ANTES DE QUE TE VAYAS

ANTES DE QUE TE VAYAS

CAPITULO 1 LA MENTIRA MAS DULCE QUE ME DISTE

Capítulo 1: La mentira más dulce que me diste

Los doctores lo dijeron con voces suaves, como si sus palabras pudieran rompernos en mil pedazos si las decían demasiado fuerte: que no le quedaban más de unas semanas, que el cáncer se había extendido demasiado por sus pulmones, que no había nada más que hacer. Y fue la mentira más hermosa, la más cruel y la más bendita que nadie me dijo nunca. Porque Rosa no se fue en unas semanas. Se quedó años, agarrándose a la vida con uñas y dientes, como si supiera que yo no estaba lista para soltarla.

Yo tenía diez años entonces, y ella ocho. Dos años de diferencia que nunca se sintieron así: donde fuera que yo estuviera, ella estaba a mi lado, arrastrando su pequeño tanque de oxígeno con ruedas azules, que hacía un ruido suave y constante —zumb, zumb— que se metía en los oídos y terminaba sintiéndose como el latido de nuestro propio corazón. Rosa era delgada, tan delgada que parecía que el viento se la llevaría si no la sostenías de la mano; su piel era blanca como la harina que después usaríamos tantas veces, y sus ojos, enormes y oscuros, brillaban con una intensidad que no tenía nada que ver con la niña que perdía el aliento solo por caminar unos pasos. Llevaba siempre el tubo transparente que le llegaba hasta la nariz, sujetado detrás de las orejas, y su ropa era siempre holgada, para que nada le apretara ni le molestara. Yo, en cambio, era más alta, con el pelo siempre revuelto y las manos manchadas de tierra o de pintura, y desde que supe que nadie la cuidaría tan bien como yo, me convertí en su sombra, su guardiana, su escudo contra todo lo que le hiciera daño.

Incluso contra los maestros.

—Camila, tienes que volver a tu salón —me dijo doña Elena una mañana, poniéndome una mano en el hombro mientras yo me sentaba en el pequeño banco de madera al lado del pupitre de Rosa—. Estás en cuarto grado, tu hermana va en segundo. No puedes estar aquí todo el día.

—No me voy —respondí sin levantar la vista, apretando la mano de Rosa entre las mías. Sus dedos eran fríos, muy fríos—. Si me voy, la molestan. Y no voy a dejar que le hagan nada.

—Nadie le va a hacer nada, niña —insistió la maestra, pero antes de que pudiera decir algo más, escuché las risas.

—¡Mirenla! ¡La arrastra como si fuera una muñeca rota!

Me puse de pie de un salto. Tres niños del fondo se reían, señalando a Rosa, que se había encogido en su silla, mirando al suelo para que no vieran que tenía los ojos llenos de lágrimas. Uno de ellos, el más alto, con el pelo rubio y una sonrisa fea en la boca, se inclinó hacia adelante y gritó:

—¡Pelona! ¡No puedes ni respirar sola! ¡Necesitas una máquina para no morirte!

Sentí que la sangre me hervía en las venas. Di un paso hacia ellos, y mi voz salió tan fuerte que toda la clase se calló de golpe:

—¡Cállate la boca! ¡No sabes nada de ella!

—¿Y tú qué vas a saber? —se burló él, levantándose también—. Es una enferma. No debería ni estar aquí. Solo estorba.

—¡Ella es mucho mejor que tú! —grité, y sentí que Rosa me tiraba de la falda del uniforme para detenerme, pero no podía—. ¡Ella es valiente! ¡Tú solo eres un cobarde que se ríe de quien no puede defenderse!

—¡Cobarde tú! —respondió, y vino hacia mí empujándome. Yo no me eché para atrás: le devolví el empujón con todas mis fuerzas, yo tenía toda la rabia del mundo en las manos. Nos enredamos, golpeando pupitres, tirando lápices y cuadernos, hasta que los otros dos niños se metieron para separarnos y la maestra gritó pidiendo ayuda. Cuando nos separaron, yo tenía la camisa rota y un rasguño en la mejilla, y él tenía la nariz roja.

