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El Heredero Del Abismo

El Heredero Del Abismo

Status: En proceso
Genre:Demonios / Viaje a un mundo de fantasía / Apocalipsis
Popularitas:262
Nilai: 5
nombre de autor: El Grillo

¿Crees en un mundo perfecto?
Mateo con su consola sin portada... SI aunque tenga que ser por encima quien sea... Asi sea su familia... Culpable ¿SI o NO?

NovelToon tiene autorización de El Grillo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

HUECOS.

Mateo llegó tarde a la clase de estructuras de datos. La profesora ya había empezado a explicar árboles binarios y él entró tratando de no hacer ruido, con la capota del buzo puesta porque no había dormido nada desde lo de la máscara blanca.

Se sentó en la única silla libre, al fondo.

Al lado había un muchacho que no había visto antes en esa materia. Alto, flaco, con un cuaderno sin una sola línea escrita, solo dibujos. Círculos atravesados por una línea. El mismo símbolo de la carta de Zero.

El muchacho lo miró de reojo y le susurró:

—Llegaste tarde porque no querías venir.

Mateo se quedó frío.

—¿Cómo sabes?

—Porque yo también hago lo mismo. Vengo porque si no vengo mi cabeza me habla más duro.

Era Jonás. Sin la máscara blanca. Con una camiseta gris, con la cicatriz de la ceja que se le notaba con la luz del salón. Parecía un estudiante normal, de esos que nadie nota.

—¿Nos conocemos? —preguntó Mateo.

—No, pero te he visto. Tú eres el que se sienta solo y mira el tablero como si estuviera jugando ajedrez solo.

Mateo sintió un escalofrío. Era exactamente lo que hacía en la Sala de Sentencias.

—Soy Jonás —le dijo estirando la mano—. Me acabo de cambiar a esta carrera. Antes estaba en filosofía.

—¿Y por qué te cambiaste?

—Porque en filosofía me enseñaban a preguntar qué está bien y qué está mal. Y yo ya me cansé de preguntar. Quiero respuestas que funcionen.

La clase siguió pero Mateo no podía concentrarse. Jonás no tomaba apuntes, solo dibujaba. De repente dibujó una consola idéntica a la suya, con un cable que salía y se conectaba a un trono gigante hecho de piedra negra.

Mateo le tocó el brazo sin pensarlo.

—¿Dónde viste eso?

Jonás lo miró raro.

—¿Qué cosa?

—Eso que dibujaste.

Jonás miró el cuaderno como si no supiera que lo había dibujado.

—Ni idea. A veces dibujo cosas que sueño. Anoche soñé con un tipo sentado en un trono y todo el mundo arrodillado diciéndole mi rey.

A Mateo se le secó la boca. Era exactamente la visión del final de su juego, la que había visto cuando decía BIENVENIDO.

—Deberíamos hablar después —le dijo Mateo—. Me caíste bien.

—Listo —dijo Jonás—. Pero no aquí. Acá hay mucho ruido. ¿Te gusta el café de la biblioteca? Nadie va.

Quedaron en verse a las cuatro. Mateo sintió una curiosidad que no había sentido hace meses con nadie. Jonás era raro, pero no raro de esos pesados, raro de esos que parece que saben algo que los demás no saben y no lo pueden contar. Como él.

Cuando salió de clase le mandó un mensaje a su mamá diciendo que llegaba tarde. No le dijo que iba a tomar café con un desconocido.

A las cuatro Jonás ya estaba ahí, con dos tintos. Sin azúcar.

—Así tomo yo el café —dijo—. Amargo, para acordarme que estoy despierto.

Hablaron como por una hora. Jonás le contó que había estado internado un tiempo, que tenía lagunas de memoria, que a veces se despertaba en lugares que no conocía. Que su papá había trabajado para el gobierno en un proyecto raro y que desde que el papá desapareció él sentía que algo lo seguía.

—A veces siento que no tengo cara —le dijo de la nada—. Como si me la hubieran prestado.

Mateo se rió nervioso.

—Me pasa igual.

Se miraron un segundo de más. Fue un momento extraño, como si los dos supieran que estaban hablando de lo mismo pero ninguno se atrevía a decirlo en voz alta.

—¿Tú crees que hay gente que merece morir? —preguntó Jonás de repente.

Mateo dudó.

—Sí.

—¿Y si tú tuvieras que decidirlo?

Mateo se quedó callado. Esa era literalmente su vida todas las noches.

—Depende —dijo—. Si estoy 100% seguro de que es culpable, sí.

Jonás asintió como si esa respuesta le hubiera confirmado algo.

—Entonces tú sí fuiste elegido —susurró bajito, tan bajito que Mateo no estuvo seguro si lo escuchó bien.

—¿Qué dijiste?

—Nada. Que ya me tengo que ir.

Se paró y antes de irse le dejó una servilleta con un número escrito.

—Si alguna vez sientes que el juego te queda grande, me llamas. Yo sé dónde se compran las copias por si necesitas distraer a alguien.

Y se fue.

Mateo se quedó con la servilleta en la mano, con el corazón a mil. Ese man sabía. No sabía qué tanto sabía, pero sabía.

