Lila se cansó de ser un eco en la vida de Abad, su esposo. Durante años, ocupó el segundo, el tercero, incluso el cuarto lugar en su mundo, siempre a la sombra de sus prioridades. Fue una situación límite, una gota que rebasó el vaso, lo que encendió en ella la chispa definitiva para desaparecer. Y se fue. Tan silenciosamente que todos la dieron por muerta. Todos, menos Abad. Él se negó a creer en su ausencia eterna, aferrado a una certeza que solo él entendía.
Cuando Lila regresó, no lo hizo sola. Traía consigo un niño, un secreto que Abad no había previsto, pero que no le importó en lo más mínimo. Sin dudarlo un segundo, Abad se lanzó a la reconquista. No solo para recuperarla a ella, sino para ganarse también al pequeño, dispuesto a aceptarlo como suyo, sin importar si la sangre lo unía o no. Porque esta vez, Abad sabía que no podía permitirse ser el último en la vida de nadie.
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Capitulo 2 ¿Mis llamadas?
Lila observó el teléfono como quien mira una serpiente. Una sonrisa torcida se dibujó en sus labios.
—¿Ah, sí? ¿Me voy? ¿Estoy interrumpiendo su idílico retiro, Abad? —Paseó la mirada por la suite, por la cama, por la laptop abierta, por la botella de vino medio vacía junto a dos copas—. ¿O me estás pidiendo que me vaya para que puedas seguir con tu... cuidado?
—Lila, basta —dijo él, su voz un poco más alta. Se pasó una mano por el cabello oscuro, un gesto de frustración que ella conocía demasiado bien—. Sé que estás molesta por lo del fin de semana pasado. No contesté tus llamadas, lo sé, pero fue una emergencia. Sahina estaba…
—¿Mis llamadas? —Lila soltó una risa amarga, tan llena de dolor que hasta Abad se detuvo—. ¿Crees que esto se trata de llamadas? ¿Crees que soy tan mezquina que haría un escándalo por unas cuantas llamadas perdidas? —Se llevó una mano al pecho, sintiendo el latido acelerado de su corazón—. No, Abad. He venido a pedirte el divorcio.
La palabra cayó en la habitación como una bomba. El silencio que siguió fue ensordecedor. Abad se quedó inmóvil, su teléfono olvidado en el aire. Sahina abrió la boca, pero ninguna palabra salió.
—¿Divorcio? —repitió Abad, como si la palabra estuviera en otro idioma—. Lila, ¿qué dices? No estás bien. Tú no eres así.
—¿Qué sé yo cómo soy, Abad? —respondió ella, sus ojos brillando con lágrimas que se negaba a derramar—. Tú no me conoces. Nunca te tomaste el tiempo de hacerlo. Para ti, yo era la esposa bonita, la flor de campo que decora tu casa, la que sonríe en las galas mientras tú te llevas todo el crédito. —Su voz se quebró, pero lo disimuló con otro bufido de desdén—. Dijiste que no te llamara, y no lo hice. Esa fue tu madre.
—¿Mi madre? —Abad la miró, confundido—. Lila, deja de mentir. El número era el tuyo.
—¡Claro que era mi número, imbécil! —La furia explotó en un grito que retumbó en la suite. Lila se puso de pie, las manos temblorosas, los nudillos blancos sobre el sobre que aún sostenía—. ¡Tu madre fue la que llamó desde mi teléfono! Para decirme que estaba harta de que la llamara, que eras un esposo miserable, que no valía la pena ser tu esposa... ¡Pero eso no es lo peor!
Abad abrió la boca para hablar, pero Lila lo acalló con un solo dedo.