Corrí hacia Rosa. Ella lloraba en silencio, abrazada a su tanque de oxígeno. Me arrodillé delante de ella y le sequé las lágrimas con la manga de mi suéter.

—No llores —le dije, y me temblaba la voz—. Ya no te van a decir nada. Si vuelven a decirte algo, les peleo de nuevo. A todos.

Ella me miró, y una pequeña sonrisa se le escapó entre las lágrimas. Me acarició el rasguño de la cara con la punta de los dedos.

—Te duele —susurró.

—No —mentí—. No me duele nada.

Ese día nos castigaron a las dos: a mí, por pelear; a ella, por "provocar la pelea", según decían. Pero no nos importó. Esa tarde, cuando volvimos a casa, nos sentamos en el escalón de la entrada y nos comimos una naranja que encontramos en la cocina, y Rosa me dijo, muy bajito:

—Eres la mejor hermana del mundo.

Y yo sabía, en el fondo de mi corazón, que yo no era nada sin ella.

 

Pasaron los años, y aunque su cuerpo se debilitaba más cada mes, su risa no se apagaba nunca. Un sábado por la mañana, cuando ya tenía doce y ella diez, nos levantamos muy temprano, antes de que se despertaran nuestros papás, porque Rosa tenía un antojo: quería waffles, con mucha miel y trocitos de fresa.

—Tienes que enseñarme —me dijo, poniéndose de puntitas para alcanzar la repisa donde guardábamos el molde—. Cuando seas una chef famosa, yo seré tu ayudante.

—Seremos socias —la corregí, sacando la harina, los huevos y la leche—. Abriremos nuestro propio lugar. Se llamará "Las dos hermanas".

La cocina era pequeña, con azulejos blancos y una ventana por donde entraba la luz dorada del sol. Rosa se puso su delantal, que le quedaba enorme, y yo le até las cintas detrás de la espalda. Al principio todo iba bien: ella rompió los huevos con mucho cuidado, y yo removí la mezcla… hasta que se le ocurrió probar la harina cruda.

—¡Uf, sabe feo! —dijo, y me sopló un puñado suavemente a la cara.

Cerré los ojos un segundo, y cuando los abrí, vi su cara llena de harina, como si le hubieran puesto una máscara blanca. Me eché a reír, y le devolví el soplo. En cinco minutos, la cocina era un desastre: había harina en el suelo, en las puertas de los gabinetes, en el refrigerador, incluso en el techo. Nuestros delantales estaban manchados, nuestras caras tenían manchas blancas y amarillas, y el tanque de oxígeno de Rosa también tenía una capa fina de harina encima.

—¡Se van a enojar! —decía ella entre risas, mientras intentaba limpiarse la nariz y se ponía más harina encima.

—¡No se van a enojar! —le respondí, y justo en ese momento escuchamos la voz de mamá detrás de nosotros:

—¡Ay, Dios mío! ¿Qué desastre es este?

Nos giramos de golpe. Papá y mamá estaban en la puerta, mirando todo el desastre con los ojos muy abiertos. Luego papá se llevó la mano a la boca para ahogar una risa, y mamá negó con la cabeza, pero sonreía.

—Parece que nevó adentro de la cocina —dijo papá, acercándose y pasándole un dedo por la cara a Rosa para quitarle un poco de harina—. ¿Y los waffles?

—Están… por ahí —dije, señalando la sartén donde la mezcla se estaba quemando un poquito por los bordes.

Al final, los waffles quedaron un poco torcidos y un poco duros, pero nos los comimos todos, sentados en el suelo de la cocina, entre risas y las quejas fingidas de mamá. Y fue ahí, con el sabor dulce en la boca y la mano de Rosa agarrada a la mía, cuando ella me miró muy seria y me dijo:

—De verdad, Camila. Tienes que hacerlo. Tienes que cocinar para todo el mundo. Tu comida hace que todo se sienta mejor. Incluso cuando estoy cansada, solo con oler lo que preparas se me quita el dolor. Prométeme que no lo dejarás.

Yo la miré a los ojos oscuros, y apreté su mano con todas mis fuerzas.

