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Mía, aunque huyas

Mía, aunque huyas

Status: Terminada
Genre:Posesivo / Mafia / Dominación / Elección equivocada / Esclava / Sirvienta / Romance oscuro / Completas
Popularitas:994
Nilai: 5
nombre de autor: DulceSilencio

Me llamo Marisol Quintana. Tenía diecinueve años, estudiaba Historia del Arte en la UNAM y creía que mi peor problema era un examen pendiente.
Entonces mi propio tío me vendió.
En Tierra Bruma no existe la ley. Solo existen los hombres que mandan y quienes sobreviven obedeciéndolos. Lucio Salvatierra es el más temido de todos: el Lobo, dueño de las rutas, las fronteras y los secretos capaces de destruir países.
Él no compra mujeres. No trafica con ellas. Ni siquiera debía mirarme.
Pero lo hizo.
—Esa muchacha es mía.
Lucio me arrancó de un infierno para encerrarme en otro. Me dio una habitación, reglas imposibles y una advertencia: fuera de sus dominios solo me esperaba la muerte. Yo debía obedecerlo. Agradecerle. Dejar de pensar en escapar.
El problema es que cada vez que lo desafío, él me hace rendir cuentas… y mi cuerpo traiciona todo lo que mi boca intenta negar.
Debería odiarlo por sus órdenes, por sus castigos y por esa forma de tocarme como si ya conociera cada secreto de mi piel. Pero también fue él quien salvó a mis padres, puso un arma en mis manos y me enseñó a sobrevivir entre lobos.
Cuando sus enemigos me secuestran, descubren demasiado tarde que ya no soy la muchacha indefensa que Lucio llevó a su casa.
—¡Soy la mujer del Lobo y sí sé disparar!
Entré en Tierra Bruma como una cautiva. Ahora todos se levantan cuando me ven pasar.
Lucio cree que me encerró en su mundo. Lo que todavía no entiende es que una jaula puede cerrarse desde ambos lados… y que, cuando uno de los dos termine de rodillas, no seré yo.

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Capítulo 15

Capítulo 15: El listón rojo

—¿Un listón?

—Rojo. —Bruno se sentó en el escalón y palmeó el lugar a su lado. Yo me quedé de pie, con el lodo secándose en las piernas—. A ver, cuñadita, cuéntame. ¿Qué te dijo exactamente?

—Que le tengo que agradecer. Que si la respuesta no le satisface… —No terminé—. La otra vez le dije que podía ordenar los libros de la biblioteca y me tuvo de rodillas toda la noche. No quiero volver a equivocarme.

Bruno se rio, pero fue una risa distinta, de sorpresa.

—¿Mi primo fue personalmente a sacar a tus papás de una bodega? ¿Él? —Movió la cabeza—. Se me volvió filántropo. Voy a tener que revisarle la temperatura.

—Bruno, por favor.

—Está bien, está bien. —Se puso serio, o lo pareció, y contó con los dedos—. Te bañas bien. Consigues un listón rojo. Te lo amarras al cuello con un moño, así, grande. Nada debajo. Y lo esperas hincada en la cama. —Abrió las manos—. Capaz te regala una mina.

Me puse roja hasta las orejas. Él lo vio y le dio risa, y después, sin transición, se le acabó la risa.

—Ahora lo de en serio. Lo que mi primo más odia en este mundo es la traición y la hipocresía. Quiere lealtad absoluta. Sin reservas, sin dobleces. —Se levantó y se sacudió el pantalón blanco—. Eso es lo que le gusta. Lo demás son detalles.

Se fue por el costado de la casa, hacia el jardín, silbando.

—¿A dónde va?

—A abonar a mis niñas —dijo sin voltear.

El agua de la tina se puso café. La vacié y la volví a llenar, y la segunda vez ya se quedó clara.

Me senté con las rodillas contra el pecho y dejé que el calor me entrara. Cuando salí, el espejo largo del baño me devolvió la espalda: de los hombros a los muslos, un mapa. Rojo viejo, morado, amarillo en las orillas, donde ya se estaba yendo. Marcas de una mano abierta. Marcas de algo más angosto.

Lo único que importa es estar viva.

