En un antiguo reino cubierto de secretos, el emperador Aurelius Devereaux vive bajo una maldición que lo convierte lentamente en el monstruo que todos temen. Frío, obstinado y poderoso, ha perdido toda esperanza de volver a sentir amor.
Cuando Seraphina, una joven cálida, hermosa y rebelde, es obligada a casarse con él para cumplir un antiguo pacto familiar, llega al enorme palacio sin imaginar el destino que la espera.
Aurelius la considera una molestia que amenaza su autoridad, mientras Seraphina solo ve en él a un hombre cruel y maldito. Sin embargo, la aparición de misteriosas rosas doradas anuncia que sus vidas están unidas por una magia más antigua que el propio imperio.
Ninguno sabe que Seraphina podría ser la única capaz de salvar al emperador… y romper la maldición que lo condena.
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Capítulo 15: La hija de la luna
La frase dorada permaneció escrita sobre la página.
La hija de la luna ha regresado al palacio.
Seraphina no podía apartar la mirada del libro. Las letras brillaban como pequeñas brasas y proyectaban una luz tenue sobre el rostro de Aurelius.
—¿Quiénes saben dónde estoy? —preguntó.
El emperador no respondió de inmediato.
Seguía sosteniéndola por la cintura, como si temiera que algo pudiera aparecer entre las sombras de la biblioteca y llevársela. Seraphina notó la firmeza de su mano, pero también la tensión en sus dedos.
—Aurelius.
Él pareció regresar al presente y la soltó lentamente.
—Debemos irnos.
—No hasta que me explique.
—No hay tiempo.
—Siempre dice eso cuando no quiere responderme.
Aurelius cerró el libro y lo tomó bajo el brazo.
—Si permanecemos aquí, estaremos en peligro.
—¿Qué clase de peligro?
—El tipo que no se puede detener con una espada.
Aquella respuesta consiguió que Seraphina dejara de discutir.
Las velas volvieron a encenderse de repente. Las llamas se elevaron, inclinándose hacia el pasillo que conducía a la salida. Al fondo de la biblioteca, entre los estantes, una sombra se deslizó por el suelo.
Seraphina la vio.
—Aurelius…
—Lo sé.
Él tomó su mano.
Seraphina bajó la mirada hacia sus dedos entrelazados.
—¿Ahora sí puedo preguntar por qué me toca?
—Porque necesito saber dónde estás.
—¿Y si no quiero que me encuentre?
Aurelius la miró.
—Entonces no te sueltes.
Corrieron entre las estanterías.
La sombra avanzaba detrás de ellos, silenciosa y veloz. Los libros comenzaron a caer de los estantes. Algunos se abrían en el suelo y mostraban páginas cubiertas de símbolos dorados. Otros se quemaban sin producir humo.
Aurelius tiró de Seraphina hacia una puerta oculta entre dos estantes.
—Aquí.
—¿Adónde conduce?
—A un pasadizo.
—¿Otro lugar prohibido?
—Sí.
—Parece que el palacio solo tiene lugares prohibidos.
—Ahora no es momento de quejarte.
Aurelius empujó la puerta. Ambos entraron y él la cerró justo cuando la sombra llegó al estante.
El pasadizo era estrecho y oscuro. Solo algunas piedras brillaban en las paredes, iluminando el camino con una luz azulada.
Seraphina todavía sostenía la mano del emperador.
Ninguno la soltó.
Durante varios segundos, solo se escuchó la respiración agitada de ambos.
—¿La sombra nos sigue? —susurró ella.
—No mientras permanezcamos aquí.
—¿Qué lugar es este?
—Una ruta de escape construida por mi familia.
—¿Y por qué está escondida?
—Para que los enemigos no pudieran llegar hasta el trono.
—Parece que también sirve para esconder secretos.
Aurelius la miró con cansancio.
—No puedes dejar de preguntar.
—No puedo dejar de descubrir que todos me han mentido.
El emperador apoyó la espalda contra la pared.
—Tu familia no te contó la verdad porque intentaba protegerte.
—Eso es lo que todos dicen.
—A veces es cierto.
—¿Y usted? ¿También me está protegiendo?
Aurelius bajó la mirada hacia sus manos unidas.
—Lo intento.
Seraphina sintió que el corazón le latía más rápido.
—¿Por qué?
El rostro de Aurelius se endureció.
—Porque tu presencia está relacionada con la maldición.
—Eso no responde a mi pregunta.
—Es la única respuesta que tengo.
—No. Es la respuesta que quiere darme.
Aurelius levantó los ojos.
La luz azulada del pasadizo marcaba las sombras de su rostro. Parecía más vulnerable que en el salón imperial, sin corona, sin capa y sin la distancia que imponía delante de la corte.
Seraphina se acercó un poco.
—¿Qué hizo mi abuela?
—Intentó destruir la fuente de la maldición.
—¿Por qué?
—Creía que podía salvarme.
—¿Salvarlo a usted?
Aurelius asintió lentamente.
—Cuando era niño, la rosa dorada me hirió. Mi familia llamó a hechiceros, médicos y sacerdotes. Todos fracasaron. Años después, tu abuela descubrió que las rosas no eran flores comunes. Eran parte de una magia antigua que se alimentaba del linaje imperial.
—¿Y por qué quiso destruirlas?
—Porque sabía que la maldición terminaría consumiéndome.
—¿Qué le ocurrió?
Aurelius miró hacia la oscuridad del pasadizo.
—Nunca regresó a Valdoria.
Seraphina sintió un nudo en la garganta.
—¿Murió?
—No lo sé.
—Usted debe saberlo.
—La noche que intentó quemar el jardín, desapareció. Después de eso, tu familia abandonó el imperio.
Seraphina pensó en su padre. En sus silencios. En la forma en que había palidecido al mencionar el pacto.
—Entonces él sabía que mi abuela había estado aquí.
—Sí.
—Y aun así me entregó.
Aurelius la miró con seriedad.
—Tu padre no te entregó a mí. Te entregó al pacto.
—La diferencia no me consuela.
Un sonido metálico resonó al final del pasadizo.
Aurelius se apartó de la pared y colocó a Seraphina detrás de él.
—Quédate aquí.
—No.
—Seraphina.
—No voy a esconderme cada vez que aparece una sombra.
—No es una sombra.
—Entonces ¿qué es?
Aurelius sacó una pequeña daga de su cinturón.
—Algo que lleva mucho tiempo buscando la entrada al palacio.
El sonido volvió a escucharse, más cerca.
Seraphina sintió que la medalla comenzaba a calentarse.
—Aurelius…
—¿Qué sucede?
—La medalla.
Una luz dorada se filtró entre sus dedos.
El emperador la miró con alarma.
—Quítatela.
—No puedo.
—Seraphina, quítatela ahora.
—¡No sé cómo!
La luz se extendió por el pasadizo y dibujó una línea sobre las piedras. Al otro lado de la pared apareció una puerta que ninguno de los dos había visto antes.
Aurelius observó el nuevo umbral.
—Ese lugar no estaba aquí.
—¿Qué hacemos?
La puerta se abrió lentamente.
Dentro había una habitación circular cubierta de rosas doradas. En el centro, sobre un altar de piedra, descansaba un retrato antiguo.
Seraphina se acercó.
La mujer del retrato tenía el cabello dorado, los ojos azules y una pequeña medalla de plata sobre el pecho.
Era su abuela.
Junto al retrato había una inscripción:
Cuando la hija de la luna regrese, el corazón de la bestia comenzará a despertar.