Durante siete años, Estela Ríos fue la esposa perfecta.
Renunció a una carrera prometedora, cuidó sola de su hijo y hasta quedó marcada por el accidente en el que salvó la vida de Adrián Valadez, su famoso marido. A cambio, recibió indiferencia, desprecio y un arete de perla que cayó del bolsillo de él la noche en que su amor de juventud regresó al país.
Entonces Estela vio el futuro.
Vio su propia muerte. Vio a Adrián casarse con otra mujer. Y vio a su pequeño Mateo crecer abandonado hasta convertirse en un hombre condenado a un final terrible.
Lo que Estela jamás imaginó fue que su hijo de cuatro años también recordaba aquella vida.
Esta vez, ella no permitirá que nadie escriba su destino. Pedirá el divorcio, luchará por la custodia de Mateo y recuperará la carrera que dejó enterrada durante años. Pero mientras intenta comenzar de nuevo, aparece Maximiliano Alarcón: el multimillonario más codiciado del país, un hombre frío ante el mundo y sorprendentemente dulce con ella y con su hijo.
Max conoce sus flores favoritas, recuerda sus pequeños hábitos y siempre aparece cuando más lo necesita. Estela no entiende por qué… hasta que descubre que él lleva quince años amándola en secreto.
Mientras Adrián comprende demasiado tarde a qué mujer dejó escapar, Estela deberá enfrentarse a una verdad aún más peligrosa: el futuro que vio no fue una casualidad, y alguien alteró su destino mucho antes de que ella pudiera elegir.
Una vez entregó su vida al hombre equivocado.
Esta vez, amará únicamente a quien ella decida.
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Capítulo 8
Capítulo 8: En el coche de Maximiliano
Volvió a llover el viernes, como si la ciudad se hubiera propuesto ponerla a prueba cada vez que salía con Teo.
Llevaba unos días distinta consigo misma. Desde que había decidido divorciarse, desde que guardaba pruebas y abría cuentas y contaba pasos, se había vuelto cuidadosa con todo, y en especial con los hombres: había aprendido, por las malas, lo caro que salía confiar. Así que iba por la vida con la guardia arriba. Por eso lo que pasó esa tarde la desarmó tanto.
Estela había recogido al niño con la niñera de la guardería y bajaban juntos por la banqueta de Polanco, ella con el portafolios sobre la cabeza a modo de techo inútil, Teo brincando charcos, cuando un coche negro y largo se detuvo despacio junto a ellos. Uno que ya había visto. El mismo de aquella tarde del charco. Se le apretó algo en el estómago, mitad alerta, mitad otra cosa que no quiso nombrar. La ventanilla trasera bajó sola.
—Suban —dijo el hombre de la lluvia—. Se van a enfermar.
Estela se quedó parada bajo el agua.
—No hace falta, gracias. Ya casi...
—El niño está temblando. —No lo dijo con dureza. Lo dijo como quien constata algo que a él le importa—. Suban, por favor.
Teo ya jalaba la manija. Y Estela, que no confiaba en los extraños, se descubrió confiando en ese, sin saber por qué, contra todo su instinto entrenado. Subieron.
Adentro olía a cuero y a algo limpio, amaderado. El chofer, al frente, no volteó. El hombre iba del otro lado del asiento, con una distancia perfecta entre él y ella, ni un centímetro de más.
—A Nébula ya no, imagino. A su casa. —Le dio la dirección al chofer. La dirección correcta. La de ella.
A Estela se le enfrió la nuca.
—¿Cómo sabe dónde vivo?
—Su gafete —dijo él, sin mirarla, señalando apenas el credencial que le colgaba todavía del cuello—. Dice la colonia.
No decía la calle. No decía el número. Pero él ya se los había dado al chofer. Estela abrió la boca para señalarlo, y en ese momento Teo estornudó, y el hombre, sin pensarlo, se quitó el saco y se lo echó al niño encima antes de que ella alcanzara a moverse. Lo acomodó con un cuidado que no cuadraba con esa cara de piedra, subiéndole la solapa hasta la barbilla, y le revolvió el pelo una vez, corto, como si lo hubiera hecho mil veces.
Teo lo miró desde adentro del saco enorme, muy quieto, y por primera vez no lo estudió con recelo. Se acurrucó.
—Usted es el señor del sueño —dijo el niño, con la voz pastosa del que se está quedando dormido—. El que nos cuidaba de lejos.
Estela se apuró a disculparlo.
