Una noche lo destruyó todo. Una trampa, una droga, un hombre que no pudo controlarse. Fernanda Arévalo perdió su pureza, su beca y su fe en el mundo a manos de Tristán Bracamonte, el heredero más poderoso —y más cruel— del país. Huyó sin mirar atrás, jurando enterrar aquella noche para siempre.
Seis años después, la vida tiene un sentido del humor perverso.
Fernanda ya no es el patito feo al que todos humillaban en la universidad. Ahora es una mujer imponente, madre soltera de un niño brillante, y acaba de ser contratada como secretaria personal del nuevo CEO del Grupo Bracamonte. El mismo hombre. La misma mirada gélida. El mismo apellido que le arrebató todo.
Pero Tristán tampoco es el mismo. Detrás de su fachada de hielo, lleva seis años buscando a la chica que desapareció sin dejar rastro, atormentado por una culpa que no lo deja dormir. Y cuando su nueva secretaria lo mira con esos ojos cristalinos que le resultan imposibles de olvidar, algo dentro de él se quiebra.
Ella finge no conocerlo. Él finge no sospechar. Pero los secretos tienen fecha de caducidad.
Mientras Fernanda lucha por mantener oculta la identidad del padre de su hijo, una mujer del pasado urde un plan siniestro para destruirla. Secuestros, traiciones empresariales, una hermana gemela que nadie sabía que existía y una red criminal que se extiende desde Ciudad de México hasta las costas de Maldivas convergen en una trama donde el amor y la venganza comparten la misma cama.
NovelToon tiene autorización de Eli Priwanti para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 4
Tristán se quedó inmóvil en su sitio. Sus ojos de águila se clavaron directamente en Fernanda, escudriñando cada centímetro del hermoso rostro que tenía delante. Su mente se disparó de pronto, arrastrada a la fuerza por un recuerdo de hacía seis años. La imagen de una chica desaliñada con el rostro cubierto de acné rojizo cruzó fugaz por su cabeza.
No, no puede ser, se dijo Tristán, negándose a creerlo.
La mujer frente a él era deslumbrante, elegante, y proyectaba una seguridad en sí misma abrumadora. Lo único que perturbaba la tranquilidad de Tristán era aquel par de ojos cristalinos. Unos ojos demasiado parecidos a los del patito feo que durante seis años había buscado sin resultado alguno. Sin embargo, Tristán descartó ese pensamiento de inmediato. Para él, su nueva secretaria era una persona completamente distinta.
Tristán se aclaró la garganta, intentando recuperar su arrogancia habitual. Su rostro volvió a endurecerse, frío como el hielo.
—¡Ya basta, haz tu trabajo como se debe! Si cometes el más mínimo error, no dudaré en despedirte —amenazó Tristán con aspereza, apartando el rostro antes de avanzar con pasos largos hacia su lujosa oficina.
¡Clic!
¡Bam!
La robusta puerta de madera maciza se cerró de golpe. En cuanto Tristán desapareció de su vista, las defensas de Fernanda se derrumbaron. Se apresuró a retroceder hasta apoyarse contra su cubículo de trabajo, con la respiración agitada, como si el oxígeno a su alrededor se hubiera agotado de repente. Sentía el pecho terriblemente oprimido. El reencuentro con aquel monstruo de su pasado había desencadenado el trauma que durante tanto tiempo había mantenido enterrado en lo más profundo.
Con las manos temblorosas, Fernanda tomó la botella de agua que estaba sobre su escritorio y bebió varios tragos rápidos, intentando calmar los latidos desenfrenados de su corazón.
¿Por qué el destino tuvo que ponerme frente a él otra vez? No... él no puede enterarse de que yo soy el patito feo. Tengo que resistir por Eli y por mamá, se dijo Fernanda, aferrándose a su determinación.
—Disculpe... ¿la secretaria Fernanda?
Una voz interrumpió los pensamientos de Fernanda. Se volvió y encontró a Raquel, una de las empleadas del área administrativa, de pie junto a su escritorio con varios fólders gruesos entre los brazos.
—Sí, soy Fernanda. ¿En qué puedo ayudarte? —preguntó Fernanda, recomponiendo al instante su expresión profesional.
Raquel le extendió los documentos con el rostro visiblemente tenso. —Aquí hay unos papeles importantes que necesitan la firma del señor Tristán cuanto antes, Nanda. Y de paso quiero avisarte... mañana temprano todos los jefes de división van a tener la junta mensual.
Raquel se acercó un poco más y le susurró con tono de espanto. —Tienes que prepararte mentalmente, ¿eh? Si hay un solo error en el informe, prepárate para aguantar las ganas de llorar de vergüenza frente a todos. El señor Tristán es famoso por ser un líder cruel, frío y perfeccionista. ¡No tolera ni el más mínimo error!
Al escuchar lo que Raquel le contaba, la comisura de los labios de Fernanda se elevó apenas, esbozando una sonrisa amarga, cargada de cinismo.
Ese hombre siempre ha sido cruel y arrogante. ¡Su soberbia de verdad saca de quicio a todo el mundo!, pensó Fernanda mientras apretaba el puño por debajo del escritorio.
