Natalia Harrison vivía feliz en su mundo perfecto, siendo la hija menor y consentida de una poderosa familia de Manchester. Rodeada de lujos y protegida por reglas estrictas, nunca había tenido que enfrentarse a las consecuencias reales de sus decisiones.
Pero todo cambia cuando, tras una pelea con su novio, comete un error impulsivo con Alejandro Foster, el joven y enigmático socio de su padre. Lo que parecía un simple desliz se convierte en un secreto imposible de ocultar.
Cuando descubre que está embarazada, su mundo se derrumba: su familia le da la espalda, y Alejandro, atado por su propia realidad, no puede estar a su lado. Natalia tendrá que enfrentarse sola a una verdad que lo cambia todo, dejando atrás la vida perfecta que alguna vez creyó tener.
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Capítulo 21: Desayuno, orgullo y cartas al futuro
Era sábado por la mañana. El sol entraba suavemente por las ventanas del apartamento, iluminando la cocina abierta. Natalia se había levantado temprano, incapaz de dormir más por las náuseas leves que aún la acompañaban. Llevaba un pijama corto de algodón blanco con pequeñas estrellas, el cabello rubio recogido en un moño alto y desordenado que le daba un aspecto adorable y cómico al mismo tiempo.
Estaba frente a la estufa preparando huevos revueltos con tomate y albahaca cuando escuchó la puerta del ascensor privado abrirse. Alejandro bajó desde su ático sin avisar, como ya era costumbre.
Se detuvo en la entrada de la cocina al verla. Natalia con el moño torcido, descalza y tarareando una canción en voz baja mientras cocinaba era una imagen que no esperaba. Por un segundo, algo cálido se removió en su pecho.
Natalia se giró y lo vio. Ya no se sorprendía de sus apariciones repentinas.
—Buenos días —dijo ella con naturalidad—. ¿Tienes hambre? Hice suficiente para los dos.
Alejandro dudó un momento, pero terminó sentándose en la isla de la cocina.
—Buenos días. No esperaba que cocinaras.
Natalia sirvió dos platos con huevos, tostadas con aguacate y un poco de fruta. Colocó uno frente a él y se sentó al otro lado.
—Pues sí cocino. No tan bien como los chefs que seguramente estás acostumbrado, pero sé defenderme —respondió con una pequeña sonrisa—. Come antes de que se enfríe.
Alejandro probó un bocado y levantó las cejas, sorprendido.
—Está… realmente bueno —admitió—. Gracias.
Comieron en un silencio casi cómodo. De vez en cuando, Natalia lo miraba de reojo. Alejandro parecía más cansado que de costumbre, aunque intentaba disimularlo.
Cuando terminaron, Alejandro sacó una tarjeta del bolsillo de su chaqueta y se la entregó.
—Hay una dirección aquí. Es un estudio de arquitectura bastante reconocido en Milán. Buscan un auxiliar en dibujo técnico y renderizado. Si quieres trabajar, ve allí el lunes y pregunta por Carla Bianchi. Dile que vas de mi parte.
Natalia tomó la tarjeta y la leyó. Sus ojos azules se iluminaron.
—¿De verdad? Esto es… mucho mejor que ser mesera. Gracias, Alejandro. De verdad.
Él se encogió de hombros, como si no fuera gran cosa.
—Si vas a trabajar, que sea en algo que valga la pena y que no te agote demasiado. Eres buena en lo que haces. No tiene sentido desperdiciarlo sirviendo mesas.
Natalia sonrió con sinceridad por primera vez en mucho tiempo.
—Lo intentaré. Te mantendré informado.
Alejandro se levantó y tomó su chaqueta.
—Tengo que salir. Cuídate.
—Igualmente.
Cuando la puerta se cerró, Natalia se quedó mirando la tarjeta con una mezcla de emoción y gratitud. Tal vez Alejandro no era tan frío como parecía.
Mientras tanto, Alejandro llegó a una clínica privada en las afueras de Milán. El Dr. Rossi, un hombre de unos sesenta años y gran reputación, lo esperaba en su consultorio.
—Sr. Foster, me alegra verlo de nuevo —dijo el doctor estrechando su mano—. Aunque lamento las circunstancias.
Alejandro se sentó frente al escritorio, directo al grano.
—¿Cómo está el panorama, doctor?
El Dr. Rossi abrió la carpeta y suspiró.
—No es alentador, Alejandro. El cáncer de pulmón ha avanzado más rápido de lo esperado. Los nódulos han crecido y hay metástasis pequeñas en los ganglios. Existen tratamientos agresivos: inmunoterapia combinada con quimioterapia que podrían ralentizarlo significativamente. Pero…
—¿Pero? —preguntó Alejandro con voz firme.
—Pero incluso con el mejor tratamiento, el pronóstico no es bueno. Podemos ganar tiempo, calidad de vida… sin embargo, no hablo de años.
Alejandro se quedó en silencio unos segundos, mirando un punto fijo en la pared.
—¿Cuánto tiempo máximo? Sé sincero.
El Dr. Rossi lo miró con compasión.
—Con tratamiento, máximo un año. Sin él, posiblemente seis o siete meses.
Alejandro cerró los ojos un momento y asintió lentamente.
—Un año… Ojalá sea al menos un año.
Salió de la clínica con el corazón pesado. En lugar de regresar directamente al apartamento, se detuvo en una librería, compró un cuaderno elegante de tapas duras y regresó a su ático.
Se sentó frente al ventanal con vistas a la ciudad, abrió el cuaderno en la primera página y comenzó a escribir con letra firme y clara:
Querido hijo o hija,
Hoy tienes el tamaño de un frijol pequeño. Te vi en la pantalla y escuché tu corazón latiendo fuerte y rápido. Fue la primera vez que sentí algo que no puedo explicar. Miedo, alegría, culpa… todo al mismo tiempo.
Me llamo Alejandro Foster. Soy tu papá. Y aunque no puedas leerme todavía, quiero que sepas que estoy aquí. Quiero contarte cosas todos los días para que, cuando seas grande, sepas quién fui.
Tu mamá es una mujer increíble. Se llama Natalia. Es fuerte, orgullosa y más valiente de lo que ella misma cree. Tienen los mismos ojos azules. Cuando sonríe, ilumina todo a su alrededor.
Hoy le conseguí un buen trabajo en un estudio de arquitectura. Espero que acepte. No quiero que se esfuerce demasiado por mi culpa…
Alejandro siguió escribiendo durante casi una hora. Cuando terminó, cerró el cuaderno y lo guardó en el cajón de su escritorio. Se quedó mirando la ciudad, pensando en Natalia, en el bebé y en el poco tiempo que le quedaba.
Abajo, en su apartamento, Natalia se probaba ropa frente al espejo, emocionada por la posibilidad de empezar a trabajar en algo que realmente le gustaba.
Ninguno de los dos sabía que, poco a poco, sus vidas se estaban entrelazando de una forma que ninguno podría detener.