitación oscura.
La silueta sentada sobre mi cama.
El corazón golpeándome el pecho.
Y después… nada.
—Quizá unos segundos.
Fernando continuó caminando.
—¿Habló contigo?
Negué con la cabeza.
—No.
—¿Se acercó?
—No.
—¿Te tocó?
La pregunta me hizo estremecer.
—No.
Fernando se giró inmediatamente.
—¿Qué ocurre?
—Nada.
Me miró durante unos segundos.
—No tienes que ocultarme nada.
—No estoy ocultando nada.
—Entonces mírame.
Levanté los ojos.
—Estoy aquí —dijo.
Su voz era tranquila.
—No voy a dejar que vuelva a pasar.
No sabía por qué, pero esas palabras consiguieron calmarme.
Quizá porque no sonaban como una promesa vacía.
Sonaban como una decisión.
Alexander apareció unos minutos después.
—¿Qué demonios está pasando?
Fernando se volvió hacia él.
—Alguien entró en la habitación de Victoria.
Alexander me miró.
—¿Qué?
—Encontramos una fotografía de ella durmiendo.
Su rostro cambió.
Solo un instante.
Pero Fernando lo vio.
Yo también.
—¿Dónde está? —preguntó Alexander.
Fernando le entregó la fotografía.
Alexander la observó.
—Esto es imposible.
—No —respondió Fernando—. Es bastante posible.
Alexander levantó la mirada.
—¿Estás insinuando que alguien de mi personal está involucrado?
—Estoy diciendo que alguien tuvo acceso a la casa.
—Tenemos seguridad.
—Que alguien logró burlar.
Alexander apretó los dientes.
—Mañana revisaré personalmente a todo el personal.
Fernando negó.
—No.
Alexander frunció el ceño.
—¿Cómo dices?
—No quiero que advierta a nadie de que estamos investigando.
—Esta es mi casa.
—Y ella está bajo mi protección.
Alexander dio un paso hacia él.
—Cuidado, Ferrara.
Fernando no retrocedió.
—Siempre tengo cuidado.
Yo observaba a ambos en silencio.
Había algo entre ellos.
Una tensión que no podía explicar.
Finalmente Alexander me miró.
—Tú vienes conmigo.
Mi cuerpo se paralizó.
Fernando lo notó.
—No.
Alexander giró lentamente la cabeza.
—¿Perdón?
—Está asustada. No necesita más presión.
—Es mi esposa.
Fernando sostuvo su mirada.
—Y mi protegida.
El silencio que siguió fue casi insoportable.
Alexander finalmente sonrió.
—Esto va a terminar mal para ti.
Fernando no respondió.
Yo sí.
—Alexander, quiero quedarme aquí.
Él me miró fijamente.
Por unos segundos pensé que iba a negarse.
Pero simplemente se dio la vuelta.
—Haz lo que quieras.
Cuando se marchó, cerré los ojos.
Fernando esperó hasta que desapareció por completo.
—¿Siempre es así?
Solté una risa amarga.
—No.
—¿No?
—A veces es peor.
Fernando guardó silencio.
Esa noche no pude dormir.
Me acosté, pero cada vez que cerraba los ojos volvía a ver aquella silueta sentada en mi cama.
A las tres de la madrugada me levanté.
Salí al pasillo.
Fernando estaba sentado en una silla frente a mi puerta.
—¿No duermes?
Levantó la mirada.
—Estoy trabajando.
—Llevas horas ahí.
—Sí.
—¿No te cansas?
—Sí.
—Entonces eres igual de terco que Alexander.
Su expresión se endureció.
—No vuelvas a compararme con él.
Me sorprendió su reacción.
—Lo siento.
Fernando se levantó.
—¿Por qué saliste?
—No puedo dormir.
—¿Quieres que llame al médico?
—No.
—¿Quieres hablar?
Negué.
—No.
—¿Quieres que me quede?
Lo miré.
—Sí.
La respuesta salió demasiado rápido.
Fernando se quedó quieto.
Yo también.
—Perdón —murmuré.
—No tienes que disculparte.
Se sentó nuevamente.
—Me quedaré.
Me senté en el sillón que había frente a él.
Durante unos minutos permanecimos en silencio.
—¿Por qué eres guardaespaldas? —pregunté.
Fernando me miró.
—Porque sé hacerlo.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que voy a darte.
Sonreí.
—Eres un misterio.
—Y tú haces demasiadas preguntas.
—Quizá porque nadie me responde nunca.
Aquella frase hizo desaparecer su sonrisa.
—¿Alexander nunca te escucha?
Bajé la mirada.
—Hace mucho tiempo que dejó de hacerlo.
Fernando permaneció en silencio.
—¿Lo amas? —preguntó finalmente.
La pregunta me sorprendió.
—No lo sé.
—¿No lo sabes?
—Creo que alguna vez lo amé.
Me quedé mirando mis manos.
—Pero el hombre del que me enamoré dejó de existir hace mucho tiempo.
Fernando respiró profundamente.
—¿Y por qué sigues con él?
Una lágrima cayó sobre mis dedos.
—Porque tengo miedo.
Fernando no dijo nada.
—Miedo de irme.
Otra lágrima.
—Miedo de lo que pueda hacer.
—¿A quién?
Levanté la mirada.
—A todos los que quiero.
Fernando se inclinó ligeramente hacia adelante.
—Victoria, nadie puede obligarte a quedarte.
—Tú no conoces a Alexander.
—Entonces ayúdame a conocerlo.
Negué con la cabeza.
—No quiero arruinar tu vida.
—Ya estás en ella.
Me quedé mirándolo.
Fernando pareció darse cuenta de lo que acababa de decir.
Apartó la mirada.
—Quiero decir que ahora eres mi responsabilidad.
Sonreí débilmente.
—Claro.
Pero ambos sabíamos que había algo más detrás de esas palabras.
***
Fernando
A las cinco de la mañana recibí una llamada.
Era Marcus Reed.
—Ferrara.
—Habla.
—El señor Blackwood quiere verte.
Miré hacia Victoria.
Dormía en el sillón.
Había conseguido quedarse dormida mientras hablábamos.
—¿Ahora?
—Ahora.
Me levanté.
Antes de salir, tomé una manta y cubrí a Victoria.
Ella se movió ligeramente.
—Fernando…
Me detuve.
—Estoy aquí.
Sus ojos permanecieron cerrados.
—No te vayas.
Sentí algo extraño en el pecho.
—Voy a volver.
Ella volvió a quedarse dormida.
Salí de la habitación.
Marcus me esperaba al final del pasillo.
—Blackwood está en su despacho.
Lo observé.
El reloj de acero estaba en su muñeca.
La pequeña marca roja.
Exactamente como en la grabación.
—Marcus.
—¿Sí?
—Bonito reloj.
Su expresión cambió.
Solo un segundo.
Pero fue suficiente.
—Gracias.
Pasé junto a él.
Entonces escuché:
—Ferrara.
Me detuve.
—¿Qué?
Marcus sonrió.
—No todo lo que parece peligroso lo es.
Lo miré fijamente.
—Y no todo lo que parece seguro lo es.
Continué caminando.
Pero ahora estaba seguro de algo.
Marcus Reed estaba ocultando algo.
Y estaba empezando a sospechar que la persona que más peligro representaba para Victoria podía estar mucho más cerca de ella de lo que imaginábamos.