Pero frente a Raquel, mantuvo la compostura. —Está bien, Raquel. Gracias por la información. Estos documentos se los llevo al señor Tristán en un momento.
—Ay, qué alivio. Mucha suerte, Nanda —dijo Raquel con sinceridad.
Antes de marcharse a toda prisa, Raquel echó un vistazo hacia la imponente puerta de la oficina de Tristán. En su imaginación, por la rendija de aquella puerta parecía escapar una densa humareda negra, lista para engullir a quien se atreviera a acercarse. Un aura verdaderamente escalofriante.
Cuando Raquel se fue, Fernanda miró los fólders en sus manos. Respiró profundamente, enderezó los hombros y avanzó con paso firme hacia la puerta de la guarida del monstruo. Su batalla interior apenas comenzaba.
Exhalando un largo suspiro para apaciguar el estruendo en su pecho, Fernanda caminó con determinación hacia la oficina principal. Llevaba consigo los documentos importantes que Raquel acababa de entregarle. En cuanto la puerta se abrió, la mirada de Fernanda se posó de inmediato sobre un hombre sentado en el sofá del área de recepción.
Aquel hombre era Kevin, el asistente personal de Tristán. Al ver entrar a Fernanda, Kevin se quedó petrificado. Su mirada la recorrió de pies a cabeza sin parpadear ni una sola vez.
—Disculpe, ¿a quién busca? —preguntó Kevin, con la voz repentinamente suavizada y un tono encantador.
—¿Se encuentra el señor Tristán? —respondió Fernanda con sequedad, tratando de ignorar la mirada incómoda del hombre frente a ella.
—Ah, ¿el señor Tristán? Está durmiendo ahí dentro —señaló Kevin hacia la imponente puerta de madera, cerrada herméticamente en un rincón de la sala.
Al escuchar aquello, Fernanda sintió un arranque de irritación. Volvió a apretar los puños con fuerza.
¡No puedo creer que ese monstruo arrogante esté durmiendo en horario de trabajo! De verdad que es un irresponsable, bufó para sus adentros.
Al notar el cambio en la expresión de Fernanda, Kevin se apresuró a agregar: —Es que, con todo respeto, el señor Tristán acaba de llegar de Canadá después de hacerse cargo de la empresa que don Sebastián tiene allá. Cuando la salud de don Sebastián mejoró, le pidieron al señor Tristán que viniera a dirigir la empresa aquí en la Ciudad de México.
Fernanda frunció el ceño, extrañada por la actitud de aquel asistente personal que compartía información con tanta soltura. —¿Por qué me cuenta todo esto, señor Kevin?
—Porque usted es la nueva secretaria del jefe, ¿verdad? —preguntó Kevin guiñándole un ojo con coquetería.
Al ver la actitud galante de Kevin, Fernanda volteó la cara de inmediato con una mueca de fastidio. —Bien, si me disculpa, regreso a mi escritorio, señor Kevin —se despidió Fernanda con firmeza, dio media vuelta y se alejó a paso rápido.
Kevin se quedó contemplando la espalda de Fernanda mientras se alejaba. A sus ojos, la figura y el rostro de aquella mujer rozaban la perfección absoluta. —Uff... bonita y con curvas. ¡Ese es justo mi tipo! —murmuró con una sonrisa radiante.
—¡Qué escándalo! Me despertaste, Kevin. ¿Ya te cansaste de vivir, o qué?
Una voz de barítono, grave y ronca, rompió el silencio. Tristán salió de la habitación interior con el rostro todavía demacrado por el cansancio y los restos de sueño.
Kevin se sobresaltó; se le erizó la piel de punta. —P... ¡perdón, señor! Yo... no fue mi intención. La secretaria Fernanda dejó estos documentos para usted, señor —tartamudeó Kevin mientras le extendía apresuradamente el fólder desde el escritorio y se limpiaba el sudor frío que empezaba a brotar en su frente.
Tristán caminó hasta su sillón ejecutivo, se dejó caer en él y le arrebató los documentos de las manos a Kevin. Pero apenas llevaba unos segundos leyendo las hojas del interior cuando las venas de su cuello se tensaron de golpe. Su mirada se transformó en algo afilado y aterrador.
¡Zas!
¡Pam!
Tristán arrojó los documentos en cualquier dirección; las hojas se desparramaron por el piso de mármol.
—¡¿Qué demonios es esto?! ¡¿Me trae esta basura de documento?! —bramó Tristán con voz atronadora, haciendo que toda la oficina pareciera temblar—. ¡Kevin! ¡Tráeme a esa mujer ahora mismo!
Kevin tembló de pies a cabeza al escuchar el estallido de su jefe. Su valentía se redujo a cero en un instante. —S... ¡sí, señor! —respondió, muerto de los nervios.
Mientras salía casi corriendo de la oficina, Kevin se sujetó el pecho, que le latía a mil por hora.
Ay, no, estás perdida, señorita bonita. El señor Tristán ya se convirtió en lobo hambriento. Prepárate para que te haga pedazos. Qué lástima que una carita tan linda tenga que ser su saco de boxeo el día de hoy, pensó Kevin, lamentando la mala suerte que estaba a punto de caerle encima a Fernanda.
Continuará...