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Ni de rodillas te perdono

Ni de rodillas te perdono

Status: Terminada
Genre:Mujer poderosa / Venganza / Venganza de la protagonista / Venganza de la Esposa / Juego de roles / Completas
Popularitas:414
Nilai: 5
nombre de autor: Leslie Michelle Gonz

Renata Linares pasó tres años en prisión por un crimen que jamás cometió. Maximiliano Bracamonte, el hombre al que amaba, creyó las mentiras de Bianca Sáenz, le destrozó la muñeca, la llamó asesina y la entregó a la policía por un supuesto aborto que nunca existió.
Cuando Renata recupera la libertad, ya no es la joven dispuesta a soportarlo todo por amor. Su abuelo le dejó el control de Grupo Linares y una oportunidad para recuperar el apellido, la fortuna y la dignidad que le arrebataron.
Mientras Renata reconstruye su imperio y reúne las pruebas para limpiar su nombre, las mentiras de Bianca empiezan a derrumbarse. El embarazo fue una farsa. El accidente que unió a Maximiliano con ella también. Incluso la mujer que le salvó la vida años atrás no fue Bianca, sino Renata.
Cuando Maximiliano descubre la verdad, ya es demasiado tarde. La mujer que destruyó por confiar en la persona equivocada ya no lo necesita.
Ahora él está dispuesto a enfrentarse a su familia, renunciar a su poder y arriesgar la vida para recuperarla. Pero Renata no salió de prisión para volver a ser la mujer que lo perdonaba todo.
Esta vez, Maximiliano tendrá que demostrar que su arrepentimiento vale más que sus palabras.
Y Bianca todavía guarda una última mentira capaz de acabar con ambos.

NovelToon tiene autorización de Leslie Michelle Gonz para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 12

Capítulo 12: La rueda de prensa

El licenciado Ortega me llamó dos semanas después de mi libertad laboral con una propuesta que me quitó el aliento un segundo antes de que la razón se impusiera al miedo.

—Es momento de que hable usted misma, señorita Linares. Con su cara, su voz, sin intermediarios. La gente ya sabe que volvió a Grupo Linares; ahora hay que decirles quién es, de una vez, con sus propios términos.

—¿Una rueda de prensa?

—Formal. Controlada. Yo a su lado todo el tiempo.

Acepté sin dudar mucho, aunque el miedo me duró toda la noche: no el miedo de hablar en público, sino el de que nadie me creyera, el de que las cámaras solo sirvieran para que me destrozaran de nuevo, esta vez frente a todo el país. Preparé cada palabra durante días, ensayando frente al espejo del baño que ahora era otra vez mío, hasta que las respuestas me salían con la misma calma que había aprendido a fabricar sirviendo copas.

Doña Meche me planchó el traje que elegí esa mañana, un sastre azul marino, sencillo, sin joyas que gritaran el apellido que todavía no podía usar del todo.

—Se ve como su abuelo cuando iba a las juntas importantes —me dijo, ajustándome la solapa con dedos temblorosos de orgullo—. Derechita, así, m'ija. Que la vean derechita.

—————

La sala de prensa se llenó más de lo que esperaba. Cámaras, grabadoras, periodistas de sociedad mezclados con reporteros de negocios, todos ahí por razones distintas pero con la misma hambre.

—Señorita Linares, ¿es verdad que intentó dañar a Bianca Sáenz durante su embarazo? —preguntó alguien desde el fondo, sin rodeos, directo al hueso del chisme que me había perseguido tres años.

—No —contesté, con la voz firme, sin un solo temblor—. Nunca le hice daño a nadie. Pasé tres años en prisión por una acusación que jamás pudo sostenerse con pruebas, porque no las había. Hoy estoy aquí, de vuelta en la empresa que fundó mi abuelo, dispuesta a que se sepa la verdad completa, con calma y con tiempo.

