En un mundo donde demonios y ángeles se enfrentan desde siempre, Kaelen, un poderoso señor demonio, lucha por mantener unida a su familia mientras se enfrenta a prejuicios, secretos y pérdidas.
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— La familia de hierro y fuego
En el reino subterráneo de los demonios, el apellido Voryn significaba poder. Siglos de magia antigua, crueldad calculada y riquezas sin fin habían convertido a esta familia en el temor de todos los reinos, incluso de los cielos. Vivían en una mansión de obsidiana y rubíes, donde cada pasillo olía a azufre y perfume caro, y cada ventana miraba hacia un mundo que podían destruir si se lo proponían.
Kaelen Voryn, el patriarca, era un demonio de inmenso poder. Alto, con cabello negro como la noche y ojos que brillaban con fuego interior, amaba profundamente a su esposa Morgana. Ella es una demonia de linaje puro, hermosa y fría como el hielo, capaz de derretir el acero con la mirada. Juntos habían construido un imperio, y juntos habían tenido cinco hijos... aunque no todos compartían la misma sangre ni la misma esencia.
Alessandro, el mayor, veinticinco años, era la imagen perfecta de su padre: fuerte, arrogante, temido. Pero Alessandro tenía un secreto: en las sombras de su departamento en la ciudad flotante, se sometía a otro demonio, más poderoso aún, que lo dominaba y lo castigaba por las noches. En público, sin embargo, estaba comprometido con Seraphina, una demonia de familia adinerada que lo trataba como un trofeo. Seraphina detestaba a Leonardo, el menor de los hermanos, y no hacía secreto de ello.
Marco, veinte años, pasaba los días buscando peleas y noches en los burdeles y clubes de la frontera. Odiaba a los ángeles con pasión, y su mayor enemigo era Kael, un soldado celestial de cabellera dorada y espada de luz. Se habían enfrentado en batallas que dejaban cicatrices en ambos, y entre el odio y las heridas había nacido algo que ninguno se atrevía a nombrar.
Ricardo, dieciocho años, era rebelde y altivo. En una subasta en el mercado negro había comprado a Elara, una ángel joven y dulce que había sido hecha esclava. Le gustaba mostrar su poder sobre ella, humillarla por ser débil y frágil, aunque en el fondo algo en su interior se conmovía con su forma de mirar.
Valeria, dieciséis años, era la hija mimada de la casa, hermosa y caprichosa. Se había enamorado perdidamente de Damian, el novio de Leonardo, y no descansaría hasta separarlos y hacerlo suyo.
Y al final, Leonardo, de dieciséis años. No era como los demás. Su madre había sido un ángel, amiga y amante de Kaelen, que había muerto cuando él tenía cinco años. Leonardo era delicado, de cabello claro y ojos de cielo, hermoso. Vivía bajo el mismo techo que lo odiaba: Morgana lo detestaba, le recordaba la traición de su esposo, y Valeria se burlaba de él cada vez que podía. Incluso sus hermanos, aunque a veces lo querían, solían aliarse con su madre para no quedar fuera de su favor.
Solo Kaelen lo protegía. Lo abrazaba cuando nadie veía, le decía que era lo más preciado que tenía en el mundo, y le regalaba cosas que no podía tener nadie más. Pero eso no hacía más que aumentar el rencor de Morgana.
—¿Otra vez en la habitación del príncipe celestial? —le dijo Morgana una tarde, encontrando a Leonardo en el balcón mirando las nubes—. Deberías darte cuenta de dónde estás. Esto es un hogar de demonios, no un refugio para algo tan débil y inútil como tú.
Leonardo bajó la mirada, apretando las manos contra el borde de piedra.
—Solo miraba, madrastra. No hacía nada malo.
—"Nada malo" —repitió ella con voz cortante—. Tu existencia ya es un error. No pidas más.
Se fue dejándolo solo. Leonardo suspiró. Sabía que no pertenecía del todo ahí, pero tampoco conocía otro lugar.
Poco después llegó Damian, su novio. Un demonio joven, fuerte, de diecisiete años, que lo miraba con una mezcla de ternura y fuego. Lo amaba, le decía siempre, y lo protegería de todos. Pero Damian también se acercaba a Valeria cuando Leonardo no estaba, confundido por sus propios sentimientos, sin saber cómo decirle la verdad.
—¿Estás bien? —le preguntó Damian, acercándose y tomándole la mano—. Tienes los ojos tristes.
—Solo… a veces me pregunto si soy demasiado suave para este mundo —confesó Leonardo—. A ti te gustan las cosas fuertes, ¿no? Las pasiones rudas, como dicen los libros. Y yo soy así… frágil.
Damian le acarició la mejilla.
—Eres hermoso así. No tienes que cambiar.
Pero Leonardo no estaba seguro. Quería aprender, quería entender cómo amar como lo hacían su padre y sus hermanos, con fuego y tormenta. Más tarde, fue a buscar a Marco para pedirle consejo.
—¿Marco? ¿Podemos hablar?
Marco estaba limpiando una espada mágica, sin levantar la vista.
—¿Qué quieres, angelito?
—Quería saber… cómo se hace para que el amor no sea siempre tan suave. Quiero saber qué les gusta a los demonios.
Marco soltó una risa seca.
—Te lo diré de forma sencilla: a nosotros nos gusta el control, Dominar, la pasión que quema, saber que somos lo más importante. Si quieres que alguien te desee, no te muestres pidiendo. Muéstrate seguro, aunque estés temblando por dentro. Pero no te confundas, Leonardo. No es juego para ti.
Leonardo asintió, guardando cada palabra. No sabía aún que había alguien más observándolo desde las sombras: Malak, un demonio antiguo y poderoso, que ya había puesto los ojos en él y planeaba llevárselo lejos, para hacerlo suyo, a su manera, sin importarle lo que nadie pensara.