Dulce Serrano fue a una convivencia universitaria para hacerles un favor a sus amigas. Terminó contra una pared, besada por Emiliano Montero, el número nueve del equipo de básquet y el hombre al que medio campus quiere llevarse a la cama.
Él solo había salido del salón para librarse de las chicas que lo perseguían. Entonces Dulce tropezó frente a él y Emiliano reconoció la voz de la desconocida que llevaba cuatro días buscando. La sostuvo, ella le exigió que la soltara… y él perdió el control.
Dulce debería odiarlo. Emiliano es enorme, arrogante y peligrosamente intenso: justo lo contrario de los hombres tranquilos que siempre le han gustado. Pero el chico que con todos es hielo la cubre con su chamarra bajo la tormenta, vela su sueño por teléfono y aparece cada vez que ella tiene miedo.
Y Dulce lleva demasiado tiempo viviendo con miedo.
Uriel, un excompañero obsesionado que se hace pasar por su novio, ha vuelto a encontrarla. Cuando sus mentiras convierten a Dulce en el blanco de todo el campus, Emiliano le propone un trato: fingir que están juntos para dejar claro que ella nunca le perteneció a Uriel. Él pondrá el cuerpo, el nombre y hasta su carrera deportiva en juego. Ella no le deberá nada.
El problema es que Emiliano no sabe fingir cuando se trata de Dulce.
Entre rumores que se vuelven virales, una madre dispuesta a separarlos y una atracción que termina ardiendo detrás de cada puerta cerrada, el acuerdo empieza a parecerse demasiado a una relación de verdad. Uriel quiere poseerla. Emiliano quiere protegerla. Pero Dulce se cansó de que otros decidan por ella: esta vez va a defender su nombre, su deseo y su derecho a elegir… antes de que los celos, el escándalo y el deseo los consuman a todos.
Porque el número nueve nunca falla un tiro. Pero con Dulce ya perdió la cabeza, la defensa y el corazón.
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Capítulo 13
Cap 13: La sala privada
Toño no se disculpó bien. Se disculpó a medias, entre bromas, con un "perdón por atravesarte en tu camino, fiera", que a Fer le pareció una ofensa mayor que el empujón. Discutieron sobre los chilaquiles, discutieron sobre la propina, discutieron sobre si "fiera" era un piropo o un insulto, y para cuando salieron del restaurante Dulce ya tenía claras dos cosas: que Emiliano no iba a soltarla, y que Fer se había echado a Toño de enemigo con toda la ilusión del mundo.
El día se les fue así, en bola. Caminaron, se metieron a una feria de libros usados que había en la explanada, Emiliano le cargó a Dulce una bolsa de novelas que ella juró que podía cargar sola, Toño le compró a Fer un helado "para que se le bajara lo fiera" y Fer se lo aceptó jurando que era un soborno que no cambiaba nada, aunque se lo comió enterito. Cayó la tarde sin que ninguno se diera cuenta, con el cielo poniéndose naranja detrás de los edificios.
Y cerca de las siete, cuando Dulce empezaba a decir que ya, que se tenía que ir a la residencia, Fer sacó su carta.
—No —dijo Fer, agarrándola del brazo—. Falta que Toño se disculpe en serio. Y la única forma de que se disculpe en serio es que nos invite. A los cuatro. Al cine.
—¿Al cine? —Dulce frunció el ceño—. Fer, ya es tarde, mañana hay clase…
—Es domingo, no seas exagerada. —Fer ya la estaba jalando—. Una peli y ya. Cortita. Y así el patán este paga su culpa. ¿Verdad que sí, Toño? ¿O eres un codo además de un animal?
Toño, picado, sacó el teléfono.
—Yo invito lo que quieran. —Tecleó algo, sonrió para sí mismo—. Es más. Ya reservé. Vámonos.
—¿Ya reservaste? —Emiliano lo miró de reojo—. ¿Dónde?
—Tú déjame a mí, carnal. —Toño le guiñó el ojo, un guiño que a Dulce, si lo hubiera visto, la habría puesto en alerta—. Yo sé lo que hago. Confía.
—Esa frase tuya nunca ha terminado bien —dijo Emiliano.
—Hoy sí. Palabra.
Pidieron dos taxis. Uno para Toño y Fer, que se subieron peleando por quién iba de qué lado. Y otro para Emiliano y Dulce.
En el asiento de atrás, con la ciudad encendiéndose de noche del otro lado de la ventanilla, iban callados. Dulce se había pegado todo lo posible a su puerta, con la bolsa de libros en las piernas como muralla, pero el taxi era chico y en cada curva el brazo de Emiliano rozaba el suyo, tibio, y ella lo sentía correr como corriente por toda la piel, y cada vez apartaba el brazo, y en la siguiente curva volvían a rozarse. Él no lo hacía a propósito. O sí. Dulce no supo decidirlo, y no saberlo era lo peor.
