Para pagar el tratamiento de su abuela, Valentina Cabrera acepta convertirse en la amante de Damián Mondragón, un magnate acostumbrado a decidir cuándo empieza una relación y cuándo termina.
El acuerdo es claro: acudir cuando él la llame, guardar el secreto y no confundir la cama con el amor.
Valentina tiene su propio plan. Anotar cada peso que recibe, seguir bailando y devolverle todo para poder marcharse. Lo difícil será cumplirlo cuando Damián empiece a romper sus reglas y ella a esperar algo más que dinero cada vez que él la busca.
Pero mientras sus besos la hacen creer que es especial, sus decisiones empiezan a cerrarle las puertas que necesita para construir una vida propia.
Cuando Valentina decide irse, él le recuerda el precio de romper el contrato: seis millones de pesos.
Ella acepta la deuda.
Damián estaba preparado para sus reclamos, sus lágrimas, incluso para que le pidiera más. No para verla elegir una vida sin él.
Ahora tendrá que descubrir cómo recuperarla cuando su dinero ya no basta para hacerla volver.
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Capítulo 3
Capítulo 3 — El trofeo roto
En el mostrador de urgencias le pidieron el nombre de la paciente. Valentina llevaba repitiéndolo desde el taxi y, aun así, tuvo que empezar dos veces.
Valentina llegó todavía con el uniforme del club debajo del suéter, todavía con los tacones prestados en la mano porque no había podido correr con ellos. Le ardían las plantas de los pies. No le importaba.
—Mi abuela —jadeó en el mostrador—. Amparo Cabrera, me hablaron, me dijeron que...
—Cabrera. —La enfermera revisó una pantalla—. La pasaron a quirófano hace veinte minutos. Vomitó sangre en la casa, ¿verdad? La trajo un vecino.
—¿Está...? ¿Se va a...?
—El doctor va a salir a hablar con la familia. Espere ahí.
Valentina se sentó en una silla de plástico frente a la puerta doble del quirófano. Se abrazó las rodillas. Rezó sin palabras, como rezaba de niña, moviendo los labios sin decir nada, prometiéndole a Dios cosas que no tenía.
La abuela la había despedido unas horas antes desde el catre, preguntándole si llevaba un suéter. Valentina había respondido sin mirarla, ocupada en esconder el uniforme del club. Ahora repasaba aquel momento buscando algo que hubiera debido notar: una pausa al hablar, el dolor que no le había contado.
"Dios, no me la quites", rezó Valentina, apretando los ojos. "Te doy lo que quieras. Te doy lo que sea. Pero no me la quites a ella también."
—Señorita Cabrera. —El médico salió con el cubrebocas colgando del cuello—. Logramos controlar el sangrado. Sigue delicada. El tumor está más avanzado de lo que pensábamos; tenemos que reunir al equipo y decidir el siguiente paso. Cirugía, tratamiento oncológico… va a necesitar más atención.
Valentina lo siguió hasta el módulo de informes. La encargada le mostró el presupuesto inicial y señaló el depósito requerido para continuar la atención privada.
—¿De cuánto?
—Doscientos mil pesos.
Doscientos mil pesos. Valentina tenía cuatrocientos en la bolsa y una propina que no había alcanzado a cobrar.
—Deme unos días —dijo, con la voz muy firme para lo destrozada que estaba por dentro—. Los consigo. Los voy a conseguir.
—Podemos pedir a trabajo social que valore un traslado —le explicó el médico—. Mientras tanto seguiremos atendiéndola aquí. Pero no conviene posponer la decisión sobre su tratamiento.
Valentina miró hacia la puerta por donde se habían llevado a su abuela. No sabía a qué hospital podrían trasladarla ni cuándo. Le dio miedo empezar otra vez, explicar el sangrado, buscar a otro médico que supiera qué hacer. Preguntó si podía quedarse allí mientras reunía el dinero.
—Voy a conseguirlo —dijo al fin—. Quiero que se quede aquí.
* * *
Fue en ese momento cuando llegó Rubén.
Valentina lo olió antes de verlo: cigarro y sudor y esa dulzura rancia del que lleva días sin bañarse persiguiendo una racha que nunca llega. Su papá. Con la camisa manchada y los ojos rojos.
—Vale, m'ija. —Le puso las manos en los hombros, y ella se apartó como de una brasa—. Qué bueno que estás aquí. Oye, necesito que me hagas un paro, es urgencia de vida o muerte, unos cuates me están...
—Tu mamá está en el quirófano —dijo Valentina.
—Ya sé, ya sé, pobrecita. Oye pero es que si no les pago hoy a esos tipos me... mira. —Bajó la voz y miró hacia el acceso del hospital—. Tú tienes cómo. Yo sé que andas trabajando. Nomás me pasas lo que puedas y en cuanto salga la mano te lo repongo, palabra.
