Luara creció como la humana entre lobos: sin loba interior, sin poder, sin lugar. Criada por una manada que la tolera pero no la quiere, aprendió a bajar la cabeza, a curar heridas ajenas y a no esperar nada para ella. Hasta que la luna decide lo contrario.
Cuando el vínculo de compañeros destinados la ata al Alfa más codiciado de la manada, Luara descubre que ser elegida puede doler más que ser ignorada: él la desprecia en público, la humilla delante de todos y la entrega a un destino que ninguna mujer debería aceptar. Pero la sangre que corre por sus venas no es humana. Es divina. Y hay un rey milenario —frío, posesivo, temido en todos los reinos— que llevaba siglos esperando a que ella despertara.
De esclava despreciada a reina de un imperio inmortal, Luara tendrá que decidir entre el lobo que la rechazó y el rey que mataría por ella. En el camino: traiciones que sangran, rivales que no perdonan, una guerra entre lobos y vampiros que amenaza con incendiarlo todo, y un amor tan feroz como peligroso.
Rechazada por el Alfa. Elegida por el Rey. Y a punto de descubrir que ella siempre fue la más poderosa de todos.
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CAPÍTULO 23 — JORGE
POV: JORGE
Tres días.
Tres días desde la celebración que no ocurrió, desde que la manada entera se quedó esperando en una fiesta que se fue vaciando despacio cuando quedó claro que la hija del beta no estaba en ninguna parte. Tres días desde que había barrido cada rincón de la aldea, cada sendero del bosque, cada rostro conocido pidiendo noticias con esa urgencia que uno trata de disfrazar de calma porque entrar en pánico no resuelve nada, pero que por dentro es fuego puro.
Nada.
Luara había desaparecido como si el bosque se la hubiera tragado.
Diego estaba hecho una fiera, y esa era la palabra exacta, no una metáfora. Había algo en él en aquellos tres días que yo no había visto antes, ni en los entrenamientos más duros, ni en las batallas contra los exiliados. Era una rabia distinta. La rabia del lobo que perdió el rastro de algo que es suyo y no acepta ese hecho.
Pero la rabia no encuentra a nadie.
Y mi hija seguía desaparecida.
* * *
Al tercer día, temprano en la mañana, fui hasta su cuarto.
No sé bien por qué. Había entrado antes, los primeros días, buscando cualquier cosa que explicara la desaparición, y no había encontrado nada fuera de lugar. Pero aquella mañana desperté con esa inquietud específica de padre que no consigue quedarse quieto, y los pies me llevaron para allá antes de que yo decidiera ir.
El cuarto olía a ella.
Aquel olor que había aprendido sin darme cuenta a lo largo de dieciocho años: jabón y hierbas y algo más suave por debajo que era simplemente Luara, que no tenía mejor nombre que ese. Me quedé parado en la puerta por un segundo antes de entrar.
La cama estaba tendida.
El vestido viejo colgado del gancho de la pared.
El tocador con los frascos de pomada y el espejo redondo y, en el rincón, aquella bailarina de música que ella había recibido de mis padres cuando tenía seis años, la que tocaba aquella melodía que pedía escuchar todas las noches antes de dormir durante años, hasta que la cuerda se debilitó y el sonido quedó levemente desafinado, y aun así no dejaba que la guardáramos.
Me acerqué despacio.
La bailarina estaba encima de un libro. Y debajo de ella, levemente doblado, había un pedazo de papel suelto.
Lo tomé.
Reconocí la letra antes de leer la primera palabra.
La letra de Luara, aquella caligrafía cursiva y uniforme que Marina le había enseñado con esa paciencia que reservaba para las cosas que consideraba importantes, que yo había visto en notitas y cuadernos y listas de hierbas durante años.
Leí.
Leí de nuevo.
Después me quedé parado en medio del cuarto de mi hija con el papel en la mano y el suelo desapareciendo bajo mis pies de una forma que no era física pero dolía igual.
No deseo quedarme con mi compañero. No me gusta él ni yo a él. Encontré a alguien que me ama por lo que soy...
Me arrodillé.
No fue una decisión. Las rodillas fueron primero.
—No, Luara —dije, la voz saliendo ronca de tres días de poca voz y mucho silencio tragado—. Esto es traición. —Cerré los ojos por un segundo—. No quiero. No quiero tener que hacer esto. Va a manchar tu imagen, va a cerrarte las puertas, va a...
Me detuve.
Respiré.
—Pero soy el beta —dije, más bajo, tanto para mí mismo como para ella, dondequiera que estuviese—. Soy leal. Soy fiel a esta manada y al Alfa al que sirvo. No puedo esconder esto.
Me quedé en silencio por un momento con el papel contra el pecho.
—Te amo, hija mía —dije—. Y voy a encontrarte. No importa lo que hayas decidido, no importa dónde estés, yo soy tu padre. Y estaré a tu lado cuando lo necesites.
Me levanté.
Bajé las escaleras.
* * *
Marina estaba en la cocina, hermosa como siempre, aun después de todos estos años, con esa manera de ser suya que el tiempo no había tocado. Me acerqué por detrás, la abracé con esa fuerza de quien necesitaba sostener algo real por un segundo antes de abrir la mano.
Ella lo sintió de inmediato.
—Jorge —la voz salió quieta, como quien ya sabe que la noticia no es buena antes de oírla—. ¿Qué pasó?
Le entregué el papel sin decir nada.
Lo tomó. Leyó.
Las lágrimas vinieron antes de que llegara a la mitad.
—¿Por qué, Jorge? —dijo, con esa voz partida que yo había oído pocas veces en la vida y que siempre me costaba caro—. ¿Por qué no habló con nosotros? ¿Por qué se fue sola con esto?
