Evolett aprendió demasiado pronto que el mundo podía ser un lugar cruel. Durante dos años, sobrevivió en silencio, escondiendo sus heridas detrás de una mirada tímida y un corazón que ya no confiaba en nadie.
Hasta que apareció Will Cleim.
Él no la mira con lástima. No intenta salvarla. Simplemente decide quedarse.
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capitulo 10
El apartamento olía a humedad y a té de manzanilla. Lena había insistido en abrir la ventana para ventilar, a pesar del frío de la noche, y ahora el aire fresco se mezclaba con el aroma reconfortante de la infusión. La película en el televisor, una comedia romántica francesa con diálogos absurdos, parpadeaba en la pantalla, pero ninguna de las dos la estaba mirando realmente.
Evolett estaba sentada en el borde de la cama, con una taza humeante entre las manos, observando cómo el vapor se enroscaba hacia el techo. Lena ocupaba la única silla, con las piernas recogidas bajo el cuerpo y una expresión que alternaba entre la curiosidad y la cautela.
—¿Quieres hablar de lo que pasó?
preguntó Lena al fin, rompiendo el silencio.
Evolett negó con la cabeza.
—No hay mucho que decir. Fue un ataque de pánico. Ya sabes cosas que pasan.
—Sí, pero esto fue diferente.
Lena se inclinó hacia adelante.
—No fue solo un ataque de pánico. Fue como si... no sé, como si hubieras visto un fantasma.
Evolett apretó los labios. Lena era más perspicaz de lo que aparentaba. Siempre lo había sido.
—No vi un fantasma
respondió, con voz baja.
—Solo... el chico que chocó conmigo me agarró los brazos fuerte. Y fue como si mi cerebro se desconectara. Como si estuviera en otro lugar.
—¿En qué lugar?
Evolett guardó silencio. La pregunta colgó en el aire como una hoja a punto de caer.
—No quiero hablar de eso
dijo al fin.
Lena asintió, sin presionar.
—Está bien. No tienes que hacerlo. Pero quiero que sepas que cuando quieras hablar, estaré aquí. Y si no quieres hablar, también estaré aquí. En silencio, si es necesario.
Evolett sintió una punzada de gratitud tan intensa que casi le dolía. Lena no preguntaba, no exigía. Solo ofrecía su presencia sin condiciones.
—Gracias Lena, y tranquila estoy bien.
susurró.
—De nada, tonta
respondió Lena, con una sonrisa.
—Ahora, cuéntame sobre Will Cleim. Porque el chófer vino a buscarme, me llevó a la clínica, y cuando llegué, él estaba esperando en la entrada. Me dijo que estabas bien, que te habías recuperado, y que te llevara a casa. Pero no me dijo nada más. Hay algo entre ustedes?
Evolett sintió que el calor subía a sus mejillas.
—No, no hay nada y no hay mucho que contar. Me ayudó. Me calmó. Y me ofreció un trabajo como ya sabes.
Lena la moto fijamente.
—ese trabajo es una joya, debes decirle que si Evo
—Lo estoy pensando.
se defendió Evolett.
—en la clínica me dijo que está desarrollando una nueva línea y que busca diseñadores jóvenes. Que vio algo en mí.
—¡Vio algo en ti!
exclamó Lena, con los ojos brillando.
—¡Eso es increíble!. Yo que tú le decía si de una.
—le dije que lo pensaría. No es tan fácil como crees Lena.
—deja de pensar tanto Evo
Lena la miró como si hubiera dicho la cosa más absurda del mundo.
—Evolett, es la oportunidad de tu vida. No puedes pensarlo. Tienes que aceptarlo.
—que no es tan fácil.
respondió Evolett, con voz tensa.
—No sé si estoy lista para algo así. No sé si puedo confiar en él. En nadie.
Lena la observó durante un largo momento. Luego, con una suavidad que contrastaba con su energía habitual, habló.
