Ella es la guardaespaldas asignada para proteger al hombre que más desprecia: un magnate arrogante que compró la empresa de su padre. Él la provoca y la pone a prueba cada día, sin saber que ella guarda un arma bajo la chaqueta... y un deseo prohibido bajo la piel.
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Capítulo 4: El penthouse
El ascensor se deslizó hacia arriba con un silbido casi imperceptible, y Valentina sintió que cada metro que subían era un metro más lejos de la realidad y un metro más cerca de algo que no sabía nombrar. Las paredes del ascensor eran de espejo, y en ellos se reflejaban una y otra vez, infinitas versiones de ellos mismos: él con su traje gris y su mirada fija en ella, ella con su chaqueta azul y su corazón golpeando contra las costillas como un pájaro enjaulado.
"¿Te arrepientes?", preguntó él, rompiendo el silencio.
Valentina se volvió hacia él, sosteniendo su mirada en el espejo. "¿De qué?"
"De haber subido."
Ella consideró la pregunta durante un largo momento. Podía mentir, como había estado haciendo desde el primer día. Podía decir que sí, que se arrepentía, que todo aquello era un error y que quería bajar inmediatamente. Pero por alguna razón que no podía explicar, las mentiras se le atascaban en la garganta cuando él la miraba así.
"No", dijo finalmente, y la palabra sonó más sincera de lo que esperaba. "No me arrepiento. Todavía."
Él sonrió, y era una sonrisa que iluminaba su rostro de una manera que Valentina no había visto antes. No era la sonrisa del depredador, ni la del magnate arrogante. Era la sonrisa de un hombre que, por un momento, dejaba caer todas las máscaras.
"Todavía", repitió él, saboreando la palabra como si fuera un vino caro. "Me gusta el sonido de esa palabra."
El ascensor se detuvo con un tintineo suave, y las puertas se abrieron para revelar el penthouse. Valentina había visto muchas casas de ricos en su vida, pero aquello era diferente. No era una casa. Era un mundo.
El espacio se extendía ante ellos como un sueño de cristal y acero. Los ventanales ocupaban tres de las cuatro paredes, ofreciendo una vista panorámica de la ciudad que se extendía bajo ellos como un mar de luces parpadeantes. El suelo era de mármol blanco, con vetas grises que se arremolinaban como nubes en un cielo tormentoso. Los muebles eran minimalistas pero caros, piezas de diseño que parecían flotar en el espacio en lugar de ocuparlo.
Pero lo que más llamó la atención de Valentina, lo que la detuvo en seco en la entrada, fue la estantería. Una pared entera de libros, desde el suelo hasta el techo, con una escalera de madera que se deslizaba a lo largo de los estantes como en las bibliotecas antiguas. Había libros de economía y finanzas, como era de esperar, pero también había poesía. Filosofía. Historia. Novelas de amor, incluso, cuyos lomos desgastados hablaban de múltiples lecturas.
"¿Lees?", preguntó, sin poder ocultar la sorpresa en su voz.
Mateo se detuvo a su lado, siguiendo su mirada hacia la estantería. "¿Te sorprende?"
"Un poco", admitió ella. "Esperaba más... trofeos. Cuadros de caza. Algo así."
Él rió, un sonido grave y genuino. "Los trofeos están en mi otra casa. Esta es mi verdadera casa. Donde guardo las cosas que realmente importan."
Valentina caminó hacia la estantería, sus dedos rozando los lomos de los libros como si estuviera tocando reliquias sagradas. Había algo íntimo en aquello, algo que él le estaba mostrando sin decirlo abiertamente. Y esa intimidad la asustaba más que cualquier amenaza directa.
"¿Y este?", preguntó, señalando un libro delgado con una cubierta desgastada. "¿También te importa?"
Mateo se acercó y tomó el libro con una delicadeza que Valentina no esperaba. Lo abrió por una página marcada y comenzó a leer en voz baja:
"No te amo como si fueras rosa de sal, topacio
o flecha de claveles que propagan el fuego:
te amo como se aman ciertas cosas oscuras,
secretamente, entre la sombra y el alma."
Valentina sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Conocía ese poema. Lo había leído cien veces en los días posteriores a la muerte de su padre, cuando el dolor era tan grande que no podía dormir y buscaba consuelo en las palabras de otros.
"Pablo Neruda", dijo, y su voz era apenas un susurro.
Mateo cerró el libro y lo sostuvo contra su pecho, como si estuviera protegiendo un tesoro. "Son los únicos poemas que he memorizado. Los de Neruda. Hablan de un amor que no es fácil, que duele, que quema. Un amor de odio y deseo. ¿Te suena?"
