En mi primera vida, amé a Julián con todo mi corazón.
Le entregué mi confianza, mi fortuna y hasta la casa de mi familia.
¿Y cómo me lo agradeció?
Me asesinó.
Junto a Lucía, mi supuesta mejor amiga, me hizo firmar los documentos que necesitaban y después puso veneno en mi sopa. Morí creyendo que había perdido al amor de mi vida.
Pero desperté diez años antes.
Tengo diecisiete años. Estoy de nuevo en la escuela. Mi fortuna sigue intacta y el cucaracho que me mató todavía cree que puede manipularme.
Esta vez, no.
No necesito adelgazar para ser valiosa. No necesito comprar amor. Y definitivamente no necesito salvar a un hombre que solo quiere hundirme.
Voy a recuperar mi vida, proteger mi fortuna y descubrir quién soy lejos de ellos.
Porque en esta segunda oportunidad, Julián aprenderá una verdad muy sencilla:
La heredera gordita ya no lo quiere.
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LAS LÁGRIMAS DE LA SERPIENTE
El viento frío de la tarde soplaba con fuerza en el patio trasero del Instituto San Jorge, cerca de los campos de entrenamiento. Lucía, a quien solo le habían permitido ingresar bajo custodia para firmar los papeles de su baja definitiva, esperaba oculta detrás de las gradas. Su rostro demacrado y sus ojos hinchados denotaban que no había dormido en días.
Cuando vio a Mateo acercarse a los vestidores con su maleta deportiva al hombro, corrió hacia él de forma desesperada, cortándole el paso.
—¡Mateo! ¡Por favor, escúchame un segundo! —suplicó Lucía, dejándose caer en un llanto histérico y llevándose las manos a la cara—. ¡Eres el único que puede ayudarme! ¡Tienes que hablar con el director!
Mateo se detuvo en seco. Su mirada oscura, habitualmente serena, se volvió tan helada como la escarcha.
—No tengo nada que hablar contigo, Lucía —dijo él con voz fría, intentando rodearla.
—¡Es que no entiendes! ¡Sofía te está engañando a ti también! —chilló Lucía, dejando que las lágrimas corrieran por sus mejillas mientras lo tomaba de la manga de la sudadera—. ¡Ella no es la paloma inocente que todos creen! ¡Es una serpiente manipuladora! Ella planeó todo desde el principio para destruirnos a Julián y a mí. ¡Ese audio en la cafetería, la libreta de diseños, el video... ella lo calculó todo! ¡Te está usando como su títere para verse como una santa!
Mateo se soltó de su agarre de un solo tirón, seco y tajante. Dio un paso hacia ella, imponiendo su estatura, mientras un gesto de profundo asco se dibujaba en su rostro.
—No me engañas, Lucía —sentenció Mateo con una rabia contenida que hizo que ella diera un paso atrás, asustada—. Eres una falsa y no te creo absolutamente nada.
—¡Es la verdad, Mateo! ¡Abre los ojos! —sollozó ella, intentando sonar desgarrada.
—La única que usó y engañó a todo el mundo fuiste tú —interrumpió Mateo, señalándola con el índice mientras su voz resonaba firme—. Traicionaste a tu amiga, le robaste sus diseños, te quedaste con sus joyas y te aliaste con un tipo despreciable para exprimirle el dinero a su familia. Y ahora que te atraparon, ¿vienes a llorar y a culpar a la víctima?
Lucía se congeló, ahogándose con su propio llanto.
—Sofía es una chica buena y noble —continuó Mateo, con los dientes apretados y los ojos brillando de indignación—. Es demasiado pura para este colegio y tuvo la desgracia de confiar en parásitos como tú y Julián. Así que escúchame bien: no vuelvas a hablar mal de Sofía frente a mí. Ni hoy, ni nunca.
—Mateo... por favor... —murmuró ella en un hilo de voz, destruida por completo.
—Si me entero de que te vuelves a acercar a ella o que intentas manchar su nombre otra vez, me encargaré personalmente de entregar a la fiscalía cada detalle que sé de tus trampas. Lárgate de aquí.
Mateo no esperó respuesta. Se acomodó la maleta al hombro y pasó por su lado sin volver a mirarla.
Lucía se quedó sola detrás de las gradas, temblando de rabia y humillación, comprendiendo que su actuación de víctima jamás funcionaría contra la lealtad ciega que Mateo le tenía a la heredera.
A unos metros de allí, oculta tras el muro del pabellón principal, me acomodé el cuello de mi blusa blanca. Sosteneba mi libreta de notas contra el pecho, luciendo frágil y timorata por si alguien me veía pasar.
Pero detrás de mi mirada inocente, una sonrisa amplia, dulce y mortífera se dibujaba en mis labios.
Mateo me había defendido con el corazón, convencido hasta la última fibra de su ser de que su "flor blanca" era un ángel indefenso. El escudo de protección que lo rodeaba a él y a mi reputación era ahora indestructible. Las lágrimas de la serpiente no servían de nada cuando el guardián ya había elegido a su reina.