Para la alta sociedad de Mayfair, Lady Lysandra Ashford lo tiene todo: belleza, fortuna y un compromiso idílico con el codiciado Lord Lucian Prescott. Sin embargo, la ilusión se quiebra la noche en que descubre que su prometido solo buscaba ganar una apuesta de club y acceder a la riqueza de su padre. Con el corazón endurecido por la traición, Lysandra rompe el compromiso y jura no volver a entregarse a las redes del amor romántico.
Obligada a regresar a los salones de baile para limpiar el nombre de su familia, su camino se cruza con el de Lord Gideon Ravenscroft, el nuevo e inmensamente rico Duque del Norte. A pesar de su imponente presencia física y su estatus inalcanzable, Gideon oculta un defecto catastrófico: una incapacidad total para desenvolverse en la hipocresía social de la capital. Lo que comienza como un pacto de conveniencia —donde ella le enseña a navegar por las garras de la aristocracia a cambio de mostrarse juntos— pronto despierta una atracción incontrolable.
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El regreso forzado
Cinco meses transcurrieron en una serenidad casi monástica. Lysandra había encontrado cierta paz en la soledad del campo, dedicada a la administración de las tierras de su padre y a sus estudios. Sin embargo, la realidad social no podía postergarse indefinidamente.
Un atardecer de finales de primavera, el Conde de Ashford entró en el despacho de su hija. Con un gesto pausado pero firme, colocó sobre el escritorio una tarjeta de invitación de cartulina gruesa, grabada en letras de pan de oro y sellada con cera roja.
—Ha llegado el momento, Lysandra. No puedes continuar recluida en esta finca como si estuvieras pagando una condena —dijo su padre con voz suave pero inflexible—. Es la invitación para el gran baile de apertura de temporada del Duque de Montgomery. Toda la alta sociedad estará presente.
Lysandra ni siquiera apartó la mirada del libro de contabilidad que estaba revisando.
—No tengo el menor interés en volver a pisar un salón de baile, padre. La alta sociedad es un nido de hipocresía, falsedad y superficialidad. Prefiero mil veces la compañía de estos libros.
El Conde suspiró, rodeando el escritorio para colocar una mano afectuosa sobre el hombro de su hija.
—Sé cuánto te hirió la vileza de Prescott, mi niña. Y créeme que mi mayor deseo sería protegerte de todo ese nido de víboras. Pero si te quedas escondida aquí para siempre, les estarás dando exactamente lo que quieren. Pensarán que estás destruida, avergonzada o demasiado débil para enfrentarlos. La estirpe Ashford no se esconde. Necesito que entres a ese salón con la frente en alto y les demuestres que nadie puede quebrarte. Solo te pido una noche.
Lysandra levantó la vista. Vió los surcos de preocupación en el rostro de su padre y el profundo amor filial que motivaba sus palabras. Sabía que tenía razón: el aislamiento, que al principio fue una medicina, ahora corría el riesgo de convertirse en su jaula. Se negaba rotundamente a que Lucian Prescott o los cotilleos de la ciudad la definieran como una víctima.
—Está bien —accedió, enderezando la espalda—. Iré. Pero no iré como una damisela complaciente.
La noche de la recepción en la residencia Montgomery, el ambiente estaba caldeado por la expectación. Las damas jóvenes vestían tonos pasteles delicados —rosas suaves, cremas y celestes— destinados a proyectar dulzura e inocencia para atraer pretendientes.
Lysandra, en cambio, eligió una estrategia completamente diferente. Apareció luciendo un deslumbrante vestido de seda de color azul medianoche, encorsetado con precisión impecable y cortado en líneas sobrias pero majestuosas. El tono oscuro hacía resaltar la palidez porcelánica de su piel y la intensidad clara de sus ojos. No parecía una joven buscando esposo; parecía una emperatriz inspeccionando sus dominios.
Al cruzar las puertas del grandioso salón iluminado por cadenas de cristal, un murmullo repentino recorrió la multitud. Los abanicos se detuvieron a medio aire y las conversaciones murieron por unos segundos. Sintiéndose el centro de todas las miradas, Lysandra sostuvo la cabeza erguida, los hombros hacia atrás y dibujó en sus labios una sonrisa distante, educada y fría como el hielo.
Mientras caminaba hacia el perímetro del salón, su mirada tropezó inevitablemente con Lucian Prescott. Él estaba rodeado por un grupo de jóvenes aristócratas, sosteniendo una copa. Al ver a Lysandra, lejos de mostrar culpa, le dedicó una sonrisa engreída y de autosuficiencia, como si pensara: "Al final tuviste que volver al mercado, no puedes huir de nosotros".
Un ligero pinchazo de rabia recorrió el estómago de Lysandra, pero no le concedió el lujo de una reacción. Desvió la mirada con una indiferencia tan absoluta que fue como si hubiera mirado a través de una columna transparente.
Decidida a evitar la simpatía falsa de sus antiguas conocidas y el asedio de caballeros impertinentes, se dirigió hacia la periferia del salón, refugiándose cerca de los altos ventanales que daban acceso a las terrazas y jardines.