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Renací Como Limpiadora ...Pero Soy La Madre Dela Hija Del CEO

Renací Como Limpiadora ...Pero Soy La Madre Dela Hija Del CEO

Status: En proceso
Genre:Mujer poderosa / CEO / Hijo/a genio / Completas
Popularitas:1.5k
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Lucía era una joven campesina traicionada por su prometido y su propia hermana, que la envenenaron para robarle todo. Pero el destino le da una segunda oportunidad: ¡despierta 5 años en el pasado! Esta vez no será la chica ingenua de las gallinas. Se infiltra como limpiadora en la empresa del multimillonario CEO Alejandro Montenegro para cobrarse venganza... sin saber que su hija genio de 5 años, la pequeña Mía, que también viajó en el tiempo, ¡se cruzará con su papá biológico en los pasillos! Ahora Lucía debe ocultar su identidad, destruir a los traidores y evitar que el CEO frío descubra que la niña inteligente y adorable que le sigue por todas partes es su heredera. ¿Podrá el amor florecer entre la limpiadora que manda en secreto y el hombre que no sabe que ya es papá?

NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 22: El peligro

Las semanas después de la declaración fueron las más tranquilas que Lucía recordaba.

Alejandro venía todas las noches. Cenaban juntos en la cocina de la granja, con Sofía sentada entre los dos, contando cosas del colegio. Los negocios crecían. El contrato de distribución con la empresa de Alejandro funcionaba. Las gallinas ponían bien. La gente del pueblo, que durante meses la había mirado por encima del hombro, empezaba a saludarla en la calle. Algunas hasta le pedían consejo sobre cómo criar gallinas.

Lucía estaba de ocho meses. La barriga le pesaba. Le costaba agacharse. Le costaba dormir. Pero por primera vez no le importaba. Por primera vez miraba el futuro y no veía un abismo. Veía una casa. Veía un campo. Veía a Alejandro arreglando el gallinero con el sol en la cara. Veía a Sofía corriendo detrás de los pollitos. Veía al bebé que venía en camino.

Una mañana de noviembre, Lucía tenía que ir a la ciudad.

Era la revisión médica del embarazo. La doctora quería hacer una ecografía. Además, Lucía quería comprar algunas cosas para el bebé: pañales, ropa pequeña, una cuna que había visto en una tienda de segunda mano. Alejandro quería acompañarlas, pero tenía una reunión importante con los inversores de la división orgánica. No podía faltar.

—Ve con cuidado —le dijo, dándole un beso en la frente antes de salir—. Llámame cuando termines. Si necesitas cualquier cosa, cualquier cosa, me voy de la reunión.

—Tranquilo —dijo ella sonriendo—. Solo voy al médico y de compras. Nada va a pasar.

Se equivocaba.

Carlos vivía en un apartamento pequeño en la ciudad.

Lo habían echado de la casa de su padre. No tenía trabajo. No tenía dinero. La orden de restricción le prohibía acercarse a Lucía, pero no le prohibía vivir en la misma ciudad. Pasaba los días sentado en el sofá, mirando la televisión sin verla, bebiendo cerveza que no podía pagar. Cada vez que salía a la calle, alguien lo reconocía. La gente murmuraba. Los niños lo señalaban. Un día, en el supermercado, una mujer le escupió al suelo delante de todo el mundo.

Él culpaba a Lucía de todo.

No culpaba a sí mismo por haberla engañado. No culpaba a sí mismo por haber envenenado sus gallinas. No culpaba a sí mismo por haber intentado robarle la finca. Culpaba a ella. Porque ella se había defendido. Porque ella no se había dejado destruir. Porque ella, que siempre había sido sumisa, que siempre había dicho que sí a todo, había encontrado el valor de decir que no.

Esa mañana, Carlos estaba en la calle, fumando un cigarro que había encontrado en el suelo, cuando vio pasar el coche de Lucía.

Lo reconoció al instante. La furgoneta blanca con el logo de la granja pintado en la puerta. Vio a Lucía al volante. Vio a Sofía en el asiento de atrás, con un muñeco en la mano.

Algo se rompió dentro de él.

No pensó. No planeó. Solo entró en su coche, un coche viejo que le había prestado un amigo, y empezó a seguirla.

Lucía terminó la revisión médica. Todo iba bien. El bebé pesaba lo que tenía que pesar. El corazón latía fuerte. La doctora le dijo que fuera con cuidado, que le quedaba poco.

Luego fue a la tienda de segunda mano. Compró la cuna. Compró ropa pequeña. Compró un osito de peluche que Sofía eligió, diciendo que era para el bebé. Cargó todo al maletero de la furgoneta. Se sentó al volante. Le dio un beso a Sofía en la frente.

—¿Nos vamos a casa, mamá? —preguntó la niña.

—Sí, mi amor. Nos vamos a casa.

Emprendieron el camino de vuelta. Era una carretera de dos carriles, con curvas, entre campos. Lucía conducía despacio. El sol de la tarde entraba por la ventanilla. Sofía se había dormido en el asiento de atrás, con el osito pegado al pecho.

Lucía miró por el retrovisor.

Había un coche detrás. Un coche oscuro. La seguía.

Llevaba varios kilómetros detrás. Lucía pensó que era casualidad. Siguió conduciendo. Pero el coche no se separaba. Se acercaba. Más. Más. Lucía apretó el acelerador. El coche oscuro también.

Entonces vio la cara del conductor.

Era Carlos.

