Renata Sinclair lleva años casada con un hombre que la mira como si fuera un mueble más de su casa. Sin caricias, sin besos, sin palabras dulces… ni siquiera de noche comparten la cama. El rechazo constante ha despertado en ella un fuego que no logra apagar: su cuerpo pide lo que su alma anhela, y la ausencia de afecto se transformó en un deseo incontrolable que la avergüenza y la consume. Desesperada por salvar su matrimonio y sanar esa parte rota de sí misma, acude a una consulta médica privada. Allí conoce al doctor Gabriel Sterling: hombre alto, imponente, mirada de acero y voz que la eriza con cada sílaba. Es autoritario, directo, exigente… y despierta en ella algo que ni su propio cuerpo logra entender. Cuando Renata se atreve a acercarse a su esposo una última vez, buscando recuperar lo que perdieron, recibe la humillación más cruel de su vida. Destrozada, volverá a los brazos —y a la cama— del doctor, sin imaginar que él oculta un secreto: detrás de esa bata blanca.
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Capítulo 3: La puerta cerrada
Los días siguientes fueron una mezcla de esperanza y tortura para Renata. Llevaba consigo la hoja de Gabriel doblada en el bolso, la leía una y otra vez, grabando cada palabra en su mente como si fuera una oración sagrada. Siguió sus instrucciones con devoción casi religiosa. Vistió las prendas que en los primeros tiempos habían gustado a Andrés: tonos suaves que realzaban su piel, cortes sencillos pero femeninos. Preparó sus platos favoritos con esmero, puso la música que él solía escuchar, suavizó las luces de la sala al caer la tarde. Se sentó a su lado en el sofá, tomó su mano entre las suyas con lentitud, sin exigir, solo ofreciendo, tal como él le había indicado.
Andrés la miró extrañado la primera noche, frunció el ceño y apartó la mano sin miramientos. La segunda, fingió no darse cuenta y siguió leyendo su periódico como si ella fuera invisible. La tercera, soltó un suspiro pesado, impaciente, como si su cercanía fuera una carga más que soportar. Pero Renata aguantó. Respiraba hondo, recordaba la voz de Gabriel diciéndole «la constancia abre muros», y volvía a sonreír. No se rendiría. No después de que alguien por fin le dijera que no estaba loca, que merecía ser amada.
Llegó la noche que había planeado con el corazón en la garganta. Se puso el conjunto de encaje marfil que había comprado para su luna de miel, guardado años en el fondo de un cajón esperando un momento que nunca llegaba. Se peinó el cabello con cuidado, dejó caer ondas suaves sobre sus hombros. Se perfumó en el cuello y en las muñecas, justo donde él solía besarla al principio de todo. Cuando escuchó el motor de su coche, las piernas le temblaron, pero se obligó a quedarse. Él entró, bebió algo en la cocina y subió las escaleras sin llamarla. Renata lo siguió, despacio, como quien avanza hacia un abismo.
Al entrar al dormitorio, él ya estaba en la cama, con la luz apagada salvo la lámpara de la mesita, leyendo documentos como si estuviera en su oficina. Al verla, levantó la vista un instante… y no hubo ternura en sus ojos. Ni sorpresa. Ni deseo. Solo incomodidad pura.
Renata se acercó despacio, el corazón golpeándole las costillas con violencia. Se sentó en el borde del colchón, le acarició el brazo con suavidad y se inclinó hacia él, rozando su oreja con los labios.
—Andrés… —susurró con voz dulce, llena de todo lo que llevaba años callando—. Te extraño. Vuelve a mí, por favor. Somos nosotros. ¿Recuerdas?
Lo que ocurrió después la destrozó por dentro para siempre.
Él se incorporó de un salto, la tomó por las muñecas con fuerza brusca y la empujó tan fuerte que cayó de espaldas contra el suelo frío. El libro y los papeles volaron por el aire. Se puso de pie frente a ella, respirando con rabia, el rostro desencajado de asco y furia como si ella fuera algo repugnante que había aparecido de la nada.
