Valeria Grien y Maximiliano Starling no tienen absolutamente nada en común. Ella es una mujer de curvas generosas, caótica, expresiva y con una seguridad en sí misma que resulta magnética. Él es un hombre de negocios metódico, frío y un obsesivo del control que parece haber nacido con el traje puesto. Sin embargo, el destino —y el testamento de una abuela muy metiche— los obliga a tomar una decisión drástica: casarse y convivir bajo el mismo techo durante un año para no perder su herencia.
Dispuestos a sobrevivir al encierro sin matarse en el intento, firman un pacto inquebrantable con una regla de oro estricta: camas separadas y cero contacto físico. Todo marcha según el plan, entre discusiones domésticas y una tensión que echa chispas... hasta que una mañana Valeria se despierta con náuseas y una prueba con dos rayitas rosas en la mano.
¿El gran problema? Ella no sabe cómo pasó, y él, con su legendario autocontrol, muchísimo menos.
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CAPÍTULO 12: El veredicto de los amigos (El bombón sin memoria)
El tintineo de las tazas y el murmullo bajo de los clientes en la cafetería de siempre no lograban calmar el torbellino que Valeria traía en la cabeza. Sentada en la mesa del rincón, la misma donde tantas veces se había sentado a planear reformas de diseño o a quejarse de las estrictas manías de su esposo, Valeria tamborileaba los dedos sobre la madera con un ritmo frenético. Tenía la mirada perdida y las ojeras de las últimas tres mañanas de náuseas bien camufladas bajo una capa generosa de corrector.
Cuando las puertas de vidrio del local se abrieron, Alma y Gabriel entraron a paso apresurado, buscando con la mirada entre las mesas. Gabriel llevaba su habitual abanico colgado de la muñeca y una expresión de curiosidad morbosa que no podía ocultar; Alma, con su practicidad habitual, traía el ceño fruncido debido al tono de urgencia del mensaje de texto que Valeria les había enviado hacía apenas cuarenta minutos.
—A ver, Grien, más vale que te estés muriendo o que hayas quemado las camisas rosa chicle de tu marido —soltó Gabriel, dejándose caer en la silla de mimbre con un suspiro dramático—. Estaba en medio de una cotización de cortinas cuando me mandaste ese "Es una emergencia nacional, vengan ya o cometo un crimen". ¿Qué pasó? ¿El robot te cobró el impuesto por usar el papel higiénico de su lado del baño?
Alma se sentó al lado, colgando su bolso y mirando fijamente a su amiga.
—Estás pálida, Vale. ¿Qué pasa? ¿Tuvieron problemas con la auditoría de la constructora o descubrieron lo del cuarto de huéspedes?
Valeria esperó a que la mesera dejara un té de manzanilla frente a ella —el simple olor de la tarta de manzana de la vitrina le estaba revolviendo las entrañas— y un café americano para cada uno de sus amigos. Cuando la empleada se retiró, Valeria se inclinó sobre la mesa, asegurándose de que nadie más pudiera escucharla.
—Estoy embarazada —soltó a quemarropa, sin anestesia ni preámbulos.
El silencio que siguió en la mesa fue monumental. Gabriel, que justo acababa de darle un sorbo generoso a su café americano caliente, abrió los ojos como platos. Sus mejillas se inflaron, sus ojos se enrojecieron y, tras un segundo de pura lucha interna por no escupir el líquido sobre el vestido de Valeria, se atragantó de la manera más ruidosa posible. Empezó a toser con ganas, golpeándose el pecho con la mano libre mientras Alma le daba palmadas en la espalda, completamente estupefacta.
—¿Qué... qué dijiste? —consiguió articular Gabriel, con la voz rota y los ojos llorosos, limpiándose los labios con una servilleta de papel. De repente, la sorpresa en su rostro dio paso a una sonrisa gigante y maliciosa, y empezó a aplaudir con un entusiasmo que atrajo las miradas de dos señoras de la mesa vecina.
