Un vals, un rumor y un compromiso que nadie supo desmentir.
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Capítulo 3: La visita formal y el desastre del té
Beatrice Montclair había pensado muchas veces en la muerte social.
La había imaginado como algo majestuoso, quizá una retirada lenta de los salones, un abanico cerrándose con sentencia definitiva o una condesa viuda pronunciando su nombre con suficiente lástima para envejecerla diez años.
No había imaginado que la muerte social llegaría en forma de visita formal a las cuatro de la tarde.
Tampoco había imaginado que llevaría guantes impecables, una tarjeta de presentación y el nombre de Lord Nathaniel Ashford.
—No frunzas el ceño —dijo Lady Agatha desde el sofá.
Beatrice dejó de mirar la ventana con expresión de condenada.
—No estoy frunciendo el ceño.
—Querida, pareces una joven a punto de ser entregada a un convento especialmente aburrido.
—Un convento no tendría a Lady Harcourt contando mi cintura entre sus bendiciones.
Lady Agatha tosió dentro de su taza.
—No repitas eso.
—No lo inventé yo. Fue Sebastián.
—Precisamente por eso no debes repetirlo.
Beatrice caminó hasta la mesa del té y observó las tazas como si pudieran ayudarla a escapar. Clara, la sirvienta de la casa Montclair, acomodaba los pastelillos con una serenidad ofensiva.
—Clara —dijo Beatrice—, ¿qué probabilidades hay de que Lord Ashford olvide la dirección?
—Pocas, señorita.
—¿Y de que el carruaje pierda una rueda?
—Sería desafortunado.
—No pregunté si sería desafortunado. Pregunté si sería posible.
Clara colocó una cucharilla junto a una taza.
—Todo es posible, señorita. Pero Lord Ashford parece el tipo de caballero que llegaría puntual incluso caminando sobre tres ruedas.
Lady Agatha miró a Clara.
—Esa observación no ayuda.
—No, milady. Pero fue precisa.
Beatrice señaló a Clara con satisfacción.
—La precisión debería ser recompensada.
—La precisión, en esta casa, suele causar problemas —dijo Lady Agatha.
—Entonces estamos condenadas por excelencia.
La campanilla sonó.
Beatrice se quedó inmóvil.
Lady Agatha enderezó la espalda. Clara desapareció con la eficiencia de una mujer que prefería observar desastres desde lugares estratégicos. Beatrice miró el reloj, indignada.
—Está puntual.
—Qué escándalo —dijo Lady Agatha.
—Podría haber tenido la cortesía de retrasarse tres minutos para que pudiera despreciarlo con fundamento.
—Ya encontrarás otro fundamento.
—Gracias por confiar en mí.
Clara apareció en la entrada.
—Lord Ashford, milady.
Nathaniel Ashford entró en el salón con una inclinación impecable y una expresión cuidadosamente serena. Era, pensó Beatrice, profundamente injusto que un hombre pudiera parecer tan correcto en una habitación donde todos sabían que su mano había sido tema de conversación durante las últimas veinticuatro horas.
—Lady Agatha —dijo él—. Señorita Montclair.
—Lord Ashford —respondió Lady Agatha.
Beatrice hizo una reverencia.
—Lord Ashford.
Él la miró. No de forma larga. No de forma imprudente. Solo lo suficiente para que ella recordara el vals, el tropiezo y aquel segundo en que el salón entero pareció tomar aire.
Molesto.
Innecesariamente molesto.
—Espero no llegar en mal momento —dijo Nathaniel.
—Al contrario —respondió Lady Agatha—. Llegó exactamente cuando debía.
—Eso suena a acusación —murmuró Beatrice.
Nathaniel la oyó.
Por supuesto que la oyó.
—Intentaré defenderme con dignidad.
Beatrice alzó una ceja.
—¿Tiene experiencia en juicios por puntualidad?
—No hasta hoy.
Lady Agatha indicó el asiento frente a ellas.
—Por favor, Lord Ashford.
Nathaniel se sentó con una compostura que hizo que Beatrice desconfiara de sus rodillas. Nadie debería sentarse con tanto sentido del deber.
Clara sirvió el té.
El silencio cayó sobre el salón con modales excelentes y malas intenciones.
Beatrice decidió romperlo antes de que el silencio se sintiera demasiado cómodo.
—¿Ha sobrevivido usted al baile de Bellhaven, Lord Ashford?
—Eso creo.
