Selene tiene veintidós años y un matrimonio que es su propia jaula de oro. Para su esposo, el implacable magnate Maximiliano Valente, ella no es más que una niña interesada que se vendió por un apellido de peso y una cuenta bancaria sin límites. Convencido de que Selene solo busca su dinero, Maximiliano se dedica a humillarla, refugiándose en los brazos de una amante manipuladora que alimenta su desprecio con mentiras.
Pero Maximiliano ha cometido un error fatal: confundir el silencio de Selene con sumisión absoluta. Tras una noche de crueldad insoportable, Selene decide que ya no le importa su fortuna ni su perdón. Mientras él cree tener todo bajo control, ella empieza a preparar su desaparición silenciosa, dispuesta a empezar de cero, lejos de su opresión.
Maximiliano Valente está a punto de descubrir que el desprecio tiene un precio... y que cuando Selene se marche, el vacío que deje será algo que ni todos sus millones podrán llenar.
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La intriga de una serpiente
Pasado
En el lujoso apartamento de Alessandra, el aire siempre olía a sándalo y a una sofisticación calculada. Mientras en la mansión Valente reinaba el silencio sepulcral de la tristeza de Selene, aquí todo estaba diseñado para ser un refugio de placer y confidencias oscuras.
Alessandra Villarreal observaba a Maximiliano desde el diván, viéndolo beber una copa de coñac con la mirada perdida en el horizonte de la ciudad. Ella sabía exactamente qué hilos tensar. Durante dos años, no había pasado una sola semana sin que ella sembrara una semilla de duda en la mente del hombre más poderoso de la región.
—Mírate, Max —susurró Alessandra, acercándose a él con la elegancia de una pantera y rodeándole el cuello con sus brazos de seda—. Estás agotado. Y todo por esa niña... esa Arismendi que solo sabe darte problemas.
Maximiliano cerró los ojos, dejando que el contacto de Alessandra lo distrajera, pero la imagen de Selene en el jardín seguía allí, punzante.
—Ella no es un problema, Alessandra. Es... terca —respondió él con voz ronca.
Alessandra soltó una risa suave, casi compasiva, mientras sus dedos acariciaban las sienes de Maximiliano. Era el momento de atacar.
—No es terca, mi amor. Es astuta. ¿De verdad crees en esa mirada de ciervo asustado que te pone cada vez que llegas a casa? —Alessandra se separó un poco para mirarlo a los ojos, fingiendo una preocupación sincera—. Conozco a los Arismendi. Roberto la crió para ser su mejor carta de triunfo. Ella se casó contigo por el apellido, Max. Por la cuenta bancaria que le permite comprarse esos vestidos que luce con tanta "humildad".
—Ella dice que me amaba... —murmuró Maximiliano, casi para sí mismo.
—¡Oh, por favor! —Alessandra fingió una carcajada de incredulidad—. ¿Amarte? Una mujer que te ama no acepta un contrato matrimonial de millones de dólares como si estuviera vendiendo un terreno. Ella vio el oro en tus manos y abrió las piernas, así de simple. Lo que pasa es que Selene es experta en el papel de víctima. Sabe que si te hace sentir culpable, tú seguirás soltando dinero para su padre y para sus caprichos.
Alessandra le susurraba estas cosas al oído noche tras noche, actuando como una "voz de la conciencia" distorsionada. Su objetivo era claro: Maximiliano no debía voltear a ver nunca a su esposa como la mujer hermosa, inteligente y pura que realmente era. Alessandra necesitaba que él la viera como una parásito, como una estafadora emocional.
—La única que te ama sin contratos de por medio soy yo, Maximiliano —le decía ella, hundiendo sus uñas ligeramente en su espalda—. Yo estuve contigo cuando no tenías tanto poder, y estaré cuando esa niña se canse de jugar a la casita y se busque a otro que le pague más. Porque eso hacen las mujeres como ella: saltan de una fortuna a otra.
Cada vez que Maximiliano sentía un impulso de ternura hacia Selene, o cada vez que la veía leer en la biblioteca y se quedaba prendado de su serenidad, las palabras de Alessandra volvían a su mente como un eco venenoso: "Es una actuación", "Solo quiere tu dinero", "Se burla de ti a tus espaldas".
Fue Alessandra quien le sugirió, entre besos y copas de vino, que la encerrara cuando intentó huir por primera vez.
—Si la dejas ir así, Max, se reirá de ti en todos los clubes de la ciudad. Dirá que el gran Maximiliano Valente no pudo retener a una chiquilla de veinte años. Tienes que quebrarla, demostrarle que el dinero que su padre recibió tiene un precio de obediencia. El encierro le recordará quién es el que manda en ese contrato.
Maximiliano, cegado por su propio ego y por la manipulación constante de su amante, terminó creyendo que su crueldad era "justicia". Alessandra logró que el deseo que él sentía por Selene se transformara en una rabia posesiva. No podía amarla porque Alessandra le había convencido de que Selene no era digna de amor, solo de control.
Presente.
De vuelta en el despacho de la mansión, tras el fracaso en la búsqueda de su esposa, Maximiliano recordó las palabras de Alessandra de la noche anterior: "Si se escapó, es porque ya encontró a alguien con más dinero que tú, o porque su padre tiene un plan nuevo para sangrarte".
La ira de Maximiliano se alimentaba de esas mentiras. Alessandra se aseguraba de que él nunca viera la realidad: que Selene se iba sin nada, solo con una mochila y su dignidad, demostrando que el dinero era lo que menos le importaba.
—Alessandra tiene razón —rugió Maximiliano solo en su despacho, golpeando la mesa—. Te fuiste porque ya no podías sacarme más, Selene. Pero no voy a permitir que te burles de mí.
Mientras tanto, en su propio apartamento, Alessandra brindaba a solas frente al espejo.
—Buen viaje, Selene Arismendi —brindó con una sonrisa gélida—. Espero que el mundo te trague, porque si Maximiliano te encuentra antes que yo... me aseguraré de que desees nunca haber nacido.
Alessandra sabía que si Selene regresaba y Maximiliano descubría la verdad —que su esposa nunca lo engañó, que nunca quiso su dinero y que Alessandra había estado mintiendo durante dos años—, su reinado llegaría a su fin. Y ella no estaba dispuesta a perder al hombre, ni a la fortuna, por una "niña" que finalmente había aprendido a defenderse.
La guerra no era solo entre un esposo y una esposa fugitiva; era una partida de ajedrez donde Alessandra Villarreal movía las piezas desde las sombras, dispuesta a sacrificar a la reina con tal de mantener al rey bajo su dominio.