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Casada con el hijo del alcalde

Casada con el hijo del alcalde

Status: Terminada
Genre:Matrimonio arreglado / Amor eterno / Completas
Popularitas:11
Nilai: 5
nombre de autor: Aisyah Alfatih

Clara Valeska Montalvo lo tenía todo: juventud, dinero y un novio apuesto. Hasta que un viaje a Bali le arrancó las tres cosas de un golpe. Al descubrir a su novio Yago besándose con su mejor amiga Laura, Clara regresó destrozada a la capital, solo para enterarse de que sus padres ya la habían casado —sin su consentimiento y por poderes— con un desconocido: Álvar Mendoza, hijo del alcalde de una remota aldea montañosa.

Furiosa, humillada y sin alternativa, Clara llegó a Tugu Norte arrastrando una maleta de diseñador y un orgullo que no cabía en las calles de tierra. Lo que encontró fue lo opuesto a todo lo que conocía: un esposo que prefería los arrozales al quirófano donde se había formado como ginecólogo-obstetra, una suegra que cocinaba en fogón de leña, y un pueblo donde los chismes viajaban más rápido que la señal del celular.

El rechazo fue mutuo. Clara despreciaba la vida rural; Álvar la consideraba una niña mimada de ciudad. Pero la convivencia forzada tiene sus propias reglas: una reacción alérgica a la tilapia —el plato favorito de él— los acercó por primera vez. Una tormenta de montaña que dejó a Clara perdida y herida obligó a Álvar a salir a buscarla bajo la lluvia. Y cada pequeño gesto —un jugo de mango preparado con torpeza, el primer "cariño" pronunciado a media voz— fue abriendo grietas en la muralla que ambos habían levantado.

Pero el amor que crece entre ellos no será el único campo de batalla. La Doctora Ester, ex novia de Álvar, regresa con un rencor que escala de los celos al incendio y del incendio al secuestro. Yago reaparece convertido en un acosador corporativo dispuesto a destruir todo lo que Clara intente construir. Y en la aldea, viejas deudas de tierra, traiciones familiares y un apuñalamiento que casi le cuesta la vida al padre de Álvar pondrán a prueba si lo que Clara y Álvar sienten es lo bastante fuerte para sobrevivir.

Entre la capital y la aldea, entre el bisturí y la cosecha, entre el vestido de diseñador y el sombrero de paja, Clara descubrirá que la felicidad no se mide por lo que se tiene, sino por a quién se elige volver cada noche.

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Episodio 4

Después del almuerzo, Álvar encontró la cocina de nuevo vacía. Solo estaba su madre, de pie frente al fregadero, con las manos ocupadas lavando los platos que habían usado para comer.

Su padre aún no había vuelto de la oficina del pueblo.

Álvar ayudó un momento, luego se dispuso a salir. Sin embargo, se detuvo en seco. Giró la cabeza con el rostro ligeramente endurecido.

—Mamá… ¿dónde está esa niña mimada de la ciudad?

Susana volteó de inmediato con la mirada afilada.

—¡Oye! ¿Qué estás diciendo, Álvar? —lo reprendió—. Es tu esposa, trátala bien.

Álvar resopló.

—Ella tampoco tiene ningún respeto conmigo, mamá.

—Tú eres el que tiene que tener mucha paciencia, Álvar —respondió Susana sin voltear, con voz serena pero firme.

Antes de que Álvar pudiera contestar, su celular vibró en el bolsillo del pantalón. Lo sacó y miró la pantalla. Echó un vistazo rápido a su madre antes de responder la llamada.

—Buenas tardes, señora.

—¿Álvar? —la voz de Melisa se escuchó angustiada al otro lado de la línea—. Clara ya llegó, ¿verdad? Llevo un rato llamándola y no me contesta.

—Sí, señora. Clara ya está aquí.

—Hijo, quería avisarte… las medicinas para la alergia de Clara se quedaron en la casa. Se me olvidó dárselas —dijo Melisa con apremio—. Tiene una alergia muy fuerte, por eso estoy preocupada.

Álvar frunció el ceño.

—¿Alergia a qué, señora?

—Al pescado de agua dulce. Sobre todo a la tilapia.

Esas palabras fueron como un golpe brutal en la cabeza de Álvar.

La imagen del almuerzo pasó veloz por su mente: la tilapia frita en el plato de Clara, la manera en que ella había dudado un instante antes de comer de todos modos, a pesar de que evidentemente se sentía mal.

—Señora… le cuelgo —dijo Álvar de forma escueta, y cortó la llamada sin esperar respuesta.

El corazón le latía cada vez más rápido.

Álvar se volvió hacia su madre.

—Mamá, ¿dónde está Clara?

Susana se sobresaltó al ver el cambio en el rostro de su hijo.

—Dijo que iba a descansar. Seguramente está en el cuarto.

Sin decir una palabra más, Álvar caminó a paso rápido hacia la habitación. Sus zancadas eran largas y apresuradas, el pecho oprimido por un sentimiento que no quería reconocer: angustia.

Abrió la puerta del cuarto sin tocar.

