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La Sombra En La Niebla

La Sombra En La Niebla

Status: En proceso
Genre:Venganza / Traiciones y engaños / Romance
Popularitas:1.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Fernanda G

Tras diez años de un exilio forzado y cargado de humillaciones, Adrián regresa a la ciudad que lo destruyó. Poseedor de una fortuna misteriosa y una identidad nueva, su plan es quirúrgico: desmantelar las vidas de las cinco familias que lo traicionaron. Sin embargo, a medida que sus enemigos caen, descubre que la venganza tiene un costo colateral: su propia humanidad. El regreso de un viejo amor y un secreto del pasado lo obligarán a decidir si prefiere ver el mundo arder o encontrar la paz en las cenizas.

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CAPÍTULO 2: NOMBRE NUEVO

​El vapor del agua caliente llenaba el baño del ático, empañando los espejos y convirtiendo el aire en un aliento denso y sofocante. Frente al lavabo, Adrián sostenía una cuchilla de afeitar clásica entre los dedos. El metal estaba frío, en contraste con el calor del ambiente. Con un movimiento pausado, firme, cortó el exceso de una barba crecida durante el viaje y perfiló la línea de su mandíbula. Cada trazo en su rostro revelaba los ángulos duros que diez años de privaciones y disciplina inflexible habían esculpido sobre las facciones suaves del muchacho que solía ser.

​En la mesa del comedor, un hombre de unos cincuenta años, de complexión delgada, traje de tres piezas impecable y gafas de montura de titanio, alineaba sobre la madera oscura una serie de carpetas de cuero. Su nombre era Samuel Vance. Exabogado corporativo, estratega financiero y la única persona en el mundo que conocía la brecha exacta entre la vida anterior de Adrián y la persona que acababa de pisar Altagracia.

​Adrián salió del baño secándose el cuello con una toalla blanca. Su mirada recayó sobre los documentos extendidos.

​—Todo está registrado en Ginebra y las Islas Caimán —dijo Samuel sin levantar la vista, pasando una página con la yema del dedo—. A partir de este minuto, las autoridades fiscales de este país no verán a un fantasma sin pasado. Verán al único accionista de Vantress Capital Holdings. Los fondos que moviste a través de las cuentas en el extranjero han quedado blindados tras cuatro capas de fideicomisos ciegos.

​Adrián caminó hacia el ventanal. Traía puesto un pantalón de vestir gris carbón y una camisa blanca aún desabotonada en el cuello. Se detuvo a observar los cimientos de la ciudad que comenzaba a desperezarse bajo el sol de la mañana.

​—¿No hay grietas? —preguntó. Su voz sonó grave, rasposa por el silencio de las últimas horas.

​—El sistema solo busca lo que espera encontrar —respondió Samuel, quitándose las gafas para limpiarlas con un paño de microfibra—. Si ven a un hombre con quinientos millones de dólares dispuesto a inyectar liquidez en empresas al borde de la quiebra, nadie pregunta de qué cueva salió. Preguntarán en qué club privado le gusta cenar y qué marca de vino prefiere.

​Samuel se puso de pie y se acercó a la mesa baja donde descansaba una caja de madera barnizada. La abrió con una llave pequeña y extrajo un pasaporte azul oscuro de cubierta rígida junto con una serie de tarjetas de crédito de metal negro y un sello oficial. Lo depositó todo sobre la mesa con la pulcritud de un cirujano mostrando sus herramientas.

​—Aquí está tu historia oficial —continuó Samuel, señalando la documentación—. Naciste en el extranjero, hijo de un comerciante de arte de ascendencia europea. Creciste entre internados de Suiza y residencias privadas en Londres. Tu fortuna proviene de la reestructuración de activos en mercados emergentes tras la crisis de la década pasada. No hay fotos tuyas de niño porque perteneces a una familia celosa de su privacidad. No hay registros médicos locales porque nunca pisaste un hospital de este continente.

​Adrián se acercó lentamente. Extendió la mano y rozó la superficie del pasaporte. Al abrirlo, vio su fotografía. La imagen mostraba a un hombre serio, de postura erguida, peinado hacia atrás con elegancia y una mirada indescifrable. Debajo de la foto, en letras imprentas doradas, se leía un nombre que no le pertenecía por nacimiento, pero que llevaría como una armadura: Adrián Vantress.

​Sintió un opresión breve en el pecho, un espasmo casi imperceptible en el diafragma. Aceptar ese documento implicaba sepultar definitivamente al hijo de los Corvalán. Era firmar el acta de defunción de su propia identidad para dar paso a un artificio construido con el solo propósito de ejecutar un castigo.

​—¿Sientes algo? —preguntó Samuel, observando la rigidez en los hombros del joven.

​Adrián apretó la mandíbula. Un leve temblor recorrió sus nudillos antes de cerrar el pasaporte de golpe.

​—Vacío —contestó.

​—Es el mejor estado mental para lo que viene —comentó el abogado con frialdad profesional—. El odio es ruidoso, Adrián. Provoca errores. El vacío, en cambio, es metódico. Te permite calcular sin que te tiemble la mano cuando toque apretar el cuello de tus enemigos.

​Samuel abrió la primera carpeta roja. En la parte superior aparecía la fotografía en alta resolución de un hombre maduro, de cabello cano bien cortado, sonriendo al lado de políticos de alto rango: el patriarca de la familia Castillo. Debajo de él, las fichas del Juez Mendoza y de los primos de la familia Valeriano.