—Qué respuesta prudente.
—No he recibido noticias que indiquen lo contrario.
Lady Agatha tomó su taza.
—Nosotras sí.
Nathaniel miró hacia ella.
—Lo lamento.
Aquello fue tan directo que Beatrice dejó de jugar con su cucharilla.
—No tiene por qué disculparse —dijo.
—El rumor también la afecta a usted.
—El rumor parece tener una vida muy activa. No creo que necesite nuestra ayuda.
—No, pero sí nuestra atención.
Beatrice lo observó.
Él no parecía incómodo por estar allí. No exactamente. Parecía decidido. Como si hubiera entendido que la visita no era un trámite social, sino una forma de no dejarla sola con las consecuencias.
Eso era inoportuno por razones muy distintas a la puntualidad.
Lady Agatha dejó su taza sobre el platillo.
—Lord Ashford, supongo que su madre está al tanto de las conversaciones.
—Sí.
—¿Y qué opina?
—Que no conviene alimentar el rumor con explicaciones desesperadas.
Beatrice hizo una mueca.
—Las madres y las tías deberían prohibirse reunirse sin supervisión.
—Fue una conversación razonable —dijo Nathaniel.
—Eso lo hace más peligroso.
—También opina que una visita formal era apropiada.
—Por supuesto que sí. Nada desmiente un falso compromiso como una visita formal del falso prometido.
Nathaniel parpadeó.
Lady Agatha cerró los ojos.
Clara, desde la mesa auxiliar, se volvió demasiado despacio.
Beatrice se dio cuenta tarde.
—No quise decir prometido.
Nathaniel bajó la mirada hacia su taza.
—Lo supuse.
—Dije falso prometido en sentido técnico.
—La técnica no suele sobrevivir al chisme —dijo él.
Beatrice lo miró.
—Esa frase es mía.
—La escuché ayer.
—Entonces además de correcto es usted ladrón.
La boca de Nathaniel se movió apenas.
—Solo de frases útiles.
—Qué conveniente.
Lady Agatha intervino antes de que aquello pudiera convertirse en algo parecido a diversión.
—Lo importante es que ambos se muestren tranquilos.
Beatrice miró su taza.
—Yo estoy tranquila.
Clara, que acababa de acercarse con el azucarero, casi dejó caer una pinza.
Beatrice la miró.
—No haga comentarios, Clara.
—No pensaba hacerlo, señorita.
—Eso fue un comentario silencioso.
—Sí, señorita.
Nathaniel bajó la vista otra vez, pero Beatrice alcanzó a ver la amenaza de una sonrisa.
—No sonría —dijo ella.
—No estoy sonriendo.
—Está considerando hacerlo.
—Eso no puede probarse.
—Su boca es muy poco discreta.
El silencio que siguió fue corto.
Pero no fue inocente.
Lady Agatha tomó té con una calma heroica. Clara miró fijamente los pastelillos como si fueran testigos de un crimen.
Nathaniel levantó la taza.
—Intentaré controlar mi boca.
Beatrice se atragantó con aire.
Lady Agatha dejó la taza con un golpe suave, pero definitivo.
—Pastelillos —dijo.
Clara avanzó con la bandeja, probablemente agradecida de tener una misión que no fuera presenciar el colapso de la decencia.
Beatrice tomó uno por instinto. Nathaniel no tomó ninguno.
—¿No come pastelillos? —preguntó ella.
—Sí.
—¿Entonces?
—Esperaba.
—¿A qué?
—A que usted terminara su evaluación.
Beatrice lo miró con sospecha.
—Se está burlando.
—Muy poco.
—Eso es peor. La burla moderada suele ser más peligrosa.
Nathaniel tomó un pastelillo y lo observó con solemnidad.
—¿Hay un procedimiento?
—Sí. Primero se comprueba si la masa es digna. Luego se decide si la crema merece perdón.
—¿Perdón?
—Muchas cremas han cometido delitos.
—Ignoraba ese aspecto de la repostería.
—Es porque no presta suficiente atención a las cosas importantes.
Nathaniel mordió el pastelillo.
Beatrice esperó.
Él tragó.
—La masa es digna.
A Beatrice se le escapó una risa.
No una sonrisa controlada. No una cortesía de salón. Una risa verdadera, breve, sorprendida.
Nathaniel la miró.
Con horror creciente, Beatrice descubrió que aquella mirada no contenía triunfo.