—Perdón, dice muchas cosas raras últimamente...
—No pasa nada. —Maximiliano no apartó los ojos del niño, y algo en su cara, por un instante, pareció a punto de quebrarse antes de volver a acomodarse—. Los sueños de los niños casi siempre tienen razón.
—Usted es bueno con él —dijo Estela en voz baja, y era medio pregunta, medio asombro.
—Los niños no tienen la culpa de nada. —El hombre miró por la ventana la lluvia correr—. Merecen que alguien esté pendiente. Aunque no lo pidan. Aunque nadie se dé cuenta.
Lo dijo con una convicción rara, honda, como quien habla de sí mismo sin querer. Estela lo miró de reojo y se preguntó qué clase de infancia había tenido ese hombre para decir una cosa así.
Estela esperó a que él preguntara. Los hombres como él siempre preguntaban: en qué trabajaba, quién era el papá del niño, si estaba casada, por dónde meterse. Pero Maximiliano Alarcón no preguntó nada. Miraba la calle, la dejaba en paz, y ese silencio suyo, en lugar de incomodarla, la fue soltando poco a poco, como cuando uno afloja los hombros sin darse cuenta.
—¿Usted también trabaja en Nébula? —se atrevió ella al fin, por decir algo.
—Tengo tratos con mucha gente en ese medio —contestó él, sin dar más—. Es un mundo chico.
Fueron un rato en silencio. Estela se frotó las manos, heladas como siempre, un gesto viejo, involuntario.
—A mi mamá siempre se le enfrían las manos —dijo Teo desde el saco, medio dormido—. Aunque no haga frío.
El hombre volteó a verle las manos. No dijo nada. Pero algo en su quietud cambió, se puso más atento, como si acabara de guardar ese dato en un lugar que ya tenía muchos datos de ella.
—Me presento tarde —dijo por fin—. Maximiliano Alarcón. —Le tendió una tarjeta, sobria, con solo un nombre y un número—. Si en algún momento Nébula necesita respaldo para algo, o si usted lo necesita, llame a ese número. A cualquier hora.
Estela tomó la tarjeta. El apellido le sonaba de las páginas de negocios, del tipo de nombre que sale en la lista de los más ricos del país. Un hombre así, dándole su número personal a una empleada nueva que conoció en un charco. No tenía sentido. Nada de él tenía sentido, y sin embargo todo en él —la calma, la manera de cuidar a Teo, esos ojos con la puerta mal cerrada— le resultaba, de un modo que no podía explicar, familiar.
El coche se detuvo frente a su edificio. La lluvia empezaba a amainar.
—Gracias, señor Alarcón. De verdad. —Estela empezó a quitarle el saco a Teo para devolvérselo.
—Quédeselo hasta la puerta. Me lo manda después. —Él bajó del coche primero, rodeó por atrás bajo la llovizna y le abrió la puerta a ella. Un gesto pequeño, de esos que no cuestan nada y que, sin embargo, ningún hombre le hacía desde hacía años; Adrián ni siquiera le abría la del refrigerador. Le tendió la mano para ayudarla a bajar.
Estela dudó. Después puso su mano fría en la de él.
Y al hacerlo, él notó de nuevo el frío. Frunció apenas el ceño. Metió la otra mano al bolsillo interior del saco que traía Teo, sacó algo de ahí —un pañuelo doblado, de seda oscura, suyo— y, todavía sosteniéndole la mano, se lo puso a ella en la palma y le cerró los dedos encima con los suyos.
—Para las manos —dijo. Y su voz bajó, se hizo grave y cercana, y la distancia perfecta de todo el trayecto se rompió de golpe cuando la tuteó sin darse cuenta, o dándose toda la cuenta del mundo—. Guárdalo. Te queda mejor a ti.
El "usted" con el que la había tratado toda la tarde se había caído como se cae una máscara. Y en ese tú había demasiada confianza para dos personas que se acababan de conocer en un charco. Había años. Había algo dicho por debajo de las palabras que Estela no entendió, pero sintió, entera, subiéndole por el brazo desde el punto exacto donde los dedos de él seguían cerrados sobre los suyos.
Sus dedos seguían cerrados sobre los de ella. La lluvia repiqueteaba en el techo del coche. Teo dormía. Y por un segundo el mundo se redujo a esa mano tibia sosteniendo la de ella y a esos ojos que la miraban como si la conocieran de toda la vida.
Y Estela, con el corazón de pronto en la garganta, se quedó sin una sola palabra.