Eduardo Belmont lo tiene todo: poder, dinero y el control absoluto de un imperio empresarial. Pero tras la muerte de su esposa, el hombre más temido del mundo corporativo se convirtió en una sombra. Se refugió en el trabajo, en noches vacías y en una frialdad que mantuvo a todos a distancia, incluida su propia hija.
Clara tiene apenas meses de vida y nunca ha sentido los brazos de su padre.
Cuando Alana llega a la mansión Belmont como niñera, lo único que espera es un empleo estable. Lo que encuentra es una casa llena de silencio, una bebé que necesita amor desesperadamente y un hombre que parece incapaz de sentir. Pero detrás de la mirada gélida de Eduardo, Alana descubre algo que nadie más ha visto: un corazón roto que todavía late.
Lo que comienza como un deber profesional se transforma en algo que ninguno de los dos puede controlar. Cada sonrisa de Clara los acerca. Cada roce accidental enciende algo prohibido. Y mientras Eduardo lucha contra lo que siente por la mujer que le devolvió la luz, alguien observa desde las sombras, dispuesta a destruir todo lo que Alana ha construido.
Entre la pasión que crece, los secretos que acechan y una obsesión peligrosa que amenaza con arrasar con todo, Eduardo tendrá que decidir: seguir escondiéndose detrás de su armadura de hielo... o arriesgarlo todo por el amor que jamás creyó merecer.
Una historia de segundas oportunidades, amor prohibido y la familia que el destino tenía reservada.
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Capítulo 15 — La primera decepción
La noche había caído silenciosa sobre la mansión Belmont.
El reloj de la sala marcaba las 20:45.
En la habitación iluminada apenas por la luz suave de la lámpara de noche, Alana estaba sentada en la alfombra mullida con Clara frente a ella.
La bebé llevaba puesto un pijamita rosado con pequeñas flores bordadas.
El cabello suave sujeto con un brochecito delicado.
Y los ojitos grandes brillaban de emoción.
— Eso, mi amor… ven con la tía Alana…
Alana mantenía los brazos abiertos, sonriendo.
Clara estaba de pie, sujetándose primero del borde de la cuna.
Las piernitas pequeñas le temblaban ligeramente.
Doña Adelaide observaba todo desde la puerta, emocionada.
— Creo que hoy lo logra.
Alana sonrió.
— Está lista.
Clara soltó una risita.
Soltó una de las manitas.
Después la otra.
Se mantuvo de pie por un breve segundo.
Libre.
Sola.
— ¡Muy bien, princesa!
El timbre del portón sonó a lo lejos.
Doña Adelaide giró la cabeza.
— Debe ser el señor Eduardo.
Los ojos de Alana brillaron.
— Perfecto.
Miró a Clara.
— ¿Le mostramos a papá el primer pasito?
La bebé soltó un sonido animado.
Como si entendiera.
Minutos después, pasos pesados resonaron por el pasillo.
Pero había algo diferente.
El ritmo lento.
Desequilibrado.
El sonido amortiguado de una llave cayendo al suelo.
Doña Adelaide frunció el ceño.
Cuando la puerta de la habitación se abrió, el olor llegó primero.
Whisky.
Eduardo apareció en el umbral.
La corbata floja.
El cabello ligeramente desordenado.
La mirada perdida y enrojecida.
El cuerpo tambaleándose levemente.
Alana se quedó helada.
La sonrisa desapareció lentamente.
Doña Adelaide se llevó la mano al pecho.
La tristeza le cubrió el rostro.
— Señor Eduardo…
La voz le salió casi en un susurro.
Realmente había creído que él estaba cambiando.
Que las llegadas tempranas eran una señal.
Pero no.
Había vuelto a beber.
Eduardo alzó la mirada hacia la habitación.
Sus ojos tardaron unos segundos en enfocar.
— Clara…
La voz le salió ronca y pesada.
En ese preciso momento, como si hubiera esperado por su papá, Clara soltó el borde de la cuna y dio un pequeño paso al frente.
Después otro más.
Los piececitos vacilantes tocaron la alfombra.
Alana contuvo la respiración.
— Dios mío…
Era el primer paso.
El primero.
Frente a su papá.
Pero Eduardo apenas pudo percibirlo.
Su mirada vagó por la habitación sin ver realmente.
La mente nublada por el alcohol.
Se llevó la mano a la frente.
— Estoy cansado…
La voz le salió arrastrada.
Ni siquiera notó que su hija estaba dando sus primeros pasos.
Ni vio la sonrisa orgullosa en su carita.
Ni el momento que debería haberse grabado para siempre en su memoria.
El corazón de Alana se estrujó.
La decepción llegó como una ola.
Miró a Clara, que pronto perdió el equilibrio y se sentó en la alfombra, sin entender por qué su papá no había reaccionado.
La bebé hizo un pucherito.
Los ojitos ya empezaban a humedecerse.
Alana la tomó en brazos de inmediato.
Protegiéndola.
Sus ojos se encontraron con los de Doña Adelaide.
Había conmoción, tristeza y un poco de indignación.
— Voy a acostarla.
La voz le salió baja.
— Luego me voy.
Doña Adelaide asintió lentamente.
Los ojos llenos de tristeza.
— Está bien, querida.
Eduardo, sin percibir el peso de aquel momento, simplemente se dio la vuelta.
— Buenas noches.
Y salió de la habitación.
Como si nada hubiera pasado.
La puerta se cerró.
El silencio que quedó fue doloroso.
Doña Adelaide bajó la mirada.
La voz le salió entrecortada.
— Yo creí… creí que había dejado la bebida…
Alana apretó a Clara contra su pecho.
La bebé recargó la cabecita en su hombro, ya adormecida.
— Tal vez esté sufriendo más de lo que puede mostrar.
Adelaide suspiró.
— Y Clara está pagando ese precio.
La frase quedó flotando en el aire.
Cruelmente cierta.
Alana miró a la pequeña en sus brazos.
Sintió el corazón encogerse.
Aquella noche, más que nunca, supo que esa bebé necesitaba a alguien.
Alguien presente.
Alguien sobrio.
Alguien que la viera.
Incluso cuando su propio padre no podía hacerlo.