Seis años atrás, Luz Acosta fue traicionada por su propia familia, acusada de una vergüenza que no pudo explicar y echada de la casa como si nunca hubiera llevado su sangre.
Ahora volvió a Buenos Aires con dos hijos, una identidad que todos buscan y una sola idea clara: nadie va a volver a usarla.
Pero apenas pisa la ciudad, Ciro desaparece unos minutos y regresa con un hombre que no debería cruzarse en su camino: Bruno Ferrer, dueño de un imperio, frío hasta la crueldad y famoso por no dejar que ninguna mujer se le acerque.
Tina, en cambio, lo mira una vez y decide que ese hombre tiene que ser su papá.
Luz no quiere saber nada con Bruno. Bruno está convencido de que ella se le acercó con segundas intenciones. Y mientras los Acosta intentan volver a encerrarla en el papel de hija descartable, un secreto de aquella noche de hace seis años empieza a salir a la luz.
Dos hijos. Una traición vieja. Un padre que no sabe que lo es.
Y una mujer que esta vez no piensa bajar la cabeza.
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Capítulo 6
Capítulo 6
Bruno miró a Luz con más desprecio.
Una mujer que había perdido a su hijo dos veces en dos días, ¿era Ynua?
Aunque lo fuera, ¿cómo iba a curar a un paciente si ni siquiera podía cuidar a sus propios chicos?
El señor César no entendía nada. Parecía que Bruno y esa médica se conocían, pero al mismo tiempo él acababa de enterarse de quién era.
—¿Qué? —Luz abrió la boca para responderle.
Lara se le adelantó.
—Hoy cualquiera dice ser quien sea. Que ella diga que es Ynua no prueba nada.
Lara ya desconfiaba de Luz por joven. Ahora, al ver que Bruno le prestaba atención, la desconfianza se había vuelto odio.
Luz ni la miró.
—Señor César, ¿usted piensa igual?
—Bruno, no te dejes engañar —insistió Lara—. La enfermedad del abuelo no es un secreto. Mucha gente podría averiguarla.
El señor César dudó.
No era solo la identidad de Luz. Su padre estaba demasiado débil. Si se equivocaba al dejarlo en manos de una desconocida, podía perderlo.
Luz sonrió sin calor.
—Entiendo. Entonces no tengo nada más que hacer acá.
Se dio vuelta para irse.
—¿Otra estrategia para hacerte rogar?
La voz de Bruno le llegó por la espalda.
Luz giró la cabeza. Sus ojos cortaron el aire.
—Señor Ferrer, no sabía que tenía una grandeza del tamaño de la cabeza de un alfiler.
¿Todo eso porque una vez lo había malentendido?
Bruno apretó la mandíbula.
Lara estalló.
—¿Cómo te atrevés a hablarle así a Bruno? ¡Fuera de mi casa!
Levantó la mano para empujarla, pero la mirada de Luz la frenó en seco.
—¡Señor César! —Un médico de la casa bajó corriendo por la escalera—. Don César empeoró. Hay que llevarlo al hospital ya.
—¿Qué?
El señor César subió casi corriendo.
Bruno y Facundo lo siguieron.
—¡Llamen una ambulancia! —se oyó desde arriba.
Luz no quería meterse.
Pero los empleados iban y venían con la cara blanca. Al final, apretó los labios y subió.
En la habitación, todos rodeaban la cama. El viejo respiraba a bocanadas, como si algo le tapara la garganta.
—Apártense —ordenó Luz—. ¿No ven que no puede respirar?
Se abrió paso hasta la cama, tomó el pulso, revisó el ritmo cardíaco y sacó un frasco pequeño de su maletín. Puso una pastilla en la boca del viejo.
—¿Qué le diste? —Lara intentó lanzarse sobre ella.
Luz la miró.
—Si no querés ver morir a tu abuelo delante tuyo, corréte.
Lara quedó inmóvil.
Luz preparó una ampolla de terapia neural y aplicó infiltraciones mínimas en varios puntos neurofuncionales con una precisión limpia. Sus movimientos no tenían duda ni teatro.
Bruno la observó en silencio.
Había algo distinto en ella cuando trataba a un paciente. La hostilidad se le iba de la cara y quedaba una concentración fría, afilada.
Poco a poco, la respiración de Don César se calmó.
Luz retiró el material clínico.
El viejo quedó quieto, tan quieto que Lara volvió a gritar.
—¿Qué le hiciste? ¿Quién te mandó a matarlo?
—¿Podés dejar de imaginar que todo el mundo quiere destruirte?
Luz guardó sus cosas.
Por eso evitaba pacientes ricos. Siempre creían que salvarlos también era una conspiración.
