Renata necesitaba dinero para proteger a su hermana menor, Julián necesitaba redimir a su familia, honrar la memoria del único hombre que creyó en él y salvar a la mujer de la que siempre estuvo enamorado en silencio.
La solución parecía sencilla, firmar un contrato, donde la única condición era no involucrar los sentimientos. Sin embargo, en un juego donde las deudas se saldan con caricias y el pasado esconde un fraude imperdonable, la única forma de sobrevivir al deseo será rompiendo sus propias reglas.
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Capítulo 23: Entre la razón y el deseo
El silencio que siguió a la llamada de Julián se sintió denso, pesado, y casi asfixiante, en la pantalla del teléfono de Francesco, la fotografía no dejaba margen para el debate: el ángulo de la selfie capturaba la luz del reservado, el perfil de Renata con los ojos entornados y la mano de Julián sosteniendo con firmeza su nuca en un beso muy apasionado.
Beatriz se quedó inmóvil, mirando la imagen con los labios entreabiertos, la tormenta de celos, rabia y paranoia que la había arrastrado desde su encuentro con Serena en el gimnasio se disipó de golpe, dejando en su lugar un vacío helado y una profunda sensación de vergüenza.
Francesco guardó el teléfono en el bolsillo de su saco, y en su rostro no había una sensación de triunfo, ni de reproches inmediatos; solo una expresión de cansancio que caló en Beatriz más que un grito.
—¿Es suficiente garantía, Beatriz? —preguntó él con voz baja.
Beatriz dio un paso hacia atrás, soltando el asa de su bolso, que terminó descansando sobre una de las sillas, llevó una mano a su frente, frotándose las sienes mientras intentaba articular una respuesta que pudiera enmendar su arrebato anterior.
—Francesco…yo…—la voz se le quebró—De verdad que no sé qué decir.
—Podrías explicarme desde cuando las palabras de una desconocida o un rumor de pasillo, ¿Vale más para ti que veinte años de matrimonio? —preguntó Francesco, rodeando el escritorio para mirarla de frente, con los brazos cruzados.
—No era solo un rumor de pasillo—se justificó ella en un susurro, dando un paso vacilante hacia él—Fue la forma en que me lo dijeron... esa mujer me abordó fingiendo mucha angustia de una forma tan convincente que sentía que todo mi mundo se venía abajo. Pensé en la diferencia de edad, en los problemas de la firma Lozano, en las horas que pasas fuera... Me dejé llevar por el miedo a perderte.
Francesco exhaló un largo suspiro, aflojando ligeramente los hombros, aunque la dureza de su mirada persistía.
—Serena sabía exactamente qué fibra tocar para hacerte dudar—dijo con amargura—Ella y Rodrigo están buscando desestabilizar esta empresa por todos los medios posibles, y tú les entregaste en bandeja de plata la paz de nuestra casa. Si esa foto no hubiera llegado, ¿Hasta dónde habrías llevado esto, Beatriz? ¿Habrías pedido el divorcio en los tribunales basándote en la trampa de mi principal competidor?
Las lágrimas que Beatriz había estado reteniendo finalmente resbalaron por sus mejillas, cubrió su rostro con ambas manos sintiéndose muy avergonzada, luego las bajó para buscar el contacto de su esposo, acto seguido tomó las manos de Francesco, notando la rigidez con la que él las mantuvo antes de permitirle sostenerlas.
—Perdóname por haber dudado de ti—pidió en un murmullo, mirando fijamente sus ojos—Lo siento por haber traído este escándalo hasta tu despacho y por haber puesto en duda tu integridad
Francesco la observó en silencio durante varios segundos, y su firmeza dio paso gradualmente a la empatía del hombre que compartía su vida con ella.
—Me avergüenza tanto haber caído en un juego tan ruin... Jamás debí escucharla. Jamás debería dudar del hombre con el que construyó mi vida.
Con un gesto suave, liberó una de sus manos y le limpió una lágrima del pómulo con el pulgar.
—Que esto nos sirva de lección a los dos —concluyó él con tono protector—La gente nuestro de entorno no perdona el éxito ni la estabilidad. Si vamos a resistir lo que viene, tenemos que proteger lo nuestro. No quiero volver a ver que la intriga de un tercero entre por esa puerta.
