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Me enamoré del capo más temido

Me enamoré del capo más temido

Status: Terminada
Genre:Romance / Posesivo / Centrado emocionalmente / Mafia / Dominación / Esclava / Sirvienta / Romance oscuro / Completas
Popularitas:1.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Monica Swenson

Camila Cordero no tiene tiempo para enamorarse. Entre sus estudios, un trabajo agotador y una familia que nunca deja de pedirle dinero, apenas consigue mantenerse a flote. Por eso Dante Salazar, su vecino reservado, parece solo un hombre extraño que prepara sopa de fideo y carga demasiados secretos.
Pero Dante no es un hombre cualquiera. En las calles de Ciudad Bravo lo conocen como el Tigre: el dueño de un imperio construido entre negocios clandestinos, pactos de sangre y enemigos que esperan verlo caer.
Cuando Camila descubre quién es en realidad, ya es demasiado tarde para alejarse. Ella ha visto la violencia de la que es capaz, pero también al hombre herido que nadie más conoce. Y cuando decide arriesgar la vida para salvarlo, cruza una línea de la que ninguno de los dos podrá regresar.
Entre capos rivales, políticos corruptos, traiciones y una guerra que amenaza con destruirlos, Camila deberá decidir si amar al Tigre significa rescatar al hombre que vive bajo su piel… o perderse con él.
Porque en Ciudad Bravo nadie ama sin pagar un precio. Y el Tigre jamás suelta lo que considera suyo.

NovelToon tiene autorización de Monica Swenson para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 22

Capítulo 22: Me está tanteando

Camila amaneció cubierta de marcas, otra vez, y otra vez tuvo que ponerse una bufanda pese al calor. Pero esta vez, en el espejo, en lugar de vergüenza, se descubrió con una media sonrisa tonta. La guerra fría había terminado.

En la cafetería junto a la Central, Fernanda le bajó la bufanda de un tirón, curiosa, y soltó un grito ahogado al ver el moretón rojo en el cuello.

—¡Camila Cordero! —Se tapó la boca—. ¿Eso es lo que yo creo que es?

—Fer, baja la voz…

—¡Ese hombre es de temer! —Fernanda, entre escandalizada y muerta de curiosidad, se acercó—. A ver, cuéntamelo todo. ¿Volvieron? ¿Es en serio? ¿Sabes ya de qué vive, por lo menos?

Camila se acomodó la bufanda, y no supo qué contestar a eso último. Sabía de qué vivía. Y precisamente por eso no podía contárselo a nadie.

Su teléfono vibró: un número desconocido. Contestó.

—Señorita Cordero. Comandante Adrián Beltrán. ¿Podemos vernos? Es sobre un asunto oficial.

Se vieron en la misma cafetería, minutos después. Adrián, de civil, la esperaba con una carpeta y una taza de café intacta.

—El hombre que la atacó a la salida del Zafiro —dijo, sin rodeos, deslizando una foto sobre la mesa— se llamaba Rufino Alcaraz. El Manco Rufino. Ex dueño de unos baños públicos que perdió por deudas de juego. —La miró fijo—. Apareció muerto anteayer en un edificio abandonado. Caída, dice el forense. Ebrio.

A Camila se le heló el café en la garganta.

—Usted me dijo que no lo conocía —continuó Adrián, con esa voz recta suya—. Pero la buscaba a usted con una navaja, gritando venganza. Eso no es casualidad, señorita. Le voy a ser claro: mentirle a la policía es falso testimonio. Si sabe algo, este es el momento. Yo puedo protegerla. Del que sea.

Camila apretó la taza. La estaba tanteando. Quería, a través de ella, llegar a Dante. Y ella no iba a darle esa puerta.

—No sé nada, comandante —dijo, con la voz más firme que pudo—. Fue un loco. Lo siento por él, pero no lo conocía.

Adrián la miró largo, decepcionado, y guardó la carpeta.

—Como quiera. —Se levantó—. Pero un día, cuando lo que la rodea se le venga encima, se va a acordar de que le ofrecí una salida.

Camila salió de ahí temblando por dentro. Marcó a Dante.

—Quiero verte.

La llevaron a la mansión Salazar, en lo alto de Lomas de Cristal: la primera vez que Camila veía el verdadero domicilio de Dante, con sus jardines, su fuente, sus "jardineros" armados. Se le encogió el estómago al ver el tamaño de lo que él era. En la sala, puso sobre la mesa la foto de Rufino que había memorizado.

—¿Tú lo mataste?