Lucía sintió que el corazón se le paraba. Miró a Sofía por el retrovisor. Dormía. No sabía nada. Lucía tenía que protegerla. Tenía que mantener la calma.

Aceleró. Carlos aceleró también. Se acercó tanto que Lucía pudo ver la expresión de su cara. No era rabia. Era algo peor. Era la desesperación de un hombre que ya no tiene nada que perder.

Carlos se puso a su lado. Empezó a empujar la furgoneta con su coche. Una vez. Otra. Lucía perdió el control por un momento. La furgoneta se fue hacia el arcén. Ella logró enderezarla. Sofía se despertó, llorando.

—¡Mamá! ¡Mamá, qué pasa!

—Nada, mi amor. Nada. Quédate quieta.

Carlos volvió a embestir. Esta vez más fuerte. La furgoneta se salió de la carretera. Las ruedas patinaron en la tierra. Lucía giró el volante con todas sus fuerzas. Se metió en un camino de tierra que llevaba a una finca abandonada. Carlos la seguía.

Lucía vio el cerro al final del camino. No había salida.

Se detuvo. Se bajó del coche. Cogió a Sofía en brazos. La niña lloraba. Lucía la apretaba contra su pecho, protegiéndola con su cuerpo.

Carlos se bajó de su coche. Caminaba hacia ellas. Llevaba una botella rota en la mano.

—Tú me arruinaste la vida —gritaba—. ¡Tú me quitaste todo! Ahora te quito yo lo que más quieres.

Lucía retrocedió. Tenía a Sofía en brazos. No podía correr. La barriga le pesaba. Las piernas le temblaban.

Carlos levantó la botella.

Y entonces sonó el claxon.

Un coche negro entró por el camino de tierra a toda velocidad. Se interpuso entre Carlos y Lucía. La puerta se abrió de golpe. Alejandro salió. No llevaba traje. Había salido de la reunión. Había visto que Lucía no le había enviado el mensaje que le prometió. Había llamado a su móvil y no contestaba. Había salido a buscarla.

No dijo nada. Solo se puso delante de Lucía y de Sofía, con los puños cerrados, mirando a Carlos.

—Aléjate —dijo, con una voz que Lucía no le había oído nunca.

Carlos se detuvo. Miró a Alejandro. Miró la botella rota en su mano. Miró a Lucía, que lloraba abrazada a su hija. Y por un momento, por un solo momento, la razón volvió a su cabeza. Soltó la botella. Cayó al suelo. Se dio la vuelta. Subió a su coche. Se fue.

Alejandro se giró. Miró a Lucía. Ella estaba temblando. Tenía la cara mojada de lágrimas. Sofía lloraba pegada a su cuello.

—Está bien —dijo Alejandro, acercándose despacio—. Ya está. Se fue. Estás a salvo.

Lucía no dijo nada. Se dejó caer en sus brazos. Él la sostuvo. Sostuvo a las dos.

Y entonces Lucía sintió algo. Un dolor fuerte en la barriga. Luego otro. Luego otro. Se puso rígida. Alejandro lo notó.

—¿Qué pasa? ¿Qué te pasa?

—El bebé —dijo ella, con los ojos muy abiertos—. El bebé quiere nacer.

Alejandro la levantó en brazos como si pesara nada. La metió en su coche. Puso a Sofía al lado. Arrancó. Condujo hacia la ciudad, hacia el hospital, a toda velocidad.

Lucía le cogía la mano. La apretaba fuerte. Los dolores venían cada vez más seguidos.

—Alejandro —dijo ella, entre un dolor y otro—. Te amo.

Él la miró. Tenía los ojos húmedos.

—Yo también te amo —dijo—. Te amo más que a nada.

El hospital apareció a lo lejos. Las luces blancas. Las ambulancias. Alejandro tocó el claxon sin parar. Las puertas se abrieron. Las enfermeras salieron corriendo con una camilla.

Lucía no soltó la mano de Alejandro en todo el camino.

No la soltaría nunca más.

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nezhan
Hola, Rosemary, muchas gracias por leer con tanto detenimiento y por tus excelentes preguntas. 💛

Sofía es mi hija de mi vida anterior. Cuando renací, ella ya estaba conmigo: una niña de cinco años que me dio la fuerza para empezar de nuevo. Su existencia es parte de mi pasado, de todo lo que perdí y de todo lo que decidí recuperar. No apareció de la nada; siempre estuvo ahí, siendo mi mayor motivación desde antes del primer capítulo.

En cuanto a la gallina Clara, es un elemento simbólico que dejé intencionalmente sin explicación detallada. Representa la protección de mis raíces, el espíritu de mi madre y el alma de la finca El Rosal. Es mi guardiana, y como tal, no necesita origen lógico: solo necesita ser sentida.
nezhan
Hola, Jessica, gracias por tu comentario. 🐔💛

Has comprendido perfectamente el espíritu de la historia. Los animales son, en efecto, nuestros guardianes silenciosos. La gallina Clara es la más especial de todos: su aparición y su mensaje en sueños representan la protección invisible que rodea a Lucía. Es la voz de su madre, la esencia de la tierra y el corazón de El Rosal velando por ella.

Me llena de alegría que logres percibir estos detalles. Tu sensibilidad hace que esta historia cobre aún más vida. ✨
Rosemary Hernandez
de dónde salió esa primera hija?
Jessica Flores
los animalitos son guardianes 🥰,y la gallina clara es su guardiana
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