Ella era una científica que renace en un nuevo mundo. Ahora tiene magia y puede dedicarse a cumplir sus sueños.
*Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Refugiados 3
El día avanzó rápidamente.
Uno tras otro, los niños fueron entrando en la pequeña cabaña.
Megara los atendía a todos.
Preguntaba sus nombres.
Sus edades.
Qué habían comido durante los últimos días.
Si tenían dolores.
Si podían dormir bien.
Si se cansaban al caminar.
Observaba sus síntomas y anotaba cada detalle.
Después preparaba pequeñas dosis de las pociones que había llevado.
Algunas funcionaban inmediatamente.
Otras necesitaban más tiempo.
En algunos casos, simplemente recomendaba descanso y una alimentación adecuada.
Pero Megara no dejó de trabajar.
Ni siquiera cuando su estómago comenzó a protestar.
Al principio lo ignoró.
[Después como].
Continuó trabajando.
Una hora después volvió a sentir hambre.
[Después].
Continuó.
Luego comenzó a sentir cansancio.
[Después].
Continuó.
Thomas, que había permanecido junto a ella durante todo el día, comenzó a notar pequeños detalles.
Megara llevaba varias horas sin sentarse correctamente.
Había tomado muy poca agua.
No había comido nada desde el desayuno.
Y, aun así, seguía atendiendo a los niños como si no sintiera cansancio.
Hasta que finalmente Thomas la vio quedarse quieta durante unos segundos frente a la mesa.
Megara miró sus anotaciones.
Parpadeó.
Y volvió a tomar el lápiz.
Thomas intervino.
—Lady Megara.
Ella levantó la cabeza.
—¿Sí?
—Es suficiente por hoy.
Megara negó inmediatamente.
—Todavía faltan personas.
—Lo sé.
—Entonces todavía no terminé.
Thomas se acercó.
—Has estado atendiendo niños todo el día.
—Sí.
—Sin comer.
Megara hizo una pequeña pausa.
—Bueno...
—Sin descansar.
—He descansado un poco.
Thomas la miró.
—¿Cuándo?
Megara pensó.
No encontró una respuesta.
Thomas sonrió.
—Exactamente.
Megara suspiró.
—Pero estoy bien.
—Estás cansada.
—Un poco.
—Y tienes hambre.
Megara lo miró.
Su estómago decidió responder por ella.
Gruñó.
Fuerte.
Megara cerró los ojos.
[Qué traicionero].
Thomas tuvo que contener una sonrisa.
—Creo que tu cuerpo acaba de responder por ti.
Megara se cruzó de brazos.
—Tal vez.
—Vamos a descansar.
Ella miró su cuaderno.
—¿Falta mucho?
Thomas pensó unos segundos.
—Vamos aproximadamente por la mitad de los niños.
Megara abrió un poco los ojos.
—¿La mitad?
—Sí.
—¿Y todavía faltan adultos?
—Sí.
—¿Y ancianos?
—También.
Megara suspiró.
—¿Son muchos?
—No tantos como los niños.
Ella miró hacia la puerta.
Después hacia sus frascos.
Luego hacia su cuaderno.
Finalmente asintió.
—Está bien.
Thomas sonrió.
—¿De verdad?
—Sí.
Megara cerró su cuaderno.
—Pero quiero comer algo delicioso.
Thomas soltó una pequeña risa.
—Eso podemos solucionarlo.
—¿Dónde?
—Hay un salón de té bastante agradable cerca.
Megara levantó la mirada.
—¿Un salón de té?
—Sí.
—No.
Thomas parpadeó.
—¿No?
Megara negó con la cabeza.
—No me gustan esos lugares.
—¿Por qué?
—Hay demasiadas personas.
Thomas sonrió.
Por supuesto.
Debió imaginarlo.
—Entonces podemos buscar otro lugar.
Megara lo pensó.
—¿Podemos comer solamente nosotros?
Thomas se quedó completamente quieto.
Megara continuó hablando con total naturalidad.
—Prefiero comer tranquila.
Thomas la observó.
Ella no parecía darse cuenta de lo que acababa de decir.
—Los lugares con muchas personas me molestan.
Thomas intentó mantener una expresión tranquila.
—Entonces...
Hizo una pequeña pausa.
—Podemos comer solos.
Megara sonrió.
—Perfecto.
Para ella, aquella conversación era completamente sencilla.
No había coqueteo.
No había ninguna intención oculta.
Simplemente quería comer sin tener que escuchar conversaciones de desconocidos a su alrededor.
Thomas, sin embargo...
No pudo evitar sentirse feliz.
[Comer solos].
La frase se repitió en su cabeza.
Sabía perfectamente que Megara no lo había dicho con ninguna intención romántica.
Ella simplemente no soportaba los lugares llenos de gente.
Y probablemente habría dicho lo mismo si él fuera otra persona.
Pero...
No pudo evitar alegrarse.
[Al menos quiere estar conmigo].
Thomas sonrió.
—Entonces será así.
Megara tomó su maleta pequeña.
—¿Vamos?
—Vamos.
Antes de salir, Megara miró una última vez sus frascos.
—Mañana continuamos.
Thomas asintió.
—Mañana.
Ella salió de la cabaña.
Thomas caminó a su lado.
Y mientras avanzaban, Megara pensaba únicamente en la comida.
[Quiero algo caliente].
[Algo delicioso].
[Y que no tenga insectos].
Thomas, por su parte...
Solo podía pensar en una cosa.
Había pasado todo el día junto a ella.
Había escuchado su voz.
La había visto trabajar.
Había visto cómo trataba a los niños.
Y ahora iban a comer juntos.
Solos.
Quizás para Megara aquello no significaba nada.
Pero para Thomas...
Era una pequeña victoria.
Una que, por alguna razón, lo hacía sonreír como un hombre que acababa de recibir el mejor regalo del mundo.