Todos creen conocer a Damian Varela… pero nadie conoce su verdadero secreto.
Elena solo necesitaba un tutor que la ayudara a superar una etapa complicada de sus estudios. Lo último que esperaba era descubrir que el hombre encargado de ayudarla llevaba una vida completamente diferente a la que aparentaba.
Una fotografía, una puerta entreabierta y un nombre que jamás debería haber escuchado harán que Elena empiece a investigar.
Mientras más descubre, más preguntas aparecen.
¿Quién es realmente Damian Varela?
Y, sobre todo… ¿qué hará cuando descubra que Elena conoce su secreto?
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Capítulo 8: Celos y Advertencia
La semana transcurrió entre horas lentas y minutos que volaban. En público, Damian era el profesor impecable, distante, casi ajeno a su existencia. En privado… era fuego puro contenido tras una máscara de hielo. Elena vivía esperando las cinco de la tarde como quien espera el amanecer tras una noche eterna. Aquel viernes, sin embargo, el destino decidió poner a prueba su control.
Terminaba la clase de historia del arte. Elena guardaba sus cuadernos cuando Javier, un compañero que solía sentarse cerca de ella, se acercó con una sonrisa amable y un brillo en los ojos que no había notado antes.
—Oye, Elena —le dijo, apoyando una mano en el borde de su mesa—. He estado pensando… ¿te gustaría ir a la cafetería más tarde? Hay algo que quiero decirte. Algo importante.
Elena se quedó paralizada un instante. Miró hacia el frente del salario, hacia donde Damian hablaba con dos estudiantes. No la miraba, no podía estar escuchando… y aun así sintió culpa.
—Yo… Javier, lo siento —respondió bajando la voz—. No puedo. Tengo compromisos más tarde.
—¿Seguro? —insistió él, acercándose un poco más y rozando su muñeca con los dedos—. No te tomará mucho tiempo. De verdad… me gustas mucho, Elena. ¿Cómo no te habías dado cuenta?
Elena retiró la mano suavemente, incómoda, y alzó la vista por instinto. Damian ya no hablaba con nadie. Estaba de pie, inmóvil, mirándolos con una frialdad que pareció bajar la temperatura de toda la habitación. Sus ojos grises estaban endurecidos como hielo milenario, fijos en la mano de Javier que segundos antes la había tocado.
—Tengo que irme —dijo Elena apresurada, guardando lo último en su carpeta—. Adiós, Javier.
Salió del salón con el corazón golpeando contra las costillas. No se dirigió al despacho todavía; necesitaba calmarse. Caminó por el patio trasero, respirando hondo, preguntándose si lo que había visto era verdad o solo su imaginación. Aquella mirada… no era de profesor celoso. Era de hombre que reclama lo suyo. Y la aterrorizó y la excitó a partes iguales.
Cuando llegó por fin a la puerta del despacho, estaba entreabierta. Entró despacio. Damian estaba de pie junto a la ventana, de espaldas a la puerta. No se giró al oírla entrar.
—¿Quién es él? —preguntó de pronto, sin saludo previo, su voz baja y peligrosa.
Elena cerró la puerta con cuidado, sintiendo cómo el aire se volvía pesado. —Un compañero. Nadie importante.
—¿Nadie importante? —repitió él, girándose lentamente. Tenía la mandíbula apretada, las pupilas dilatadas, las manos cerradas en puños a los costados—. Así que cualquiera puede acercarse a ti. Tocarte. Decirte que le gustas… y no significa nada. ¿Es eso?
Elena alzó la barbilla, desafiándolo a pesar del temblor que recorría sus piernas. —¿Y a usted qué le importa? ¿Recuerda lo que me dijo? “Solo una lección. Nada más”. ¿O acaso cambió las reglas sin avisarme?
Damian soltó una risa seca, carente de alegría, y caminó hacia ella con paso lento y decidido. Elena retrocedió hasta que su espalda chocó contra la estantería de libros. Él se detuvo justo frente a ella, invadiendo su espacio sin tocarla, imponiendo su presencia como una sombra poderosa.
—Las reglas siguen en pie —dijo, inclinándose hacia ella hasta que sus rostros quedaron a pocos centímetros—. Pero hay algo que olvidas: eres mi alumna. Y mientras estés bajo mi tutela, nadie te toca. Nadie te mira con esos ojos hambrientos. Nadie se te acerca como si tuviera derecho a ti. ¿Entendido?
—¿Y usted sí lo tiene? —susurró ella, con el pulso desbocado—. ¿Usted tiene derecho a decirme con quién hablar o a quién dejar que me mire?
Damian se inclinó más, rozando su oreja con los labios, y su voz fue un rugido contenido contra su piel:
—Sí. Porque te quiero para mí. Aunque no pueda tenerte. Aunque deba ocultarlo. Aunque me destruya por dentro cada vez que te vea y no pueda decir en voz alta que eres mía. Mía en secreto. Mía en la sombra. Mía aunque nadie lo sepa.
Elena contuvo el aliento. Su corazón iba a estallar. —¿Suyo? —repitió casi sin voz—. ¿Es eso lo que soy? ¿Su posesión secreta? ¿Su pasatiempo?
Damian la arrinconó suavemente contra la estantería, apoyando una mano junto a su cabeza y acercando su cuerpo hasta que sus pechos casi se rozaron. No la lastimaba, no la apretaba con violencia… la reclamaba con toda su alma en cada músculo tenso.
—Eres mucho más que eso, Elena —susurró con desesperación—. Eres mi cordura y mi locura a la vez. Y no soporto que nadie más te mire como te miro yo. Que nadie descubra lo que yo descubrí: que tiemblas cuando te rozan. Que te sonrojas cuando te desean. Que… —bajó la mirada a sus labios entreabiertos y luego volvió a subirla lentamente a sus ojos— …que eres mía, aunque tú misma aún no lo sepas.
—¿Y si no quiero serlo? —retó ella, con lágrimas de emoción acumulándose tras sus párpados.
Damian sonrió con media boca, amargo y hambriento a un tiempo. Acarició su mejilla con el dorso de los dedos, despacio, con una ternura que dolía más que cualquier golpe.
—Entonces márchate ahora. Sal de aquí y no vuelvas. Pero si te quedas… si cruzas esa línea conmigo… no habrá vuelta atrás. Nadie más tendrá tu corazón. Nadie más tocará tu piel. Serás miá. Completamente. Aunque nadie lo sepa. ¿Te quedas… o te vas?
Elena miró sus labios, sus ojos grises oscurecidos por el deseo y la posesión, su mano firme contra la madera junto a su cabeza. Pensó en salir. En alejarse de aquel hombre que la atraía y la destruía a partes iguales. Pero sus labios se movieron solos, en un susurro que selló su destino:
—Me quedo.
Damian cerró los ojos un instante, como si hubiera recibido el regalo más preciado y pesado de su vida. Cuando los abrió, ya no había ira en ellos. Solo un amor aterrador y absoluto.
—Bien —susurró contra su frente, rozándola apenas con los labios—. Entonces recuérdalo siempre. Nadie más. Jamás.