—Deja de moverte tanto —dijo Emiliano, sin voltear, mirando por su ventanilla.
—No me estoy moviendo.
—Te estás pegando a la puerta como si te fuera a comer.
—Pues a lo mejor.
Él sonrió apenas, hacia afuera, para que ella no lo viera. En el reflejo del vidrio, Dulce sí lo vio, y se pegó un poquito más a su puerta.
—¿Y esa peli qué es? —preguntó ella, por decir algo, por llenar el silencio que se había puesto grueso.
—Ni idea. Toño reservó. Con Toño lo mismo te lleva a una de terror que a una de caricaturas. —Emiliano se encogió de hombros—. Da igual. No creo que la veamos.
—¿Cómo que no la vamos a ver?
—Digo que tú te vas a dormir a la mitad. Traes cara de sueño desde la feria.
—No tengo cara de sueño.
—Tienes. Aquí. —Le señaló el rabillo del ojo, sin tocarlo, a un dedo de distancia—. Se te pone chiquito.
Dulce se talló el ojo, molesta, y volteó a la ventanilla. Pero por dentro se le había quedado dando vueltas que él supiera cómo se le ponía la cara cuando tenía sueño.
*
El taxi no paró frente a un cine.
Paró frente a un edificio elegante, con fachada de piedra oscura y una entrada discreta iluminada por dos faroles, sin marquesina, sin carteles de películas, sin filas de gente comprando palomitas. Dulce se bajó, pisó un charco tibio de la lluvia de la tarde, y miró alrededor, desconcertada.
—¿Aquí es el cine?
—Es un cine —dijo Toño, muy digno, bajándose del otro taxi y guiándolos adentro—. Uno mejor.
Adentro había una recepción con alfombra gruesa que se tragaba los pasos y un muchacho de traje que los saludó por el nombre de la reserva y los llevó por un pasillo silencioso, con luz baja y puertas numeradas a los lados. No era un cine de salas grandes con doscientas butacas y el piso pegajoso de refresco. Era una de esas salas privadas, VIP, para grupos, donde uno renta el cuarto entero: pantalla propia, sillones anchos, luz que se apaga sola, puerta que cierra por dentro.
—Ustedes en la seis —dijo el muchacho de traje a Toño y Fer, abriéndoles una puerta—. Y ustedes —a Emiliano y Dulce— en la siete. La de al lado.
Dulce se frenó en seco.
—Espera. ¿Salas… separadas? —Volteó a ver a Fer—. ¿No íbamos los cuatro juntos?
—Es que en estas no caben cuatro cómodos —dijo Toño, empujando a Fer hacia la sala seis con una prisa muy sospechosa—. Mejor de a dos. Más íntimo. Digo, más cómodo. Bueno, disfruten. ¡Adiós!
—¡Fer! —Dulce estiró la mano hacia su escudo, su chaperona, su salvavidas—. ¡Fer, no te…!
La puerta de la sala seis se cerró. Del otro lado se oyó a Fer soltar un "¡oye, no me empujes, patán!" y luego un forcejeo, y luego, nada. Silencio grueso, de esos que dejan las paredes gruesas.
Dulce se quedó parada en el pasillo, sola, con la bolsa de libros abrazada al pecho, frente a la puerta abierta de la sala siete. Adentro, la luz era tenue, azulada, la de la pantalla ya encendida esperando. Un sillón largo. Penumbra. Y Emiliano, a su lado, mirándola con una calma que no engañaba a nadie.
—¿Entras? —dijo él.
—Esto no es un cine.
—Es un cine privado.
—Es un cuarto oscuro con una tele. —Dulce dio medio paso atrás—. Con puerta. Y sin nadie.
—Entonces vámonos. —Emiliano se hizo a un lado, dejándole el pasillo libre, las manos otra vez en los bolsillos—. Si no quieres, no entramos. Te llevo a tu casa. Tú dices. Lo digo en serio, Dulce, no estoy jugando: si me dices vámonos, nos vamos.
Y ahí estaba la trampa, la de siempre, la peor: que no la obligaba. Que la dejaba decidir. Que le abría la puerta de salida con una cortesía que la desarmaba más que cualquier empujón, porque contra un patán una sabe qué hacer, pero contra un hombre que te suelta la mano cada vez que se la pides una no sabe defenderse de sí misma.
Dulce miró el pasillo libre. Miró la sala. Miró a Emiliano, que esperaba, paciente, con las llaves de la cortesía en la mano, dispuesto de verdad a llevarla a casa si ella cruzaba hacia la salida.
Entró.
—Nada más la peli —dijo, entrando con la barbilla en alto para disimular que le temblaban las manos—. Empieza la peli, la vemos, se acaba, y me llevas. Y ni se te ocurra…
La puerta se cerró detrás de ellos con un clic suave.