—Te lo prometo —dije—. Lo haré. Todo lo que haga, será por las dos.

 

Unos meses después, la enfermedad le dio un golpe fuerte. Pasó casi dos semanas en el hospital, y cuando volvió a casa, ya no podía bajarse mucho de la cama. El tanque de oxígeno se quedó al lado de su cabecera, y ahora tenía que usar el tubo casi todo el tiempo, incluso cuando dormía.

Una tarde, entré en su habitación muy despacio, con los zapatos en la mano para no hacer ruido. La luz entraba por la cortina blanca, teñida de un tono rosado por el atardecer. Rosa estaba recostada sobre las almohadas, mirando por la ventana, y su respiración se escuchaba suave, acompañada por el zumbido constante de la máquina. Se giró al oírme, y una sonrisa pequeña le iluminó la cara.

—Pensé que no vendrías hoy —dijo, con la voz un poco débil.

Me senté en el borde de su cama y le acaricié el pelo, que se le había vuelto muy fino y suave.

—¿Cómo no iba a venir? —le dije—. Tengo que contarte algo. Algo muy importante.

Ella abrió más los ojos y se acomodó mejor, aunque le costó un poquito.

—¿Qué pasó?

Me sentí roja hasta las orejas, y tuve que mirar un momento al suelo antes de atreverme a hablar.

—Bueno… hoy en el recreo… Paulo se me acercó. Ya sabes, el niño que se sienta al lado tuyo en clase de música. Me dijo que le gustaba mucho mi risa. Y luego… luego nos besamos.

Me callé un momento, y sentí que me latía el corazón muy fuerte, esperando que se burlara o que me dijera que era una tontería. Pero Rosa soltó una exclamación suave, y me apretó la mano.

—¿De verdad? —dijo, y sus ojos brillaban más que nunca—. ¿Y cómo se sintió?

—No sé —respondí, y me salió la voz muy bajita, como si le contara un secreto al viento—. Fue suave. Como cuando tocas un pétalo de flor. Y olía a chicle de fresa. Fue… fue el beso más bonito de mi vida.

Rosa se rió, muy bajito, y luego me jaló suavemente para abrazarme, con mucho cuidado de no quitarme el aire.

—Me alegro mucho —susurró al oído—. Te mereces todo lo bonito del mundo, Camila. Todo lo que yo no pueda vivir, quiero que tú lo vivas el doble. Que te besen mucho, que te rías fuerte, que cocines cosas ricas y que viajes a todos los lugares que vimos en los libros. Prométeme que lo harás. Prométeme que no te detendrás aunque yo no pueda ir contigo.

Me separé un poquito para mirarla, y vi que tenía los ojos llenos de lágrimas que no se atrevía a soltar. Yo también lloraba, y las lágrimas me caían sobre sus manos delgadas.

—Te lo prometo —dije, y se me rompió la voz—. Pero no te vayas todavía, Rosa. Por favor. No te vayas todavía.

Ella me acarició la mejilla, y su mano seguía fría, pero llena de todo el amor que cabía en el mundo.

—No iré a ningún lado sin ti —dijo—. Siempre estaré aquí. En cada plato que cocines, en cada risa, en cada beso. Siempre.

Fuera, el sol se estaba escondiendo, y el cielo se llenaba de colores suaves, como si el mundo también quisiera guardar ese momento para siempre. Yo me quedé abrazada a ella, escuchando su respiración y el zumbido de la máquina, y en ese momento supe que no importaba cuánto tiempo le quedara: cada segundo a su lado era un regalo que tendría que cuidar el resto de mi vida.