​—Veamos tu tablero —dijo Samuel, cruzando los brazos—. Los Castillo han expandido su red de inmobiliarias comprando terrenos a precios de remate tras forzar quiebras fraudulentas, exactamente igual que hicieron con la propiedad de tus padres. Los Mendoza controlan el aparato judicial de la provincia; el juez principal es el hombre que archivó la denuncia por el incendio de tu casa y que firmó tu orden de búsqueda cuando eras un muchacho. Por último, los Valeriano manejan la liquidez a través del Banco Mercantil de Altagracia, pero sus balances están inflados. Tienen un déficit operativo del treinta por ciento que han estado ocultando mediante préstamos interbancarios.

​Adrián escuchaba cada dato sin pestañear. Se sentó en la silla de cuero frente a la mesa, apoyó los codos sobre la madera y entrelazó los dedos.

​—El punto débil es el banco —dijo Adrián, señalando la ficha de los Valeriano.

​—Exacto —asintió Samuel—. Si los Valeriano pierden el respaldo de capital esta semana, sus acciones caerán. Necesitan desesperadamente un inversionista externo que inyecte capital fresco antes de la auditoría del trimestre. Si entras tú como Vantress Capital, no solo te abrirán las puertas de sus oficinas; te invitarán a sus casas, te presentarán a sus familias y te entregarán el control de sus activos creyendo que los estás salvando.

​—Quiero que el primer golpe no sea un disparo —dijo Adrián, apoyando la espalda en el asiento—. Quiero que sea un apretón de manos. Quiero que me den la bienvenida sonriendo.

​Samuel esbozó una sonrisa estrecha, casi invisible. Se inclinó sobre la mesa y colocó un anillo de sello hecho de oro blanco sobre el expediente. En la gema de ónice negro estaba grabado el monograma de la firma Vantress.

​—Póntelo —ordenó el viejo abogado—. A partir de este momento, tus viejos hábitos deben desaparecer. No camines como alguien que busca no ser visto. Camina como alguien que es dueño del suelo que pisa. Tus gestos deben ser pausados; la gente con verdadero poder no tiene prisa por hablar ni necesita alzar la voz para ser escuchada. Cuando te miren a los ojos, no deben ver rencor; deben ver la indiferencia de alguien que puede comprar sus vidas y venderlas antes del almuerzo.

​Adrián tomó el anillo. Sintió el peso del metal frío en la palma de la mano. Lo deslizó en el dedo anular de la mano derecha. El encaje fue perfecto.

​Se puso de pie y comenzó a vestirse con el traje que Samuel había mandado a confeccionar a medida en un taller de sastrería en Milán. Cada prenda parecía asentarse sobre su cuerpo con una precisión matemática. Ajustó los gemelos de plata en los puños de la camisa, se colocó la corbata de seda oscura con un nudo simple y perfecto, y finalmente se abrochó la chaqueta.

​Se giró hacia el espejo del vestidor. Ya no vio las ruinas de la casa de San Pedro, ni la sombra del muchacho golpeado al borde de la carretera bajo la lluvia. Frente a él estaba un hombre de porte majestuoso, impecable, cuya sola presencia imponía una distancia infranqueable. La cicatriz de su hombro permanecía oculta bajo tres capas de la mejor tela del mundo.

​Samuel caminó hacia él y le entregó un pequeño dispositivo codificado.

​—Todo tu portafolio financiero está sincronizado con este terminal —explicó el abogado—. Desde aquí puedes autorizar compras de deuda, transferencias de divisas o la liquidación masiva de acciones en tiempo real. Tienes el control total.

​Adrián guardó el terminal en el bolsillo interior de la chaqueta. Luego, se pasó las manos por la solapa para alisar una arruga inexistente. Sus movimientos eran ahora lentos, calculados, desprovistos de la agitación visceral que lo había acompañado durante el viaje en tren.

​—La Gala del Centenario es mañana por la noche en el Club de la Unión —dijo Samuel, mirando su reloj de bolsillo—. Los Castillo, los Mendoza y los Valeriano estarán presentes. Toda la élite económica de Altagracia se reunirá para celebrar el aniversario de la ciudad. He enviado tu confirmación como invitado de honor a través de la alcaldía.

​Adrián se volvió hacia el ventanal una vez más. La ciudad abajo continuaba su ritmo ajeno a la red que comenzaba a tejerse sobre sus cabezas. Se llevó la mano derecha al frente y presionó levemente el anillo de ónice contra el cristal frío.

​—¿Saben que asiste un nuevo inversionista? —preguntó.

​—Saben que llega el hombre que puede salvarlos o destruirlos —respondió Samuel—. Y están ansiosos por conocerte.

​Adrián cerró los ojos por un segundo largo. Respiró hondo, dejando que el aire frío del climatizador llenara sus pulmones, y al abrirlos, la última traza de vacilación había desaparecido. La transformación no era solo un cambio de ropa o un pasaporte con un nombre falso; era la aceptación consciente de que para cobrar la deuda que Altagracia tenía con él, debía convertirse en el arquitecto de su propia piedad o de su ruina.

​—Entonces no los hagamos esperar —dijo Adrián Vantress, dando la espalda a la ventana y caminando hacia la salida con paso firme y silencioso.

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celimar
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Celina Espinoza
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Fernanda
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celimar
est buena
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