Y la sala quedó a media luz, con el reflejo azul de la pantalla pasando sobre las paredes, y de repente Dulce fue muy consciente de lo pequeño que era el cuarto, de lo cerca que estaba él, del silencio grueso que se había hecho, del aroma cítrico que en un espacio cerrado dejaba de ser un detalle y se volvía todo el aire que había para respirar. Se le metía en los pulmones con cada respiración. Naranja limpia. Él, todo alrededor.
Se sentó en la orilla del sillón, muy tiesa, con la bolsa de libros en las rodillas como último parapeto, mirando la pantalla sin ver nada de lo que pasaba en ella.
—Emiliano —dijo, y se le adelgazó la voz—. Prende bien la luz. La de arriba.
Él no prendió la luz.
Se sentó a su lado, despacio, hundiendo el sillón, y el movimiento la corrió a ella un centímetro hacia él sin que quisiera. Dulce se agarró del descansabrazos. En la pantalla empezaron unos créditos, música, no importaba cuáles. La luz azul les temblaba en la cara.
—Quita la bolsa —dijo Emiliano, bajito.
—¿Por qué?
—Porque llevas media hora abrazándola como si fuera un chaleco salvavidas y me está dando celos una bolsa de libros.
—Pues que te dé. —Pero se rió, sin querer, un poquito, y aflojó las manos.
Y esa risita chiquita, en la oscuridad, en el silencio, fue la que rompió el hilo que él llevaba toda la tarde sosteniendo.
Emiliano se levantó, le quitó la bolsa de las manos con cuidado y la puso en el suelo. Dulce se quedó sin escudo, de repente muy consciente de sus propias manos, que no supo dónde poner.
—Emiliano. —Se paró ella también, retrocediendo—. En serio. Prende la luz.
Dio un paso hacia ella. Dulce dio uno hacia atrás y chocó de espaldas con la puerta cerrada —esa manía del universo de ponerle siempre una pared o una puerta justo detrás en el peor momento—, y Emiliano llegó, y puso una mano en la puerta, junto a su cabeza, y luego la otra, encerrándola, tapándole la luz de la pantalla con su cuerpo enorme, dejándola en la sombra de él.
No la besó. Todavía no. La rodeó con los brazos, despacio, sin prisa, como quien se acerca a algo que se puede espantar, y la atrajo contra su pecho, y hundió la cara en su pelo, y se quedó ahí, respirando mal, con el corazón golpeándole tan fuerte que Dulce lo sentía retumbar contra la mejilla, contra su propia caja del pecho, como si fueran uno.
—Emiliano —repitió ella, con las manos atrapadas entre los dos, hechas puño contra la tela de su camisa—. Suéltame.
—Un segundo. Nada más un segundo.
—Este lugar. —A Dulce se le encendió el coraje justo a tiempo para no encenderse otra cosa, agarrándose de él como de un salvavidas—. Imbécil. ¿A qué clase de lugar me trajiste? ¿Eh? Un cuarto oscuro, cerrado, sin nadie, con Toño y Fer de cómplices, con puerta que cierra, ¿qué clase de…?
—Ya sé. —Emiliano tragó saliva contra su pelo. Le temblaban los brazos, esos brazos que le habían torcido el brazo a un hombre bajo la lluvia, temblando ahora de puro aguantarse, de puro contenerse—. Ya sé lo que es. Ya sé lo que parece. Perdón. Me equivoqué de traerte. Debí llevarte a tu casa desde el restaurante.
—Pues llévame ahorita.
—No puedo. —Cerró los ojos con fuerza—. Ahorita no puedo ni caminar, Dulce. Dame un segundo. Nada más déjame… un segundo así.
Dulce sintió, contra ella, el esfuerzo entero de él por contenerse. El pecho subiéndole y bajándole demasiado rápido. La mandíbula apretada contra su sien. Los brazos que la rodeaban sin cerrarse del todo, dejándole siempre, aun temblando, el hueco para escaparse si quería. Lo mismo que había sentido en el pasillo de la convivencia, la primera noche. El hombre enorme temblando de aguantarse. Aguantándose por ella. Poniéndose él las cadenas para que ella no tuviera que ponérselas.
Y Dulce, que había entrado dispuesta a insultarlo, se descubrió sin fuerzas para empujarlo. Se quedó quieta entre sus brazos, con la cara contra su pecho, oyéndole el corazón desbocado, sintiendo el suyo ponerse al mismo paso, y por un momento larguísimo ninguno de los dos se movió, ni para acercarse ni para separarse, sostenidos los dos en el filo de la cosa, sin caer.
—No te muevas —dijo Emiliano, muy bajo, con la voz hecha pedazos, la frente pegada a su sien—. Por lo que más quieras. No te muevas ni un centímetro. Porque si te mueves…