Algunas almas necesitan más de una vida para encontrarse...
Algunas promesas sobreviven al tiempo.
Algunas heridas nunca terminan de cerrar.
Y algunas maldiciones esperan pacientemente el momento de cumplirse.
Gideon Huxley lleva más de un siglo viviendo bajo el peso de un pasado que se niega a desaparecer.
Hasta que un encuentro fortuito despierta en él un recuerdo que creía perdido para siempre.
Porque quizá el destino no se haya equivocado de camino.
Quizá simplemente haya esperado cien años para volver a encontrarlos.
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Valor Sentimental
Esa noche Gideon vuelve a tener sueños vividos con Zahli, pero esta vez no es una pesadilla, más bien como un recuerdo, una de las tantas veces que ella le hablaba para ofrecerle sus artesanias.
Gideon atravesó la plaza con paso firme, directo hacia el distrito de entretenimiento. En el camino se cruzó con Zahli, la joven del pueblo romaní que viajaba con su gente de un territorio a otro, aunque pasaba la mayor parte del año asentada en los límites de la ciudad.
—Joven Huxley... —lo llamó ella, intentando sin éxito llamar su atención.
—Señorita —respondió él, ralentizando apenas el paso sin llegar a detenerse del todo.
—Hoy traigo leontinas para ofrecerle, de diferentes diseños y...
—Gracias —Gideon se detuvo finalmente, y la miró desde su pulcra altura—. Tendrás que usar otro método, si quieres mi tiempo. Sabes perfectamente que mi familia es dueña de la única joyería de lujo del condado. Nada de lo que traigas en esa caja será jamás de mi interés.
Zahli se quedó muda, sin saber qué responder. Bajó la mirada hacia sus artesanías, con las mejillas encendidas. Su verdadero y único propósito al acercarse era encontrar una excusa para poder conversar con él; estaba profundamente enamorada de Gideon desde que era muy jovencita.
Aquel silencio sumiso hizo que Gideon perdiera el interés. Sin decir una palabra, ajustó la leontina de oro de su chaleco y siguió su camino hacia la parlor house de la calle Clark, donde las luces de gas ya estaban encendidas.
El calor de septiembre todavía se sentía en la calle, pero adentro el aire era otro.
Gideon no tuvo que golpear. El portero, le abrió la puerta en cuanto vio la cadena de oro del chaleco.
- Sr. Huxley. Sea bienvenido. Lo esperan en el salón azul.
Aquello no era un rústico saloon de mala muerte; no había serrín esparcido por el piso, olor a cerveza barata ni gritos descontrolados. Era una propiedad majestuosa que rivalizaba con cualquier mansión residencial de Prairie Avenue, con la única diferencia de que sus pesadas cortinas de terciopelo permanecían siempre cerradas al mundo exterior.
Alfombra persa hasta la entrada, un piano de cola sonando bajo, lámparas de gas con tulipas de cristal, el ambiente estaba saturado de una mezcla de cera de abejas, tabaco importado y un carísimo perfume francés. Demasiado perfume para una sola propiedad.
Madame Delacroix lo recibió con una reverencia al pie de la gran escalera. Era una mujer de unos cincuenta años, enfundada en un suntuoso vestido de seda verde oscuro y sin una sola joya que no fuera auténtica.
- Gideon. Llegas temprano. Los caballeros del Chicago Club aún no han bajado de la sala de juego.
- No vengo a apostar las cartas esta noche, Madame.
Ella amplió su sonrisa, comprendiendo de inmediato. En una parlor house de alta categoría, la discreción era la primera regla y nadie preguntaba más de la cuenta.
- Te serviremos algo en el salón. La señorita Evangeline está terminando de arreglarse en sus aposentos.
Gideon se desabrochó un botón del saco, dejó su sombrero de copa en el perchero y siguió al salón azul. Tres o cuatro hombres de negocios que conocía perfectamente de la joyería y del consejo del banco estaban sentados en amplios sillones de terciopelo. Cada uno sostenía una copa de brandy, cada uno portaba una leontina de oro más costosa que la del vecino, y todos fingían con descaro que no se conocían entre sí para proteger sus apariencias.
Afuera, bajo la luz mortecina de la plaza, Zahli seguía de pie en el mismo sitio. Sostenía con dedos temblorosos su pequeña caja de collares y leontinas baratas hechas a mano, las humildes artesanías de su grupo que el joven Huxley había despreciado sin remordimientos.