Lo pensé con la voz de mi mamá, mirándome las marcas, y algo se me acomodó adentro con un clic, como cuando encajas dos piezas de un marco roto. En ese lugar no había gente buena. Había el rancho, y la bodega, y los ocho dedos de mi papá, y el Chacal con su lámpara, y la Cobra con sus especímenes. Y había él. Él, que tenía reglas. Cinco, escritas en una hoja. Él, que era cruel a plena luz, sin esconderlo, sin mentir. Se sabía por dónde venía el golpe. Se sabía qué lo evitaba.

En todo Tierra Bruma, el único lugar seguro era al lado del hombre que me había hecho ese mapa en la espalda.

Me sequé el pelo. Me quedé mirando el clóset.

El vestido estaba en el rincón, todavía con la etiqueta: rojo, de seda, de tirantes, tan corto que cuando me lo puse tuve que jalarlo dos veces. Del vestido de gala del fondo del clóset, uno con un lazo cosido al cuello, arranqué el lazo con las tijeras de las uñas. Era del mismo rojo. Me lo amarré al cuello con un moño, como Bruno había dicho, grande.

Nada debajo.

Encontré un estuche de maquillaje en el cajón del baño que nunca había abierto. Me puse algo rosa en la orilla de los ojos, brillo en la boca, y traté de hacerme una línea negra en los párpados, que me quedó más alta en el ojo izquierdo que en el derecho. Lo intenté arreglar y quedó peor.

Y me hinqué en el centro de la cama, sobre las sábanas negras, con las manos en los muslos, y esperé.

Una hora. Dos. Se me durmieron las piernas y no me moví. Oí voces en el pasillo, a Teo diciendo "la carga del oeste" y "en la frontera", y pasos que subían, y pasos que bajaban.

Cuando la puerta se abrió ya era noche cerrada.

Él entró, dio dos pasos y se detuvo. No dijo nada. Me miró desde la puerta el tiempo que se tarda en contar hasta cinco, y después caminó hasta el sillón y se sentó, con las botas plantadas en la alfombra, y cruzó los brazos.

—¿Y esto? —Su voz sonaba tranquila, casi curiosa—. ¿Te envolviste como un cohete para agradecerme?

—Yo… —Tragué—. Sí, señor Salvatierra.

—Ven.

Me bajé de la cama. Las piernas no me respondieron y me fui de rodillas sobre la alfombra, y acabé donde había acabado tantas veces: al lado de sus botas, con la cara ardiendo.

Él se inclinó. Me tomó la barbilla con dos dedos y me la levantó, y con el pulgar me pasó por los labios, despacio, hasta quitarme el brillo. Se miró el pulgar.

—¿Quién te enseñó?

—Nadie, yo…

Metió el dedo bajo el moño del cuello y lo jaló un poquito, lo suficiente para que el listón me apretara.

—¿Quién?

—El señor Bruno… —Se me quebró—. Yo le pregunté qué le gustaba a usted y él me dijo…

Algo le cruzó la cara. No fue enojo. Fue como si acabara de decidir que a alguien le sobraba tiempo libre.

Con el otro dedo enganchó el tirante del vestido y lo deslizó por mi hombro.

—¿Y por qué no te pusiste todavía menos?

No supe contestar. Él me tomó por la cintura, me levantó como si no pesara y me sentó en sus piernas, a horcajadas, con el vestido subiéndose solo. Su mano bajó por mi espalda, sobre las marcas, sin apretar, y siguió bajando hasta que se metió por debajo del dobladillo y no encontró nada.

—¿Otra vez sin nada?

Me pasó la palma por el muslo, arriba, adentro, sin prisa, como quien revisa una compra. Yo tenía las manos en sus hombros y no sabía dónde poner la cara.

—De mal gusto —dijo—. Pero obedeciste.

Solté el aire.

—Solo que a quien obedeciste no fue a mí.

Y la mano que tenía en mi espalda me apretó contra él, de golpe, tanto que no pude respirar bien, y me subió el llanto sin permiso. No sabía qué había hecho mal esta vez. Había hecho todo lo que me dijeron. Y como no tenía adónde ir, hice lo que el cuerpo hizo solo: metí la cara en su cuello, en el hueco entre la mandíbula y la clavícula, y me quedé ahí, temblando, respirando su olor a tabaco y a lluvia.

El hombre que me daba miedo era el único lugar donde podía esconderme de él.

No me apartó.

