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Tu Mozart, Yo Ronaldhino

Tu Mozart, Yo Ronaldhino

Status: Terminada
Genre:Reencuentro / Hijo/a genio / Embarazo no planeado / Completas
Popularitas:2.1k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Una noche de lluvia en Manchester unió a Emmet, una estrella del fútbol, y a Clara, una joven violinista griega. De aquella noche nacieron dos gemelos.

Incapaces de imaginar una vida juntos, decidieron criarlos por separado. Emmet se quedó con uno en Inglaterra; Clara regresó a Grecia con el otro.

Los años pasaron. Cada hijo heredó un talento inesperado: uno se convirtió en un prodigio del fútbol y el otro en un virtuoso del violín.

Hasta que el destino los hizo encontrarse.

Dos rostros idénticos. Dos vidas completamente diferentes. Dos hermanos que jamás supieron que existían.

Y cuando descubran la verdad, tomarán una decisión que cambiará sus vidas para siempre.

Porque a veces el talento no pertenece al mundo en el que naciste...

sino al mundo que tu corazón elige.

NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La cita y una flor

El teléfono de Mozart vibró a las cinco de la tarde.

*Diño: "Oye. Voy a salir con Valeria. Hemos quedado para tomar un café y comer postres."*

Mozart estaba en el campo de entrenamiento, con las botas puestas y el balón bajo el brazo. Leyó el mensaje. Lo leyó otra vez. Y sonrió.

*Mozart: "Diño. Eso es una cita."*

*Diño: "¿Yo? ¿Una cita? ¿En serio?"*

*Mozart: "Sí. Una cita. Dos personas. Un café. Postres. Miradas. Es una cita."*

*Diño: "¿Tú crees?"*

*Mozart: "¿Nunca has tenido una cita, Diño?"*

Un silencio largo. Después:

*Diño: "No. Mi vida siempre ha sido la escuela, el entrenamiento y ver películas. Las chicas nunca entraron. Nunca ninguna me llamó la atención."*

Otro silencio. Más largo.

*Diño: "Pero ella… Valeria… tiene algo que me llama mucho la atención."*

Mozart soltó una carcajada en medio del campo. Un compañero le gritó que le pasara el balón. Mozart lo ignoró.

*Mozart: "Lo que pasa es que te ha flechado, hermano. Ay, el amor adolescente. Pero ten cuidado. Porque eso fue lo que nos hizo nacer."*

*Diño: "CÁLLATE."*

*Mozart: "¿Qué? Es la verdad. Una noche. Un café. Y aquí estamos."*

*Diño: "Te he dicho que te calles. ¿Qué hago?"*

*Mozart: "Primero: dile que su cabello es hermoso. Que tiene una sonrisa dulce. Y unos ojos preciosos."*

*Diño: "¿Y si no es verdad?"*

*Mozart: "Entonces no se lo digas. Pero seguro lo es."*

*Diño: "Bueno, dímelo tú. Yo no la conozco bien."*

*Mozart: "¿Cómo que no la conoces? ¿No tienes una foto?"*

*Diño: "Espera."*

Diño buscó en su galería. Encontró una foto que le había tomado a Valeria sin que se diera cuenta, el día de la audición. Estaba de perfil, con el violín bajo la barbilla y una sonrisa concentrada. La envió.

Tres segundos después:

*Mozart: "¡Wow! ¡Sí es bonita! Usa tus mejores encantos."*

*Diño: "¿Y qué más hago? No seas imbécil y ayúdame."*

*Mozart: "Llévale una flor."*

*Diño: "¿Una flor?"*

*Mozart: "Sí. Por una extraña razón, a las chicas les gusta que les regales una flor. Llévale una flor."*

*Diño: "¿Y qué más?"*

*Mozart: "Cuando salgan, tómale la mano y vayan caminando por la plaza. Pregúntale qué le gusta. Qué postre le agrada. Si tiene mascotas. Si tiene hermanos. Ese tipo de cosas."*

*Diño: "¿Eso no es aburrido?"*

*Mozart: "Es aburrido. Pero demuestra que tienes interés. Y eso vale más que cualquier gol."*

*Diño: "Oye, Mozart. Estoy pensando que eres un conquistador empedernido."*

*Mozart: "Por favor. Tengo citas desde el jardín de niños. Soy un rompecorazones. Allá en Grecia no había niña que no fuera mi fan."*

*Diño: "…OK."*

*Mozart: "¿Qué?"*

*Diño: "Nada. Solo me pregunto cómo es que un rompecorazones griego terminó jugando al fútbol en Manchester."*

*Mozart: "EL FÚTBOL ES MI VERDADERO AMOR. AHORA VE Y COMPRA LA FLOR."*

---

Diño compró la flor en una tienda de la esquina. Una rosa. Pequeña, roja, envuelta en papel celofán. Se sintió ridículo. Se sintió como un futbolista que sale al campo con una camiseta de ballet. Pero Mozart había dicho que funcionaba. Y Mozart, aparentemente, era un experto.

El café estaba en una callejuela empedrada cerca del conservatorio. Diño llegó diez minutos antes. Se sentó junto a la ventana, se alisó la sudadera tres veces y ensayó la frase del cabello frente al reflejo del cristal. *"Tu cabello es hermoso."* Sonaba estúpido. *"Tu cabello es muy bonito."* Peor. *"Me gusta tu pelo."* Demasiado seco.

Valeria llegó exactamente a la hora. Llevaba el pelo suelto, una bufanda roja y una sonrisa que le iluminaba la cara.