Solo algo suave, casi curioso. Como si verla reír hubiera sido un hallazgo.
Lady Agatha también lo notó.
Naturalmente.
—Bien —dijo la tía—. Ya que hemos establecido la dignidad de la masa, hablemos de lo ocurrido.
Beatrice perdió la risa.
—Prefería la crema criminal.
Nathaniel dejó el pastelillo en el plato.
—Lo ocurrido fue un accidente.
—Exactamente —dijo Beatrice.
—La señorita Montclair perdió un paso y yo la sujeté para evitar que cayera.
Lady Agatha lo observó con atención.
—Eso es lo que diremos si alguien pregunta.
—¿Y si no preguntan? —dijo Beatrice.
—No ofreceremos detalles.
—Una pena. Yo había preparado un discurso sobre la injusticia de los pies.
Nathaniel la miró.
—Su pie actuó con audacia.
Beatrice lo señaló con el pastelillo.
—No anime a mi pie. Ya tiene demasiada personalidad.
Esta vez Nathaniel sonrió de verdad.
No mucho. No de forma imprudente. Pero de verdad.
Y Beatrice, que había pasado gran parte de la mañana decidida a considerar a Lord Ashford una consecuencia social con guantes, sintió que algo en ella se detenía.
No era justo.
Un hombre serio no debería sonreír como si acabara de abrir una ventana.
Lady Agatha carraspeó.
Nathaniel recuperó la compostura de inmediato.
Beatrice no.
Para disimular, tomó la tetera.
Fue un error.
El asa estaba más caliente de lo esperado. Beatrice soltó una pequeña exclamación, intentó no parecer afectada y, en el proceso, inclinó la tetera de un modo que convirtió un simple servicio de té en una amenaza hidráulica.
El chorro cayó primero en la taza.
Luego en el platillo.
Luego, con una determinación imposible de explicar, sobre el mantel.
—Beatrice —dijo Lady Agatha.
—Está bajo control.
El té avanzó hacia el borde de la mesa.
Nathaniel se levantó al instante, tomó una servilleta y la colocó con precisión sobre la zona afectada. Beatrice intentó ayudar y chocó su mano con la de él.
Ambos se quedaron quietos.
Los dedos de Nathaniel rozaron los suyos.
No fue casi nada.
Fue suficiente.
Clara apareció con otro paño antes de que la catástrofe alcanzara proporciones históricas.
—Gracias, Clara —dijo Lady Agatha con la voz de quien ha envejecido varias estaciones en un minuto.
—Sí, milady.
Beatrice retiró la mano.
—Fue la tetera.
Nathaniel miró el mantel.
—Entiendo.
—No me crea con ese tono.
—No he usado tono.
—Lord Ashford, usted tiene tonos enteros sin mover la voz.
Clara apretó los labios.
Lady Agatha la miró.
Clara recuperó la neutralidad doméstica con admirable velocidad.
Nathaniel tomó asiento otra vez.
—Lamento haber invadido el área del té.
—No la invadió. Intervino.
—¿Eso es mejor?
—Depende de si alguien lo vio desde la ventana y decidió que estamos comprometidos con el mantel.
Nathaniel bajó la cabeza.
Sus hombros se movieron apenas.
Beatrice lo miró con triunfo.
—Está riendo.
—No.
—Sí.
—Tal vez.
—Magnífico. Lord Ashford tiene humanidad. Clara, anótelo.
—No tenemos un libro para eso, señorita.
—Deberíamos.
Lady Agatha levantó una mano.
—No habrá libros.
—Solo uno pequeño.
—Ninguno.
Nathaniel miró a Beatrice.
—¿Suele registrar descubrimientos?
—Solo los importantes.
—¿Y mi humanidad lo es?
La pregunta no debió sonar así.
No debió volverse más baja, más directa, más cercana que el té, el mantel y la presencia de Lady Agatha.
Beatrice sostuvo su mirada durante un segundo.
—Todavía está en evaluación.
Nathaniel no sonrió esta vez.
Pero sus ojos sí cambiaron.
Lady Agatha dejó la taza con demasiada delicadeza.
—Clara, creo que necesitaremos más agua caliente.
Clara entendió de inmediato una orden que no tenía nada que ver con agua.
—Sí, milady.
Cuando Clara salió, Lady Agatha se inclinó apenas hacia delante.
—Lord Ashford, aprecio su visita.
—Era lo correcto.