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El sueño de esa noche no trajo la violencia ni los gritos de las semanas anteriores, sino una melancolía mucho más profunda. Fue un viaje nítido y preciso a la Chicago de su juventud, a un atardecer de finales de verano donde el destino todavía no se había roto.
Gideon se despertó por la mañana con el eco de la música de piano flotando en su mente y los ojos azules fijos en el techo. La calidez en su pecho era idéntica a la descarga eléctrica del viernes.
...
Por la mañana, en casa de las Davis, a pesar de que la niñera Irina llegó temprano y con puntualidad, la arraigada costumbre de sus sobrinos de irrumpir los fines de semana en su habitación para despertarla terminó por interrumpir su descanso. Con una sonrisa resignada, Elara se levantó, le pagó el día a Irina explicándole que prefería encargarse ella misma y la despidió. A partir de ese momento, se dispuso a lidiar con la inagotable energía de Gael y Dante, quienes correteaban por toda la sala mientras ella intentaba ordenar la casa a la espera de Mila, para el almuerzo de amigas que habían planeado para ponerse al día.
Una hora después, Mila llegó a la casa cargando una caja repleta de donas y las famosas galletas Crumbl Cookies para los niños.
—Si Colette se entera de que les trajiste galletas con tanto chocolate, va a armar un escándalo —le advirtió Elara a su amiga entre risas, mientras Gael y Dante ya miraban la caja con ojos brillantes.
—¡Solo son dos! —se justificó Mila, levantando las manos en señal de inocencia.
—¡Sí, pero mira el tamaño de cada una! —replicó Elara, señalando las enormes y vistosas galletas.
—Okay, okay, está bien, no debí traerlas... —cedió Mila con una mueca divertida, aunque igual les entregó una porción pequeña a los nenes antes de mandarlos a jugar a la sala.
Minutos más tarde, el ambiente se calmó y ambas se trasladaron a la cocina. Mientras picaban las verduras y preparaban el almuerzo juntas, Mila no perdió el tiempo. Aprovechando que los niños estaban distraídos y que no había moros en la costa, se apoyó contra la encimera y soltó la pregunta que se había estado guardando desde que entró:
—¿Y bien? ¿Cómo te fue ayer por la tarde en la joyería con el misterioso señor Huxley?
Elara se quedó estática con el cuchillo a mitad de camino sobre la tabla de picar. El recuerdo de la imponente presencia de Gideon, el absurdo malentendido de la ropa y, sobre todo, la intensa descarga eléctrica que la había hecho huir como una adolescente, volvió a golpearla con fuerza.
—Estuvo bien...— contesta evitando ver a su amiga.
—¿Estuvo bien? —Mila la miró entrecerrando los ojos—. En serio, Eli, ¿pretendes que me conforme con eso? Te conozco desde el kínder, sé exactamente cuándo intentas guardarte lo que sientes.
Elara suspiró con resignación. Sabía que Mila seguiría insistiendo.
—Fue un desastre, Mila... No sé qué me pasó... Actué como una principiante.
—Calma, seguro que no fue tan malo...
—Salí huyendo sin terminar de tomarle las medidas —interrumpió Elara.
—Retiro lo dicho... —Mila se compadeció al ver el estado de Eli—. Es que ese hombre es bien intimidante, yo creo que hasta yo habría salido huyendo...
Elara no pudo evitar sonreír.
—Exacto, es un hombre demasiado intimidante y... frío —murmuró Elara, dejando el cuchillo sobre la mesa y pasándose una mano por la frente—. Pero lo peor no fue eso. Lo peor es que, por andar a las corridas y con los nervios de punta, dejé olvidadas mis herramientas en su escritorio. Mi bolígrafo de la suerte y mi cinta métrica.
Mila abrió los ojos de par en par, ahogando un grito de sorpresa mientras contenía la risa.
—¡No me digas! ¿La cinta que te grabó tu mamá? Eli, estás en serios problemas. Ahora sí que vas a tener que volver a esa joyería, quieras o no.
—Ni me lo recuerdes. Preferiría comprarme una cinta nueva, pero sabes el valor sentimental que tiene esa chapita de metal —suspiró Elara, sintiendo que el nudo en el estómago regresaba con fuerza.
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