—No necesito halagos calculados —dijo, encima de mi cabeza, con la voz baja y pareja—. No adivines lo que me gusta. Si quieres saber algo, me lo preguntas a mí. —Su mano subió por mi nuca y me sostuvo ahí, quieta—. En esta Base, fuera de mí, no escuchas a nadie. ¿Entendiste?

—Sí…

Me despegó de su cuello para verme la cara. Tenía los ojos oscuros, y en el fondo de ellos, algo que no era burla. Algo serio, escondido, que se asomó medio segundo y se volvió a meter.

—¿Entonces… —me salió muy chiquito— qué le gusta a usted, señor Salvatierra?

Me miró un rato. Después me tomó por debajo de los muslos, se levantó conmigo encima y me cargó los tres pasos que había hasta la cama. Me dejó caer sobre las sábanas negras. La cama era angosta y él la llenó entera al subirse.

—Tu forma original está bien —dijo—. Así, como eres.

Se quitó el anillo. Lo oí caer en la mesita de noche, un sonido pequeño que yo ya conocía.

—Ahora voy a abrir mi regalo.

Jaló la punta del moño. El listón se deslizó de mi cuello, tibio, y en lugar de tirarlo lo pasó alrededor de mis muñecas, una vuelta, dos, y lo anudó. Flojo. Tan flojo que con un giro de las manos yo podía soltarme. Me quedé mirando el nudo. No lo solté.

Y entonces no hizo lo de siempre.

No me volteó. No fue derecho a lo que iba. Su mano se abrió sobre mi clavícula y bajó por el centro de mi pecho, sobre la seda, y siguió, sin detenerse en ninguna parte, hasta plantarse en mi vientre, con todo el peso de la palma. Y se quedó ahí. Como si esperara algo.

El vestido subió con la otra mano, y la palma que estaba en mi vientre empezó a moverse. Despacio. Dando vueltas. Aprendiéndome. Cuando encontró el lugar que buscaba, yo ya no era dueña de mis caderas: se me iban solas hacia su mano, y me dio tanta vergüenza que me mordí el listón para no hacer ruido. Por primera vez desde que había llegado a esa casa, mi cuerpo se abría antes de que él entrara, y no por miedo.

Él lo notó. Vi que lo notaba.

Me sacó el listón de la boca con dos dedos.

—Hoy sí puedes.

Y entró.

No fue como antes. Fue lento, tan lento que lo sentí todo, cada centímetro, y el sonido que se me escapó no era de dolor. Fue un sonido nuevo, que no supe de dónde me salía, y él lo oyó, y su respiración cambió contra mi oreja. No me besó. Nunca me besaba. Pero su boca se quedó detrás de mi oreja, en la piel blanda, y no se fue de ahí en mucho tiempo, respirando, y la barba de dos días me raspaba, y yo tenía las manos atadas con un nudo que podía soltar y no soltaba, y las levanté para pasárselas por detrás de la cabeza, y él me dejó.

Cuando se me fue el piso, me fui con las uñas en su brazo, temblando de una manera que no tenía nada que ver con el sótano.

Él no se levantó de inmediato. Se quedó encima de mí, con el peso repartido en los codos, respirando en mi cuello, y yo sentí su corazón contra el mío, rápido, más rápido de lo que él hubiera querido que yo supiera.

Después sí se levantó. Se puso el anillo. Recogió su camisa del piso y se la echó al hombro sin ponérsela, me miró un momento desde la puerta, con la luz del pasillo detrás, y se fue.

Nunca se quedaba. Ya lo sabía.

Me quedé boca arriba en la oscuridad con el vestido hecho bola en la cintura y la piel todavía caliente donde había estado su boca. Estiré la mano hacia la cabecera y encontré el listón, húmedo de mis dientes, con el nudo flojo todavía hecho.

Tu forma original está bien.

Lo apreté en el puño. Él lo decía como si supiera cuál era. Y yo, ahí, con el maquillaje corrido y las marcas en la espalda y el olor de él en las sábanas, ya no tenía idea de cuál había sido.

Del fondo del jardín, del lado del invernadero, llegó un grito. Un grito de hombre, corto, que se cortó solo. Y después, clara en el silencio, la risa de Bruno, dulce, casi cariñosa:

—Tranquilo, tranquilo. Es puro abono.

Me tapé la cabeza con la cobija.

Mañana, pensé, con el listón todavía en el puño. Mañana iba a ir a ver qué crecía en ese invernadero.

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