Rocío Vega, empresaria de moda de 24 años, arrastra la culpa de llevar seis años distanciada de su hermana. Cuando esta fallece trágicamente dejando huérfanos a Lucas (5 años) y Mía (3 años), el mundo de Rocío da un vuelco total.
En la notaría se encuentra con Mario Alva, el atractivo y frío CEO de una corporación de cruceros de lujo. Para su sorpresa, el testamento incluye una cláusula ineludible: para mantener la custodia de los niños y evitar que vayan a un orfanato, deben convivir juntos bajo el mismo techo.
El choque entre la empresaria que regala sueños y el magnate de alta mar es inmediato. Pero entre crisis médicas nocturnas e inspectores judiciales, las defensas caen. La paciencia de Mario empezará a sanar los traumas del pasado de Rocío, encendiendo un deseo irrefrenable.
Sin embargo, una sombra acecha: la muerte de sus hermanos no fue un accidente y alguien en la naviera los vigila. ¿Podrán salvar a los niños y descubrir que la cláusula más estricta era la del amor?
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CAPITULO 17. EL REFUGIO DE LA TORMENTA Y EL DESEO EN GUARDIA
POV MARIO
Conducía de regreso a la casa familiar con el estómago revuelto y la carpeta de cuero negro apretada contra el asiento del copiloto. El vicepresidente de mi junta directiva, Alberto Méndez, el hombre en quien mi hermano Víctor y yo habíamos confiado para mantener a flote la naviera, era un asesino. Él había planeado la muerte de los padres de Rocío y él mismo había provocado el "accidente" laboral de Víctor en los muelles cuando mi hermano descubrió la verdad.
Giré el volante con brusquedad, metiendo el coche en la cubertería de la entrada. Tenía el corazón latiéndome en la garganta. Solo pensaba en llegar, cerrar las puertas y rodear a Rocío con mis brazos para asegurarme de que el mundo exterior no tocaba a nuestra familia.
Al entrar en la casa, el silencio me pareció alarmante.
—¡Rocío! —llamé, con la voz rota por la urgencia.
La encontré en la cocina, apoyada contra la encimera. El teléfono inalámbrico estaba tirado en el suelo de baldosas. Rocío tenía las manos cruzadas sobre el pecho, temblando de forma violenta, con los ojos fijos en la nada y las lágrimas surcando sus mejillas pálidas. Lucas y Mía estaban en el piso de arriba, ajenos a la oscuridad que se cernía sobre nosotros.
—Mario... —susurró ella al verme.
Me acerqué a ella de dos zancadas. Olvidé los papeles, olvidé las distancias y la atraje hacia mí con una fuerza desesperada. Rocío se aferró a mi camisa como si se estuviera ahogando, enterrando el rostro en mi cuello mientras los sollozos la sacudían por completo.
—Han llamado, Mario —consiguió articular en mitad del llanto, su voz temblando por el pánico—. Una voz distorsionada... Sabían que estabas en la naviera. Sabían lo del baúl del desván. Me han dicho que si sigues buscando, Lucas y Mía tendrán el mismo accidente que mis padres... y que Víctor. Mario, a Víctor lo mataron. No fue un accidente.
La furia y el dolor colisionaron en mi pecho al escucharla. Le acaricié el cabello con desesperación, plantando besos en su frente, intentando absorber su miedo a través de mi propia piel.
—Escúchame bien, Rocío. Mírame —le pedí, tomándole el rostro con ambas manos y obligándola a clavar sus ojos empañados en los míos—. He encontrado los papeles en la caja fuerte. Sé quién está detrás de todo esto. Es Alberto Méndez, el vicepresidente financiero de mi empresa. Él provocó todo. Pero te juro por la memoria de mi hermano y de tus padres que no van a tocar a esos niños. No voy a permitirlo.
POV ROCÍO
Saber que el enemigo estaba tan cerca, metido en la propia empresa de Mario, me provocó un escalofrío helado, pero mirar la determinación feroz en los ojos oscuros de Mario hizo que el miedo mutara en algo completamente distinto. Había una fuerza indomable en él, una ferocidad protectora que me resultaba increíblemente magnética.
El peligro que nos rodeaba, en lugar de distanciarnos, estaba actuando como un imán invisible. Miré sus labios, a escasos centímetros de los míos, y sentí una oleada de calor y deseo que me recorrió el cuerpo entero, un anhelo ardiente de refugiarme en él, de borrar la crueldad del mundo exterior con la verdad de lo que sentíamos. El amor que había nacido en mitad del luto se estaba volviendo una armadura pesada y sólida.
Mario pareció notar el cambio en mi respiración. Su mirada bajó a mi boca y sus manos, que aún acunaban mis mejillas, se deslizaron con una lentitud tortuosa hacia mi cuello, deteniéndose en mis clavículas. El ambiente en la cocina se volvió sofocante, cargado de una tensión sexual y una necesidad sorda que ya no podíamos camuflar bajo el pretexto de la conveniencia.
—Rocío... —murmuró su voz profunda, ahora más ronca, rozando mis labios con su aliento caliente—. Cada vez que pienso que os tengo en peligro, siento que me vuelvo loco. No sé en qué momento pasaste de ser la extraña de la oficina a ser la única razón por la que quiero levantarme mañana. Te quiero. Y me muero por demostrarte cuánto.
Mis dedos se enredaron en los botones de su camisa, apretando la tela, sintiendo el latido desbocado de su corazón. El deseo de entregarme a él por completo estaba ahí, quemándome por dentro, una pulsión viva que me empujaba a olvidar el trauma de Iván, a olvidar las deudas y a dejarme llevar por la limpieza de su amor.
—Yo también te quiero, Mario —respondí, con los ojos brillando por la intensidad del momento—. Te deseo tanto que me asusta... Pero tenemos que ser inteligentes. Esos niños solo nos tienen a nosotros. Alberto Méndez viene a por el baúl la semana que viene. Tenemos que adelantarnos.
Mario tragó saliva, obligándose a recuperar el control de sus impulsos con un esfuerzo evidente. Me dio un beso corto pero increíblemente apasionado, un sello de promesa que me dejó los labios latiendo y el cuerpo temblando de necesidad. Se separó unos centímetros, manteniendo una mano firme en mi cintura.
—Tienes razón. El deseo tendrá que esperar a que limpiemos esta casa de fantasmas —asintió él, con una sonrisa ladeada y los ojos oscuros encendidos—. Vamos a usar el baúl del desván como cebo. Alberto cree que somos dos jóvenes asustados que acaban de heredar una desgracia, pero no sabe que se enfrenta a una empresaria brillante y a un CEO que está dispuesto a quemar su propio imperio con tal de proteger a su familia. Esta noche cambiaremos las reglas del juego.
Subimos los dos hacia la planta intermedia para comprobar que Lucas y Mía seguían descansando ajenos a la tormenta. Al verlos dormir tan unidos, la certeza de nuestro amor y la urgencia de nuestra alianza se volvieron inquebrantables. El peligro acechaba en la puerta de la naviera, pero dentro de esas cuatro paredes, el amor y el deseo contenían una fuerza dispuesta a arrasar con cualquier enemigo.