—No sé, mi amor —dije—. Pero no creo que se haya ido por voluntad propia. —Hice una pausa—. No creo en esta carta. Conozco a mi hija, Marina. Luara no haría algo así, sin despedirse, sin mirarnos a los ojos. No es ella.
Ella se secó el rostro con el delantal.
—¿Entonces qué pasó?
—Todavía no lo sé. Pero Diego o esa víbora de Katrina hicieron algo —dije, con esa certeza que no necesitaba prueba para existir porque era de padre—. Mi corazón dice que Luara fue muy precipitada, o la engañaron. Y necesito saber cuál de las dos.
Marina me miró.
—Necesito ir al Alfa. Entregar esto.
—Jorge...
—Necesito hacerlo, mi amor —dije—. Soy el beta. No puedo guardarme esto.
Ella se quedó mirándome por un segundo con esa expresión que mezclaba conformidad y dolor, porque Marina siempre supo separar lo que era correcto de lo que era fácil, aun cuando las dos cosas dolían.
La dejé en casa y me fui.
* * *
Llegué a la casa del Alfa a media mañana.
Me recibieron en la entrada, me llevaron hasta el despacho por el corredor que conocía desde hacía veinte años, y golpeé la puerta con esa formalidad que el cargo exige aun cuando la situación es personal.
—Adelante.
Empujé la puerta.
Y me detuve por un segundo.
Diego estaba ahí.
De pie cerca de la ventana, de brazos cruzados, con aquella expresión de los últimos tres días: cerrada, tensa, aquella rabia que no había encontrado objeto y se había ido acumulando. Me miró cuando entré con aquellos ojos que esperaban noticias.
Respiré hondo.
Entré, cerré la puerta, me acerqué a la mesa. Le entregué el papel al Alfa sin decir nada.
Él lo tomó.
Leyó.
Vi la decepción cruzarle el rostro; no sorpresa, porque me conocía desde hacía tiempo suficiente para saber que yo solo interrumpiría una mañana así si tuviera una razón seria para hacerlo. Pero la decepción estaba ahí, pesada, de esa especie que un padre siente cuando algo involucra a un hijo.
Diego no esperó.
Le quitó el papel de la mano a su padre antes de que se lo devolvieran.
Leyó.
El silencio que siguió duró tal vez cinco segundos.
Después dio un puñetazo en la mesa con una fuerza que hizo saltar los objetos de encima.
—¿Quién es el desgraciado, Jorge? —la voz salió baja, controlada, esa contención de quien está sujetando a una fiera por un hilo—. Dame un nombre. Voy a matarlo. Y después voy a mostrarle a mi Luna lo que les pasa a los traidores. Va a aprender la lección.
—Diego... —empezó el padre.
—Luara nunca más podrá entrar aquí. —El Alfa me miró, la voz firme con el peso de quien está haciendo una declaración oficial—. Si vuelve, será tratada como exiliada. Las reglas son claras al respecto.
Abrí la boca.
No llegué a hablar.
Los ojos de Diego se pusieron rojos.
No fue gradual, fue de una vez, aquel cambio que ocurre cuando el lobo sube y el hombre retrocede, cuando Klaus tomó el control y lo que quedó de Diego fue solo aquella rabia antigua y absoluta de animal que no negocia.
—A mi Luna —dijo él, y la voz tenía aquella frecuencia distinta, más baja, más de lobo que de hombre— nadie la toca. Ella es mía. Y sí que va a pisar aquí, porque yo voy a traerla de vuelta. —Los ojos rojos fueron al padre, después a mí—. Este asunto y esta carta mueren aquí. Nadie va a saberlo. Ella va a pagar —sí, va a pagar—, pero yo voy a cobrar personalmente. ¿Entendieron?
Asentí.
Solo asentí.
El Alfa se quedó mirando a su hijo con aquella expresión que no logré nombrar por completo: confusa, evaluadora, con algo que era casi orgullo mezclado con algo que era casi preocupación, las dos cosas al mismo tiempo sin que ninguna venciera.
Me levanté, me despedí con la formalidad del cargo, y salí.
* * *
Hice el camino de vuelta a pie, despacio, con el sol de la mañana en el rostro y el papel que ya no estaba en mis manos pero seguía pesando como si lo estuviera.
Diego había decidido.
Y yo —que había convivido con aquel hombre desde que era un niño arrogante entrenando en el patio con más fuerza que técnica, que había acompañado cada decisión suya con la distancia profesional que el cargo pedía— quedé confundido.
Todos sabíamos que él nunca había querido a Luara.
Lo había dicho en voz alta. La había humillado en voz alta. Había elegido a Katrina en voz alta, frente a toda la manada, con la convicción de quien no tiene duda sobre nada.
Y ahí estaba él, con los ojos rojos y la voz de lobo, declarando que iba a buscar a mi hija de vuelta.
Debe de ser el vínculo, pensé.
Más fuerte que cualquier cosa.
Más fuerte que su orgullo, más fuerte que sus planes, más fuerte que todos aquellos meses de resistencia.
Entré en casa.
Marina estaba sentada a la mesa con las manos en el regazo y los ojos rojos de llorar, pero con la expresión de quien había decidido que iba a mantenerse en pie pasara lo que pasara.
Me senté en la silla junto a ella.
Tomé sus manos entre las mías.
—Diego va a buscarla —dije.
Ella se quedó mirándome por un segundo.
—¿Confías en eso?
Pensé en la mirada roja. En la voz de Klaus. En el puñetazo en la mesa.
—Hoy confío —dije.
Ella asintió despacio.
Y nos quedamos sentados ahí, los dos, en la cocina que olía al café que ninguno de los dos había bebido aquella mañana, esperando una noticia que todavía tardaría en llegar.