Valentina había esperado que preguntara qué dijo el médico. Le había dejado un momento para hacerlo, incluso después de oír lo del dinero. Ahora se apartó de la pared para que él no le cerrara el paso.
—Es para la abuela —dijo—. Cada peso que junte es para ella.
—¡Órale, no seas malagradecida! —La agarró del brazo—. ¡Soy tu padre!
—Suéltala.
Iker apareció por el pasillo con la mochila del entrenamiento todavía al hombro, dieciséis años y la cara encendida. Empujó a Rubén con las dos manos, y se quedó entre él y su hermana.
—Ni la toques —dijo Iker—. Lárgate. Nadie te llamó.
Rubén levantó la mano. Un guardia se acercó desde el módulo y preguntó si había algún problema. Rubén la bajó, alegó que estaban hablando en familia y se retiró antes de que le pidieran salir.
Iker se giró hacia su hermana. Le metió a la fuerza un fajo arrugado en la mano: billetes de veinte, de cincuenta, monedas. Todo lo que ganaba repartiendo volantes y corriendo carreras los domingos.
—Toma —dijo, ya sin furia, con la voz quebrada de niño—. Es todo lo que tengo. Para la abuela.
—Iker...
—No llores, Vale. —Pero él ya estaba llorando—. Tú no llores, porque si tú lloras yo también y ya valimos.
* * *
Eran las tres de la mañana cuando Valentina llegó a la vecindad.
Había dejado a Iker esperando noticias del médico y vuelto por los documentos de la abuela y un cambio de ropa. Desde la esquina vio luz en la ventana. Nadie debía estar en casa. Entonces oyó un golpe y una voz de hombre.
Subió deprisa. Antes de llegar al último escalón, vio la puerta abierta y se detuvo contra la pared.
La puerta de su cuarto estaba abierta de una patada. Adentro, dos tipos que no conocía volteaban el poco mueble que tenían, buscando algo de valor que nunca hubo. Uno de ellos tenía en la mano el cuadernito donde su abuela apuntaba las deudas.
—¿Y esta quién es? —dijo el más grande—. ¿La hija del Rubén?
—La hija, sí —dijo el otro—. Igual sirve. Dile a tu papá que aquí venimos a cobrar. Y que la próxima no tocamos.
Le tiró el cuaderno a los pies. Al pasar, el más grande pateó algo que rodó por el piso de cemento con un ruido de metal barato.
Se fueron riéndose.
Valentina se quedó parada en su propio cuarto destrozado, temblando, y bajó la vista hacia lo que había rodado hasta sus pies.
Era su trofeo.
Lo había ganado a los dieciocho, poco después de entrar becada a la Escuela Superior de Danza. Su abuela lo limpiaba con un trapo aparte y lo ponía en medio de la repisa, aunque para hacerlo tuviera que mover el televisor.
Estaba partido en dos. La bailarina de metal dorado, tronchada por la cintura, con uno de los brazos doblado contra el suelo.
Se acordó del día que se lo dieron. La abuela en primera fila, con su vestido bueno, aplaudiendo tan fuerte que le dolieron las manos, gritando "¡esa es mi niña!" hasta que la callaron. Se acordó de haber pensado, con dieciocho años y el trofeo caliente entre las manos: "Esto apenas empieza. Voy a llegar lejos. Nos voy a sacar de aquí a todos."
Valentina cayó de rodillas entre los pedazos.
Intentó encajar la figura en la base. Le faltaba un pedazo. Lo buscó entre los papeles del suelo hasta que las lágrimas le impidieron distinguirlo.
El borde roto le cortó la palma y soltó el trofeo. Le dio rabia que se lo hubieran llevado todo por delante para buscar un dinero que su padre sabía que no tenían. Iker había vaciado sus bolsillos; ella ni siquiera había cobrado las propinas. Repasó a quién podía llamar a esa hora. No se le ocurrió nadie que pudiera prestarles doscientos mil pesos.
Metió la mano en el bolsillo del suéter, sin pensar, buscando el celular para llamar a alguien, a quien fuera.
Sus dedos tocaron algo grueso. Un filo. Una tarjeta.
Sacó la tarjeta. En el reverso había un número de teléfono. Podía llamar, preguntar las condiciones y decidir después. Se repitió eso mientras desbloqueaba el celular.
"Si tienes un problema, yo lo resuelvo. Y tú resuelves lo que yo necesito."
Y con la mano todavía manchada de sangre, temblando, marcó el número.
Sonó una vez. Dos.
Al tercer timbre, una voz baja, sin prisa, contestó del otro lado de la ciudad:
—¿Bueno?