—El sábado pasado, mientras tú jugabas al enfermero de esta muñeca de porcelana, yo me desmayé en el baño de nuestra casa. Sentí un dolor, un dolor que no le deseo ni a la peor de las personas. Estaba sola, Abad. Estaba sangrando, y no había nadie para llevarme al hospital. Tuve que llamar a tu madre. ¿Sabes qué hizo? —Una lágrima rodó por su mejilla, y Lila se la secó con el dorso de la mano, asqueada de su propia debilidad—. Me llevó al hospital, sí. Pero me dejó en la entrada de Urgencias como si fuera un perro enfermo. Se fue sin mirar atrás.
Los ojos de Abad se abrieron, y por primera vez, algo parecido al miedo se reflejó en ellos. —Lila... yo no sabía…
—Claro que no sabías. Porque nunca preguntas. Porque siempre estás ocupado. —Dio un paso al frente, y su voz se volvió un susurro peligroso—. Estaba embarazada, Abad. Iba a tener un hijo. Tu hijo. Y lo perdí. Lo perdí por el estrés, por la desnutrición, porque mientras tú jugabas a ser el héroe de la anoréxica de mierda, yo me desangraba en una camilla de hospital durante dos días. Sin nadie que autorizara un legrado. Sin nadie que me diera la mano. —Su voz se rompió, y por un instante fue solo una chica de veinticinco años, asustada y rota—. Estuve a punto de morir, Abad. Y tú no estabas. ¿Me oyes? No estabas.
El silencio fue absoluto. Abad parecía haber recibido un golpe físico. Su rostro se descompuso, sus manos cayeron a los costados. Sahina, en la cama, miraba el suelo, su máscara de inocencia resquebrajándose apenas.
—Eso es... —Abad tragó saliva—. Lila, eso es horrible. Yo no... no puedo creer que no me llamaras, que no me dijeras…
—¿Para qué? —respondió ella, con una calma que daba más miedo que los gritos—. ¿Para que vinieras cinco minutos, me dieras un beso en la frente, y te fueras corriendo otra vez porque la princesa vomitó su caldo de verduras? —Soltó una risa seca y triste—. No, Abad. Ya no quiero ser parte de este circo. He venido a pedirte el divorcio, y esta vez no es un berrinche. Esto es lo que quiero. Lo que necesito para sobrevivir.
Abad la miró, y por primera vez, vio más allá de su belleza. Vio el dolor, las ojeras que el maquillaje no lograba ocultar, la pérdida de peso en sus brazos, el vacío en sus ojos. Y sintió un miedo atroz, porque comprendió, en un solo instante, que la mujer que tenía enfrente ya no era su esposa. Era una extraña a la que él mismo había llevado al borde del abismo.
—No... no te voy a dejar —dijo él, su voz ronca, un poco desesperada—. Lila, esto es un error. Podemos arreglarlo. Podemos…
—Ya es tarde, Abad. —Ella dejó el sobre sobre la mesa, frente a la laptop. Era el sobre de los papeles del divorcio—. Hemos llegado al final. Y no es porque te haya visto aquí, con ella. Es porque nunca me viste a mí. —Alzó la vista, y sus ojos, aún húmedos, brillaron con una determinación de acero—. Pero ahora vas a verme. Vas a verme irme por esa puerta, y vas a recordar cada segundo de este día, porque será el día que lo perdiste todo.
Dio media vuelta, y sus tacones sonaron otra vez en el mármol. Cada paso era un adiós, una puerta que se cerraba. Antes de cruzar la puerta, se detuvo.
—Y Abad... —dijo sin volverse—. Cuando te des cuenta de lo que has hecho, no me busques. Porque cuando una esposa se va, es porque ya no queda nada que reconquistar.
La puerta se cerró detrás de ella, y el silencio que dejó fue más pesado que el luto.
Abad se quedó solo con el eco de sus palabras y con un vacío en el pecho que jamás había sentido. Sahina, en la cama, abrió la boca para hablar, pero él la detuvo con un solo movimiento de su mano.
—Cállate. —Su voz era un susurro ronco, como el de un animal herido.
Y por primera vez, él no la miró. Su mirada estaba fija en el sobre marfil que contenía el fin de su mundo.
ella es excelente escritora