—¡¿Estás loca?! —bramó, con la voz llena de desprecio que le heló la sangre—. ¡Quítate de encima! ¡Qué repugnante eres! ¡Mira cómo te pones, toda ansiosa y desnuda como una cualquiera! ¡¿Acaso no tienes un poco de dignidad?! ¡Qué patética resultas!
Renata se quedó sentada en el suelo helado, con la boca entreabierta, sintiendo cada palabra como un latigazo en la piel desnuda. Las lágrimas brotaron antes de poder impedírselo, nublándole la vista.
—Yo… solo quería acercarme… solo quería…
—¡Lo que tú quieres no me importa! —escupió él, recogiendo su almohada y su pijama del armario—. Duermes sola esta noche. Y no se te ocurra volver a acercarte así nunca más. Me das asco. De verdad. As-co.
Salió de la habitación dando un portazo que hizo temblar las paredes. El silencio que siguió fue peor que el ruido. Renata abrazó sus rodillas contra el pecho en el suelo frío, temblando de frío y de vergüenza, sollozando en silencio para que nadie en la casa la oyera. «Me das asco.» Las palabras resonaban una y otra vez en su cabeza, martilleando contra sus huesos, rompiendo cada pedacito de valor que había reconstruido. Tenía razón. Era repugnante. Era ridícula. Rogando por migajas a un hombre que la miraba como si fuera basura. ¿Qué se había creído? ¿Que podía arreglar algo roto desde hacía años?
Pasó el resto de la noche allí, sin poder moverse, con el vestido arrugado bajo sus manos, con el orgullo hecho trizas y el corazón sangrando en silencio. No durmió. No lloró de verdad, porque cuando el dolor es tan grande, las lágrimas se secan y queda solo el vacío. Al amanecer se lavó la cara hasta que la piel le ardió, se vistió con ropa oscura que la cubriera entera, bajó sin hacer ruido y salió de la casa antes de que él despertara.
No sabía a dónde iba hasta que el taxi se detuvo frente al edificio. Subió al ascensor con el rostro pálido y los ojos hinchados, temblando de pies a cabeza. No era su hora de cita. No importaba. Cuando la puerta del consultorio se abrió y Gabriel la vio allí, destrozada, no preguntó qué pasaba. Solo vio sus ojos y supo.
Renata cruzó la habitación tambaleándose y se derrumbó frente a él, con la voz rota y el alma deshecha:
—Me dijo que le doy asco. Me empujó. Me gritó que parezco una cualquiera… y tiene razón, Gabriel, tiene razón, soy horrible, no debí intentarlo, debí dejarlo en paz…
Gabriel no dijo nada. Solo dio dos zancadas y la atrapó entre sus brazos antes de que cayera de rodillas. La estrechó contra su pecho con una fuerza desesperada, como si quisiera meterla dentro de él para protegerla de todo el daño del mundo.
—Mírame —ordenó, separándola lo justo para sostener su rostro entre las manos grandes y cálidas, mirándola con una intensidad feroz—. Mírame bien, Renata, y graba esto en el alma: no hay nada, escúchame, nada de repugnante en ti. Eres hermosa. Eres pura. Eres todo lo bueno que existe en esta ciudad llena de basura. Y él… él es un ciego miserable que no merece ni tu sombra. ¿Me oyes? Ni tu sombra.
Ella aferró su bata con los puños cerrados, escondió el rostro en su cuello y lloró de verdad, sollozando con el pecho roto, y él la sostuvo todo el tiempo, meciéndola suavemente, susurrándole al oído verdades que nadie jamás le había dicho. Y entre sollozos y el latido fuerte de su corazón contra el suyo, Renata supo una cosa con certeza absoluta: ya no quería salvar su matrimonio. Quería a él.