La familia de Valentina está al borde de la ruina. Para salvar el apellido y las empresas familiares, ella acepta —o es prácticamente obligada— a casarse con un ranchero millonario de un pequeño pueblo del sur. Ella esperaba un hombre viejo y desagradable. En cambio encuentra a: Ethan Blackwood Treinta y pocos. Alto. Callado. Brutalmente atractivo. Dueño de miles de hectáreas, ganado premiado y medio pueblo. Un hombre que vive con botas embarradas, monta caballos al amanecer y odia todo lo que representa la alta sociedad de la ciudad. Y ahora tiene una esposa que llega al rancho con tacones, maletas de diseñador y cero idea de cómo sobrevivir lejos del wifi.
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La caída de los Rossi
La lluvia golpeaba las ventanas del penthouse mientras la música seguía sonando en el enorme salón iluminado.
Champaña.
Vestidos brillantes.
Risas falsas.
Y en el centro de todo estaba:
Valentina Rossi
Hermosa. Elegante. Impecable.
Con un vestido negro ajustado y una copa en la mano, sonreía como si el mundo entero estuviera bajo sus pies.
Porque toda su vida había sido así.
Lujo.
Control.
Poder.
—Valentina, ¿vas a venir a Ibiza este verano o seguirás ignorándonos? —preguntó una de sus amigas entre risas.
—Depende de si encuentro algo mejor que hacer.
—Eres insoportable.
—Y aun así me aman.
Las chicas soltaron carcajadas.
Valentina sonrió apenas, acostumbrada a que todos giraran alrededor suyo. No porque fuera cruel… simplemente había crecido aprendiendo que la debilidad era peligrosa.
Los Rossi no eran una familia cualquiera.
Eran una dinastía.
Hoteles. Inversiones. Viñedos.
Dinero viejo mezclado con ambición despiadada.
Y su padre esperaba perfección.
Siempre.
El celular vibró en su mano.
Papá.
La sonrisa desapareció apenas un poco.
—Debo irme.
—¿Ahora? La fiesta recién empieza.
—Entonces sobrevivan sin mí.
Tomó su bolso de diseñador y salió del salón entre miradas y saludos.
El ascensor privado la llevó directo al último piso del edificio Rossi.
El silencio allí arriba era distinto.
Pesado.
Frío.
La puerta del despacho de su padre ya estaba abierta.
Ricardo Rossi
ni siquiera levantó la mirada de los documentos.
—Llegas tarde.
—Estaba abajo. En la gala. La que tú organizaste.
—Siéntate.
Eso hizo que algo en su pecho se tensara.
Su padre jamás pedía. Ordenaba.
Valentina se sentó lentamente frente al enorme escritorio de madera oscura.
Entonces notó algo raro.
Whisky abierto.
Corbata floja.
Ojeras.
Su padre parecía… cansado.
Y eso no era normal.
—¿Qué pasó?
Ricardo soltó el vaso lentamente.
—Estamos perdiendo la empresa.
El mundo pareció quedarse en silencio.
Valentina rio apenas, incrédula.
—No tiene gracia.
—No estoy bromeando.
Ella dejó la cartera sobre sus piernas.
—¿Cómo que perdiendo?
—Malas inversiones. Deudas. Un socio nos traicionó. Los bancos quieren cobrar antes de fin de año.
Por primera vez en años, Valentina sintió miedo real.
No miedo social.
No miedo al ridículo.
Miedo de verdad.
—Pero… somos los Rossi.
—Y eso ya no significa nada.
Las palabras golpearon más fuerte que la tormenta afuera.
Valentina tragó saliva.
—Lo arreglarás.
Su padre levantó la mirada finalmente.
Y ella entendió algo horrible.
No podía arreglarlo.
—Hay una solución —dijo él.
Ella frunció el ceño.
—No me gusta cómo suena eso.
Ricardo deslizó un documento sobre el escritorio.
Un apellido destacaba sobre todos los demás.
Blackwood.
—¿Qué es esto?
—Un acuerdo.
—¿De negocios?
Silencio.
Entonces lo entendió.
Y lentamente levantó la vista.
—No.
—Valentina—
—No.
Su padre endureció el rostro.
—Necesitamos esta alianza.
—¿Quieres venderme?
—Quiero salvar esta familia.
—¡Soy tu hija, no un contrato!
Ricardo golpeó el escritorio.
—¡Todo lo que tienes existe gracias a esta familia!
El silencio cayó brutal entre ambos.
Valentina sintió los ojos arder.
No iba a llorar.
Nunca frente a él.
—¿Quién es?
—Un ranchero de Montana.
Ella soltó una risa incrédula.
—¿Un qué?
—Su familia posee tierras, petróleo y ganado. Mucho dinero. Quiere expandir inversiones hacia la ciudad.
—Entonces busca una socia, no una esposa.
—Él puso condiciones.
Valentina se levantó abruptamente.
—Pues dile que se vaya al infierno.
Tomó su bolso y caminó hacia la puerta.
—La boda es en tres semanas.
Ella se detuvo.
El aire dejó de entrar a sus pulmones.
—No puedes obligarme.
—Si rechazas esto… perderemos todo.
Valentina giró lentamente.
Y por primera vez vio algo peor que autoridad en los ojos de su padre.
Desesperación.
—¿Cómo se llama?
Ricardo dudó apenas.
—Ethan Blackwood.
La lluvia siguió cayendo contra las ventanas de la ciudad mientras el mundo perfecto de Valentina Rossi empezaba a derrumbarse.