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Él Villano Que Organizaba Demasiado Bien

Él Villano Que Organizaba Demasiado Bien

Status: Terminada
Genre:Acción / Comedia / Fantasía épica / Completas
Popularitas:1.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Selene Asteria

Comedia fantástica, romance improbable y un dragón con problemas de aterrizaje

NovelToon tiene autorización de Selene Asteria para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 23. La Casa Roja

La casa roja se encontraba al final de una calle estrecha que parecía haberse quedado atrapada en otro siglo.

Nadie hablaba mientras se acercaban.

Ni siquiera Damián.

Lo cual era una señal preocupante.

—¿Estás enfermo? —preguntó Celeste.

—¿Qué?

—Llevas casi dos minutos sin quejarte.

—Estoy observando.

—Eso me preocupa más.

La casa era pequeña.

Sencilla.

Las paredes conservaban el color rojizo original, aunque el tiempo había desgastado gran parte de la pintura.

Las ventanas permanecían cerradas.

El jardín estaba cubierto por flores silvestres.

Y, de algún modo, todo parecía exactamente igual a como había sido dejado.

Como si alguien hubiera esperado regresar.

—Aquí vivía Mirena —dijo Isolde suavemente.

—¿Sola? —preguntó Elena.

—Casi nunca.

Isolde observó la fachada.

—Siempre había niños alrededor.

Animales.

Vecinos pidiendo ayuda.

Personas buscando consejo.

La anciana sonrió con nostalgia.

—Era incapaz de decir que no.

Damián levantó una ceja.

—Eso explica por qué terminó cuidando a nuestra familia.

—Exactamente.

Ante ellos, la puerta principal se abrió sola.

Nadie pareció especialmente sorprendido.

Después de todo lo vivido, una puerta mágica apenas alcanzaba la categoría de inconveniente menor.

—¿Entramos?

—No creo que hayamos hecho todo este viaje para admirarla desde fuera —contestó Celeste.

—Buen argumento.

El interior estaba cubierto por polvo.

Pero no por abandono.

Más bien por tiempo.

Como si la casa hubiese permanecido dormida.

Esperando.

La primera habitación era una sala común.

Había una mesa pequeña.

Dos tazas.

Una manta doblada cuidadosamente sobre un sillón.

Y una cuna.

Elena se detuvo al verla.

—¿Por qué sigue aquí?

Nadie respondió.

Porque todos estaban pensando lo mismo.

Aquella casa no parecía un museo.

Parecía una vida interrumpida.

Celeste observó las paredes.

Algo llamaba su atención.

—Miren esto.

Las figuras comenzaron a aparecer lentamente.

Como reflejos atrapados en la madera.

Sombras del pasado.

Recuerdos.

La magia de la casa había despertado.

Y estaba comenzando a mostrar aquello que había preservado durante generaciones.

Una niña apareció corriendo por la habitación.

Oscuros mechones de cabello.

Una sonrisa enorme.

Y energía suficiente para agotar a cualquier adulto.

Isolde se llevó una mano a la boca.

—Es ella.

La niña se detuvo junto a una mujer mayor.

Mirena.

No había dudas.

Los recuerdos la mostraban exactamente como Isolde la describía.

Paciente.

Atenta.

Observadora.

La memoria continuó desarrollándose.

La pequeña Aliara sostenía una muñeca de tela.

Tropezó.

Volvió a levantarse.

Tropezó otra vez.

Y siguió adelante como si nada hubiera ocurrido.

—Eso resulta extrañamente familiar —comentó Celeste.

Todos miraron a Damián.

—No.

—Sí —dijeron Elena y Celeste al mismo tiempo.

—Me niego.

—La evidencia es contundente —añadió Basilio.

El recuerdo avanzó.

Aliara era apenas una niña.

Y ya parecía incapaz de quedarse quieta más de diez segundos.

—¿Siempre fue así? —preguntó Elena.

—Peor —respondió Isolde.

—Eso parece imposible.

—Y, sin embargo, lo era.

Las escenas siguieron apareciendo.

Pequeños momentos.

Comidas compartidas.

Historias contadas junto al fuego.

Canciones.

Juegos.

Detalles diminutos.

Detalles humanos.

Y poco a poco todos comenzaron a comprender algo importante.

Durante años habían hablado de Aliara como un sacrificio.

Como una víctima.

Como una cerradura.

Pero aquella niña había tenido una vida.

Había tenido gustos.

Miedos.

Costumbres.

Había sido una persona completa mucho antes de convertirse en una tragedia.

La siguiente habitación resultó más difícil.

Porque contenía respuestas.