—Hola, Mozart.

—Hola. —Diño se puso de pie. Demasiado rápido. La silla chirrió. Se volvió a sentar—. Quiero decir, hola. Siéntate. ¿Quieres algo? ¿Un café? ¿Un postre? ¿Los dos? ¿Tres?

Valeria se rió.

—Un café y una porción de tarta.

—Perfecto. Yo pido tres porciones. Tengo el metabolismo acelerado.

Valeria se sentó. Lo miró con esa expresión que Diño ya conocía. La de *"eres muy raro, Mozart"*. Pero esta vez, la sonrisa que la acompañaba era diferente. Más suave. Más cómplice.

Diño respiró. Recordó las instrucciones de Mozart. *El cabello. La sonrisa. Los ojos.*

—Tu cabello es hermoso —dijo, de golpe.

Valeria parpadeó.

—¿Qué?

—Tu cabello. Es… hermoso. Y tienes una sonrisa dulce. Y unos ojos… preciosos.

Lo dijo todo seguido, sin respirar, como quien recita una alineación táctica antes de un partido. Valeria lo miró. Abrió la boca. La cerró. Y soltó una carcajada.

—¿Acabas de recitar tres cumplidos seguidos como si fueran una lista de la compra?

Diño sintió que las orejas le ardían.

—No. Es que… me salieron así. De golpe.

Valeria se rió más. Se llevó una mano a la boca, como si intentara contenerse, pero no podía.

—Eres el chico más raro que he conocido.

—Me lo dicen mucho.

—No es un insulto. —Valeria le dio un sorbo al café—. Es un cumplido.

Diño soltó el aire. *Bien. Primera fase completada. Sin desastre.*

La conversación fluyó. Diño preguntó por la tarta favorita de Valeria (chocolate con naranja). Por sus mascotas (un gato viejo llamado Paganini que dormía sobre las partituras). Por sus hermanos (una hermana mayor que estudiaba derecho y la llamaba cada domingo para preguntarle si comía suficiente).

Cosas aburridas. Cosas pequeñas. Cosas que, como había dicho Mozart, demostraban interés.

Valeria se rió de sus bromas. Lo miró de forma coqueta cuando Diño intentó imitar el acento del abuelo Adriano. Le tocó el brazo cuando él hizo un chiste malo sobre fútbol y música. Y cuando salieron del café y caminaron por la plaza, Diño le tomó la mano.

Valeria no la retiró.

Caminaron así, con los dedos entrelazados, entre las luces de la plaza y el sonido de una fuente lejana. Diño sentía el corazón latiéndole de una forma que no tenía nada que ver con correr un sprint.

Se detuvieron junto a un banco. Diño sacó la rosa del bolsillo de la sudadera. Estaba un poco aplastada. Una hoja se había caído. Pero la flor seguía roja, terca, viva.

—Para ti —dijo Diño.

Valeria miró la flor. Miró a Diño. Y sus ojos se llenaron de algo brillante, cálido, que Diño no supo nombrar.

—¿Una rosa?

—Sí. Es… bueno, no sé. Me dijeron que a las chicas les gustan las flores.

Valeria tomó la rosa. La olió. Y después, sin previo aviso, se inclinó y le dio un beso en la mejilla. Breve. Cálido. Con sabor a tarta de chocolate y naranja.

—Gracias, Mozart. Eres un lindo.

Diño sintió que las orejas le ardían otra vez. Se rascó la nuca. Miró al suelo. Miró al cielo. Miró a cualquier sitio que no fuera la cara de Valeria.

—Ah… bueno. ¿Te llevo a tu casa?

Valeria ladeó la cabeza.

—¿A mi casa?

—Claro. No voy a dejarte que vuelvas sola. ¿No?

Valeria sonrió. Una sonrisa amplia, luminosa, que le arrugó los ojos.

—No solo eres un lindo. También eres caballeroso. Vamos. No estamos lejos.

Caminaron hasta un edificio de ladrillo rojo con una puerta de madera verde. Valeria se detuvo en el umbral. Se giró hacia Diño.

—Me la pasé genial. ¿Quedamos para salir otro día? ¿Vale?

Diño sintió que el pecho se le llenaba de algo que no era aire. Era más cálido. Más ligero. Más parecido a la alegría que a cualquier otra cosa.

—Vale.

Valeria sonrió. Se metió la rosa en el bolsillo del abrigo. Abrió la puerta. Se detuvo una última vez.

—Buenas noches, Mozart.

—Buenas noches, Valeria.

La puerta se cerró. Diño se quedó de pie en la acera, mirando la madera verde. Después se giró. Y caminó. Y luego corrió. Y luego casi saltó entre las luces de la plaza, con las manos en los bolsillos y una sonrisa que no podía borrar.

Desde la ventana del segundo piso, Valeria lo observó alejarse. Lo vio correr. Lo vio tropezar con el bordillo y recuperar el equilibrio sin dejar de sonreír. Lo vio desaparecer por la esquina.

—Qué muchacho tan interesante —murmuró.

Cerró la ventana. Se llevó la rosa a la nariz. Y sonrió.

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mariadr esquivelp
escritora no diga q no es su hijo porq si lo es solo q no es el q ella crío ya lo he leído en varios capitulos
EspirituCreativo: Claro que es su hijo lectora, pero no el que crío personalmente jeje
total 1 replies
EspirituCreativo
Ooo
minjoon
amooo lo leo
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