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Renací: se acabó la niña buena

Renací: se acabó la niña buena

Status: Terminada
Genre:Timetravel / Venganza / Mujer poderosa / Reencarnación / Amante arrepentido / Villana / Completas
Popularitas:631
Nilai: 5
nombre de autor: Irin_Kokh

Mi hermana me empujó por las escaleras. Yo estaba embarazada de nueve meses. Mi marido se quedó arriba, arrullando al bebé que había tenido con ella.
No bajó a ayudarme.
Morí. Y desperté con doce años.
Mi abuela seguía viva. Mi hermana aún sonreía como un ángel. Y mi familia todavía creía que podía decidir por mí.
Esta vez recuerdo cada mentira. Sé quién va a traicionarme y quién merece que lo salve. Puedo sonreírles, seguirles el juego y esperar el momento de devolver el golpe.
Voy a proteger a mi abuela, recuperar mi voz y conquistar los escenarios que abandoné por amor. Entre cámaras, trampas y escándalos, quienes quisieron verme de rodillas tendrán que verme triunfar.
Pero ni siquiera mis recuerdos me preparan para Emiliano, sus secretos y el riesgo de volver a confiar.
¿Quieren una villana?
Que se acomoden. Mi historia apenas comienza.

NovelToon tiene autorización de Irin_Kokh para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 17

Cap 17: La cena que nadie probó

Para la cena de Año Nuevo, Genaro quiso invitar a mi abuela Remedios.

—Hace mucho que no la vemos —dijo por teléfono.

Yo estaba cerca de Cuca y alcancé a oírlo. Desde que me habían sacado de su casa, mi padre no había preguntado una sola vez por ella.

La cena se haría en el departamento que mis abuelos paternos rentaban. Era pequeño, pero Cuca prefería recibir a Herminia ahí antes que sentarse en su mesa. Genaro aceptó enseguida. También propuso traer a Remedios desde el rancho, aunque a la hora de organizar el viaje ya no encontraba quién pudiera ir.

Al final, don Fabián mandó un coche por ella.

Llegó el treinta y uno, con tamales para compartir y un suéter que había remendado para mí. Lo sostuvo frente a mis hombros para ver si todavía me quedaba.

—Te estás estirando, mija.

Yo llevaba desde temprano en la cocina. Había comprado pollo, arroz y lo necesario para el mole con dinero de mis diseños. Quería sentarme junto a ella y contarle del festival que preparaban en la escuela, de Lucero, de cualquier cosa que no la dejara preocupada al volver.

No llegamos a servir los platos.

Genaro le acercó una silla a Efraín y empezó a hablar de un puesto de desayunos. Tenían visto un local cerca de las oficinas; Cuca podía cocinar, él atendería y Efraín se ocuparía de las compras.

—Sería algo de la familia, suegra. Para salir adelante todos.

Mi abuela dejó de desenvolver los tamales.

—¿Y cuánto les falta?

—Depende de lo que usted pueda poner. Si vendiera una parte de sus tierras…

Le toqué el brazo. No quería decidir por ella, pero tampoco iba a esperar a que le pusieran una pluma en la mano.

—Abuela, les puede decir que no.

Efraín soltó una risa breve.

—Nadie la está obligando. Tú no te metas.

Saqué de mi mochila la copia que había llevado por si mi padre volvía a pedirle dinero. Era un pagaré distinto del préstamo que mi mamá había liquidado: este lo había firmado Efraín para su operación del ojo.

Lo dejé junto a su plato.

—¿Éste sí se lo pagó?

Mi abuelo miró el papel antes de mirarme a mí.

—Eso fue hace muchísimo.

—Diez años —dijo Remedios—. Me diste una parte cuando vendiste las vacas. Lo demás quedó pendiente.

Efraín acomodó sus lentes y acercó la copia. Por un momento pareció dispuesto a discutir la cantidad. Luego la dobló y me la devolvió.

—Lo podemos arreglar entre adultos.

—Pues arréglenlo antes de pedirle otra vez.

—¡Daniela! —me cortó Cuca.

Mi abuela me apretó la mano por debajo de la mesa. Creí que iba a disculparse por mí. En cambio, se dirigió a Genaro.

—La tierra ya la renté. A Nicanor. Cinco años.

Mi padre se volvió hacia mí.

—¿Qué anduviste haciendo?

—Yo busqué quién revisara el contrato. Ella decidió.

Lo habíamos arreglado en octubre. Mi abuela había leído los papeles con ayuda de un abogado antes de firmarlos, y el original se había quedado con ella. Rogelio me había conseguido el contacto; esa parte preferí guardármela.

—Nicanor me paga cada temporada —añadió Remedios—. Así tengo para mis gastos sin vender.