Dante ni parpadeó. Fue Beto, que estaba ahí, quien contestó, incómodo:

—Señora, con todo respeto: ese hombre le debía a la Timba una fortuna. Por regla, al que debe tanto y no paga, se le cobra con los ojos y una mano. Al Manco solo le cobramos el brazo. El patrón fue… suave. —Se rascó la nuca—. Y lo dejó vivo. Muerto, ¿quién paga? A nosotros no nos convenía muerto.

—Se cayó borracho de una escalera —agregó Dante, tranquilo—. Nuestro informante en la policía lo confirmó antes que el forense. No fui yo. Esta vez, no fui yo.

Camila lo miró, buscando la mentira, y no la encontró. Se dio cuenta de algo raro sobre sí misma: no la aliviaba tanto que Rufino hubiera muerto como que no lo hubiera matado Dante. Como si su corazón ya hubiera aceptado que el hombre mataba, y solo estuviera llevando la cuenta de a quién sí y a quién no, buscando razones para seguir queriéndolo. Eso la asustó más que el muerto.

Y entonces entendió lo otro: Adrián la había estado tanteando con un cadáver que ni siquiera era obra de Dante. Le había mentido a medias para asustarla, para abrir la grieta, para que ella, por miedo o por culpa, soltara algo. Casi lo logra.

—El comandante no va por ti —dijo Dante, confirmándoselo—. Va por mí. Tú eres nada más la grieta por donde cree que puede meterse. Por eso no lo vuelves a ver sin que yo lo sepa. Ni a él ni a ningún otro hombre.

Lo dijo con una posesividad total, sin pedir permiso. Camila debió enojarse. En cambio, algo en el pasado de ese hombre le pesaba más que su tono.

—¿Cómo murió tu madre? —preguntó, en voz baja—. Anoche no me lo dijiste.

Dante tardó en contestar. Se tocó la medalla.

—Rosa. Se llamaba Rosa. Rosa Salazar. —La voz se le puso distinta—. Murió en un hospital de esta ciudad. De las drogas. La enfermedad la fue acabando, empezó a usar para el dolor, y un día usó de más. —Apretó la piedra negra—. Yo andaba lejos, juntando la fortuna para curarla. Llegué tarde. Murió la noche anterior a que yo llegara.

Se hizo un silencio.

—Por eso no toco droga —dijo—. Nunca. Ni la dejo entrar a lo mío. Por ella. —Miró la medalla—. Esta la mandó grabar ella, con una oración. Es lo único que me queda. ¿Y sabes quién me la devolvió, quién me llevó la noticia de que se había muerto, hace años, bajo la lluvia, cuando yo era un don nadie? Un policía recién egresado, derecho, idealista. Adrián Beltrán.

Camila abrió los ojos.

—Le dije "gracias" —agregó Dante, con una media sonrisa amarga—. La única vez en mi vida que le he dado las gracias a alguien. Y míralo ahora, queriendo colgarme. La vida es rara, gata.

Camila se quedó pensando en todo eso: la madre muerta por droga, la reliquia, el viejo lazo entre esos dos hombres que ahora se odiaban. Sentía que rozaba apenas la superficie de algo mucho más hondo y oscuro en el origen de Dante, algo que él mismo, tal vez, no terminaba de contarle.

—No me gusta que me prohíban cosas —dijo Camila, aunque sin mucha fuerza—. No soy tuya para que me digas a quién veo.

—Sí eres mía —contestó Dante, sin dramatismo, como quien dice una verdad simple—. Y yo soy tuyo, aunque no sepas todavía lo que eso significa en mi mundo. Aquí, gata, cuando uno es de alguien, es de alguien completo. No hay medias tintas. Al que se acerca a lo mío con otra intención, le va mal. Adrián lo sabe. Por eso te busca a ti: sabe que eres lo único mío que él podría tocar.

Camila se quedó callada. Había algo aterrador en ser "lo único suyo que otro podría tocar", como si fuera a la vez su tesoro y su punto débil, la grieta por donde alguien podría hacerle daño a un hombre que no tenía otras.

Antes de irse, notó sobre una repisa su termo rosa. Lo señaló, extrañada.

—¿Y mi termo? ¿Qué hace aquí?

—Ese no es un termo —dijo Dante, y por primera vez pareció casi tímido—. Es el vaso que tú usabas en el cuarto de servicio del Zafiro. Más de un año. Lo cambié por el rosa y me quedé el tuyo. —La miró, posesivo—. Lo tuyo es mío, gata. Todo. Hasta el vaso.

Y algo de su sangre seguía deliberadamente en la sombra, algo que ni él conocía todavía, esperando la hora en que el pasado volviera a reclamarlo.

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