—Lo sé. Pero quiero saber si también era lo que deseaba hacer.
Beatrice miró a su tía.
—Tía.
Nathaniel no pareció ofendido. Tampoco sorprendido.
—Sí —dijo.
La respuesta fue tan simple que resultó peligrosa.
Beatrice sintió que el salón volvía a quedarse estrecho.
—No deseo que la señorita Montclair cargue sola con un rumor que empezó en un baile donde ambos estábamos presentes —continuó Nathaniel—. Tampoco deseo que se sienta obligada a nada por mi presencia aquí.
Lady Agatha lo estudió.
Beatrice bajó la mirada hacia sus guantes.
Aquello era lo insoportable de Lord Ashford. No que fuera correcto. La corrección podía ser rígida, fría, cómoda para quien la usaba como escudo. Pero la suya parecía tener atención. Peso. Cuidado.
—Muy noble —dijo Beatrice, porque necesitaba devolver algo a su sitio.
Nathaniel la miró.
—No era mi intención parecer noble.
—Entonces debería practicar menos.
—¿La nobleza accidental también es un defecto?
—En exceso, sí.
—Lo tendré presente.
Clara volvió con agua caliente y una expresión de quien había oído exactamente lo suficiente desde el pasillo.
El resto de la visita transcurrió sin más derrames, lo cual Beatrice consideró una victoria notable. Hablaron del clima, de Bellhaven, de la música del baile y de la desafortunada costumbre de Valdoria de confundir accidentes con anuncios.
Nathaniel se comportó con impecable cortesía.
Beatrice intentó comportarse con razonable moderación.
Ninguno logró engañar por completo a Lady Agatha.
Cuando Nathaniel se levantó para marcharse, Beatrice también se puso de pie.
—Lord Ashford.
—Señorita Montclair.
Hubo una pausa.
No larga.
No comprometedora.
Pero Lady Agatha la vio.
Clara también, desde la entrada.
Probablemente el mantel.
—Gracias por venir —dijo Beatrice.
Nathaniel sostuvo su mirada.
—Gracias por recibirme.
—Fue una visita muy educativa.
—Aprendí bastante sobre pastelillos.
—Y sobre teteras peligrosas.
—Y sobre pies audaces.
—No le dé importancia. Mi pie se volvería insoportable.
Nathaniel inclinó la cabeza.
—Entonces no diré nada.
Beatrice sonrió antes de poder impedirlo.
Él la vio.
Y esa fue, quizá, la peor parte de la visita.
Cuando Nathaniel salió, el salón quedó extrañamente silencioso.
Lady Agatha esperó hasta que Clara cerró la puerta.
Luego dijo:
—Bien.
Beatrice cerró los ojos.
—Ese “bien” parece una trampa.
—Lo es.
—No hay nada que decir.
—Hay demasiado.
—Fue una visita formal.
—Fue una visita formal durante la cual derramaste té, discutiste con un caballero sobre la moral de los pastelillos y lo hiciste sonreír tres veces.
—¿Las contó?
—Soy tu tía. Contar es una forma de supervivencia.
Beatrice volvió a sentarse.
—No significa nada.
Lady Agatha tomó su taza.
—No he dicho que signifique algo.
—Lo pensó.
—Pienso muchas cosas.
—La mayoría peligrosas.
—Probablemente.
Clara se acercó a retirar los platos.
—Si me permite, señorita, Lord Ashford pareció menos mueble caro de lo esperado.
Beatrice la miró.
Lady Agatha se quedó inmóvil.
—¿Mueble caro? —preguntó la tía.
Beatrice sintió que el alma le abandonaba el cuerpo.
—Fue una observación privada.
—¿Sobre Lord Ashford?
—No exactamente.
Clara, con una falta de arrepentimiento admirable, levantó la bandeja.
—Dijo que parecía el tipo de caballero que una coloca en un salón para demostrar respetabilidad, pero que nadie se atreve a mover.
Lady Agatha miró a Beatrice.
—Beatrice.
—En mi defensa, era antes de que demostrara movilidad.
Clara salió antes de que la acusaran formalmente.
Lady Agatha respiró hondo.
—Lord Ashford no es un mueble caro.
Beatrice miró hacia la puerta por donde él se había marchado.
Recordó su sonrisa. Su mano apartando el té. La forma en que había dicho “sí” cuando Lady Agatha preguntó si deseaba venir.
—No —dijo al fin—. Empiezo a sospechar que no.