«Mi sangre no pide compasión; exige ser devorada.»
El chasquido del cerrojo blindado nos dejó a oscuras en el laboratorio subterráneo. En el suelo, los vidrios de mi última ampolleta de supresor. En mis venas, el desastre.
Mi cuerpo es una trampa: libero un aroma a miel y jazmín tan violento que me dobla las rodillas, me asfixia la garganta y me humilla. La ventilación esparce la plaga de mi olor por el aire sellado, y la biología no perdona.
Tres aromas depredadores acorralan mi agonía en la penumbra. Sin medicina que me salve, sin aire para gritar y con la fiebre del celo quemándome la piel desde adentro.
La cacería empezó. Y la única duda es cuál de los tres clavará primero sus garras en mi nuca.
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CAPÍTULO 17: RUMBO A LAS TIERRAS CENIZA
RUMBO A LAS TIERRAS CENIZA
El amanecer sobre Arcadia no trajo luz, sino una bruma espesa teñida por el humo que aún emanaba de los restos de la flota de Elysium.
A bordo del transporte táctico de largo alcance, el silencio era un muro infranqueable. La barrera blindada de la habitación se había abierto dos horas antes de partir. Mi glándula, estabilizada a la fuerza por las dosis de suero neutro que Valen me había dejado en la mesa, ya no liberaba la marea dulce de la noche anterior, pero la memoria del aire denso y sofocante seguía flotando entre los cuatro.
Ajusté las cinchas de mi chaleco táctico frente al monitor de navegación. Mi rostro se mantenía frío, distante, cortando de raíz cualquier intento de conversación personal.
Kaelen ingresaba las coordenadas de vuelo en la consola principal. El general vestía su uniforme de combate sin las insignias de Arcadia, y aunque mantenía la postura rígida y profesional, sus ojos ámbar me buscaban por el espejo retrovisor cada vez que creía que no lo observaba. Los dedos de su mano izquierda se abrían y cerraban con una tensión sorda, recordando el calor de mi piel bajo las yemas de sus dedos durante la crisis de la suite.
—El trayecto hacia Neópolis cruza la franja central de las Tierras Ceniza —explicó Kaelen con la voz neutra, señalando la holopantalla—. Es un desierto radioactivo sin ley. Volaremos a baja altura bajo el radar del continente para no alertar a los satélites de las otras megaciudades.
En el asiento del piloto, Eren sujetaba los mandos con una fuerza excesiva. Llevaba las mangas de la camiseta enrolladas, dejando al descubierto los músculos tensos de sus brazos y las venas marcadas por el esfuerzo de contener su propio celo. Se negaba a mirarme directamente, pero cada vez que yo me movía dentro de la pequeña cabina, el músculo de su mandíbula se contraía.
—El sistema de ventilación está al máximo —murmuró Eren con voz rasposa, ajustando un dial sin necesidad—. Si necesitas algo de comer o agua... dilo.
El intento de atención en su tono era tosco, casi torpe, pero delataba la lucha interna que lo devoraba. Eren no sabía cómo ser suave; solo sabía proteger con ferocidad y no podía procesar que la necesidad de cuidarme no venía de un impulso territorial de casta, sino de un pánico sordo a que yo sufriera de nuevo.
Valen trabajaba en el pequeño laboratorio del fondo del transporte, analizando los datos biométricos que le habíamos extraído al Comandante de Elysium. Me acerqué a su mesa de trabajo para revisar los mapas.
Al notar mi presencia, Valen se congeló. Sus manos temblaron sobre las placas de vidrio antes de alzar los ojos hacia mí.
—La muestra de sangre del prisionero confirma lo peor, Lian —dijo Valen en un susurro, buscando mis ojos con una vulnerabilidad que no podía ocultar—. El científico de Neópolis no solo creó tu anomalía... logró modificar genéticamente a los soldados Pura Sangre de Elysium para anular los receptores olfativos de sus cerebros. Para ellos, tu aroma no existe.
—Lo que significa que mi única defensa biológica no servirá de nada en Neópolis —concluí sin alterar la voz.
—Significa que si entramos a esa ciudad, dependerás por completo de nuestras armas... y de nosotros —intervino Kaelen desde el puente, acercándose con paso firme hasta quedar a un metro de mí.
—Puedo cuidarme solo, Kaelen —respondí, mirándolo fijamente a los ojos—. Ya se los dejé claro.
