Camila lo dio todo por su matrimonio. Durante tres años cocinó, limpió y cuidó la casa —su propia casa— mientras su esposo Adrián y toda su familia la trataban como sirvienta. Cada fin de año, ellos se iban de vacaciones a Cancún y la dejaban encerrada. Sin dinero. Sin voz. Sin salida.
Pero esta vez será diferente.
Mientras Adrián y los suyos disfrutan del sol y la playa, Camila toma la decisión que cambiará todo: vender la casa, recuperar su carrera, y cobrarles una por una cada humillación que le hicieron vivir.
Lo que Adrián y su familia no saben es que esas vacaciones en Cancún serán las últimas que disfruten juntos.
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22
Valeria fue directo a la zona donde habían vivido todo ese tiempo. Tal vez alguna de las vecinas sabía dónde estaba Camila.
Se detuvo en la verdulería que quedaba a pocas cuadras de la casa. Justo en ese momento había varias mujeres reunidas ahí.
—Señoras, quiero preguntarles algo. ¿Alguna de ustedes ha visto a Camila? ¿Saben dónde está?
—¿Y nos preguntas a nosotras? Tú eres su cuñada, vivían en su casa. ¿Cómo es posible que no sepas dónde está? —respondió una de ellas con tono mordaz.
—Así es, Valeria. Nunca quisiste saludar a nadie por aquí. Y ahora de repente te vuelves amable. ¿Será porque ya no pueden vivir en la casa de Camila? —agregó otra.
Valeria apretó los puños. Le hervía la sangre y ganas no le faltaban de callarles la boca a esas chismosas. Pero se contuvo; no había ido hasta ahí a buscar pleito, sino a averiguar dónde vivía Camila.
—No es eso, señoras. Camila vendió nuestra casa mientras no estábamos. Y ahora no sabemos dónde se metió.
—¿Su casa? ¿No te estarás equivocando? Hasta donde yo recuerdo, Camila ya vivía ahí desde que estaba en la universidad, y después cuando empezó a trabajar. Ustedes llegaron después, cuando ella se casó con su esposo —la corrigió otra de las mujeres.
Valeria volvió a apretar los puños. Las vecinas de este barrio tenían la lengua igual de venenosa que las del otro. Había venido a buscar información sobre Camila y lo único que se llevaba eran insultos.
—Señoras, Camila es solo un ama de casa. Depende por completo de mi hermano. No tiene vergüenza esa mujer.
—Si yo fuera Camila, hace mucho que habría corrido al marido y a toda su familia de esa casa. Qué frescura, todos los años de vacaciones fuera de la ciudad, y a ella la dejaban sola —dijo una de las mujeres con indignación.
Valeria no aguantó más las palabras hirientes y decidió irse de ahí.
—Maldita sea. Ya me las vas a pagar, Camila. Te voy a encontrar adonde sea que vayas —murmuró con rabia.
Siguió caminando por la calle, bastante transitada, cuando de pronto sus ojos captaron a un hombre en la acera de enfrente. Iba caminando de la mano con una mujer embarazada.
—¿Diego? Parece que es Diego —murmuró, observando a la pareja del otro lado.
Se apresuró a cruzar la calle, pero el tráfico era intenso y le costó abrirse paso entre los vehículos.
Cuando por fin llegó al otro lado, ya no encontró a ninguno de los dos.
—¿Dónde se metieron? ¿Habré visto mal? —se preguntó.
Recorrió los alrededores con la mirada, buscando al hombre que se parecía a su esposo. Pero no lo encontró; había desaparecido.
—Seguramente me confundí —murmuró para sí.
* * *
Camila estaba concentrada en su trabajo cuando el teléfono le sonó. Miró la pantalla: era Adrián. Dejó que la llamada sonara hasta que se cortó sola. Lo hacía a propósito, quería sacarlo de quicio.
No pasó mucho tiempo antes de que el teléfono volviera a sonar. Adrián no se daba por vencido; seguía insistiendo en hacerla volver.
—¿Bueno? —contestó Camila al fin, llevándose el teléfono al oído.
—Camila, ¿dónde estás? Regresa ahora mismo. Tienes que responder por lo que le hiciste a mi familia —le exigió Adrián desde el otro lado de la línea.
—¿Responder por qué? ¿Qué se supone que les hice?
—Dejaste a mi familia sin techo al vender esa casa. Devuélvela ya —le ordenó a gritos.
Camila apartó el teléfono del oído y lo dejó vociferar al vacío.
—¿De qué casa me hablas? ¿Acaso en tu vida has comprado una casa?
—No se te olvide que soy tu esposo. Tengo derecho sobre todos tus bienes, incluyendo esa casa —dijo Adrián con un descaro absoluto.
—Antes de hablar, te sugiero que te informes bien. Y no con tu madre, que lo único que hace es confundirte. Un esposo y su familia no tienen ningún derecho sobre los bienes propios de la esposa. Así que ni tú ni tu familia tienen nada que reclamar sobre mi casa. Si la quise vender, es asunto mío, no tuyo.
—Tienes que hacerte responsable. A Valeria la despidieron de su trabajo por tu culpa —Adrián le echó la culpa a ella.
—Que hayan despedido a tu hermana no es mi problema. Es cosa de ella. ¿Por qué me lo echas en cara a mí?
—Regresa a la casa y cumple con tus obligaciones como esposa. Es tu deber servir a mi familia —le ordenó Adrián.
—Jamás voy a volver contigo. Espera la notificación del juzgado de familia —respondió Camila.
—Escúchame bien, Camila. Jamás te voy a dar el divorcio. Sigues siendo mi esposa. Y si no vuelves y no devuelves esa casa, no te voy a dejar vivir en paz —la amenazó Adrián.
—Haz lo que quieras, pero de algo estoy segura: no pienso volver a vivir con un hombre y una familia tan tóxicos como ustedes —dijo Camila, y colgó.
Cortó la llamada sin más. Discutir con Adrián solo era perder tiempo y energía.
De una cosa estaba segura: tenía que prepararse para cualquier escenario. Porque Adrián y su familia no iban a aceptar todo esto sin dar pelea.