—Mi abuelo estaba mejor antes de que vinieras —chilló Lara, con el celular en la mano—. Sos una estafadora. Voy a llamar a la policía.
Un tosido la detuvo.
Don César abrió los ojos.
—Papá —el señor César se acercó con la voz quebrada—. Papá, despertaste.
El médico de la casa revisó al viejo y después miró a Luz como si acabara de ver un milagro.
—¿Qué medicina usó? Los síntomas bajaron muchísimo.
—Una fórmula mía.
Cuatro palabras.
Al médico le brillaron los ojos.
—Señor César, usted dijo que hoy venía Ynua... Ella tiene que ser Ynua. Nadie más, salvo quizá el Dr. León, podría hacer una fórmula así.
La mirada de Bruno se volvió más profunda.
Luz se colgó el maletín al hombro.
—Gracias por el elogio. Me voy.
El señor César reaccionó y le cerró el paso.
—Doctora Ynua, por favor, atienda a mi padre.
Ahora sí la voz le salía humilde.
—No acepto familias que no confían en mí.
—Tiene razón. Fui un idiota. Estaba desesperado por mi padre, pero eso no justifica mi duda. Le pido perdón.
—Yo acepté su solicitud con seriedad —dijo Luz—. Pero esa señorita me acusó de querer matar a Don César.
Miró a Lara.
—Si quiere que siga el tratamiento, ella me pide disculpas.
—¿Yo? —Lara abrió la boca—. ¿Pedirte disculpas a vos?
—Si no quiere, perfecto.
Luz dio un paso.
—Ynua, espere —pidió el señor César. Después se volvió hacia Lara—. Pedile perdón.
—No.
Lara giró la cara justo hacia Bruno. Que esa mujer la humillara delante de él le pareció imperdonable.
Bruno habló sin levantar la voz.
—Señor César, si a Don César le pasa algo por este capricho, usted sabe cómo arreglo yo las cosas.
La cara del señor César cambió.
—Lara, si no le pedís perdón ahora, no volvés a pisar esta casa.
Lara no tenía verdadero poder dentro de la familia. Todo lo que disfrutaba dependía del cariño de su tío.
Apretó los dientes.
—Doctora Ynua, perdón. Me preocupé por mi abuelo y hablé mal. Espero que no me lo tome en cuenta.
Luz arqueó apenas una ceja.
Después caminó hacia la puerta.
—¡Ya me disculpé! —gritó Lara—. ¿Ahora tampoco vas a atenderlo?
Luz se detuvo.
—Don César está grave y es mayor. No puede recibir tratamientos agresivos todos los días. Hoy basta. Mañana vuelvo.
Se fue sin mirar atrás.
Bruno salió poco después.
Facundo se acercó a Luz en la entrada.
—Doctora Ynua, ¿vino en auto? Podemos acercarla.
Luz miró a Bruno detrás de él.
Así que esa era su forma de pedirle tratamiento.
Bien. Mejor pagar esa deuda y sacárselo de encima.
—Mandame el historial médico de tu jefe.
—¿Eh?
Luz ya estaba frenando un taxi.
Bruno observó cómo se iba.
Había querido llevarla por cortesía y ella ni siquiera aceptaba eso.
Qué mujer más insolente.
—Jefe —dijo Facundo con cuidado—, me pidió su historial. Parece que va a tratarlo. ¿Se lo mando?
Bruno aflojó apenas el ceño.
—¿Vos creés que puede curarme?
—Y... peor no estamos.
La temperatura alrededor de Bruno bajó.
Facundo decidió que respirar en silencio era más sano.
Esa misma tarde, Tina y Ciro llegaron a la casa de Bruno cargando una canastita de huevos frescos.
—¿Seguro que era por acá? —jadeó Tina.
Ciro asintió, también transpirado.
Tocaron timbre.
Nadie abrió.
Ciro sintió pasos detrás y giró.
Bruno y Facundo venían por el camino.
Ciro tiró de la falda de Tina.
Ella se dio vuelta y abrió los ojos como platos.
—Ciro... ¿el señor era así de lindo? En la foto salía bien, pero en persona es cien veces peor.
Ciro la miró sin entender qué la emocionaba tanto.
Bruno vio a los chicos y frunció el ceño.
Ciro saludó con la mano.
Tina avanzó muy seria.
—Hola, señor. Soy la hermana de Ciro. Somos mellizos. Ayer nos contó que usted se lastimó por salvarlo. Mamá nos mandó a agradecerle.
¿Esa mujer los había mandado?
La poca buena impresión que Luz había dejado por su trabajo con Don César empezó a deshacerse.
Tina levantó la canasta.
—Le trajimos huevos. Mamá dice que son nutritivos y buenos para recuperarse.
Facundo miró los huevos.
Después miró a Bruno.
El agradecimiento era... contundente.