Valentina no respondió. No podía. Las palabras estaban atascadas en su garganta, mezcladas con la rabia y el dolor y algo más que se negaba a nombrar.
"No sabía que los magnates leían poesía", dijo finalmente, con un tono que pretendía ser ligero pero que salió tenso.
"No sabes muchas cosas de mí, Valentina", respondió él, dejando el libro sobre la mesa y acercándose a ella. "Y eso es lo que me fascina. Hay todo un universo en ti que quiero descubrir. Cada capa que quitas, encuentro otra debajo. Es como desenterrar un tesoro."
Valentina dio un paso atrás, instintivamente, pero él dio otro hacia adelante. La pared de libros estaba detrás de ella, y pronto no tuvo más espacio para retroceder.
"¿Qué estás haciendo?", preguntó, y su voz era un hilo de voz, apenas un susurro en la penumbra del penthouse.
Mateo levantó una mano y rozó su mejilla con la punta de los dedos. El contacto era eléctrico, como una chispa que saltaba entre ellos y encendía algo que Valentina había estado tratando de apagar desde el primer momento.
"Estoy haciendo lo que he querido hacer desde que te vi en la azotea", dijo él, su voz baja y ronca. "Acercarme a ti. Tocar tus labios. Saber cómo sabes."
Ella cerró los ojos, y por un momento se dejó llevar. Sintió la calidez de su mano en su rostro, el aroma de su colonia, el ritmo de su respiración. Por un momento, no fue la guardaespaldas que odiaba a su cliente. Fue solo una mujer, vulnerable y deseada, en los brazos de un hombre que la miraba como si fuera la única persona en el mundo.
Pero entonces recordó.
Recordó la carta de su padre. Las palabras escritas con tinta temblorosa. La promesa que había hecho en su lecho de muerte.
Abrió los ojos y apartó la mano de él con un movimiento brusco.
"No", dijo, y su voz era un latigazo en el silencio. "No puedo hacer esto."
Mateo no retrocedió, pero su expresión cambió. La máscara del depredador había vuelto a su lugar, ocultando la vulnerabilidad de un instante antes.
"¿Por qué no?", preguntó, y su voz era fría, controlada. "¿Porque soy tu cliente? ¿Porque soy un monstruo? ¿O porque tienes miedo de lo que sentirías si dejaras de odiarme?"
"Porque no confío en ti", dijo ella, y la verdad en sus palabras era como un cuchillo que se clavaba en su propio corazón. "Porque cada vez que me tocas, no sé si es sincero o si es parte de un juego. Porque no sé quién eres realmente, Mateo. Y no puedo entregarme a alguien a quien no conozco."
Él sostuvo su mirada durante un largo momento, y Valentina vio algo parpadear en sus ojos. Dolor, quizás. O tal vez solo era la luz de la ciudad reflejada en sus pupilas.
"Tienes razón", dijo finalmente, y su voz era tan suave que apenas se escuchaba. "No me conoces. Pero quiero que lo hagas. Quiero mostrarte quién soy realmente, sin las máscaras, sin los juegos. ¿Me dejarías hacerlo?"
Valentina tragó saliva. Cada fibra de su ser le decía que dijera que no. Que se fuera. Que abandonara la misión y desapareciera antes de que él pudiera destruirla como había destruido a su padre.
Pero algo en su mirada, en la forma en que la miraba como si ella fuera la única persona que podía salvarlo, la detuvo.
"Tal vez", dijo, y la palabra era una rendición disfrazada de concesión. "Pero no esta noche. Esta noche necesito tiempo. Necesito pensar."
"Piensa todo lo que necesites", dijo él, dando un paso atrás y creando espacio entre ellos. "Pero mientras piensas, recuerda esto: no soy el monstruo que crees que soy. Y cuando estés lista para descubrir la verdad, estaré aquí. Esperando."
Valentina asintió, sin confiar en su voz para responder, y se dio la vuelta para salir del penthouse. Sus pasos resonaron en el mármol como un eco de su propia indecisión, y cuando el ascensor se cerró tras ella, se apoyó contra la pared y sintió que las lágrimas amenazaban con brotar.
No lloraba desde la muerte de su padre. Y ahora, encerrada en un ascensor de lujo, con el aroma de Mateo todavía impregnado en su piel, Valentina sintió que el mundo se desmoronaba a su alrededor.
Porque la verdad, la verdad que no podía admitir ni siquiera a sí misma, era que no quería huir. Quería quedarse. Quería caer.
Y esa era la parte más aterradora de todo.
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