No mencioné el testamento. Todavía no era momento; el licenciado Ortega había sido claro en eso. Pero cada respuesta que di, cada pregunta que resolví con datos y sin lágrimas, fue construyendo algo que ninguna acusación de Bianca había logrado tocar: mi credibilidad, recuperada frase por frase frente a las cámaras.

Otra pregunta llegó, más filosa: —¿Piensa demandar a Maximiliano Bracamonte por lo que le hizo?

Sentí el peso de todas las cámaras esperando mi respuesta.

—Lo que pasó entre el señor Bracamonte y yo es un asunto que se resolverá donde tenga que resolverse, cuando tenga que resolverse —dije, sin dar ni un centímetro más—. Hoy vine a hablar de Grupo Linares, no de mi vida privada.

Terminó la rueda de prensa con varios de los viejos socios de mi abuelo acercándose a saludarme, algunos con disculpas veladas por haber dudado, otros directamente proponiendo retomar negocios que llevaban tres años congelados. El señor Rentería, el accionista que me había tendido la mano en el pasillo semanas atrás, me apretó el hombro con orgullo silencioso antes de irse.

—————

Esa misma noche, tío Raúl me obligó, sin decirlo con esas palabras, a que lo acompañara a una recepción social donde no pensaba dejarme sola con el protagonismo del día. Llevó a Daniela del brazo, exhibiéndola como quien exhibe una prueba de normalidad familiar.

Ahí me rodearon las socialités de siempre, con sus sonrisas de hielo y sus comentarios envueltos en azúcar venenosa.

—Qué valiente, salir así, con esa historia tuya —dijo una de ellas, apretando los labios—. ¿Ya te devolvieron los tacones de mesera, o esos te los quedaste de recuerdo?

—Qué generosa, doña Alicia, en preguntar tanto por mi guardarropa —contesté, con una sonrisa que no le di el gusto de temblar—. La verdad es que no los guardé. Se los regalé a alguien que sí los va a necesitar.

Se le heló la sonrisa un instante, sin saber si reír o indignarse. Las dejé hablar el resto de la noche. Sonreí con la misma calma de la rueda de prensa, sin darles la satisfacción de una réplica que alimentara el chisme, y esa calma, curiosamente, las enfureció más que cualquier respuesta filosa que hubiera podido darles.

Desde el otro lado del salón, Max observaba la escena con un gesto entre divertido y expectante, sin acercarse, sin intervenir esta vez. Daniela, envalentonada por la noche, se apartó del grupo y fue directo hacia él, con esa mezcla suya de coqueteo y veneno.

—Qué guapo te ves esta noche, Max —dijo, acomodándose el pelo—. Lástima que tengas que aguantar a mi prima haciéndose la víctima toda la noche. Ya hasta a mí me da pena verla fingir tanta dignidad.

Max apenas apartó la vista de su copa un segundo para mirarla, con una frialdad que le heló la sonrisa a Daniela en la cara antes de que terminara de acomodarse el pelo.

—Fingir dignidad es más de lo que tú podrías lograr aunque lo ensayaras un año entero —dijo, cortante, y se dio la vuelta sin esperar respuesta.

Daniela se quedó ahí, humillada frente a media docena de testigos, con la cara roja y sin poder replicar nada, hasta que optó por refugiarse junto a su madre, murmurando que "esa fiesta ya estaba aburrida de todos modos".

Vi el momento exacto en que Max notó que yo había presenciado todo, y su rostro se endureció aún más, como si le molestara que alguien más hubiera visto ese gesto que ni él mismo sabía cómo justificar.

No se acercó a mí. Se quedó del otro lado del salón el resto de la noche, mirándome de reojo cada vez que creía que yo no me daba cuenta, mientras yo me preguntaba, sin encontrar respuesta, qué estaba calculando exactamente detrás de esa distancia tan deliberada.

En el coche, tío Raúl y Daniela viajaron en silencio a mi lado. Yo ya no tenía que elegir entre la fuerza y la paciencia. La paciencia también podía ser un arma.

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