 

Capítulos
1 CAPITULO 1 LA MENTIRA MAS DULCE QUE ME DISTE
2 CAPITULO 2 PROMESAS QUE NO SE ROMPEN CON LA DISTA
3 CAPITULO 3 EL CAMINO QUE EMPIEZA ANYES DE TI
4 CAPITULO 4 NUEVAS RAISES
5 CAPITULO 5 +18
6 CAPITULO 6 VACACIONES
7 CAPITULO 7 BIENVENIDO EN CASA
8 CAPITULO 8 HOGAR Y RISAS
9 CAPITULO 9 SUEÑOS COMPARTIDOS
10 CAPITULO 10 ENTRE FLORES
11 CAPITULO 11 MOMENTOS MAS SINCEROS
12 CAPITULO 12 EL ÚLTIMO ADIÓS
13 CAPITULO 13 EL CAMINO QUE SIGUE
14 CAPITULO 14 UAN PROPUESTA QUE NO PEDÍ
15 2CAPITULO 15 CONDICIONES,Y ARROGANCIA
16 CAPITULO 16 EL SABOR DE LA DETERMINACIÓN
17 CAPITULO 17 El LAMABORGHINI
18 CAPITULO 18 EL SABOR DE LA DETERMINACIÓN
19 CAPITULO 19 LAS MANZANAS DE CARAMELO
20 CAPITULO 20 SOMBRAS Y LUCES
21 CAPITULO 21 EL FRÍO Y EL FUEGO
22 CAPITULO 22 EL CAMINO A CASA
23 CAPITULO 23 EL ACEITE CALIENTE
24 CAPITULO 24 UNA PROPUESTA INESPERADA
25 CAPITULO 25 DECISIÓNES QUE CAMBIARON TODO
26 CAPITULO 26 UMBRALES NUEVOS,Y PROMESAS
27 CAPITULO 27 CITAS Y LÁGRIMAS
28 CAPITULO 28 LA VERDAD QUE SE ACLARÓ
29 CAPITULO 29 LA VOZ DEL PASADO
30 CAPITULO 30 SECRETOS A MEDIA LUZ
31 CAPITULO 31 CUATRO PATAS Y UN LAZO FUERTE
32 CAPITULO 32 EL NOMBRE PERFECTO
33 CAPITULO 33 HOGAR NUEVO UNA VERDAD
34 CAPITULO 34 UNA MENTIRA QUE SABE A VERDAD
35 CAPITULO 35 UNA FOTO VIRAL
36 CAPITULO 36 PLÁTICA SINCERA
37 CAPITULO 37 LÍMITES CLAROS
38 CAPITULO 38 SUEÑOS Y PLANES DEL VIAJE
39 CAPITULO 39 CAMINOS HACIA BAVIERA
40 CAPITULO 40 ENTRE SÁBANAS
41 CAPITULO 41 LA NOCHE EN EL REFUGIO DE BAVIERA
42 CAPITULO 42 CAMINOS ENTRE MONTAÑAS Y CANALES
43 CAPITULO 43 CIUDADES DE ARTE Y CATEDRALES DE LUZ
44 CAPITULO 44 EL FIN DE LA FARSA
45 CAPITULO 45 DESPEDIDAS Y TRABAJO SIN DESCANSO
46 CAPITULO 46 EL ECO DE LA AUSENCIA
47 CAPITULO 47 LA PUTA PROPUESTA
48 CAPITULO 48 EL NOMBRE DEL MAR Y LA VERDAD OCULTA
49 CAPITULO 49 LA VERDAD Y EL DESTINO DESNUDO
50 CAPITULO 50
51 CAPITULO 51 VOCES DESDE EL OTRO LADO DEL MUNDO
52 CAPITULO 52 EL REGALO QUE ERA MI SUEÑO
53 CAPITULO 53 CUENTAS, GRITOS Y NUEVOS CAMINOS
54 CAPITULO 54 LA PARTIDA Y LA VERDAD A GRITOS
55 CAPITULO 55 EL MAR, LA CASA Y EL NUEVO COMIENZO
56 CAPITULO 56 SABORES CONSAGRADOS, NUEVOS CAMINOS
57 CAPITULO 57 LA ESTRELLA Y EL REGRESO INESPERADO
58 CAPITULO 58 LA VERDAD ENTRE SOMBRAS Y PAREDES
59 CAPITULO 59 LA INFIDELIDAD
60 CAPITULO 60 EL REGALO DE CADA DÍA
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CAPITULO 1 LA MENTIRA MAS DULCE QUE ME DISTE
2
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CAPITULO 16 EL SABOR DE LA DETERMINACIÓN
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