—¡No, no, no! ¡Esto es una joya cinematográfica! —chilló Gabriel, bajando la voz a regañadientes pero con una emoción vibrante—. ¡Ay, no, mi ciela! ¡Te comiste semejante bombón, un monumento de hombre con traje de tres piezas, y no te acuerdas de absolutamente nada! ¡Eso es un pecado capital, Valeria! La gente común y corriente paga fortunas, hace promesas a los santos y viaja por el mundo por un recuerdo así, ¡y tú vas y lo borras por completo con el alcohol exótico de la isla de Julián! Es una tragedia nacional.
—¡Gabriel, cállate! —siseó Valeria, con las mejillas encendidas de pura vergüenza—. No es gracioso. ¡No me acuerdo de nada! Desperté con el vestido al revés, una rebanada de pizza aplastada en la almohada y a Maximiliano en calzoncillos ejecutivos gritándome sobre la violación del contrato. ¡Estamos en pánico absoluto! Rompimos la regla de oro y ahora no hay marcha atrás.
Alma, que finalmente salía del estado de shock, soltó una carcajada limpia, tapándose la boca con las manos mientras negaba con la cabeza.
—Es el karma, amiga. Es el karma más puro y perfecto que he visto en toda mi vida —se burló Alma, apuntándola con una cucharilla—. ¿Te acuerdas de lo que decías hace tres meses? *"Yo jamás me voy a casar por amor, los hombres son un trámite y los niños son un atentado contra la paz mental"*. Y miren dónde estás ahora: casada con el soltero más codiciado y estirado de la élite empresarial, y fabricando un heredero Starling en tu vientre. El universo no corre, Valeria, vuela.
—Ustedes son pésimos amigos, de verdad —rezongó Valeria, dándole un sorbo amargo a su té de manzanilla, que no le sabía a nada—. Vine aquí buscando apoyo moral, tal vez un plan de escape a un país sin extradición, y lo único que obtengo son burlas y aplausos de foca.
—Cariño, es que no dimensionas la gravedad de tu suerte —insistió Gabriel, inclinándose hacia delante con los ojos brillando de picardía—. Estás gestando al heredero de la constructora. Imagínate los genes de ese bebé. Va a nacer con los ojos grises de Maximiliano, tus curvas y una obsesión innata por organizar sus juguetes con códigos de barras. Pero lo que me mata, lo que de verdad me quita el sueño, es que no puedas darnos los detalles jugosos. ¿Cómo fue? ¿El rey del hielo se derritió con pasión latina o aplicó una estrategia de negocios milimétrica en el colchón?
—¡Que no me acuerdo! —repitió Valeria, dándole un golpe suave a la mesa, aunque la risa de sus amigos empezaba a relajarle un poco el nudo de nervios del estómago—. Solo sé que entramos en modo negación total. Nos gritamos mutuamente echándonos la culpa para no pagar el millón de dólares de la apuesta, y decidimos fingir que nada pasó. Pero claro, a la biología no le importa nuestro estúpido contrato privado. Cuando Starling vio las dos rayitas rojas en el baño esta mañana, casi le da un síncope. Parecía un módem viejo intentando conectarse a Internet, se quedó tieso.
—¿Y qué te dijo? —preguntó Alma, sumamente interesada—. Porque me imagino que Maximiliano ya debe estar armando un Excel con el cronograma de vacunación y las marcas de carriolas permitidas en su departamento.
—Empezó a decir que era estadísticamente improbable y que era un falso positivo por culpa de mi dieta alta en sodio —contó Valeria, rodando los ojos—. Pero ya se tuvo que hacer a la idea. Le advertí que la cinta negra de la cocina quedó oficialmente anulada. No hay forma de dividir esto.
Gabriel soltó otro suspiro dramático, abanicándose con elegancia.
—Pues prepárate, mi amor. Porque si convivir con ese hombre siendo solteros era una guerra de guerrillas, ahora que hay un bebé de por medio va a ser la tercera guerra mundial. Pero míralo por el lado amable: tienes al esclavo más guapo del mercado inmobiliario a tu completa disposición para los próximos meses. Aprovecha cada maldito segundo de esa panza.
Valeria miró el fondo de su taza de té, sintiendo que la realidad finalmente se asentaba. Estaba asustada, sí, y la idea de compartir un hijo con el hombre más rígido del mundo parecía el argumento de una comedia de terror. Pero al ver las caras divertidas de Alma y Gabriel, supo que, al menos, el camino hacia la maternidad no iba a ser aburrido en absoluto.