Antes de que Kaelen pudiera responder, un pitido agudo de alarma de colisión rompió la atmósfera de la nave. El transporte se sacudió violentamente por una detonación lateral que hizo chispear los paneles de control.
—¡Nos están fijando desde la superficie! —gritó Eren desde los mandos, maniobrando con brusquedad mientras la nave caía en picada hacia las dunas de metal y ceniza—. ¡Son cazadores de las Tierras Ceniza! ¡Tienen cañones térmicos de desecho!
Un segundo impacto atravesó el ala derecha del vehículo. La compuerta lateral de la cabina saltó en mil pedazos por la presión, llenando el espacio con un torbellino de aire tóxico y arena gris.
Un proyectil de plasma cruzó la brecha abierta, dirigiéndose directamente hacia mi pecho.
No hubo tiempo para la estrategia militar, ni para la contención olfativa, ni para el orgullo.
—¡Lian! —el grito de Eren no fue una orden Alfa; fue un alarido de terror puro.
Eren soltó los mandos sin dudarlo un segundo, arrojándose sobre la mesa de estrategia y cruzando su propio cuerpo frente al mío. La carga de plasma impactó de lleno contra el blindaje de la hombrera táctica de Eren, quemándole la piel y lanzándonos a ambos contra el suelo del vehículo.
Al mismo tiempo, Kaelen ejecutó una maniobra con la mano izquierda sobre la palanca de emergencia para estabilizar la nave mientras con la derecha desenfundaba su arma, cubriéndome con su propia espalda para recibir cualquier otro impacto entrante. Valen, sin pensar en su propia seguridad, se lanzó al piso para proteger mi cabeza con sus manos contra el golpe del metal.
El transporte se estampó contra una duna de ceniza, arrastrándose metros hasta detenerse en una nube de polvo espeso.
Las luces de la cabina parpadearon en un rojo agónico.
En medio del humo, el silencio regresó. Eren estaba sobre mí, respirando con dificultad mientras la quemadura de su hombro humeaba. Sus ojos carmesí no buscaban su herida, ni evaluaban la amenaza enemiga: estaban fijos en mi rostro, recorriendo cada centímetro de mi piel con un pánico frenético.
—¿Estás bien? —ahogó Eren, apoyando la mano frente a mi cabeza mientras sus dedos temblaban de forma incontrolable—. Dime que estás bien, Lian... por favor.
Kaelen nos rodeó de inmediato con el arma en alto, pero su mirada ámbar estaba clavada en mi pecho, desprovisto de toda frialdad militar, mostrando una angustia desnuda. Valen me tomaba de los hombros con las manos manchadas de ceniza, buscando desesperadamente cualquier señal de daño en mi cuerpo.
No me habían cubierto por el pulso de mi glándula. Mi aroma no había actuado porque los parches y el frío del desierto lo tenían anulado.
Habían saltado hacia el fuego por un reflejo ciego y visceral de protegerme a mí, al individuo, a la persona por la que estaban dispuestos a quemarse vivos.
Nos quedamos congelados en medio del impacto. Los miré a los tres, sintiendo la verdad chocando contra la coraza de mi propio escepticismo.
—Estoy bien... —murmuré, apoyando suavemente la mano sobre el brazo sano de Eren.
Eren soltó un largo suspiro, apoyando su frente contra la mía durante un segundo eterno, buscando el calor de mi piel como si necesitara comprobar que seguía respirando.
Kaelen desactivó la alarma de la nave y caminó hacia la compuerta destruida, mirando hacia el horizonte.
A través de la tormenta de ceniza, las brumas del desierto se abrieron para revelar nuestro destino.
Al fondo se alzaba Neópolis: una megaciudad vertical gigantesca construida entre minas de cristal negro y protegida por domos de fuerza electromagnética. Era una fortaleza científica fría, sombría y monumental.
La cuna donde mi vida había sido diseñada estaba frente a nosotros. Y aunque los tres Alfas aún no encontraban las palabras para nombrar lo que sentían, la sangre derramada en el suelo del transporte acababa de demostrar que en esa guerra, nadie caminaba solo.
— Nota de Lian —
"Si el Mando Central y esos tres Alfas creen que pueden acorralarme o dictar mis reglas, no entienden absolutamente nada de lo que soy. Yo no soy la presa de nadie. Si estás de este lado y quieres ver cómo rompo su control capítulo a capítulo, guarda esto en tu Biblioteca y deja tu Like. No te distraigas... porque esto apenas está comenzando."