—No sé qué te pasó, Evolett. Y no voy a preguntarte porque sé que no quieres decírmelo. Pero sí veo que has estado encerrada en ti misma durante mucho tiempo. Y que cuando algo bueno aparece, tu primera reacción es huir, lo he visto.
Evolett bajó la mirada.
—No es huir. Es protegerme.
—¿Y si esta vez no necesitas protegerte?
preguntó Lena.
—¿Y si esta vez, te dejas caer?
El silencio se alargó entre ellas. Evolett sintió que las palabras de su amiga se clavaban en algún lugar profundo, en ese rincón de su corazón donde guardaba todos los miedos.
—No sé si puedo
dijo, con la voz quebrada.
—No tienes que saberlo ahora. Pero piensa en esto, mañana te despiertas y decides intentarlo. Y si sale mal, siempre puedes volver a esconderte. Pero si nunca lo intentas, te pasarás la vida preguntándote qué habría pasado.
Evolett levantó la mirada y encontró los ojos de Lena, brillantes y sinceros.
—¿Cuándo te volviste tan sabia?
preguntó, con una sonrisa temblorosa.
—Siempre lo he sido
respondió Lena, con una sonrisa amplia.
—Solo que no me escuchabas.
A la mañana siguiente, Evolett se despertó con el sol entrando por la ventana y el olor a café llegando desde la cocina diminuta. Lena ya estaba allí, con el pelo alborotado y un delantal prestado que le quedaba demasiado grande, preparando algo que olía a tostadas y mermelada.
—Buenos días, dormilona
canturreó, sin volverse.
—He hecho café. Y tostadas. Y he encontrado mermelada de fresa en tu nevera, que está a punto de caducar, pero sigue siendo comestible.
Evolett se incorporó lentamente, sintiendo que el cuerpo le dolía como si hubiera corrido un maratón. Pero había algo diferente en el aire. Una ligereza que no sentía desde hacía mucho tiempo.
—No sabía que tenías habilidades culinarias
dijo, con voz ronca.
—No las tengo
admitió Lena, girándose con una sonrisa.
—Pero las tostadas son difíciles de arruinar. Aunque una vez quemé unas y tuve que abrir la ventana durante una hora.
Evolett rió. Fue una risa pequeña, apenas un susurro, pero fue real. Lena la miró con una expresión de triunfo.
—¡Lo logré! Te hice reír. Eso merece un premio.
—¿Qué premio, loca?
—preguntó Evolett, mientras se levantaba y caminaba hacia la mesa.
—Tienes que aceptar el trabajo de Will Cleim. Es mi condición.
Evolett se detuvo y la miró, con la taza de café en la mano.
—No puedes condicionar un premio a algo tan importante.
—Claro que puedo. Soy tu mejor amiga. Tengo derechos especiales.
Evolett negó con la cabeza, pero no pudo evitar que una sonrisa se formara en sus labios.
—Lo pensaré. Te lo prometo.
—Eso no es suficiente
insistió Lena, con una sonrisa pícara.
—Quiero que me prometas que llamarás. Hoy. Antes de que te dé tiempo a cambiar de opinión.
Evolett guardó silencio. La tarjeta de Will Cleim estaba en su cartera, en la mesita de noche, esperando.
—De acuerdo
dijo al fin, y la palabra salió más firme de lo que esperaba.
—Llamaré hoy.
Lena soltó un gritito de emoción y la abrazó con tanta fuerza que Evolett casi derrama el café.
—¡Eso es todo lo que quería oír!
exclamó.
—Ahora, come tus tostadas. Vamos a preparar tu discurso.
—¿Mi discurso?
preguntó Evolett, confundida.
—Sí, tu discurso para convencer a Will Cleim de que contratarte es la mejor decisión que ha tomado en su vida. Porque lo es, y tienes que creértelo.
Evolett la miró, sintiendo una mezcla de miedo y emoción. No sabía si estaba lista para dar ese paso. Pero necesitaba intentarlo.