—Pero nosotros somos su familia —insistió Genaro.

Mi abuela bajó los ojos hacia los tamales. Le costaba sostenerles la mirada. Yo conocía ese gesto: todavía estaba buscando una forma de negarse sin hacerlos sentir rechazados.

—Precisamente —dije—. Debería poder venir a cenar sin traerles dinero.

Herminia apartó su silla.

—A ver si con esa manera de hablar te dura mucho quien te aguante.

No le respondí. Mi abuela seguía sentada a mi lado y no quería convertir su visita en otra pelea mía.

Genaro se levantó poco después. Dijo que ya se les había hecho tarde, que Ulises debía volver a donde se estaba quedando. Antes de irse, pidió las ollas para llevar la comida a su casa.

Yo vi cómo las acomodaba en una caja. Había picado la cebolla, probado el mole y apartado la pieza que le gustaba a mi abuela. No me salió ofrecerle nada.

Remedios volvió a envolver sus tamales.

Cuando pregunté dónde iba a dormir, Cuca señaló el sillón ocupado por las cosas que habían movido para la cena.

—Aquí nos acomodamos como podemos. Si hubieras avisado con tiempo…

Ella misma la había invitado.

Llamé a Susana desde el pasillo. Me consiguió una habitación en un hotel cercano y acordamos descontarla de mi dinero. Mi abuela llevaría su identificación; yo dormiría con ella. Luego volví por su bolsa.

—Ya tenemos dónde quedarnos.

—No gastes tanto, mija. Una noche se pasa donde sea.

—Hoy quiero dormir bien con usted.

Eso sí me lo aceptó.

Estábamos esperando un taxi cuando se detuvo la camioneta de los Fuentes. Don Fabián bajó el vidrio y preguntó si necesitábamos que nos acercara. Mi abuela se puso a agradecerle también el viaje desde el rancho; yo le di la dirección del hotel.

Rogelio se recorrió en el asiento de atrás para hacernos espacio. Remedios le ofreció un tamal. Él lo recibió sobre una servilleta, todavía caliente por dentro.

Ofelia encontró un paquete de guantes entre las bolsas que llevaba a sus pies y me lo tendió.

—Toma. Para que también te toque algo.

Le di las gracias y abrí el paquete. Mi abuela me estaba frotando las manos para calentármelas; prefería que dejara de preocuparse por eso.

—Te cortaste el pelo —dijo Rogelio.

Me lo había dejado a la altura de la mandíbula. Tardaba menos en lavarlo y ya no se me atoraba en la mochila.

—Sí.

Esperó a que mi abuela se inclinara para hablar con don Fabián.

—¿Sí les sirvió el abogado?

—Sí. Ya quedó lo de la renta.

—Entonces acuérdate de que me debes una.

Había sido yo quien se lo prometió al pedirle ayuda. No podía fingir que no recordaba.

—Un favor, Rogelio.

Él sonrió y siguió comiendo. Me habría tranquilizado más que pidiera algo de una vez.

Esa noche mi abuela y yo cenamos los tamales que quedaban, sentadas al borde de la cama del hotel. Al principio quiso hablar de Genaro. Después me preguntó por mis amigas y le enseñé una foto de Lucero haciendo una mueca en el salón.

Se rio tanto que tuve que acercarle un vaso de agua.

Antes de que regresara al rancho, le propuse pagarle a doña Chole para que pasara a verla. Acordamos juntas qué necesitaba: compañía algunas tardes, ayuda con las compras y que me avisara si se sentía mal. Chole vivía cerca y aceptó una cantidad mensual. Mi abuela seguiría llevando sus pastillas como le habían indicado.

Por unas semanas, ésa fue mi mayor preocupación resuelta.

Luego Efraín y Cuca vendieron su casa del pueblo. Yo creí que buscarían un departamento propio. En lugar de eso, dejaron la renta y se instalaron en el antiguo cuarto de Ulises, en casa de Genaro.

—No vamos a tirar el dinero cuando hay espacio —explicó Cuca mientras hacía las maletas.

Le recordé por qué me habían sacado de allí.

—Ahora estamos nosotros. Tu padre sabe que no puede tocarte.

Habían comunicado el cambio como algo provisional y seguían siendo quienes debían cuidarme. Para ellos, con eso bastaba. A mí nadie me había preguntado si quería volver.

Llamé a Marta antes de guardar mi ropa.

—Me quieren llevar otra vez a esa casa.

Me pidió la dirección, la fecha y que le contara exactamente qué me habían dicho. Mientras anotaba, oí que al otro lado llamaba a Aurelio.

Dejé la mochila abierta. Esta vez, al menos, alguien iba a enterarse antes de que yo cruzara la puerta.

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