Ella fue rechazada por su Alfa el día de su propia boda, desechada y reemplazada por su hermana, no le quedó más remedio que aceptar su destino, aceptar el rechazo y huir.
El destino la llevará ante los palacios reales, del verdadero mandatario de las tierras. En donde deberá cuidar al pequeño príncipe, hijo del emperador.
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Capítulo 18
El decreto del emperador flotó en la estancia como una sentencia ineludible, cargado de una autoridad absoluta que no admitía réplica. Elizabeth sintió que el aliento se le atascaba en la garganta. ¿Reunirse con él a solas, todas las noches, en la penumbra de su despacho? Aquello no era un castigo convencional; era una trampa mortal envuelta en un juego de poder psicológico, donde su secreto más íntimo y peligroso quedaba expuesto a merced del depredador más astuto del imperio.
—¿Todas las noches...? —logró articular Elizabeth en un hilo de voz, con los ojos abiertos de par en par por la estupefacción y el vértigo que le producía la idea.
—Todas las noches —reafirmó Vinicius con una calma glacial, deslizando lentamente los dedos de su mano desde su barbilla hasta soltarla por completo, un gesto que dejó un rastro invisible de calor sobre su piel—. No toleraré incertidumbres en mi corte, Elizabeth. Si vas a estar cerca de mi hijo, necesito saber exactamente con qué tipo de anomalía estoy tratando. Considera esto una orden imperial... o una oportunidad para descubrir la verdad sobre lo que te han arrebatado.
Sin esperar a que ella pudiera procesar la magnitud de sus palabras ni formular una respuesta, el emperador dio media vuelta con un movimiento elegante y firme de su túnica.
—Puedes retirarte. Ve con el príncipe Lucas; sus lecciones de esgrima habrán terminado —ordenó Vinicius sin volverse, caminando de regreso hacia su imponente escritorio de roble oscuro.
Elizabeth se quedó inmóvil por un segundo, con los puños aún apretados y el corazón latiéndole desbocado contra las costillas. Comprendía perfectamente que no tenía margen de maniobra. Aceptar las condiciones del emperador significaba caminar todas las noches por la cuerda floja, arriesgándose a que su fachada se desmoronara por completo o a que ese extraño y desconocido poder en sus manos volviera a manifestarse frente al hombre equivocado. Pero negarse equivalía a una traición directa y a una condena inmediata.
—Sí... su majestad —respondió con un susurro seco y contenido, haciendo una reverencia formal y rígida.
Dio media vuelta y abandonó el despacho a paso firme, obligándose a mantener la compostura mientras la pesada puerta de madera se cerraba a su espalda. El pasillo estaba silencioso y frío, pero el aire que respiraba ya no se sentía igual; las reglas del juego habían cambiado para siempre.
Minutos después, al regresar al ala residencial, encontró al pequeño príncipe Lucas esperándola en la sala de juegos, balanceando las piernas alegremente sobre una silla mientras conversaba con su instructor. Al verla entrar, el rostro del niño se iluminó con una sonrisa franca y desinhibida que disipó momentáneamente la densa tormenta que Elizabeth llevaba en la mente.
—¡Nana! Ya regresaste —exclamó el príncipe, saltando de la silla y corriendo hacia ella para aferrarse a su delantal—. ¿Ves? Hice todas mis posturas con la espada tal como papá me enseñó. ¿Quieres que te muestre?
Elizabeth exhaló un suspiro profundo, permitiendo que la tensión de sus hombros se relajara un poco al posar las manos sobre los hombros del pequeño. Le regaló una sonrisa genuina, la única máscara que realmente lograba sostenerse sin esfuerzo en ese palacio de sombras.
—Por supuesto, alteza. Muéstreme de qué es capaz —respondió ella con suavidad, alejando por el momento el fantasma de las noches que vendrían y el secreto que latía, latido a latido, en el fondo de sus manos.
Los días siguientes transcurrieron bajo una rutina aparentemente tranquila, pero que para Elizabeth se había transformado en una meticulosa obra de teatro sobre el borde de un abismo. Cumplía con esmero su labor como niñera, entregándose al cuidado del pequeño Lucas, cuyas risas y ocurrencias se convirtieron en su único y auténtico refugio dentro de los sombríos muros del palacio imperial. Juntos compartían las mañanas entre lecciones improvisadas, juegos en los salones y paseos vigilados por los pasillos de piedra.
Sin embargo, cada vez que el sol comenzaba a ocultarse y la noche cubría el vasto imperio, una tensión silenciosa y sofocante se apoderaba de su pecho. Sabía que la tregua del día tenía fecha de caducidad. El momento de cumplir la orden del emperador se acercaba inevitablemente.
Llegó la tercera noche.
Tras asegurarse de que el príncipe Lucas estuviera profundamente dormido, con el respiro pausado y el soldadito de plomo bien aferrado entre sus pequeñas manos, Elizabeth salió de su alcoba con pasos vacilantes. El palacio estaba sumido en un silencio sepulcral, apenas interrumpido por el parpadeo lejano de las antorchas en los corredores de piedra.
Con el corazón latiéndole desbocado en la garganta y las manos ligeramente temblorosas, caminó por los oscuros pasillos hasta detenerse frente a la imponente puerta de roble del despacho imperial. Tragó saliva con fuerza, obligándose a calmar el pánico que amenazaba con paralizarla, y dio tres suaves golpes con los nudillos contra la madera.
—Adelante —respondió desde el interior una voz profunda, magnética y grave que hizo que un escalofrío le recorriera la columna.
Elizabeth empujó la pesada puerta y entró. El despacho estaba iluminado únicamente por el fuego cálido y danzante de la gran chimenea central, cuyas llamas proyectaban sombras alargadas sobre las estanterías repletas de tomos antiguos. De pie junto al escritorio, con los brazos cruzados y la mirada fija en la entrada, se encontraba Vinicius. Sus ojos bicolores —nítidos, penetrantes y carentes de cualquier sombra— la recibieron con una intensidad abrumadora.
El emperador no llevaba la capa ceremonial, lo que acentuaba aún más su imponente y peligrosa presencia.
—Puntual. Me agrada la obediencia, Elizabeth —comenzó Vinicius con voz pausada, dando un lento paso hacia ella mientras el fuego crepitaba suavemente a sus espaldas—. Supongo que sabes a qué has venido. No estamos aquí para jugar a las niñeras. Es hora de descubrir qué clase de misterio o maldición se esconde detrás de tus manos.