Decidió irse a la casa caminando pero empezó a llover durísimo y se subió al bus de la 42 que iba hasta el centro. Estaba lleno, como siempre a esa hora. Gente con sombrillas mojadas, estudiantes, señoras con bolsas.

Se sentó en la parte de atrás, al lado de la ventana. Se puso los audífonos pero no puso música, solo quería que nadie le hablara.

En la mitad del bus había tres muchachos que le llamaron la atención sin saber por qué. Uno tenía una gorra negra, otro un buzo rojo y el otro una chaqueta de jean. Los tres llevaban audífonos también y los tres miraban al frente sin parpadear. Como idos.

El bus arrancó y al cruzar por la avenida Guabinal, los tres al mismo tiempo se agarraron la cabeza.

No fue un gesto normal de dolor de cabeza. Fue como si les hubiera dado una descarga eléctrica por dentro. Uno se dobló hacia adelante y soltó un quejido que hizo que todo el bus volteara a mirarlo.

—Oe, ¿están bien? —preguntó el conductor por el espejo.

El del buzo rojo no contestó. Se llevó las manos a la cara y empezó a rascarse, como si algo le picara debajo de la piel. Los otros dos hicieron lo mismo.

Mateo se quitó un audífono.

El del jean levantó la cabeza y Mateo lo vio. Su nariz se estaba borrando. Literalmente, como si alguien le estuviera pasando un borrador por la cara. Primero la nariz, después la boca, después las cejas. La piel se le ponía lisa, blanca, como plástico.

La gente empezó a gritar.

—¡Ay, marica, qué le pasa!

El de la gorra negra se paró y se golpeó contra la ventana del bus, pero ya no tenía boca para gritar. Solo tenía una superficie lisa donde debería haber una cara. Y de esa superficie salía un sonido bajito, como estática de televisor viejo.

El tercer muchacho, el del buzo rojo, alcanzó a mirar a Mateo directamente antes de que se le borrara todo. Y en ese segundo, Mateo supo quiénes eran. Eran tres de los veintitrés que habían comprado la HEX. Lo supo porque en los ojos, justo antes de que se les borraran, tenían el mismo brillo dorado que tenían las criaturas del Otro Lado cuando estaban disfrazadas.

No eran humanos ya.

El bus frenó en seco. La gente se bajó corriendo, empujándose. Mateo se quedó paralizado.

Los tres sin rostro se quedaron de pie en el pasillo del bus, inmóviles, con la cabeza ladeada, como escuchando algo que solo ellos podían oír. Luego, al mismo tiempo, voltearon hacia Mateo.

No lo vieron con ojos, porque ya no tenían. Lo sintieron.

El del centro levantó una mano y señaló a Mateo. No con el dedo, con toda la mano temblando.

Mateo entendió el mensaje aunque no tuvieran boca: VOS SOS LA LLAVE.

El conductor gritó:

—¡Bájense todos, que voy a llamar a la policía!

Los tres seres se miraron entre ellos, como si se comunicaran sin hablar, y salieron corriendo por la puerta trasera del bus. Corrieron raro, como si no supieran usar bien las piernas, y se metieron por un callejón oscuro.

Todo pasó en menos de un minuto.

Mateo se bajó del bus con las piernas temblándole. La lluvia le caía en la cara y no le importaba. La gente alrededor estaba grabando con el celular, diciendo que eran drogados, que era una broma de TikTok.

Él sabía que no.

Sabía que las copias HEX no solo volvían loca a la gente. Las vaciaban. Les quitaban la cara y los dejaban huecos para que algo del Otro Lado se metiera.

Y si ya iban tres en un solo bus, ¿cuántos de los veintitrés ya estaban así?

Sacó el celular y marcó el número de la servilleta.

Jonás contestó al segundo tono, como si hubiera estado esperando la llamada.

—¿Ya los viste? —dijo sin saludar.

—¿Cómo sabes?

—Porque yo también los veo. Siempre que llueve aparecen. Son los que no aguantaron la consola. Se les borró todo.

—¿Qué son?

—Lo que queda cuando juzgas sin ser elegido. Cáscaras. Y ahora buscan al que sí fue elegido para quitarle lo que les falta.

Colgó.

Mateo se quedó bajo la lluvia, en la mitad de la calle, entendiendo por primera vez que la amenaza ya no era solo él.

Ya no era solo Némesis.

Ahora había veintitrés huecos caminando por la ciudad, buscando caras prestadas.

Y todos iban a llegar a él tarde o temprano.

En su cuarto, la consola se prendió sola. No mostró un expediente. Mostró un mapa de Ibagué con veintitrés puntos rojos moviéndose. Tres de ellos estaban muy cerca de su casa.

Y un mensaje nuevo:

"EL TRONO RECHAZA A LOS IMPUROS. EL HEREDERO DEBE LIMPIAR SU CAMINO."

El Primer Guardián apareció detrás del mapa.

—Ya no solo juzgas culpables —dijo—. Ahora tienes que cazar a los que quisieron ser tú.

Mateo no respondió. Miró el mapa y por primera vez sintió que ser el Heredero no era un poder.

Era una condena.

CONTINUARA...

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