—Clara… —la voz de Álvar se le atoró en la garganta.

La escena frente a sus ojos le heló la sangre.

El cuerpo de Clara yacía desplomado sobre la cama. Respiraba con dificultad, el pecho le subía y bajaba de forma irregular. El rostro se le había hinchado, sobre todo alrededor de los ojos y los labios. Su piel blanca estaba cubierta de manchas rojas que se extendían rápidamente hasta el cuello y los brazos.

Álvar entró de inmediato en el cuarto al ver aquello.

—¡Clara! —su voz se elevó mientras se acercaba a toda prisa—. ¿Qué te pasó?

Clara abrió los ojos con gran esfuerzo. Su voz salió débil, casi inaudible.

—Mi alergia… me dio un brote.

Álvar se tensó.

—¿Tu medicina?

Clara negó despacio con la cabeza; su respiración se hacía cada vez más pesada.

—Se me olvidó… meterla en la maleta antes de salir.

Aquellas palabras dejaron a Álvar en silencio por un instante. La culpa lo golpeó sin piedad. Recordó sus comentarios despectivos durante el almuerzo, la forma en que había menospreciado la comida del pueblo, la mirada furiosa de Clara que eligió callarse y tragarse todo sola.

Sin pensarlo dos veces, Álvar deslizó una mano bajo las rodillas de Clara y la otra le sostuvo la espalda. La levantó en brazos con destreza.

—Sujétate —le dijo con firmeza, aunque la voz le temblaba.

La puerta de la habitación se abrió de par en par cuando Álvar salió cargando a Clara.

—¡Dios mío! —Susana se llevó las manos a la boca, presa del pánico al ver el estado de su nuera—. ¿Qué le pasó, Álvar?

—Le dio un brote de alergia, mamá. Grave —respondió Álvar con sequedad, el rostro tenso.

Cuando llegaron a la sala, la puerta principal se abrió. Don Higinio acababa de entrar; su cuerpo cojeaba levemente, apoyándose en un bastón porque la pierna aún no se le había recuperado del todo.

—¿Qué está pasando? —preguntó Don Higinio alarmado al ver a Álvar cargando a Clara, que lucía cada vez más débil.

—Tenemos que ir al centro de salud ahora mismo, papá —dijo Álvar con rapidez—. Clara necesita atención.

Sin esperar más, Álvar volteó con brusquedad hacia su padre.

—Papá, las llaves del carro.

Don Higinio no dijo gran cosa. Se apresuró a buscar en el bolsillo del pantalón y le entregó las llaves a Álvar.

—Maneja con cuidado, Álvar. Ve despacio —le encargó Don Higinio.

Álvar asintió con brevedad y luego caminó rápido hacia el patio. Sus manos apretaban el cuerpo de Clara con más fuerza, como si temiera que ella se le escapara cada vez más.

Dentro de su pecho, solo había un pensamiento que giraba sin cesar: A Clara no puede pasarle nada.

En cuanto el carro se detuvo frente al centro de salud de la Aldea de Tugu Norte, Álvar abrió la puerta de inmediato y bajó primero. Sin esperar a nadie, cargó a Clara fuera del vehículo. El rostro de la joven estaba cada vez más pálido, los labios se le veían amoratados, mientras que las manchas rojas en la piel no cedían.

—¡Doctor! —gritó una de las enfermeras al ver el estado de Clara.

Varias enfermeras y un médico general salieron enseguida. Las miradas de todos se posaron al mismo tiempo en Álvar. Casi todos en el centro de salud lo conocían: el hijo del alcalde Don Higinio y a la vez un ginecólogo-obstetra que había causado revuelo en el pueblo por negarse a trabajar en su propio centro de salud.

—¿Álvar? —una de las enfermeras se sorprendió—. ¿Qué pasó?

—Alergia severa —contestó Álvar sin detenerse—. Necesita atención de inmediato.

Sin hacer más preguntas, la enfermera abrió la puerta del consultorio.

—Tráigala por aquí.

Álvar entró y depositó a Clara con cuidado sobre la camilla. Las manos todavía le temblaban, el pecho le subía y bajaba de forma irregular.

El médico general se acercó y comenzó a revisar la presión arterial y la respiración de Clara.

—¿Alergia a qué?

—Pescado de agua dulce. Tilapia —respondió Álvar sin titubear.

Una enfermera volteó rápido.

—Preparamos la inyección de antihistamínico y el oxígeno.

Álvar asintió.

—Rápido.

Cuando le colocaron la mascarilla de oxígeno a Clara, Álvar permaneció de pie junto a la camilla, la mirada fija en aquel rostro pálido. Los puños cerrados con fuerza, la mandíbula apretada conteniendo la emoción.

—Resiste, Clara —murmuró en voz baja, casi como una plegaria—. No se te ocurra ponerte peor.

Fuera del consultorio, se oían pasos y murmullos. Algunos vecinos cuchicheaban, curiosos. Para ellos, era un espectáculo poco común: ver a Álvar, siempre tan sereno, ahora tan visiblemente alterado y fuera de control.

¡Idiota, eres un idiota, Álvar!, se reprochó en silencio.

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