Luego de descubrir una cruel traición y caer en un profundo coma en su mundo, transmigró al cuerpo de una sirvienta en el reino del Rey Lycan.
Ella sólo quiere entender como ha llegado a ese lugar, y él no está dispuesto a dejarla ir.
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Capítulo 6
Los guardias arrastraron al grupo por un pasillo en espiral que descendía hacia las entrañas del castillo. A medida que bajaban, el aire caliente del Gran Salón dio paso a una corriente helada y húmeda que olía a hierro, mugre y fiera.
Alana intentó soltarse del agarre, pero el guardia que la sujetaba ni siquiera se inmóvilizó.
—¡Suéltenme! ¡Por favor, no he hecho nada malo! —suplicó una de las sirvientas jóvenes que caminaba al frente, llorando desconsoladamente.
—Cállate si no quieres que te arroje primero —gruñó el guardia con voz ronca.
Llegaron a una galería circular de piedra con vista a una enorme fosa excavada en la roca viva. Desde el balcón de hierro donde los alinearon, Alana miró hacia abajo y sintió que el corazón se le salía del pecho.
En la penumbra del foso, varios pares de ojos amarillos y rojos centelleaban en la oscuridad. No eran lobos normales. Eran bestias gigantescas, del tamaño de caballos pequeños, con pelajes tupidos y colmillos que sobresalían de sus fauces ensangrentadas. Rondaban de un lado a otro, emitiendo gruñidos bajos que hacían vibrar el suelo de piedra.
—La prueba es sencilla —anunció el comandante desde lo alto, mirando al grupo con desdén—. La sangre humana común despierta la sed de nuestros lobos de caza. Si son verdaderos humanos indefensos y sin magia o intenciones de espionaje, las bestias los ignorarán tras medir su miedo. Pero si llevan veneno, magia de otra manada o la intención de dañar al Rey... los devorarán vivos.
—¡Empujen al primero! —ordenó.
Dos guardias tomaron a un muchacho joven del grupo y lo arrojaron al vacío. El chico gritó mientras caía, e impactó contra la tierra del foso. Las bestias se abalanzaron sobre él en segundos, olfateándolo agresivamente mientras el joven se encogía hecho una bola, suplicando por su vida. Tras unos momentos de pánico absoluto, los lobos perdieron el interés y se alejaron gruñendo.
—Limpio —dijo el comandante—. Siguiente.
El miedo atenazaba a Alana. Su mente trabajaba a mil por hora: *No pertenezco a este mundo, mi olor es diferente, el Rey lo dijo... ¿qué van a hacer los lobos cuando huelan a alguien de otra dimensión?*
—Tú. La del olor dulce. Adentro.
Antes de que pudiera reaccionar, unas manos toscas la empujaron por la espalda. Alana cayó al vacío, sintiendo el viento helado en el rostro, hasta que chocó duramente contra la tierra y las piedras de la fosa.
El impacto le sacó el aire de los pulmones. Quedó tendida de costado, con el vestido negro cubierto de polvo.
El silencio cayó sobre el foso.
De entre las sombras de la cueva subterránea, la bestia más grande —un lobo de pelaje gris oscuro y cicatrices en el hocico— avanzó lentamente hacia ella. Sus garras marcaban la tierra seca con cada paso. Se detuvo a centímetros de Alana y bajó su enorme cabeza, acercando el hocico a su cuello para olfatearla.
Alana cerró los ojos, conteniendo la respiración mientras sentía el aliento caliente del animal contra su piel.
El lobo inhaló profundamente... y de repente, se detuvo. Sus ojos dorados se abrieron de par en par. En lugar de atacar o perder el interés, la enorme bestia soltó un gemido agudo, casi temeroso, y dio dos pasos hacia atrás, doblando las patas delanteras e inclinando la cabeza contra el suelo en una clara postura de sumisión.
Desde la galería superior, los murmullos de los guardias estallaron en un caos helado. El comandante se sujetó del barandal, atónito.
Y desde la sombra del balcón principal, la figura del Rey Alfa avanzó hacia la luz, mirando la escena abajo con una expresión donde la frialdad dio paso a un absoluto desconcierto.