Beatriz se acercó en silencio, pegando su frente al pecho de Francesco y apretando los brazos alrededor de su cintura, aliviada por haber salvado su matrimonio, pero consciente de que se avecinaban tiempos muy difíciles.
En el reservado, Renata rozó la pantalla del teléfono de Julián con las yemas de sus dedos. Observaba la fotografía sorprendida por la naturalidad que transmitía, la imagen parecía tan auténtica que terminó apoyando los codos sobre la mesa para cubrirse el rostro con las manos.
—¿No te gusta como quedó? —preguntó Julián.
Él todavía conservaba en la memoria el sabor de ese beso, lo que en teoría solo era la preparación para una selfie estratégica, pero que había terminado arrastrándolos a una intensidad que escapaba a cualquier cláusula redactada en papel.
—Me gusta. De hecho... quedó muy bien —admitió Renata, dejando ver la calidez de sus mejillas.
El ambiente entre los dos continuaba cargado de una química innegable, cuando Julián extendió su mano para recuperar el teléfono, sus dedos se rozaron; ella intentó apartar la suya, pero él la sujetó con delicadeza, entrelazando los dedos con los de ella.
La voz profunda y pausada de Julián rompió la tensión del silencio:
—Renata... te voy a dar un par de días antes de hacer el anuncio oficial. Por ahora, solo voy a cambiar mi estado a “En una relación” en mis redes sociales.
—Tengo que cambiar el mío también? —preguntó ella.
Julián dejó escapar una leve sonrisa.
—Aún no, esperemos que el momento táctico sea el adecuado—respondió él con absoluta serenidad—En el mundo corporativo, el vacío de información lo llenan los enemigos. Al publicar el cambio de estado de forma abierta pero sobria, desviamos la atención, blindamos a Francesco y dejamos a Serena sin margen de maniobra. En este instante, la prensa está más preocupada por adivinar quién es la mujer que logró captar mi atención que por escuchar chismes de pasillo.
Renata estaba sonrojada, sintiendo un vuelco inevitable en su pecho.
—Nadie sabe que soy yo... aún.
—Y así se mantendrá hasta el lanzamiento oficial —aseguró Julián, adoptando un tono más bajo y envolvente—Pero dime algo, Renata... ¿Te sientes incómoda con la idea?
Ella negó con la cabeza, además de que recordó el contrato que acababan de firmar, y la frialdad con la que Julián calculaba cada movimiento le causaba fascinación, pero al mismo tiempo le aterraba, sabía que se trataba de una jugada mediática, pero su cuerpo no reaccionaba con neutralidad cuando se trataba de él.
—No me molesta —admitió ella en un susurro—De hecho, quiero poder ir a la universidad sin que las personas me señalen por algo que no he hecho, solo que... se siente extraño, Julián.
—No es solo un pacto en papel, Renata —interrumpió él con una firmeza grave que le erizó la piel—El contrato te protege en los tribunales y ante los medios, pero la postura frente al mundo es real. A partir de hoy, nadie volverá a faltarte al respeto ni a poner en duda tu integridad sin tener que rendirme cuentas a mí.
Un escalofrío recorrió la espalda de Renata, además de que el aplomo de Julián actuaba como ese faro de luz que tanto necesitaba en ese momento, derribando las últimas dudas que le quedaban sobre la eficacia del plan.
—Está bien —accedió ella, respirando con más alivio— Supongo que debo prepararme para la ola de preguntas cuando finalmente hagamos el anuncio con nombre y apellido.
—Cuando llegue el momento deja que yo me encargue de la presión mediática —concluyó Julián con un tono protector— Tú solo concéntrate en Emma y en la transición de la firma.
Julián se inclinó hacia adelante y le depositó un beso tierno en el frente.
—Ya es tarde. Nos vemos mañana.
Renata puso una expresión dudosa y contradictoria, lo que llevó a Julián a acariciarle la mejilla con el pulgar.
—A menos que... —añadió él con voz grave y una chispa de picardía en la mirada.
El rostro de Renata se encendió de inmediato al interpretar lo que él sugería, negoció con la cabeza rápidamente, tomó su bolso y se puso de pie, huyendo del reservado prácticamente a la carrera y dejando a Julián con una sonrisa engreída en los labios.
Antes de abandonar el lugar, él cambió su estado sentimental en sus redes sociales, y condujo de vuelta a casa, sabiendo perfectamente que ese simple gesto estaba a punto de desatar una auténtica tormenta.