La criaron en la mansión Blackwood, entre los cinco herederos destinados a protegerla. Ayla lo dio todo por esa manada: su lealtad, su don de sangre curativa, su corazón. Hasta que una desconocida llegó con una sonrisa dulce y una mentira perfecta, y uno a uno, los cinco le dieron la espalda.
Acusada, humillada y desechada como si nunca hubiera importado, Ayla no suplica. No llora frente a ellos. Se pone de pie ante toda la manada y pronuncia las únicas palabras que pueden romperlos: los rechaza. A los cinco. En voz alta.
Pero el destino tenía otros planes para la huérfana de ojos plateados. Porque hay un Alfa Supremo que la reconoció desde el primer instante. Porque en su sangre duerme un linaje que creían extinto. Y porque la joven a la que despreciaron no era una omega cualquiera: era la heredera que podía cambiarlo todo.
Cuando la verdad sobre su origen salga a la luz, los que la abandonaron descubrirán, demasiado tarde, a quién dejaron ir.
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Capítulo 11 — El Hombre Que Vino de las Sombras
Cinco días.
Ayla llevaba cinco días en coma.
Todo el hospital conocía su caso.
Los curanderos entraban y salían de la habitación constantemente.
Las quemaduras habían empezado a cicatrizar.
El corazón estaba estable.
El cuerpo había sobrevivido.
Pero ella seguía sin despertar.
Magnus permanecía a su lado siempre que podía.
Y los cinco herederos estaban cada vez más inquietos.
La culpa los acompañaba en cada comida.
En cada conversación.
En cada noche mal dormida.
Sobre todo a Lucien.
Entre todos ellos, era quien tenía más afinidad con la cura.
Ver a Ayla en aquel estado estaba destruyendo algo dentro de él.
—Ella necesita despertar —murmuró.
Ninguno de los hermanos respondió.
Porque todos pensaban lo mismo.
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En la mañana del sexto día, Magnus recibió una visita inesperada.
Un guerrero entró apresurado en su despacho.
—Alfa.
—¿Qué pasa?
—Un grupo de la manada Obsidiana llegó a las puertas.
Magnus alzó los ojos.
De inmediato.
—¿Obsidiana?
—Sí.
El guerrero tragó saliva.
—Exigen una audiencia inmediata.
El corazón de Magnus se disparó.
Había una sola persona capaz de enviar guerreros de aquella manada.
Xavier.
El misterioso Alfa Xavier.
Magnus se levantó.
—¿Cuántos vinieron?
—Veinte guerreros de élite.
El silencio se apoderó de la sala.
Aquello no era normal.
La Obsidiana raramente enviaba representantes.
Y cuando los enviaba, era por asuntos extremadamente importantes.
—Prepara la sala del consejo.
—Sí, Alfa.
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Menos de una hora después, la reunión comenzó.
Magnus entró acompañado de algunos ancianos.
Los guerreros de la Obsidiana ya estaban presentes.
Todos vestían armaduras negras.
Todos parecían extremadamente peligrosos.
Al frente de ellos estaba un hombre alto.
El rostro parcialmente escondido por una capucha oscura.
Magnus sintió de inmediato la presión de su aura.
Era absurda.
Aun contenida.
Aun controlada.
El desconocido parecía un depredador observando todo a su alrededor.
—¿Quién eres? —preguntó Magnus.
El hombre se quitó la capucha.
Algunos ancianos contuvieron la respiración.
Era joven.
Mucho más joven de lo que imaginaban.
Tal vez apenas mayor que los herederos.
El cabello negro le caía sobre los hombros.
Los ojos dorados recordaban al oro líquido.
El rostro parecía esculpido en piedra.
Frío.
Imponente.
Peligroso.
—Mi nombre es Xavier Blackthorne.
El silencio fue absoluto.
Magnus se paralizó.
Porque nadie esperaba aquello.
El Alfa Xavier.
Allí.
En su manada.
Sin aviso.
Sin mensajeros.
Sin intermediarios.
En persona.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Magnus.
Xavier no respondió de inmediato.
Su mirada recorrió el ambiente.
Como si buscara a alguien.
—¿Dónde está Ayla?
Magnus sintió que se le hundía el estómago.
Entonces lo sabía.
Lo sabía todo.
—Está en el hospital.
Los ojos dorados se volvieron peligrosamente fríos.
—¿Por qué?
Magnus vaciló.
Pero no servía de nada mentir.
—Fue herida.
La temperatura de la sala pareció caer.
Los guerreros de la Obsidiana intercambiaron miradas.
Ninguno de ellos parecía contento.
—¿Herida cómo?
La voz de Xavier salió baja.
Controlada.
Pero había algo aterrador en ella.
Magnus lo contó todo.
La hoguera.
Las quemaduras.
La sangre extraída a la fuerza.
El coma.
Conforme la historia avanzaba, la expresión de Xavier se volvía cada vez más sombría.
Cuando Magnus terminó, el silencio volvió.
Un silencio pesado.
Peligroso.
Entonces Xavier se levantó.
La madera de la silla crujió bajo la presión de su aura.
—¿Dónde está ella?
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En el hospital, los cinco herederos estaban reunidos en la habitación de Ayla.
Una vez más.
Un día más observando a alguien que no respondía.
Un día más conviviendo con la culpa.
Finn sostenía uno de sus libros favoritos.
Darius permanecía cerca de la ventana.
Lucien revisaba los informes médicos.
Kael observaba a la joven inconsciente.
Sin decir nada.
La puerta se abrió.
Todos imaginaron que era otro curandero.
Pero no lo era.
Un hombre desconocido entró.
Alto.
Vestido de negro.
Su presencia hizo que el aire pareciera pesado.
Los cinco se levantaron de inmediato.
Instinto.
Puro instinto.
Sus lobos reaccionaron.
Como si estuvieran ante algo extremadamente superior.
Xavier los ignoró a todos.
Por completo.
Su mirada fue directa a la cama.
A Ayla.
La joven parecía pequeña entre las sábanas.
Frágil.
Lastimada.
Pálida.
Durante varios segundos, solo la observó.
En silencio.
Hasta que su mandíbula se tensó.
—¿Fueron ustedes?
La pregunta resonó por la habitación.
Kael frunció el ceño.
—¿Quién eres?
Los ojos dorados por fin se volvieron hacia él.
La presión del aura aumentó.
Brutalmente.
—Hice una pregunta.
Ninguno de ellos respondió.
Porque algo en aquel hombre resultaba aterrador.
Muy aterrador.
Xavier dio un paso más.
—¿Fueron ustedes los que le hicieron esto?
Lucien bajó la cabeza.
Fue respuesta suficiente.
El aura explotó.
Las ventanas temblaron.
Los muebles vibraron.
Los cinco herederos palidecieron.
Porque en aquel instante entendieron una cosa.
Aquel hombre no era solo un Alfa.
Era un monstruo.
Un depredador en la cima de la cadena alimentaria.
Y estaba furioso.
Muy furioso.
Mientras tanto, en la mente de Ayla, la floresta plateada empezó a cambiar.
El viento sopló entre los árboles.
Luna se levantó.
Los ojos brillando intensamente.
—Alguien llegó.
Ayla alzó el rostro.
—¿Quién?
La loba observó el horizonte.
Y una rara sonrisa surgió en sus labios.
—Tu futuro.