Selene tiene veintidós años y un matrimonio que es su propia jaula de oro. Para su esposo, el implacable magnate Maximiliano Valente, ella no es más que una niña interesada que se vendió por un apellido de peso y una cuenta bancaria sin límites. Convencido de que Selene solo busca su dinero, Maximiliano se dedica a humillarla, refugiándose en los brazos de una amante manipuladora que alimenta su desprecio con mentiras.
Pero Maximiliano ha cometido un error fatal: confundir el silencio de Selene con sumisión absoluta. Tras una noche de crueldad insoportable, Selene decide que ya no le importa su fortuna ni su perdón. Mientras él cree tener todo bajo control, ella empieza a preparar su desaparición silenciosa, dispuesta a empezar de cero, lejos de su opresión.
Maximiliano Valente está a punto de descubrir que el desprecio tiene un precio... y que cuando Selene se marche, el vacío que deje será algo que ni todos sus millones podrán llenar.
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El inicio de un sueño
Tres años antes.
El Palacio de Cristal de la ciudad Capital resplandecía bajo la luz de mil lámparas de araña. El aire estaba saturado de perfumes costosos, risas diplomáticas y el tintineo constante de las copas de cristal. Selene, con apenas diecinueve años, se sentía como una intrusa en aquel mundo de riquezas y despilfarro. Llevaba un vestido sencillo de color champaña que su tía le había ayudado a arreglar, pero su belleza natural —esa mezcla de inocencia y una elegancia que no se compra— hacía que las miradas se desviaran hacia ella mientras caminaba del brazo de su padre, Roberto Arismendi.
—Sonríe, Selene —le susurró Roberto, con el sudor perlado en su frente—. Necesitamos que los inversores vean que los Arismendi seguimos siendo una familia sólida. Mi empresa depende de los contactos que haga esta noche.
Selene asintió, aunque sentía el peso de la responsabilidad sobre sus hombros. No quería estar allí; prefería estar entre sus libros, lejos de la falsedad de la élite.
De repente, el murmullo de la sala pareció bajar de volumen. Un hombre entró por las puertas principales, y la multitud se abrió paso instintivamente. Era Maximiliano Valente. A sus veintinueve años, ya era el tiburón más temido del mercado financiero. Su porte era atlético, su traje negro parecía una armadura y sus ojos, de un azul oscuro escaneaban la sala con una indiferencia absoluta.
Hasta que la vio a ella.
Maximiliano se detuvo en seco. Sus ojos se clavaron en Selene con una intensidad que la hizo estremecer. No era la mirada de un invitado, era la de un conquistador que acaba de encontrar la joya más rara de la corona. Ignoró a los tres empresarios que intentaban saludarlo y caminó directamente hacia donde estaba el modesto puesto de los Arismendi.
—Roberto Arismendi —la voz de Maximiliano era un barítono profundo que vibró en el pecho de Selene—. No sabía que guardabas un tesoro tan bien escondido.
Roberto palideció, alternando la vista entre el hombre más poderoso de la ciudad y su hija.
—Señor Valente... qué honor. Ella es mi hija, Selene.
Maximiliano tomó la mano de Selene. No se limitó a un saludo formal; sostuvo sus dedos con una firmeza posesiva y se inclinó para depositar un beso que duró un segundo de más.
—Selene... —pronunció su nombre como si estuviera saboreando un vino caro—. Tienes unos ojos que no pertenecen a este lugar lleno de gente vacía. ¿Me concederías un momento para conversar? Tu padre y yo tenemos mucho de qué hablar sobre sus... dificultades financieras, pero ahora mismo, mi prioridad es otra.
Selene sintió un rubor encender sus mejillas. En ese momento, Maximiliano no parecía un hombre cruel. Parecía un caballero fascinado por ella. Sus palabras eran halagos, pero su mirada era un fuego que la envolvía.
—Solo soy una estudiante, señor Valente —respondió ella, intentando recuperar su mano, aunque él no la soltaba—. No creo tener mucho que aportar a su conversación.
—Al contrario —dijo él, con una sonrisa que no llegó a sus ojos fríos, aunque sus labios fueran cálidos—. Eres lo único en esta sala que vale la pena escuchar.
Caminaron hacia el balcón, lejos del ruido. Durante veinte minutos, Maximiliano la envolvió en una red de preguntas inteligentes, mostrándose encantador, culto y aparentemente interesado en sus sueños de abrir una librería algún día. Selene, deslumbrada por la atención de un hombre tan imponente, bajó la guardia.
—Eres demasiado pura para este mundo, Selene —le dijo él, acariciando un mechón de su cabello—. Necesitas a alguien que te proteja. Alguien que te ponga un muro de diamantes alrededor para que nadie te toque.
Lo que Selene no sabía en esa noche mágica era que ese "muro de diamantes" no sería para protegerla, sino para encarcelarla.
Esa misma noche, después de la gala, Maximiliano llamó a sus abogados. No investigó el plan de negocios de Roberto Arismendi; investigó las deudas. Descubrió que los Atiamendi estaban a punto de quebrar. Y en lugar de ayudarlos como un caballero, decidió esperar a que la soga apretara el cuello de Roberto para aparecer con el contrato matrimonial.
Maximiliano no se enamoró de Selene esa noche. Se obsesionó con su belleza y decidió que tenía que ser suya, costara lo que costara. Ella era el trofeo que faltaba en su vitrina.
Presente.
Selene, sentada en el suelo de su habitación actual, recordó el brillo de los ojos de Maximiliano en aquella gala. Cómo se había sentido especial, elegida. Ahora entendía la verdad: él nunca quiso una esposa, quiso una propiedad. Y la belleza que él tanto admiró aquella noche, ahora era el objeto de su desprecio porque Selene se atrevió a tener voluntad propia.
—Viste una joya, Maximiliano —susurró ella, cerrando su maleta con un golpe seco—. Pero olvidaste que hasta los diamantes pueden cortar si se les presiona demasiado.