Y las respuestas, como había señalado Damián varias veces, eran peligrosas.

En una pequeña mesa descansaban varios objetos conservados por la magia de la casa.

Una manta doblada.

Una piedra blanca.

Y una carta sellada.

El sello llevaba la flor negra de la Casa Umbra.

Elena extendió la mano.

Durante un instante dudó.

Luego abrió la carta.

La tinta seguía perfectamente legible.

Como si hubiera sido escrita esa misma mañana.

La voz de una mujer comenzó a llenar la habitación.

La propia carta estaba leyendo su contenido.

—Si estás escuchando esto, significa que han intentado convertir una historia en una herramienta...

El silencio se apoderó de la casa.

Nadie interrumpió.

—Y si han llegado tan lejos, entonces merecen conocer la verdad.

Las sombras del recuerdo aparecieron alrededor.

Mostraban a Aliara creciendo.

Aprendiendo.

Observando el mundo con curiosidad constante.

—Mi hija posee dos dones.

La imagen de Aliara se volvió más clara.

—La sombra de los Umbra y la luz de una tierra más antigua.

Damián frunció el ceño.

—¿Dos dones?

Isolde parecía igual de sorprendida.

—Nunca escuché eso.

La carta continuó.

—Puede cerrar la Puerta Sin Marco sin morir.

La habitación quedó congelada.

—¿Qué?

La voz siguió hablando.

—Si algún día decide hacerlo.

Silencio absoluto.

Nadie respiró.

Nadie se movió.

Porque todos habían comprendido inmediatamente las implicaciones.

Aliara nunca había tenido que morir.

Nunca había sido necesario.

La carta pronunciaba cada palabra como un golpe.

—La corona lo sabía.

La memoria mostró figuras encapuchadas.

Funcionarios.

Consejeros.

Fundadores.

—Pero la voluntad de una niña era un obstáculo inconveniente.

La rabia comenzó a crecer en la habitación.

—No pudieron obtener su consentimiento.

No pudieron obtener su elección.

Así que tomaron algo más sencillo.

Su nombre.

Elena apretó los puños.

Celeste bajó la mirada.

Incluso Isolde parecía incapaz de hablar.

La historia era peor de lo que habían imaginado.

Mucho peor.

Aliara no fue elegida porque debía sacrificarse.

Fue elegida porque podía evitarlo.

Y alguien decidió que resultaba más cómodo quitarle la posibilidad de elegir.

La última imagen apareció junto a la ventana.

Aliara observaba una tormenta.

Era poco más que una adolescente.

—Quiero ver el mar.

Aquella frase quedó suspendida en el aire.

Sencilla.

Pequeña.

Humana.

—Solo eso —susurró Elena.

La carta respondió.

—Aliara Umbra de Liria.

Nacida durante una tormenta de verano.

Mala cantante.

Enemiga declarada de las manzanas cocidas.

Curiosa hasta el agotamiento.

Y convencida de que algún día vería el mar.

Las lágrimas aparecieron en los ojos de Isolde.

No por tristeza.

Al menos no únicamente.

Porque por primera vez la historia estaba completa.

Ya no era un símbolo.

Ya no era una leyenda.

Ya no era una cerradura.

Era Aliara.

Una persona.

Una vida.

Un nombre.

La marca sobre la mano de Elena comenzó a brillar.

Las letras se completaron.

ALIARA

Una luz suave llenó la habitación.

Y una figura apareció junto a la ventana.

No era un fantasma.

No exactamente.

Era un recuerdo.

Una presencia.

Una sonrisa apenas visible.

Aliara.

Por primera vez con rostro.

Por primera vez completa.

Observó la casa.

La carta.

La familia reunida.

Y finalmente habló.

—Gracias.

La figura comenzó a desvanecerse lentamente.

Pero antes de desaparecer por completo dejó una última frase.

—Mi historia no termina aquí.

La luz abandonó la habitación.

Silencio.

Entonces Fulgor, que había permanecido extraordinariamente callado durante todo el proceso, empujó una manta hacia el centro de la sala.

Todos giraron hacia él.

—¿Qué haces?

El dragón dejó además la piedra blanca junto a la manta.

Y después una manzana.

Nadie sabía de dónde había salido esa última.

—Creo que está organizando una ceremonia —dijo Basilio.

—¿Con una manta?

—Y una manzana.

—Tiene sentido para él.

Por primera vez desde que comenzaron aquella búsqueda, Elena se echó a reír.

Y los demás acabaron imitándola.

La tristeza seguía allí.

Pero ya no estaba sola.

Porque ahora también tenían una historia.

Y una promesa.

Llevar a Aliara hasta el mar.

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